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1 de
Enero de 2001: Todo un clásico.
La “marcha Radetzky”
acompañada por las palmas
del adinerado público
cierra el habitual concierto
de Año Nuevo que se celebra
cada año en la Ópera
de la capital austríaca,
en esta ocasión con el
estrambótico Nikolaus
Harnoncourt al frente de la
Filarmónica vienesa.
Después
de unos cuantos meses de “permanent
vacations”, vuelve una
nueva metrópoli europea
a esta sección. Viena
me evoca sensaciones diferentes
y contrapuestas. Ubicada en
la denominada por los romanos
llanura Panaria, esta posición
geográfica en el centro
del continente hace que, a lo
largo de los siglos, los acontecimientos
se hayan sucedido en sus parajes.
Aun reconociendo
que es una urbe muy hermosa
y de las principales capitales
en cuanto a monumentos e historia,
no me enamoré al conocerla.
La Viena de hoy en día
me parece como ente algo oscura,
no sé, no me engancha
demasiado pasear por sus calles.
Quizá sea el influjo
del inefable
y populista Haider que se extiende
desde Carintia a lo ancho de
toda la llanura pero hay algo
en ella que parece dar a entender
una sensación de conformismo.
Es difícil de explicar
con palabras.
Sin embargo,
sí que me hubiera encantado
vivir otras épocas más
o menos ilustres de su acontecer
a lo largo de los últimos
150 años. El esplendor
y caída del imperio austrohúngaro
en los 68 años de reinado
de Francisco José I,
al que en la actualidad fuera
de su patria se le recuerda
casi más por haber sido
el marido de la emperatriz Sissi,
popularizada e idolatrada en
el mundo por las insufribles
películas con Rommy Schneider
de estrella. Hay que ver la
tabarra que se dio con el centenario
de muerte ( a manos de un anarquista
italiano ) en 1998. Lo que mucha
gente no conoce es que la tal
Sissi era una muchachita caprichosa
que odiaba todo lo austriaco,
en parte por culpa de su suegra,
la archiduquesa Sofía.
Era tal el poco afecto que se
tenían que Sissi, delante
de ella, hablaba únicamente
en húngaro, lengua que
ignoraba la mamá de “Paco
Pepe”. Esto hizo que los
compatriotas de Bela Lugosi
le cogieran un gran afecto y
la emperatriz Erzebet ( su nombre
en húngaro ) les correspondía
pasando largas temporadas en
Budapest.
Por otros motivos,
tampoco rechazaría ver
cómo Austria dio la bienvenida
con flores y vítores
en la Ringstrasse ( su centro
neurálgico ) al hijo
pródigo, Adolf Hitler.
Realmente impresionante como
los papás y abuelitos
del Haider de turno babeaban
al verse sometidos al yugo nacionalsocialista
probablemente pensando que florecería
un nuevo imperio y Adolfito
trasladaría la capital
a Viena debido a su origen.
Pero, tras
la II Guerra Mundial, el aspecto
paisajístico de la ciudad
se volvió sombrío
y gris. La tensión entre
la zona protegida por la U.R.S.S.
y la parte aliada se masca en
el ambiente. Esto lo describe
perfectamente Graham Greene
en el guión de la excepcional
película “El tercer
hombre” con un inquietante
Orson Welles a la cabeza del
reparto.
Con todo, es
innegable que es visita inexcusable
para cualquiera que paladee
las aglomeraciones urbanas.
El centro o Innere Stadt viene
marcado por la Catedral de San
Esteban, Stephan o Istvan dependiendo
de la lengua que utilices. Es
una seo bonita, aunque nada
espectacular, construida en
los siglos XIV y XV donde, bajo
su torre de 150 metros contiene
catacumbas, artísticas
bóvedas, 35 altares de
mármol y el sarcófago
de Federico III. Se encuentra
rodeada de todo un entramado
de calles peatonales con infinidad
de tiendas que conforman una
zona comercial donde, si no
estás ojo avizor, el
clavo que te pueden meter es
de órdago, mas habiendo
estado en Suecia o, especialmente
en Noruega, lo de Viena es un
juego de niños.
Por todo este
barrio para caminantes se pueden
admirar unas cuantas fuentes
bastante pomposas y efectistas
donde las figuras se retuercen
en torsiones imposibles. Cerca
se encuentra la Escuela de Equitación
Española, lugar que,
me dicen, es fantástico
pero no tuve la oportunidad
de visitar porque es bastante
complicado conseguir una localidad
en época estival. Pero,
rodeando a la Innere Stadt,
se encuentra la antes mencionada
Ringstrasse, esto es, el “anillo”.
Difícilmente en el mundo
se puede encontrar una Avenida
con mayor porcentaje de monumentos
por metro cuadrado. Para empezar,
el archifamosa Gran Teatro de
la Ópera ya que, si hablamos
de lo duro que es conseguir
una entrada para un espectáculo,
este edificio se lleva la palma.
Entrar para deleitarse con un
concierto, una utopía;
simplemente visitarla, tarea
ardua. Yo pude realizar esto
último y, no sé,
me esperaba mucho más.
Es bonita, coqueta y tal, pero,
por lo demás, ni fu ni
fa. Lo mejor, la cantidad de
músicos importantes que
han desfilado por su escenario.
Cerquita del
mítico emplazamiento,
se encuentra la Iglesia de San
Carlos, presidida por dos hermosas
torres. En el aspecto personal,
este lugar me resulta traumática
de recordar porque estaba, tan
tranquilo, sentado en la escalinata
de entrada al templo, cuando
la visión más
horrenda inundó mi retina.
¿Una aparición
de Sissi? ¿El propio
Haider en persona? ¿Wolfart,
ese portero “gafe”
que recibió nueve golitos
de la “todopoderosa”
selección española
de fútbol? !NO!. Algo
mucho peor: !!!!! LA TUNA !!!!!.
Un escalofrío recorrió
todo mi cuerpo.
Nos persiguen. Están
en todas partes....
Por supuesto, huí corriendo
de allí en busca de otros
lares cercanos y llegué
hasta los llamados “museos
gemelos”: El Museo de
Historia del Arte y el de Historia
Natural. Otra vez la maldita
premura de tiempo me dejo huérfano
de una de los dos enclaves.
Me habían recomendado
el primero pero, como todos
mis acompañantes querían
entrar en él, pues hala,
ahí estuve yo en el Museo
de Historia Natural, lugar realmente
interesante con todo tipo de
bicho disecados donde te enteras
de su nombre científico,
su distribución geográfica
e, incluso, echando un vistazo
entre los cientos de miles de
mariposas distintas (no exagero)
te puedes encontrar a un chavalito
del portal anexo al tuyo en
Madrid. Lo dicho, se suceden
las anécdotas en Viena.
Al sudoeste
de la catedral se alza el Hofburg,
antiguo Palacio Imperial, conjunto
magnífico de edificios
de varios períodos. El
Hofburg aloja, entre otros muchos
tesoros de la nación,
una biblioteca con más
de 1.200.000 volúmenes
y 34.000 manuscritos. El Palacio
tiene dos parques, el Hofgarten
y el Volksgarten. Y es que esta
es otra de las características
de la ciudad. No es extraño
ver en los días soleados
a los dando largos paseos por
los parques de la urbe. Unos
más floridos, otros más
frondosos. y todos relajantes,
cuando no están llenos.
Junto al Palacio
Imperial y siguiendo por la
ya inseparable Ringstrasse nos
topamos con una imponente construcción.
No es ni más ni menos
que el Ayuntamiento donde, con
asiduidad en época de
buena temperatura, se puede
asistir en su explanada principal
a algún que otro concierto
de música clásica
ya que este arte se palpa en
el ambiente. Por cierto, lo
del Ayuntamiento como los políticos,
todo fachada. Aun así,
y a diferencia de éstos,
merece la pena contemplarlo.
Además esta zona te depara
dos sorpresas, una espiritual
y otra venial. La primera viene
dada por la Iglesia Votiva,
a dos minutos del Ayuntamiento
y no habitualmente destacada
en las guías, tiene más
encanto, en mi opinión,
que la catedral. En cuanto a
lo venial, yo no sé si
seréis aficionados al
chocolate, pero me hablaron
mucho de este tema en Bruselas
y, sí, esta bueno, pero
el de aquí, una cosa
de locos. La pastelería
que se ubica aquí no
es apta para gente que quiera
empezar una dieta A pesar del
precio, que quita el hipo, el
gustazo que te pegas no te lo
quita nadie.
Mas Viena no
es sólo la Ringstrasse.
Si paseamos un rato por calles
con construcciones más
modernas nos podemos dirigir
al parque del Prater y, evidentemente,
a la Noria que nos hace recordar
una vez más “El
tercer hombre”. Este atracción
es una vez atractiva sobre todo
por su historia. Tiene muchísimos
años de antigüedad
y por ello no es muy alta, sus
vagones son de madera aunque
su encanto es indudable. Por
esta zona, y si eres muy futbolero,
se encuentra el Ernst Happel
Stadium, más conocido
como el Prater, un precioso
complejo que ha visto alguno
de los partidos más interesantes
del fútbol europeo como
aquella final de la Copa de
Europa donde el Inter de Milán
del “mago” Helenio
Herrera y Luisito Suárez
de estrella batió al
mítico Real Madrid de
Di Stéfano, Puskas y
Gento.
Y claro, Viena
está íntimamente
ligada a un río que trasciende
a todos los demás: el
Danubio. Es imprescindible perderse
por el linde de sus aguas que
bañan todo la parte moderna
con un grandioso edificio de
la ONU como colofón,
que yo diría que parece
una minitorre de Babel.
Por otro lado,
las marcas del imperio no se
concentran únicamente
en el corazón de la ciudad,
sino que los palacios de la
realeza abundan en la otrora
periferia. Entre ellos, el Belvedere
o “Palacio de la Bella
Vista” situado en una
colinita desde donde en otros
tiempos se podría otear
la, entonces, capital del imperio.
No tengo muy claro si se puede
pasar al interior del mismo,
pero siempre es agradable dar
un paseíto por su jardín.
Aunque todo
el esplendor de una era irrepetible
para la ciudad y el país
es el palacio de verano, Schönbrunn.
Una visita por sus incontables
salones y aposentos reflejan
una magnificencia fuera de lo
común y poco comparable
a nada establecido. Todo, las
camas, las cortinas, los cuadros,
los neceser, en fin, podríamos
estar así en una descripción
interminable. ! Y qué
decir del jardín, o yo
diría bosque !. Horas
y horas para dar un largo camino
coronado por El Arco de la Gloria
y con un Zoológico que
no aporta demasiado pero que
podría completar una
mañana inolvidable por
los alrededores de Viena.
Antes de concluir
nuestro recorrido, y si te gusta
disfrutar de estas cosas típicas
que se hacen en todas las ciudades,
es decir, como si vienes a Andalucía
y te llevan a un tablao flamenco
de los cutres, uno se puede
dirigir a las afueras, cerca
de las colinas y disfrutar de
una velada regada con vino del
país, bastante bueno
por cierto, con gente sirviéndote
con los trajes populares y cosas
así. Para terminar y
contrastar con el rollito este,
te vas a bailar un vals y a
poco más te conviertes,
de la noche a la mañana,
en un vienés de primera,
sin tanto dinero pero todo se
andará.
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