| “Dos
mojitos, por favor”, así de simple, como
su estilo, comenzó la entrevista con Er-nest
Hemingway. Lo que estuvo un poco más complicado
fue hacerle entender a este hombre, premio Nobel de
Literatura, 56 años y 1,80 de estatura, que yo
era un joven periodista uruguayo del siglo XXI que vino
a hablar sobre su obra, su estilo y la vida en París
en la década del ’20.
Luego de una semana de tires y aflojes,
de comprobarle que vine del futuro y no de un manicomio,
el brillante escritor cedió dos horas de su tiempo.
El encuentro fue un lunes a la mañana
en uno de sus bares preferidos: La Bodeguita del Medio.
- ¿Qué escritores
influyeron en usted?
- Básicamente, en mi juventud
(que de hecho es cuando más lo afectan a uno)
fue-ron: Rudyard Kipling, Jack London y O. Henry, además,
y lo nombro aparte por ser alguien que estuvo al lado
mío, Sherwood Anderson, sin dudas mi primer mentor
literario. Aunque, tal vez el más influyente
no fue un escritor sino un pe-riodista: Ring Lardner,
que trabajó en el Chicago Tribune.
- Con relación a esto último,
recuerde que estamos en octubre. En este mes se cumplen
38 años del día en que tomó ese
tren que lo llevó a Kansas City, como cuenta
en “Por quien doblan las campanas”, y comenzó
su vida de periodista en el Star de esa ciudad. Por
favor, diga que le ha dado el periodismo y que piensa
de él.
- Debo ser sincero: el periodismo
me ha dado más de lo que me quitó. Mi
pluma esta empapada de las leyes que rigen el estilo
periodístico. El manual de estilo del Kansas
City Star, que exigía frases y párrafos
cortos y concisos, precisión, claridad y un estilo
directo, fue una verdadera escuela para mi. También
le debo, no sé si es tan notorio, esa objetividad
en mis relatos. Describo las cosas y las gentes tal
cual son, o como creo que son, sin ningún tinte
ideológico. Por más que esto no le guste
a la izquierda norteamericana.
- También le debe la
posibilidad que le dio de viajar.
- No, no. Eso me lo gane con mi talento.
Es más, mis obligaciones en Europa con el Toronto
Star y el Star Weekly lo único que hicieron fue
sacarme tiempo para gozar de las cosas que me ofreció
ese continente. Más allá de que disfruté
y mu-cho.
- ¿Cuál fue
el momento más fecundo y creativo de su vida?
- Justamente, en París. Allí
tuve la suerte de rodearme de gente muy capaz, muy creativa,
que me ayudó cuando el camino estaba oscuro.
En su primer pregunta olvide mencionar a Ezra Pound,
alguien de la que aprendí más sobre cómo
es-cribir y cómo no debía escribir que
de cualquier hijo de puta vivo.
- ¿Y Gertrude Stein?
- Solo tengo palabras de agradecimiento
hacia ella. Cuando partí a Europa Ander-son me
dio, entre otras, la dirección de su casa: Rue
de Flure N° 27. Ah, ah...¡Esa casa!; tenía
vida propia, una mística muy especial. Era como
una de las mejores salas de los mejores museos, pero
con la diferencia de que había una gran chimenea
y era un lugar cálido y cómodo donde te
daban cosas exquisitas para comer, y te ofrecían
té y licores. Allí fueron a parar, como
yo, muchos artis-tas exiliados, muchos intelectuales
bohemios que por ese entonces, y como siempre, inundaban
la ciudad.
- ¿Cómo era
París?
- Era la meca de los fanfarrones y
farsantes en todos los órdenes, desde la música
hasta los combates de boxeo.
“Como la Argentina” le
dije, pero no entendió el chiste. Siguió
hablando de la ciudad, y todos sus encantos. La describió
con vehemencia y exactitud (como no podía ser
de otro modo). Habló sobre los cafés,
que al igual que la zona del río Jacob (el vivió
en el Hotel Jacob) eran el encuentro habitual de pintores,
poetas y otros románticos.
“París era como me la
pintó Anderson –recuerda Hemingway- una
ciudad donde “se toman en serio el arte, donde,
en palabras de Henry James, el mismo aire estaba satura-do
de estilo””.
Entre medio de sus recuerdos parisinos, Hemingway confiesa
el lugar desde donde dis-frutó más y contempló
mejor la ciudad. “Era una pequeñita habitación
en lo alto del hotel donde vivía. Desde allí,
además de empezar a escribir en abundancia, pude
ver otra cara de la ciudad. Los colores de sus techos,
las ropas de la gente secándose al sol y sus
atardeceres”.
Los cuentos de cómo era París
en la década del ’30 son inolvidables,
pero por más em-peño que le ponga a esas
historias no se puede dejar de observar los otros colores.
Los de Cuba.
Es impresionante ver la isla antes de la revolución.
La belleza y el calor de su gente y sus paisajes no
tienen igual. Uno se siente como en casa cuando entra
a la Bodeguita, las paredes escritas imitan el cuarto
de un adolescente y dejan entrever mil historias; y
la imagen de esa barra de madera bien gastada por el
trajinar de las copitas de ron se mezcla con el sonido
de los paisanos de no dejan de tocar el son.
Entre ellos y el humo de un puro Hemingway
se siguió confesando.
- ¿Usted es un hombre
pacifista?.
- Su pregunta es artera. Porque mis
libros traten sobre la muerte, la guerra y la lu-cha
del hombre contra las fuerzas de la naturaleza no quiere
decir que no sea pa-cifista. Si usted me leyó
también vio historias de amor. Esa es una pregunta
in-debida para estos tiempos.
- Su obra tiene fuertes rasgos
biográficos. ¿Hasta qué punto eso
deja de ser un elemento motivador para escribir y se
convierte en un mero narcisismo?.
- A todos nos gusta, ser reconocidos,
admirados, incluido usted. O sea, eso de narcisismo
creo que no es correcto; para escribir uno se nutre
de la experiencia. Es como en el periodismo: no se puede
redactar sobre lo que no se sabe. Y como no estoy apremiado
a escribir algo sí o sí, trabajo sobre
lo que sé y quiero.
- ¿Podría escribir
algo que no tenga ningún tinte biográfico?.
- Un buen escritor no narra hechos
reales; los inventa, hace ficción. Más
allá de partir o no de conocimientos personales.
- Desde Por quien doblan las
campanas hasta El viejo y el mar pasaron doce años.
Fueron tiempos de poca y mediocre creación, pero
también de felicidad personal. Viendo éste
y otros ejemplos de grandes artistas, ¿se puede
afirmar qué de la depresión y la infelicidad
se crea más y mejor?.
- Afirmar que alguien tiene que estar
hecho mierda para escribir o pintar bien se-ría
una estupidez. Uno puede escribir bien en cualquier
momento mientras la gente no interrumpa y se quede quieta.
Pero cuando mejor se escribe, induda-blemente es cuando
se está enamorado.
- Muchos piensan que usted
creó un nuevo y renovador estilo narrativo. Sin
em-bargo, hay quienes afirman que es pobre y kitsch*.
¿Qué tiene para decirles a esas personas?.
- Les diré sólo tres
cosas. Primero, que no tienen que caer en ese pensamiento
seudo-intelectual de que para escribir alta literatura
es necesario adornar y hacer rebuscado el lenguaje.
No. Lo que se debe buscar es transmitir lo que quiere
el escritor y para ello hay que redactar de forma sencilla
y directa. Esto lo dijo más allá de mi
formación como periodista, pues siempre insinué
más de lo que escri-bí. Segundo, que sería
muy fácil escribir literatura si no se tratará
más que de es-cribir de otra manera lo que ya
se ha escrito bien. Pero como ya ha habido muy buenos
escritores antes, el que escribe debe ir mucho más
allá, hasta donde nadie puede ayudarle. Por último,
conectando las dos cosas que dije, pienso que lo que
intenté (de forma consiente o inconsciente) a
lo largo de mi carrera fue sacar la disposición
estética del lenguaje de su tradicional localización
en la cabeza y el corazón y vincularla a los
nervios y los músculos.
- Una última pregunta,
¿la piel del antílope sobre la que escribe,
la cazó usted?.
- Of course.
* Este es un término actual.
Por eso el escritor fue enterado del significado del
mismo; dicha explicación no fue transcripta por
razones de agilidad del texto.
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