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Uno de los
personajes más interesantes
que actualmente pululan por
el mundo de la moda es este
belga al que nadie ha conseguido
ver todavía.
Nadie me refiero
a editores, estilistas y público
en general.
Podría
definirse más o menos
así:
43 años,
Belga, graduado por la Royal
Academy of Fine Arts de Amberes,
invisible y genial.
Porque la Moda
también sabe deleitarnos
en ocasiones con pequeñas
joyas como esta.
Su perfil no
se ajusta a ninguno de los clichés
que todos tenemos de lo que
un diseñador de Moda
es, osease:
- No busca
la fama y, por el contrario,
huye de ella.
- No se vende,
se esconde.
- Sus desfiles
no son a lo grande ni en sitios
lujosos llenos de paparazzi.
Son lugares de deshecho, de
escombros, depósitos
de ropa usada, andenes de Metro,
o párkings fuera de uso.
- No utiliza
grandes modelos ni gente del
Star System para mostrar sus
obras. Posan sus amigas y gente
que recoge por la calle.
- En los últimos
años decidió no
hacer más desfiles y
en su lugar crea vídeos
en los que simplemente se muestra
la ropa sin más aditivos
que ella misma, nada de música
ni caras conocidas ni grandes
escenografías; la calle
y su taller, nada más.
-Jamás
concede entrevistas en persona,
tan solo contesta preguntas
a través del fax, y en
muy contadas ocasiones.
-No crea Moda
ni la sigue. Fabrica Arte con
ella.
Todo comenzó
en 1989.
Ubiquémonos:
La Moda con
sus grandes diseñadores,
digamos Versace, Azedine Alaïa...
busca con sus colecciones la
ostentación del dinero,
la fama, el poder.
Por el día
la mujer se masculiniza, hombros
anchos, trajes de chaqueta y
maletín, símbolo
de la mujer agresiva y segura
de sí misma.
Por la noche,
grandiosos decorados con lentejuelas,
brillos y mucho teatro.
Los grandes
diseñadores venden un
nombre y una marca, olvidándose
casi por completo de la moda
en sí, de realizar grandes
cosas con ella. Se venden ellos
mismos y aparecen por doquier,
entrevistas en las mejores revistas,
fotos a todo color, libros,
exposiciones, propaganda...
El mundo de
las Súper-modelos arrasa
como nunca antes, pongamos a
Claudia Schiffer, Linda Evangelista
y demás, nombres que
suenan tanto como Chirac o Felipe
González, mujeres hermosas
e imposibles que cobran cantidades
espeluznantes de dinero por
mostrar palmito y haciendo que
un desfile sin ellas no sea
desfile que se tenga en cuenta.
Pero ese mismo
año en París,
tiene lugar un hecho que hace
tambalear aquel mundo de glamour
y lentejuela provocando escándalos
e indignaciones.
Las estilistas
y editoras de las más
renombradas revistas son invitadas
a un desfile que tiene lugar
en uno de los barrios de inmigrantes
más pobres de la capital
francesa.
Lo que allí
les espera no será mucho
menos asombrante.
Nada de grandes
escenarios, ni súper
modelos, ni trajes brillantes
y espectaculares.
En su lugar,
un paraje lleno de escombros
y chicas normales de la calle
con pintura blanca alrededor
de los ojos desfilando con trajes
realizados a partir de tela
de saco, con los forros llevados
por fuera y las costuras visibles
y en algunos casos, simplemente
hilvanadas.
Aquel histórico
desfile que llevó por
nombre “Destroy Fashion”,
daría paso a uno de los
movimientos artísticos
más vanguardistas que
se han producido dentro del
mundo de la Moda, el Desconstructivismo.
A partir de
entonces, y hasta ahora, este
“desconocido” reivindicó
la Moda como medio artístico
y no como simple fuente comercial,
trayendo a Occidente la idea
japonesa de que el vestido ya
es un fin por sí mismo
y su belleza no tiene por qué
subyugarse a la belleza del
cuerpo.
No se inspira
en Asia o en los años
70’ para crear sus colecciones,
no se escuda en los colores
para “tapar” averías
en la construcción y
utiliza siempre colores neutros
como el negro o el blanco.
Margiela se
inspira en la propia ropa para
crearla, desfigurarla, cuestionarla,
dando a sus obras un acabado
completamente vanguardista,
en algunos casos excéntrico,
pero siempre alucinante.
Y así
contado puede resultar estrafalario
e imponible, absurdo como muchas
de las propuestas que se ven
en la mayoría de las
pasarelas, pero es aquí
precisamente donde más
sorprende Margiela, porque cada
una de sus obras es perfectamente
ponible, y además, sientan
bien.
¿Un
ejemplo? Desde 1998 diseña
para la casa Hermés,
y aunque es verdad que las grandes
cosas las deja para su propia
línea, las prendas y
accesorios de la marca francesa
llevan la huella del genial
belga, con cortes, costuras
y dimensiones hasta ahora nunca
vistas y no por ello menos vendidas.
La Moda no
es solo belleza y glamour, y
Margiela llegó para recordarlo.
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