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ROMA

 

Desde hace algún tiempo teníamos planeado ir a Roma, como visita cultural y turística, ya que estudio Historia del Arte y me parecía interesante contemplar las obras y los antiguos edificios in situ.

Con los billetes comprados y el alojamiento reservado para los días 7 a 10 de Abril, el Papa Juan Pablo II falleció el sábado 2 del mismo mes. Es decir, una semana antes de nuestro viaje. Con la cobertura que las televisiones dieron al evento que suponía un cambio en la cabeza de la Iglesia católica, nos enteramos de que millones de personas acudirían a Roma para los funerales, que se celebrarían el viernes 8 de Abril.

Lamento el fallecimiento del Papa como persona, por que ha sufrido durante los últimos años, al igual que muchos otros ancianos, con la enfermedad de Parkinson y otras complicaciones. Me sorprendió realmente el poder de convocatoria que aún podía tener una vez fallecido, y aún más el hecho de que Roma podía colapsarse con la avalancha de visitantes.

Como momento histórico no tiene precio, efectivamente. Juan Pablo II ha sido una figura muy importante durante los 27 años de pontificado, a nivel moral y político. Para algunos ha sido el único que hemos conocido y sinceramente se hará extraño, cuando menos, ver a otro Papa que no sea él.

Ante la perspectiva de que hubiera overbooking en el vuelo a Roma, acudimos el día anterior al mostrador de la compañía aérea para reservar los asientos. La persona que nos atendió comentó que ellos en particular no habían tenido problemas por afluencia de viajeros. Más sorprendidas nos quedamos al día siguiente, cuando vimos que el avión en el que viajábamos tenía la mitad de las plazas vacías. Realmente esto nos tranquilizó bastante, ya que el alarmismo creado por las cadenas de televisión al respecto nos había hecho pensar en aglomeraciones de gente y colas interminables. Cuando llegamos al aeropuerto de Roma, Leonardo Da Vinci-Fiumicino, la afluencia era la normal en un aeropuerto a las diez de la mañana, y el tren que nos llevó a la capital presentaba también un aspecto de lo más corriente.

Una vez dejamos nuestros bártulos en la habitación del hostal, iniciamos nuestra visita de la ciudad: el Coliseo, la Domus Aurea, el Foro Romano y la colina del Palatino, las Termas de Caracalla, el Circo Massimo, Santa María in Cosmedin, San Juan de Letrán, etc. Fue en este último lugar donde un sacerdote mexicano nos preguntó si estabamos allí, en Roma, por los funerales.

Rotundamente, no. Es decir, desde que falleció el Papa, Roma no merece ser visitada por sí misma, si no vas a ver algo relacionado con Juan Pablo II.

Parece que el turismo cultural es una frivolidad en comparación con la vida y muerte del Papa, el cual pasó “penurias” en su juventud durante la guerra, pero desde que inició su andadura en la Iglesia Católica Apostólica y Romana, no ha tenido que sufrir miserias ni hambre, como muchos de los católicos que rezan por su alma, esperando que algo o alguien les saque del agujero en el que se hunden.

Las imágenes de las televisiones, los documentales de los viajes papales, mostraban a fieles fanáticos, gritando histéricos, llorando cuando el Papa se acercaba a ellos. Lloraban también la noche de su muerte.

¿Dónde están cuando la población del Tercer Mundo se muere de hambre o por culpa del SIDA? ¿Quién llora por la muerte de esos millones de personas anónimas, que no viven en palacios?, ¿Quién les ayuda a ellos?.

El viernes del funeral, Roma era un remanso de paz.

La aglomeración de fieles se congregaba desde la noche anterior en plazas y explanadas, y en el mismo Vaticano, para seguir la misa al día siguiente. Y el viernes, Roma invitaba a pasear por sus calles, a descubrir plazas y fuentes, pequeñas iglesias que esconden tesoros artísticos y arquitectónicos, palacios de antiquísimas familias, y parques encantados. Sin apenas coches circulando, las tiendas cerradas y sólo unos pocos establecimientos abiertos, algunos turistas habían perdido el rumbo de sus vidas cuando se encontraron sin nada que comprar.

A otros nos invade una felicidad inmensa de encontrarnos allí y perdernos por los vericuetos de una ciudad que amenaza con ser eterna.

El sábado acudimos a visitar la basílica de San Pedro. Un derroche de espacio y de materiales nobles, mármoles, bronces y sobredorados, símbolo del poder político y económico que la Iglesia Católica ha acumulado a lo largo de los siglos.

Riquezas infinitas se almacenan no solo en las salas del Museo Vaticano, sino en las Estancias de Rafael, la Capilla Sixtina, la escalera helicoidal de acceso al museo, la basílica, incluso los trajes de la Guardia Suiza. El Vaticano es un museo y un delirio para los sentidos.

Y de seguido, nos fuimos al Trastevere. Encantador, bohemio de lujo, decadente y refinado, tranquilo, como si Roma no fuera con él, lejos del bullicio del tráfico y de los grandes monumentos. Esconde tesoros como el Templete de San Pietro in Montorio, primera construcción renacentista, donde se plasmaron los cánones del nuevo clasicismo, proporciones perfectas y elegancia en todos sus detalles; o la basílica de Santa María in Trastevere, antigua, dorada y muy hermosa. Pero sobre todo, sus calles, de casas antiguas, fachadas rojizas y ocres, con hiedra y enredaderas colgando hacia la calle, tiestos de flores de miles de colores y plazas desconocidas.

Roma siempre seguirá allí, eterna, imperecedera, por más que pretendan acabar con ella bárbaros invasores, el abandono, saqueos y profecías diversas. Es imposible conocerla a fondo, todos sus rincones y todo el arte que esconde. Y por ello invita a volver, a redescubrirla o a explorarla. En definitiva, a contemplarla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Noelia Blanco