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“Dos mojitos, por favor”
Cuanto y porqué tanto se dirigió, en imaginario viaje, a octubre de 1955, Cuba, para charlar con el escritor norteamericano

“Dos mojitos, por favor”, así de simple, como su estilo, comenzó la entrevista con Er-nest Hemingway. Lo que estuvo un poco más complicado fue hacerle entender a este hombre, premio Nobel de Literatura, 56 años y 1,80 de estatura, que yo era un joven periodista uruguayo del siglo XXI que vino a hablar sobre su obra, su estilo y la vida en París en la década del ’20.

Luego de una semana de tires y aflojes, de comprobarle que vine del futuro y no de un manicomio, el brillante escritor cedió dos horas de su tiempo.

El encuentro fue un lunes a la mañana en uno de sus bares preferidos: La Bodeguita del Medio.

- ¿Qué escritores influyeron en usted?

- Básicamente, en mi juventud (que de hecho es cuando más lo afectan a uno) fue-ron: Rudyard Kipling, Jack London y O. Henry, además, y lo nombro aparte por ser alguien que estuvo al lado mío, Sherwood Anderson, sin dudas mi primer mentor literario. Aunque, tal vez el más influyente no fue un escritor sino un pe-riodista: Ring Lardner, que trabajó en el Chicago Tribune.


- Con relación a esto último, recuerde que estamos en octubre. En este mes se cumplen 38 años del día en que tomó ese tren que lo llevó a Kansas City, como cuenta en “Por quien doblan las campanas”, y comenzó su vida de periodista en el Star de esa ciudad. Por favor, diga que le ha dado el periodismo y que piensa de él.

- Debo ser sincero: el periodismo me ha dado más de lo que me quitó. Mi pluma esta empapada de las leyes que rigen el estilo periodístico. El manual de estilo del Kansas City Star, que exigía frases y párrafos cortos y concisos, precisión, claridad y un estilo directo, fue una verdadera escuela para mi. También le debo, no sé si es tan notorio, esa objetividad en mis relatos. Describo las cosas y las gentes tal cual son, o como creo que son, sin ningún tinte ideológico. Por más que esto no le guste a la izquierda norteamericana.

- También le debe la posibilidad que le dio de viajar.

- No, no. Eso me lo gane con mi talento. Es más, mis obligaciones en Europa con el Toronto Star y el Star Weekly lo único que hicieron fue sacarme tiempo para gozar de las cosas que me ofreció ese continente. Más allá de que disfruté y mu-cho.

- ¿Cuál fue el momento más fecundo y creativo de su vida?

- Justamente, en París. Allí tuve la suerte de rodearme de gente muy capaz, muy creativa, que me ayudó cuando el camino estaba oscuro. En su primer pregunta olvide mencionar a Ezra Pound, alguien de la que aprendí más sobre cómo es-cribir y cómo no debía escribir que de cualquier hijo de puta vivo.

- ¿Y Gertrude Stein?

- Solo tengo palabras de agradecimiento hacia ella. Cuando partí a Europa Ander-son me dio, entre otras, la dirección de su casa: Rue de Flure N° 27. Ah, ah...¡Esa casa!; tenía vida propia, una mística muy especial. Era como una de las mejores salas de los mejores museos, pero con la diferencia de que había una gran chimenea y era un lugar cálido y cómodo donde te daban cosas exquisitas para comer, y te ofrecían té y licores. Allí fueron a parar, como yo, muchos artis-tas exiliados, muchos intelectuales bohemios que por ese entonces, y como siempre, inundaban la ciudad.

- ¿Cómo era París?

- Era la meca de los fanfarrones y farsantes en todos los órdenes, desde la música hasta los combates de boxeo.

 

“Como la Argentina” le dije, pero no entendió el chiste. Siguió hablando de la ciudad, y todos sus encantos. La describió con vehemencia y exactitud (como no podía ser de otro modo). Habló sobre los cafés, que al igual que la zona del río Jacob (el vivió en el Hotel Jacob) eran el encuentro habitual de pintores, poetas y otros románticos.

“París era como me la pintó Anderson –recuerda Hemingway- una ciudad donde “se toman en serio el arte, donde, en palabras de Henry James, el mismo aire estaba satura-do de estilo””.
Entre medio de sus recuerdos parisinos, Hemingway confiesa el lugar desde donde dis-frutó más y contempló mejor la ciudad. “Era una pequeñita habitación en lo alto del hotel donde vivía. Desde allí, además de empezar a escribir en abundancia, pude ver otra cara de la ciudad. Los colores de sus techos, las ropas de la gente secándose al sol y sus atardeceres”.

Los cuentos de cómo era París en la década del ’30 son inolvidables, pero por más em-peño que le ponga a esas historias no se puede dejar de observar los otros colores. Los de Cuba.
Es impresionante ver la isla antes de la revolución. La belleza y el calor de su gente y sus paisajes no tienen igual. Uno se siente como en casa cuando entra a la Bodeguita, las paredes escritas imitan el cuarto de un adolescente y dejan entrever mil historias; y la imagen de esa barra de madera bien gastada por el trajinar de las copitas de ron se mezcla con el sonido de los paisanos de no dejan de tocar el son.

Entre ellos y el humo de un puro Hemingway se siguió confesando.

- ¿Usted es un hombre pacifista?.

- Su pregunta es artera. Porque mis libros traten sobre la muerte, la guerra y la lu-cha del hombre contra las fuerzas de la naturaleza no quiere decir que no sea pa-cifista. Si usted me leyó también vio historias de amor. Esa es una pregunta in-debida para estos tiempos.

- Su obra tiene fuertes rasgos biográficos. ¿Hasta qué punto eso deja de ser un elemento motivador para escribir y se convierte en un mero narcisismo?.

- A todos nos gusta, ser reconocidos, admirados, incluido usted. O sea, eso de narcisismo creo que no es correcto; para escribir uno se nutre de la experiencia. Es como en el periodismo: no se puede redactar sobre lo que no se sabe. Y como no estoy apremiado a escribir algo sí o sí, trabajo sobre lo que sé y quiero.

- ¿Podría escribir algo que no tenga ningún tinte biográfico?.

- Un buen escritor no narra hechos reales; los inventa, hace ficción. Más allá de partir o no de conocimientos personales.

- Desde Por quien doblan las campanas hasta El viejo y el mar pasaron doce años. Fueron tiempos de poca y mediocre creación, pero también de felicidad personal. Viendo éste y otros ejemplos de grandes artistas, ¿se puede afirmar qué de la depresión y la infelicidad se crea más y mejor?.

- Afirmar que alguien tiene que estar hecho mierda para escribir o pintar bien se-ría una estupidez. Uno puede escribir bien en cualquier momento mientras la gente no interrumpa y se quede quieta. Pero cuando mejor se escribe, induda-blemente es cuando se está enamorado.

- Muchos piensan que usted creó un nuevo y renovador estilo narrativo. Sin em-bargo, hay quienes afirman que es pobre y kitsch*. ¿Qué tiene para decirles a esas personas?.

- Les diré sólo tres cosas. Primero, que no tienen que caer en ese pensamiento seudo-intelectual de que para escribir alta literatura es necesario adornar y hacer rebuscado el lenguaje. No. Lo que se debe buscar es transmitir lo que quiere el escritor y para ello hay que redactar de forma sencilla y directa. Esto lo dijo más allá de mi formación como periodista, pues siempre insinué más de lo que escri-bí. Segundo, que sería muy fácil escribir literatura si no se tratará más que de es-cribir de otra manera lo que ya se ha escrito bien. Pero como ya ha habido muy buenos escritores antes, el que escribe debe ir mucho más allá, hasta donde nadie puede ayudarle. Por último, conectando las dos cosas que dije, pienso que lo que intenté (de forma consiente o inconsciente) a lo largo de mi carrera fue sacar la disposición estética del lenguaje de su tradicional localización en la cabeza y el corazón y vincularla a los nervios y los músculos.

- Una última pregunta, ¿la piel del antílope sobre la que escribe, la cazó usted?.

- Of course.


* Este es un término actual. Por eso el escritor fue enterado del significado del mismo; dicha explicación no fue transcripta por razones de agilidad del texto.

Daniel Zoppis