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Como muy bien señala Irantzu Piquero en el prólogo
de esta adaptación de la novela de Raymond Chandler,
la economía no fue lo único que quebró
en 1929. El año del gran crack marcó el
comienzo de una depresión que, yendo más
allá de lo meramente económico, enturbió
la imagen que la sociedad estadounidense tenía
de sí misma. En 1939, el escándalo que
rodeó la publicación de la obra maestra
de John Steinbeck Las uvas de la ira hacía evidente
que, pese a haber transcurrido diez años desde
el crack, las heridas aún estaban abiertas.
Aquella sociedad en la que la honradez
y la falta de escrúpulos eran el mayor estorbo
para la supervivencia, produjo un nuevo tipo de novela
policíaca, cuyos maestros fueron Raymond Chandler
y Dashiell Hammett. Los héroes carecían
de aura y sus únicas credenciales parecían
ser la misantropía, una honestidad casi siempre
mal llevada y, casi como única compensación,
un irresistible atractivo para las damas.
Sam Spade, Philip Marlowe, Nick y
Nora Charles, son algunos de aquellos protagonistas,
tan diferentes de los detectives de bigote embetunado
tipo Hércules Poirot. Su salto a la gran pantalla
de mano de geniales directores como Raoul Walsh, John
Huston o Howard Hawks no fue menos oscuro. Cuando recibí
esta adaptación realizada por el dibujante Luis
Bermejo y el escritor Andreu Martín, no esperaba
que se apartara de los cánones de aquel cine
negro. Y eso es exactamente lo que le ocurre a este
cómic, volumen que inaugura la colección
Viñetas Negras de Ediciones Glénat.
Lo que no debe ser interpretado, sin
embargo, como un defecto sino como una virtud. Los dibujos
de Luis Bermejo maman tanto de aquel cine de los años
40 que uno tiene la impresión de estar ante el
story board de un clásico. Por su parte, el trabajo
de Andreu Martín en los textos irradia una densa
oscuridad en la que los personajes parecen moverse a
menudo a ciegas. Sus encuentros están marcados
por un cinismo lacónico en el que hablar no es
más que una forma más de violencia o embaucamiento.
No he leído la obra de Chandler
en que se inspira este brillante trabajo, pero lo que
está claro en este volumen de setenta páginas
es la capacidad de elipsis, la genial habilidad para
contar una historia separándola de la paja. Uno
puede decidir realizar una sola lectura, en una sentada,
de este volumen. Se podría no volver a abrirlo
nunca, pero esto no dejaría de ser un craso error.
Tras las ilustraciones de Luis Bermejo hay un trabajo
de tal minuciosidad y maestría que parte de ese
amor extemporáneo se contagiará inevitablemente
a un lector atento y sordo y ciego para las modas.
Claro que hablamos de toda una institución
en el mundo de la ilustración. Nacido en 1931,
es conocido por su trabajo en la saga del Capitán
Trueno, de la que se hizo cargo tras la muerte de su
mentor Manuel Gago, por haber creado la primera adaptación
al cómic del Señor de los Anillos o series
como Apache y Aventuras del FBI.
Andreu Martín también
conoce a fondo el mundo del cómic: ha trabajado
en las series El Víbora y Tótem. Como
novelista ha cultivado el humor negro como método
de distanciamiento de las mismas atmósferas criminales
que relata. Esa idea del sentido del humor como vara
de medida de la realidad, es evidente a lo largo del
Sueño eterno. El cínico Marlowe aligera
la seriedad del cómic con ingeniosas réplicas
que, salvando el humo del sempiterno cigarrillo en la
comisura de los labios, insinúan que quizá
sea el humor lo que ha mantenido al legendario detective
a este lado de la realidad, fuera del alcance de los
mismos crápulas, ladrones, asesinos y putas con
los que tiene que lidiar cada día. Cuando Ediciones
Glénat decidió lanzar la colección
Viñetas Negras con este magnífico trabajo,
puso el listón muy alto. Ahora sólo nos
queda aguardar al siguiente volumen y esperar que el
nivel se mantenga.
Y ya para terminar, ¿se puede
escribir una reseña de esta adaptación
de El sueño eterno sin hablar de la película
de Howard Hawks protagonizada por Humphrey Bogart y
Lauren Bacall? La respuesta es: sí.
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