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Llegamos a
Matsushima con el tiempo justo
de embarcar en la última
lancha que daba una pequeña
vuelta por las islas. Una de
las personas que trabajaba para
la empresa que organizaba estos
pequeños tours nos acompañó
hasta la barca y nos dijo que
nos diéramos prisa ya
que quedaban 5 minutos para
que zarpara. A toda carrera
(la verdad es que durante todo
el viaje me sorprendió
la amabilidad infinita de este
pueblo) nos enseñó
el camino y nos montamos en
la lancha.
Era la típica
atracción turística
en la que das una vuelta de
45 minutos y por los altavoces
te van explicando lo que estás
viendo, obviamente no entendimos
nada y freímos a preguntas
a nuestro anfitrión japonés.
La vista era muy bonita y el
paisaje completamente atípico,
la verdad es que a todos nos
gustó el paseo.
Una vez terminado
el mismo nos dirigimos a un
pequeño templo que había
en un islote, era el primero
que íbamos por lo tanto
observamos todo con mucha atención.
Yo tuve la desgracia de echar
una moneda en las maquinitas
que te dan los papeles con tu
futuro y me auguró muy
mala suerte. Vimos un par de
tiendas con productos típicos
de Japón y acto seguido
hicimos una ofrenda simbólica
en el templo, tocamos el pequeño
gong y nos fuimos hacia otros
templos que estaban en una montaña
cercana y metidos como en cuevas.
Otro sitio digno de mención
ya que también tenía
su encanto y pasamos una hora
paseando entre estatuas y templos
cavados en la roca.
De vuelta
a Sendai Shigueru nos llevó
a una tienda de segunda mano
antes de salir de marcha con
sus amigos. Pudimos comprobar
que merecía la pena acercarse
a este tipo de establecimientos
ya que todo está muy
barato. Como ejemplo destacar
que una “game boy”
costaba 4€ y la “game
boy advance” de color
6€.
Los amantes
del manga tendrían su
perdición ya que es lo
que más abunda en estas
tiendas, estanterías
repletas de los mismos (lógicamente
en japonés) e infinidad
de artículos relacionados
con ellos estaban por todos
lados. Contuvimos nuestras ganas,
no en vano era nuestro primer
día pero compramos algunos
recuerdos.
Poco después
habíamos quedado en un
restaurante para cenar y luego
ir a un karaoke. Tras pasear
un rato por la calles de Sendai
llegamos al local donde nos
esperaban unos 20 amigos japoneses
para cenar con nosotros.
(Antes de
llegar al restaurante, quiero
destacar algo que se he pasado
por alto, de camino a Matsushima
paramos para comer en un restaurante
de comida rápida. El
lugar en cuestión se
llama Mos Burger. Nuestro amigo
japonés se tuvo que quedar
en el coche porque aparcamos
en doble fila. Aquí descubrimos
realmente la barrera que supone
el idioma, llegamos a desesperarnos
ya que no nos entendían.
A pesar de tener un menú
con fotos, de señalar
la foto e indicar con los dedos
cuantos platos como el de la
foto queríamos fue imposible,
las chicas de la barra no borraron
su sonrisa de la boca pero se
empeñaban en hablarnos
en japonés. Tuvo que
venir Shigeru y aún así
nos dieron mal el pedido. No
exagero pero al menos estuvimos
15 minutos intentando hacernos
entender, imposible).
Antes de llegar
al restaurante aparcamos en
un parking y estuvimos caminando
un rato Sendai. Seguíamos
impresionados por los neones
y la cantidad de gente que había
por las calles para ser un lunes.
Vimos a muchas
chicas muy arregladas a las
puertas de los locales, Shigeru
nos explicó que tu les
pagas una copa y algo de dinero
para charlar con ellas, no es
prostitución, es simplemente
pagar por disfrutar de una charla
con una bella joven oriental.
Llegamos al
restaurante y allí estaban
todos los amigos de Shigeru,
como ya he dicho antes, unos
20 entre chicos y chicas. Nos
sentamos un poco mezclados pero
con Shigeru cerca y nos dejamos
asesorar a la hora de pedir,
nos explicaron que este tipo
de bares (de mesas grandes donde
principalmente se reúnen
para beber y comer) es el equivalente
a un bar de tapas español.
La cena fue
divertidísima, la mitad
de la veces no entendíamos
nada pero nos quedamos sorprendidos
a ver a uno de los japoneses
preguntarnos por el director
de cine Víctor Erice.
Toda la comida
estaba muy buena y descubrimos
la costumbre de no servirte
tu propia bebida, siempre que
querías beber debías
decir a alguien que te sirviera.
Conocimos
a mucha gente esa noche pero
con los que mejor nos lo pasamos
fueron tres chicos, Maruta,
Nushi y Shimada. Las chicas
son bastante más tímidas
aunque también son simpáticas,
destacamos a Toshi, muy maja
y hablaba inglés.
Al principio
de la noche bebíamos
cerveza, cuando se acabo la
comida empezaron la ronda de
kamparis (no se exactamente
que lleva pero está fuertecito).
En la cena había una
chica alemana que sabía
hablar español.
Una vez terminada
la cena nos dirgimos a un karaoke.
En el karaoke
nuestro amigo había llegado
a una acuerdo con los dueños
y teníamos dos horas
de barra libre por 1200 yenes.
La verdad es que pudimos comprobar
que los japoneses practican
bastante el tema de la canción
ya que nos dieron un repaso.
Nosotros estábamos
un poco perjudicados y el cantar
era lo de menos. Nos los pasamos
genial y cuando acabó
la barra libre seguimos otro
par de horas. Descubrimos una
canción de un grupo japonés
que nos hizo mucha gracia “Agehachou”
de Porno graffitti.
A mitad de
la noches se unieron varios
amigos más, un chico
venezolano y varios japoneses
que se divirtieron de lo lindo.
Pusimos también
el CD de Melendi para desvariar
un poco, fue muy gracioso ver
a todos los japoneses dando
palmas.
Tras toda
la noche juntos la verdad es
que nos daba pena despedirnos,
a mucha gente no la volveríamos
a ver. La despedida fue muy
emotiva (ya se sabe que cuando
has bebido más de la
cuenta aflora el sentimiento
de exaltación de la amistad)
y entre abrazos y buenos deseos
para todos los presentes quedamos
en que habría que repetir
una noche como aquella, yo espero
que algún día
lo hagamos.
El alcohol
corría por nuestras venas
y Shigeru en un acto de responsabilidad
que le honra dijo que debíamos
esperar un poco antes de coger
el coche ya que era peligroso.
Nos dimos una vuelta por las
tiendas de 24h y descubrimos
las delicias de los “Combini
Store”; allí había
de todo. Compramos comida y
algún que otro artículo
relacionado con el manga (muñecos
y pegatinas).
De camino
al coche descubrimos que mucha
gente había salido esa
noche y la verdad es que la
sensación de seguridad
era total, creo que en Madrid
a esas horas de la madrugada
por pleno centro no hubiésemos
ido tan campantes.
Caminamos
un buen rato y pasamos por varias
galerías comerciales.
En las mismas había gente
tocando la guitarra (típicos
músicos callejeros) y
gente viendo la actuación
con los ojos como platos (mira
que es difícil). No sabemos
si es que les encantaba la música
o su atención estaba
motivada producto del alcohol
que habían ingerido.
Llegamos a casa muy tarde y
sólo tuvimos 3 horas
para dormir ya que al mañana
siguiente cogíamos el
Shinkansen con dirección
a Kyoto.
Cuando nos
despertamos y nos duchamos el
padre de Shigeru nos estaba
esperando para despedirse ya
que tenía que ir a trabajar.
Nos preguntó alguna que
otra cosa y nos enseñó
la página web de la empresa
en la que trabaja (una fábrica
de muebles de cocina). Le comentamos
que era muy interesante. El
padre sonrió y se despidió
de todos nosotros deseándonos
buena suerte y ofreciéndonos
su casa si volvíamos
a Japón.
Kachan nos
acompañó hasta
la furgoneta y nos dio las gracias
por la visita, prometimos volver.
Descubrimos
los atascos japoneses y pudimos
comprobar algo insólito.
Todos los coches llevan pantalla
de GPS y televisión,
en los semáforos, cuando
el coche está parado,
ven la tele, verídico.
Nos despedimos
de Shigueru hasta dentro de
4 días, nos citamos en
Hakone. Tuvimos mucha suerte
ya que cogimos un Shinkansen
Express a Tokio el cual hacía
menos paradas de las habituales
y podíamos montar en
él con el Japan Rail
Pass.
El viaje hasta
Tokio se nos hizo muy corto.
Al llegar de nuevo a la capital
volvimos a vivir de cerca el
caos y la aglomeración,
en esta ocasión porque
coincidimos con un colegio y
pasaron por delante de nosotros
unos trescientos colegiales
correspondientemente uniformados.
Cambiamos
de anden y nos subimos en el
tren que nos llevaba de destino
a Kyoto. Hasta la fecha no habíamos
prestado atención a los
revisores de trenes pero es
curiosos que saludan a la entrada
y a la salida de cada vagón.
Lo primero
que nos encontramos en Kyoto,
aparte de la estación
y la Kyoto Tower, fue un calor
sofocante, treinta y tantos
grados y una humedad brutal.
Estuvimos buscando la sombra
durante el trayecto de la estación
al hostal. Nada más salir
de la estación vimos
un cartel con la mayoría
de los personajes creados por
Osamu Tezuka.
El hostal
estaba realmente bien, el mejor
alojamiento, después
de la casa de Shigeru, del viaje.
En el siguiente enlace le podéis
echar un vistazo: http://www.kshouse.jp.
Una vez acomodados e informados
de los autobuses que debíamos
coger para nuestras visitas
nos dirigimos al templo dorado
(Kinkakuji). De camino al templo,
nos encontramos con un grupo
de estudiantes japonesas que
nos acompañaron y con
las que estuvimos chapurreando
un poco en inglés y español.
Pagamos religiosamente la entrada
y nos dimos cuenta que el carnet
de estudiante vale para bien
poco en Japón, no lo
aceptan en casi ningún
sitio.
El Kinkakuji
es alucinante, el propio templo
, el pequeño estanque,
sus jardines, desde luego es
de las visitas que más
nos gustaron de toda nuestra
estancia. El mero hecho de estar
allí nos hizo sentirnos
unos privilegiados.
Después
de disfrutar la visita como
se merece encaminamos nuestros
pasos hacia el Jardín
de piedras. De camino al mismo
nos encontramos con unas niñas
que venían del colegio,
nos preguntaron que de donde
éramos. Cuando les dijimos
que españoles les entró
un pequeño ataque de
histeria y se hicieron fotos
con nosotros (y nosotros con
ellas). Hablaban tres palabras
en inglés (es curioso,
la gente más joven conoce
mejor el idioma) y para agradarnos
nos bailaron el “aserejé”
y nos simularon pases de pecho
de toreros con su correspondiente
“olé”.
El Jardín
de Piedras es un lugar que desprende
paz, los visitantes se sientan
cerca del mismo y nadie habla,
todo el mundo se queda como
hipnotizado mirando esta curiosa
concepción de jardín.
En el recinto también
existen jardines tradicionales,
templos y un pequeño
estanque, todo muy bien cuidado,
limpio y ordenado.
Kyoto es una
ciudad que apenas tuvimos tiempo
de visitar, a las cinco cerraban
todos los lugares de interés
y no pudimos ver ningún
otro sitio por lo que nos dedicamos
a caminar por la ciudad.
Entramos en
una sala de Pachinko (para quien
no lo sepa, en Japón
están prohibidos los
juegos de azar en los que el
premio sea dinero) el Pachinko
podría ser como una máquina
tragaperras pero en la que juegas
con bolitas de acero. Cambias
tu dinero por bolitas, las hechas
en la máquina y dependiendo
si las introduces por el sitio
correcto, te tocan más
bolitas. Cuantas más
consigas, mejor ya que luego
estas las puedes cambiar por
distintos premios, (en la parte
trasera de todos estos locales
existe una ventanilla donde
te lo cambian por dinero, nosotros
no buscamos dicho lugar).
El juego tiene
dinámica que en parte
tiene que ver con el azar y
en otra con la habilidad del
que lanza las bolitas, nosotros
jugamos 1000 yenes para pasar
el rato y las pocas bolitas
que obtuvimos de premio las
canjeamos por dulces.
Poco después
de nuestra experiencia con el
Pachinko fuimos al Hostal y
descansamos un rato antes de
la cena, cenamos un poco y nos
fuimos a la cama.
Con la excitación
de sabernos en un país
tan distinto y con ganas de
conocer más nos entró
un poco de insomnio y decidimos
conocer Kyoto por la noche,
al no haber podido ver todo
lo que nos ofrecía dicha
ciudad por el día quizá
por la noche el ambiente fuera
distinto.
Próximo
capítulo.... Kyoto noche,
Nara y de camino a Hiroshima.
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