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Normalmente
en España solemos dirigir
nuestra mirada al este a la
hora de buscar un destino vacacional
en Europa. Francia, Italia,
Gran Bretaña,... De lo
contrario, se trata de cruzar
el Atlántico en busca
del sol caribeño, la
ruta azteca y maya en México,
los lazos con Sudamérica
o descubrir las profundas contradicciones
y diferencias que existen en
los Estados Unidos. Nos olvidamos
de que en la península
Ibérica hay un país
maravilloso llamado Portugal
que esconde una tradición
artística de un altísimo
nivel. Su capital, Lisboa, es
un buen ejemplo pero es que
además la modernidad
adquirida le confiere un talante
especial.
Podríamos
describir una cantidad ingente
de edificios, iglesias y emplazamientos
indispensables a visitar en
la misma pero para eso tenéis
muchas guías ilustrativas.
Mi recomendación es que
os perdáis (literalmente)
paseando por cualquiera de sus
barrios típicos. Eso
sí, debéis estar
en forma porque las cuestas
del Barrio Alto son de órdago.
El corazón
de la ciudad se encuentra a
ambos lados de la vía
Aurea que une el Rossio con
la Plaza del Comercio. En una
parte, el mencionado Barrio
Alto, el Chiado o el Barrio
de Bica. Toda esta zona quizá
sea la del sabor más
añejo, donde más
se pueda descubrir el espíritu
lisboeta. Aquí te puedes
adentrar en mil diferentes historias
y pasajes: Sentarte en alguno
de los cafés en los que
se emborrachaba el oscuro contable
pero inigualable poeta, Fernando
Pessoa (si alguna vez os sentís
mal, leer su impagable “Libro
del desasosiego”), entrar
en alguna taberna de aspecto
decadante y deleitarte con una
botella de vino bajo los compases
de un triste y melancólico
fado, disfrutar de excepcionales
vistas desde algún mirador,
no sé, es un sentimiento
raro. Quizá haya gente
a la que no le atraiga esto
pero os aseguro que la experiencia
es única.
Por el lado
opuesto de la Aurea, nos toparemos
con la Alfama, el Castillo de
San Jorge, la Baixa y el Rossio
con muchísimas iglesias
y monumentos por contemplar.
De esta última zona parten
las dos arterias principales
de la capital, las Avenidas
de La Libertad y del Almirante
Reis, sitios especialmente indicados
para realizar las obligadas
compras de todos aquellos ávidos
de consumismo.
No se puede
dejar de mencionar en nuestra
visita la larga caminata bordeando
el estuario del Tajo por la
Avenida 24 de Julio (con bastantes
locales de marcha) seguida de
la Avenida de la India para
llegar a dos emblemas de la
urbe: La Torre de Belem y el
Claustro de los Jerónimos.
La primera fue construida a
comienzos del siglo XVI para
impedir el acceso de los muchos
buques de filibusteros que surcaban
las costas portuguesas en aquella
época, sobresaliendo
la arquitectura de clara influencia
árabe. El Claustro del
Monasterio de los Jerónimos
fue restaurado recientemente
y ha recuperado todo el esplendor
de épocas pretéritas.
Faltan palabras para describirlo,
simplemente señalar que,
con toda justicia, fue declarado
Patrimonio de la Humanidad.
Sin embargo,
como antes decíamos,
la modernidad también
tiene cabida en Lisboa sobre
todo desde la Exposición
Universal de 1998. En el denominado
Parque de la Naciones, se encuentran
la impresionante Torre de Vasco
de Gama y el alucinante Oceanario,
el mayor de Europa y segundo
del mundo, con un tanque central
de más de 5000 metros
cúbicos de capacidad,
una gozada para los aficionados
al mar.
Esto es un
breve retazo de la capital portuguesa
pero la visita a Lisboa debe
ser acompañada obligatoriamente
de paradas en Estoril con sus
playas, villas palaciegas y
el famoso Casino; Cascáis,
mitad centro vacacional mitad
conjunto monumental; y Sintra
con el magno Palacio Nacional,
de bellas salas pintadas y chimeneas
cónicas, y el Cabo de
Roca, extremo occidental del
continente europeo.
Personalmente
considero que Lisboa, sin ser
una oda a los monumentos y las
iglesias, es una de las ciudades
más encantadoras del
mundo porque el arte y la tradición
se respira en las calles, algo
de lo que no muchas megalópolis
pueden presumir.
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