Principal / Escapada / Mont Saint Michel
MONT SAINT MICHEL

EL IMPACTO DE UNA VISIÓN

Sé que Francia no es el lugar más adecuado para ir de viaje fin de curso pero quién de vosotros no piensa en hacer una escapadita (o un año en un Erasmus) en la increíble París. Pues bien, este artículo no trata de la Ciudad de la Luz sino de un emplazamiento que está a unas dos horas y media de coche de la capital en la frontera entre las regiones de Bretaña y Normandia: El Mont Saint Michel.

He tenido la suerte de haber conocido unos cuantos sitios en mi vida (ni la décima parte de los que quisiera) pero creo que nunca sentí mayor impacto que cuando avisté por primera vez esta increíble isla granítica de 70 metros de altura y 900 de contorno. De hecho, fui capaz de aguantar la avalancha ingente de turistas y tiendas de souvenirs que se concentran en su única calle con tal de conocer este sitio único. Aparte de la ubicación excepcional del monte, lo más espectacular es el hecho de que a una hora determinada por la subida de la marea hay que abandonar el lugar a riesgo de quedarte encerrado toda la noche en el islote. Hasta que no se ve no se cree lo que las aguas del Atlántico pueden variar en cuestión de horas. Cuando estuve allí, se podía ir andando por la arena hasta unos dos kilómetros mar adentro sin tener que mojarte. Al atardecer, todo estaría cubierto por el océano en un espectáculo asombroso.

Unas vez realizadas 115000 fotografías desde fuera llega el momento de acceder al Mont Saint Michel y subir hasta su abadía que preside majestuosa la colina. Para llegar arriba, habrá que franquear, primero, la puerta Baltove, que da acceso a la miniurbe, y encarar la empinada cuesta de la Grande Rue. Además de las mencionadas tiendas y los innumerables restaurantes, hay unas cuantas casas con curiosas denominaciones (de la arcada, de la alcachofa, de la sirena) teniendo incluso ayuntamiento propio. Además, si os aburrís o agobiáis de la muchedumbre, tenéis unos cuantos museos pequeños con colecciones antiguas de armas, relojes y pinturas, nada del otro mundo, prescindibles salvo por necesidad. El final de la calle nos lleva al Gran Escalón que conduce a la abadía.

Construida antes del siglo X, la abadía tiene su origen en una gran iglesia prerománica que, poco a poco, fue añadiendo habitáculos a su construcción (como puede observarse en las interesantes maquetas de su entrada) hasta quedar como aparece en la actualidad. Como monumento en sí, es correcto, nada espectacular, sobrio. A mí lo que más me chocó es la dificultad y los intrincados pasillos por los que había que pasar para dirigirse de un sitio a otro.

Recordaba al libro y la película de “El nombre de la Rosa” y me imaginaba a Salvatore diciendo “Penicentiacite”. Claro que luego abría los ojos y veía caras enfadadas inquiriéndome para que no me parara y siguiese andando... Por supuesto, lo mejor es volver a deleitarse con las vistas increíbles que el monte nos ofrece. En un día claro se puede otear la lejana ciudad de Cherburgo o, incluso, la isla de Jersey (sí, sí, la de Gescartera).

Aún anonadado, el descenso entre olores humanos diversos te devuelve a la cruda realidad. Te alejas del Mont Saint Michel, no sin antes volver la vista atrás para admirarlo por última vez desde lontananza. Y es que este es uno de los lugares más espectaculares de Europa, visita ineludible para todo aquel que se encuentre de turismo a menos de 400 kilómetros del mismo. Para concluir, recomendáos dos cosas. Que intentéis ir cuando no esté ultraconcurrido y que, si tenéis tiempo, os acerquéis a la preciosa Saint Malo, a 20 minutos en coche dirección oeste, ya en Bretaña. Aunque eta región sería motivo, por sí sóla, no de uno sino de diez o quince artículos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marco Antonio Romero

Fotografia: Marc Déceneux