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Situada en
pleno corazón de Europa,
esta maravillosa ciudad ha padecido
y sobrevivido acontecimientos
tales como la Guerra de los
30 Años, la invasión
nazi o la tristemente célebre
Primavera de Praga de 1968 que
supuso el último intento
de búsqueda de libertad
de los países del Este
hasta los años ochenta.
Lo primero
que sorprende al llegar a la
capital de la República
Checa es su adaptación
a la realidad europea actual.
A diferencia de ciudades como
Budapest, maravilloso reflejo
del decadente imperio Austro-húngaro
y los regímenes comunistas,
Praga se asemeja mucho más
a la idea de moderna urbe que
podamos tener. Probablemente
esto sea debido a la floreciente,
lógicamente en la medida
de sus posibilidades, economía
checa gracias, sobre todo, al
turismo.
Al igual que
señalamos cuando hablamos
de Bergen, más que visitar
25 museos, 18 iglesias y 46
monumentos, lo importante son
las sensaciones, el logra captar
la vida de una localidad. Durante
mi estancia en Praga, tuve la
oportunidad de “disfrutar”
de un día de Agosto con
7º grados y lluvia intensa
que dejo las calles semidesiertas
porque, con todos los respetos,
no hay que empobrezca más
el encanto de una ciudad que
una nube de turistas. Este hecho
favoreció que cumpliera
mi gran objetivo.
No me considero
un seguidor de la música
clásica. La admiro, pero
me supera. Aunque suene patético,
prefiero escuchar black, death
o heavy metal que Mozart, Bach
o Chopin.
Pero si hay una obra que verdaderamente
me emociona es “Moldava”
de Frederick Smetana, compositor
checo del siglo XIX, ejemplo
del nacionalismo romántico
imperante en la cultura de la
época. “Moldava”
está dedicada al río
del mismo nombre que divide
Praga. No tiene la fama del
Danubio, ni del Sena pero os
aseguro que pararte en el Puente
Karlov, emblema de la ciudad,
únicamente rodeado de
una docena de valientes que
desafían al mal tiempo,
y dejar fluir por tu cerebro
esas notas, produce un estado
de ánimo que te permite
olvidarte de todo, tanto bueno
como malo.
En fin, la
capital de la región
de Bohemia tiene tal cantidad
de lugares para admirar que
se nos hace imposible una descripción
de todos ellos. Por esto motivo
podemos dividir nuestra visión
en cuatro emblemáticos
lugares, dos a cada lado del
Puente Karlov, que separa la
ciudad en dos mitades: Por un
lado, la zona del Castillo y
la Malá Strana; por el
otro, la Ciudad Vieja y el Barrio
Judío.
El conjunto
de la Ciudadela del Castillo
está situado en un promontorio
desde el cual se domina toda
Praga. Lo más importante
del conjunto arquitectónico
es, obviamente, el Castillo
de Praga, que no tiene nada
de particular, uno más
de la infinidad de palacios
que te puedes encontrar por
Europa, con los típicos
cambios de guardia para que
el turista se quede absorto
en tamaña idiotez. Junto
al castillo, se sitúa
la Catedral de San Vito (sin
duda lo mejor el nombre) de
estilo gótico, bonita,
con vidrieras interesantes pero,
sin ánimo de hacer patriotismo
barato, nada que no podamos
contemplar en Burgos o León
.
Pero lo más
atrayente de la zona es el Callejón
del Oro, un conjunto de pintorescas
y coloridas casitas pegadas
a la muralla que datan de finales
del siglo XVI donde se alojaron,
en tiempos del emperador Rodolfo
II, tanto fusileros del castillo
como orfebres. Como anécdota,
reseñar que en una minúscula
casa azul cielo que no supera
los 2 metros de altura vivió
años después el
gran escritor Frank Kafka. Desde
luego un emplazamiento tan curioso
como el personaje.
Descendiendo
por una de las escalinatas del
castillo, llegamos hasta la
calle Nerudova dedicada al poeta
checo del cual tomó el
nombre Pablo Neruda. A partir
de aquí nos adentramos
en la Malá Strana. Es
un barrio encantador porque
más allá de lo
monumentos o iglesias, que los
tiene en cantidad y calidad,
andando por sus calles tienes
la sensación que hallas
la combinación perfecta
entre lo grandioso y lo íntimo,
la pompa y la sencillez, el
lujo y lo funcional, en una
amalgama de estilos que van
desde el románico hasta
el clasicismo, pasando por la
abundancia del barroco.
Palacios que
en la actualidad son sede de
varias embajadas, multitud de
iglesias, en particular el majestuoso
templo barroco de San Nicolás,
y singulares calles forman un
conjunto arquitectónico,
en mi opinión, técnicamente
inigualable ya que describe
lo que sientes en este ciudad.
Además, como tanto agradece
la gente las muestras patrias
en el exterior, en Malá
Strana se encuentra, en la iglesia
de Santa María de la
Victoria, la estatuilla de cera
del Niño Jesús
de Praga, trabajo proveniente
de España y que, según
me enteré, es bastante
famoso en nuestras tierras y
la práctica totalidad
de turistas del país
que visitan la capital, lo consideran
lugar de referencia obligado.
Supongo que los motivos serán
nostálgico - religiosos
porque en realidad no llama
mucho la atención.
Cruzando nuestro
ya querido Moldava, por supuesto
por el Puente Karlov, y dirigiéndonos
al centro de la ciudad, la presencia
de la estrella de David nos
avisa: entramos en el barrio
judío. De una belleza
mucho más simbólica
que material, no tardas mucho
en recorrer las sinagogas, el
ayuntamiento, visitar una especie
de museo donde se pueden leer
los nombres de todos las personas
de la comunidad judía
de Praga que perecieron víctimas
del nazismo y observar con verdadero
estupor las más de 12000
tumbas que se encuentran comprimidas
en el pequeño cementerio,
donde podemos encontrar lápidas
legibles de 1439.
En este barrio
se localiza la leyenda más
jugosa de la ciudad. Cuentan
que en el siglo XVI se produjeron
una serie de asesinatos por
sus calles mientras la ciudad
ormía. Las gentes estaban
aterrorizadas, no querían
salir de sus casas. El rabino
Yehuda Löw Ben Bezallel
encontró una original
defensa. Construir una enorme
figura de barro que asustara
al asesino y de esta manera,
los ciudadanos estuvieran protegidos.
Le llamaron el olem. Desde ese
preciso instante, la calma volvió
al barrio dominado por la imponente
efigie y cuentan los ancianos
que el Golem cobraba vida al
introducirle en una ranura que
tenía en la frente, el
shem, una chapa con una fórmula
mágica. Esta fascinante
historia sirvió de inspiración
para alguna que otra célebre
película de terror de
la época del Sturm und
Drang, es decir, el expresionismo
alemán las primeras décadas
del siglo XX.
Una vez dejemos
atrás este peculiar barrio,
nos dirigimos al centro neurálgico
de la Praga, la Ciudad Vieja,
y en particular a su Plaza,
uno de los lugares más
recordados por aquel que visita
Bohemia. Una visita exhaustiva
nos llevaría casi media
jornada para descubrir su antiguo
Ayuntamiento, con sus dos esferas,
la del reloj y la del calendario
con motivos alegóricos
a los meses, donde los turistas
nos concentramos embobados para
ver cómo marcan las horas,
las bellísimas casas
renacentistas que lo rodean,
la iglesia de Santa María
del Týn, con sus dos
impresionantes torres o el monumento
modernista al Maestro Jan Hus
(otro de los mártires
de la Iglesia Católica
que murió quemado en
la hoguera en 1415 por defender
en el Concilio de Constanza
sus ideas teológicas
consideradas heréticas).
Pero la Ciudad
Vieja no sólo se circunscribe
a su Plaza, entre sus calles
podemos encontrar todo tipo
de exponentes de los diferentes
movimientos artísticos:
La pequeña iglesia románica
de San Salvador, que forma parte
del conjunto del monasterio
de Santa Inés, la curiosa
casa renacentista “de
los Dos Osos Dorados”,
el clasicismo del Teatro de
los Estados (donde Mozart estrenó
en 1787 la ópera Don
Juan) o la estatua de la Madona
Negra, insignia de la primera
vivienda cubista de Praga.
En definitiva,
un recorrido inolvidable que
tendrá su nexo de unión
con la actividad rutinaria de
la ciudad en la majestuosa Plaza
de Venceslao dominada por el
neorenacentismo del edificio
del Museo Nacional. Desde aquí
podríamos comenzar a
diseccionar la Praga del siglo
XX, las secuelas de la invasión
alemana, su adhesión
obligada al bloque comunista,
la Primavera de 1968 o su espectacular
adaptación a la “nueva”
Europa sin divisiones aparentes.
Pero eso formaría parte
de otro capítulo que,
quizá, en un futuro no
muy lejano, dediquemos a la
capital de Chequia, en mi opinión
la ciudad más bonita
de todas las que he podido visitar.
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