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Tristes por
abandonar una ciudad en la que
sabíamos que muchas cosas
no las pudimos ver, encaminamos
nuestros pasos hacia el nuevo
destino, Hiroshima.
La mañana
nos recibió con un cielo
nublado pero calurosa, recogimos
todos nuestras cosas del hostal
y pusimos rumbo a la estación
de tren.
Como no habíamos
desayunado compramos comida
en la estación de tren
y buscamos el Shinkansen que
nos llevaría a Hiroshima.
De nuevo en el tren el tiempo
pasó volando y llegamos
a nuestro destino como siempre
un poco perdidos, en esta ocasión
con el agravante de tener que
ir al alojamiento (esta vez
era el Hiroshima Youth Hostel,
lo más cutre de nuestra
estancia, pero esos detalles
los dejaremos para luego).
Empezamos
a buscar el autobús que
nos llevara hasta el albergue,
pero no lo encontrábamos.
Creímos
que todos nuestros males se
iban a solucionar cuando cerca
de la estación de trenes
vimos una oficina de turismo,
como siempre nos equivocábamos.
La amable señora que
nos atendió puso toda
su buena voluntad, pero vamos,
que tenía la misma idea
de inglés que nosotros
de japonés, hicimos mil
preguntas pero era inútil.
Se nos ocurrió preguntar
si existía un bono de
10 viajes para el autobús
(ya que no eran de la compañía
JR los que teníamos que
coger para ir al albergue),
pero aparte de risas no obtuvimos
otra respuesta.
Fuimos a la
parada de autobuses de nuevo
y una chica joven nos indicó
donde se encontraba nuestro
autobús, por fin llegaríamos
al albergue.
Al bajar del
transporte no había rastro
del alojamiento, haciendo un
ejercicio de imaginación
interpretamos el mapa que sacamos
de internet para llegar y lo
conseguimos. Subimos una colina
para llegar al albergue, muy
pintoresco todo porque pasamos
frente a un instituto y un cementerio
antes de alcanzar el sitio.
El albergue
era un poco tenebroso, se notaba
que era un edificio viejo. A
pesar de ser grande, estaba
muy descuidado y no especialmente
limpio. Había varias
salas vacías y los retretes
eran de los que invitaban a
entrar solamente en caso de
extrema necesidad, las duchas
estaban algo más decentes
aunque en las cortinas del baño
encontramos una cucaracha gigante.
En la recepción había
un par de ordenadores con internet,
y varias máquinas con
comida y bebida.
Tras dejar
el equipaje en nuestra habitación,
que tenía 3 literas,
nos dirigimos a dar una vuelta
por la ciudad y camino al Parque
de la Paz y El Museo de la Bomba
Atómica.
Hiroshima
tiene su encanto, a pesar de
haber sido brutalmente devastada,
la ciudad se ha repuesto y ha
salido adelante, está
claro que lo ocurrido el 6 de
agosto de 1945 marcó
a esta ciudad (y país)
para siempre. Caminando por
sus calles vimos tranvías,
galería comerciales,
mucha gente en las calles y
comprendimos que es una gran
ciudad que ha resurgido de uno
de los mayores ataque sufridos
jamás.
Paseamos un
poco embobados mirándolo
todo y llegamos hasta una galería
comercial enorme. A cada paso
que dábamos encontrábamos
algo que nos llamaba la atención.
Primero fueron tiendas con productos
típicos de Japón,
kimonos, yukatas, paipais...etc.
Luego tiendas de comida y por
último tiendas de manga
y juguetes, eso fue nuestra
perdición. No paramos
de alucinar con la cantidad
de cosas que nos hubiésemos
comprado, aunque no todos lo
presentes sentíamos la
misma fascinación por
estos productos, la mayoría
picó y algo se compró.
De nuevo fuimos conscientes
de lo importante que es la entonación
a la hora de hablar japonés.
En la tienda de mangas fuimos
a pedir un ejemplar de una serie
que se estaba publicando en
España pero que obviamente
allí llevaba unos cuantos
números de adelanto.
Hasta que nos entendieron las
pasamos canutas, pero al final
y después de escribir
el nombre de la serie en un
papel nos llevaron hasta la
estantería donde se encontraba
dicho manga. Aunque no tenía
ni comparación con Mandarake
de Tokio, la verdad es que la
tienda era enorme y estuvimos
un bastante tiempo dando vueltas.
Cuando saciamos
todas nuestros deseos consumistas
decidimos que era la hora de
la comida y empezamos a buscar
un lugar donde saciar el hambre
que empezaba a hacer estragos
en los presentes.
En esta ocasión
antes de ir a comer alguien
tuvo la feliz idea de entrar
a un centro comercial para “mirar”
una cosa antes de comer. Todos
protestamos pero acabamos entrando
en el recinto en cuestión.
Dio la casualidad que en la
primera planta había
un restaurante tipo “self
service”. Nos pusimos
como locos. Lo bueno de ir tantas
personas es que elegimos muchos
platos distintos para luego
compartirlos entre todos. La
comida estaba muy buena y estuvimos
mucho tiempo comiendo y haciendo
sobremesa.
La siguiente
parada sería el Parque
de la Paz y sus alrededores,
incluyendo el Museo de la Bomba
Atómica. Un lugar que
no deja indiferente a nadie
y en el que pudimos comprobar
de primera mano la magnitud
del desastre y la estupidez
del ser humano, la cual no tiene
límites.
Llegar hasta
el parque conmemorativo de la
Paz (Heiwa Kinen-koen) es realmente
una clara advertencia para las
generaciones del futuro sobre
lo que no debe volver a ocurrir.
En el parque se encuentra el
Museo conmemorativo de la Paz
(Heiwa Kinen Shiryokan). El
famoso esqueleto de edificio
que estaba muy cercano a la
explosión de “little
boy” y que se llama Hiroshima
Dome (Genbaku Domu). También
podremos encontrar la Llama
de la Paz (Heiwa no To) que
seguirá ardiendo mientras
existan armas nucleares y el
Monumento Infantil de la Paz
(Genbaku no Ko no zo).
Pasear por
este entorno hace que el odio
desparezca de raíz y
entrar en el museo es una experiencia
que recomiendo a cualquier persona
con un mínimo de sensibilidad.
Las maquetas de cómo
era la ciudad y como quedó,
las fotos con la gente afectada,
los objetos recuperados... etc,
en definitiva, una masacre que
no debería volver a ocurrir
jamás, en ningún
punto del planeta. La entrada
al museo si mal no recuerdo
son 100 yenes, un precio insignificante
que invita a pasar a la sala
de los horrores.
En el museo
hay videos con testimonios de
los afectados e imágenes
de la explosión y tomadas
poco después de la misma.
Al salir hay un libro de firmas
en el que dejamos plasmados
nuestros deseos de paz y nuestro
firme deseo de que no vuelva
a ocurrir semejante atrocidad.
Salimos un
tanto afectados y nos dirigimos
al albergue para tomar una ducha
y cenar. Lo del albergue era
toda una aventura ya que como
he dicho estaba apartado del
mundo, esa noche llovió
un poco y después de
cenar en un restaurante cercano
nos quedamos jugando a las cartas.
A la mañana siguiente
nos esperaba Mijayima... (continuará)
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