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COPENHAGUE

ENTRE DOS TIERRAS

La capital de Dinamarca se ubica en la isla de Seeland, punto medio de tránsito entre el continente europeo (por la península de Jutlandia) y esa maravillosa región llamada Escandinavia (a través del estrecho de Sund), mas esta urbe emparienta mejor con sus vecinos del sur, por el bullicio e, incluso, la suciedad de sus calles, que con sus ex-aliados del tranquilo norte.

Aunque suene a tópico, Copenhague es una ciudad preciosa por sus diversidad como podréis deducir de esta breve crónica. Comenzaremos por lo obvio, la Sirenita. Aislada y ligeramente alejada del centro, la sensación que me produjo fue similar a cuando visité Teruel y me planté delante del Torico. Mucho ruido pero pocas nueces. Quítale el valor simbólico y qué te queda. Una pequeña estatua de mármol a orillas del mar. Punto y final. Caminando en dirección al núcleo urbano, lo primero que encontramos es el Palacio de Amaliemborg, lugar de residencia habitual de la familia real.

Es curioso porque presenta un conjunto de cuatro edificios que forman una plaza y, en cada uno vive un miembro diferente, ya sea la reina Margarita, el heredero Federico, etc. Lógicamente no se puede visitar pero la zona donde se ubica, lugar habitual de paseo para lugareños y turistas entre unas casas que quitan el hipo por su ornato, refleja la cercanía de la soberana con su pueblo. Muy cerca está la famosa Iglesia de Mármol cuyo emplazamiento pegado a otros edificios no permite observar especialmente bien todo su esplendor.

Continuando el recorrido, muy pronto la solemnidad dejará paso al “desenfreno”. Nos encontramos en Nyhavn, barrio de marcha por excelencia. La gente se agolpa en las puertas de los pubs para tomarse una típica cerveza danesa previo pago de una importante suma de dinero que, si andas un poco “pelao”, te hace replanteártelo y dejarlo para cuando vuelvas a España. Si no se hubiera convertido en el sitio de moda tendría un aire bohemio y romántico con esos viejos barcos atracados a tu vera. Nyhavn termina en una gran plaza donde se encuentra el hotel de superlujo más importante del país y, ahí, tomamos la arteria principal, el corazón de la localidad: Stroget.

Yo, sinceramente, no le encontré demasiada diferencia con la calle Preciados de Madrid. Peatonal, tiendas en todos los lados, un trasiego agobiante, ya se sabe, hay quien disfruta a tope con ello pero otros preferimos escabullirnos para buscar recorridos alternativos. Tras recorrer la mitad de Stroget, podemos hacer un alto para ver las monumentales edificaciones del Parlamento y el edificio de la Bolsa. no es que tengan nada impactante pero es un buen motivo para hacer un receso, tomar fuerzas para abrirse paso entre el gentío y llegar a la plaza del Ayuntamiento.

De muy grandes dimensiones, aquí se acaba la peatonalidad y, en cualquier instante, podemos presenciar un caos de tráfico similar a cualquier gran capital porque, no hay que olvidar, que Copenhague cuenta con más de 1,5 millones de habitantes. La Casa Consistorial es una construcción sobria, que no muestra ninguna peculiaridad especial. Casi lindando con la misma, a cruce de calle, llegamos al otro emblema de la ciudad, el Tívoli. Supongo que para aquellos que les gusten las montañas rusas con 4 loopings, las lanzaderas de 80 metros o atracciones similares, ese Parque les parecerá la mayor tontería del mundo. Porque, en sí, no tiene nada pero guarda una cosa fundamental, el encanto de lo antiguo. No ocupa una amplia extensión de terreno pero es una gozada pasear por sus casetas, quedarte absorto en el viejo tiovivo, cobijarte a la sombra de un árbol y observar los patos en el estanque o, por qué no, comerse unos “spanish churros” como rezaba en el puestecillo donde los vendían.

En fin, un viaje por otro tiempo alejado de la modernidad. De vuelta a ésta, la filantropía (eso dicen por lo menos) del dueño de una de las casas de cerveza danesas que más se conocen a nivel internacional propició la apertura de un Museo de arte clásico. Las colecciones que se muestran son muy interesantes pero tienen el handicap que, gran parte, son reproducciones de las originales por lo que su valor histórico desciende sobremanera. Así, una vez rememorado el arte de las civilizaciones griega y romana, nos dirigimos al barrio más curioso de la ciudad y, probablemente, de Europa: Cristiania.

Cuando te encuentras a 5 minutos de allí, es imposible perderte, basta con seguir a cualquiera de los grupos de jóvenes con los que te cruces. Para “redimir” por anticipado tus “pecados” puedes pararte previamente en un par de bonitas iglesias, porque, al entrar en Cristiania, las normas cambian. El origen de esta zona se remonta a los años 60 cuando una comuna hippie ocupó una serie de barracones abandonados. Posteriormente, el Alcalde de la urbe comprobó que ese asentamiento, en principio provisional, prosperaba. Había que llegar a una solución y, en una muestra más de la tolerancia de este pueblo, se acordó que los moradores podían permanecer allí e, incluso, se delimitaría la extensión y, en el interior de la misma, se regirían por sus propias reglas. Independientemente de sus mercadillos, sus peculiares habitantes y de las casas otrora hangares, dos características obscurecen todo lo demás. En primer lugar, la gran cantidad de perros que deambulan por entre las personas, todos ellos muy bien educados sin un solo ladrido ni molestia. Y, lo fundamental, no por bueno ni malo, la posibilidad de comprar todo tipo de drogas blandas. Si no recuerdo mal, a diferencia de Holanda, en Dinamarca está prohibida la venta pero Cristiania es una excepción. El 90% de las casetas tienen sus “piedras” expuestas de diversos tamaños que son pesadas en una balanza cuando el cliente pide una cierta cantidad. Sinceramente, no me imagino esto en un sitio tan cerrado como España. Que conste que no soy consumidor pero a mí esta iniciativa del gobierno local y nacional no me parece desacertada.

Estos serían los emplazamientos más recomendables si tu estancia no es superior a 2 días. Si se dispone de más tiempo, yo optaría por dirigirme desde la plaza del Ayuntamiento, por la calle del Tívoli, hacia la Estación Central. Una vez sobrepasada nos adentramos en el barrio más europeo de Copenhague, la zona con casas más modestas. A mí me chocó un montón porque en ninguna capital escandinava encuentras un sitio que se puede asemejar tanto a nuestro país como éste.

Si se opta por seguir caminando, todavía faltará un buen trecho para llegar al Palacio de Frediksberg erigido en el siglo XVII, en el distrito del mismo nombre. Si lo que se busca es no alejarse tanto también se puede disfrutar, cerca de Amalienborg, de los jardines del Palacio de Rosemborg y del parque que se encuentra a su lado, una extensa zona verde donde los habitantes de la ciudad paladean los rayos de sol en la época estival. Por contra, si te hartas del lujo material y necesitas respuestas, se puede visitar el museo del filósofo local, Sören Kirkegaard, peculiar teólogo de indudable talento, aunque, a fe ser sinceros, yo fui por ser gran seguidor de Faemino y Cansado con su mítica sentencia: “Qué va, qué va, qué va, yo leo a Kirkegaard”.

Estas y otras muchas historias se podrían contar sobre Copenhague. Lo dejaremos ahí no sin antes aconsejaros que todos estos trayectos los hagáis en bicicleta. Hay tantas como habitantes y es el principal modo de desplazamiento en el interior de la urbe, poniendo el Ayuntamiento a disposición de quien quiera una serie de bicis que funcionan como los carritos de los hipermercados, metes la moneda, la usas y, cuando te canses, la dejas en cualquiera de los aparcamientos que existen para ello y recuperas tu dinero. Eso sí, con ellas te adelanta hasta una viejecito de 80 años. No tiran nada.