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La primera y la última de las novelas revertianas
(concepto que empieza a usarse en ámbitos académicos)
están conectadas por una carrera literaria sorprendentemente
sólida, de ahí que haya optado por comentarlas
juntas. Lo que encontramos en Cabo Trafalgar, la esencia
del estilo, así como el ideario y las intenciones,
aparece ya prefigurado en El húsar, novela que
fue originalmente publicada en 1986 (Akal) y que para
algunos (entre los que se cuentan Javier Marías
y Santos Sanz Villanueva) es su mejor obra. Además,
ambas novelas son breves y se sitúan en un tiempo
muy próximo, aunque las circunstancias cambien
para los españoles en cada uno de los libros.
Así, en aquella más antigua, que se refería
a un tiempo más reciente, franceses y españoles
se enfrentan en los campos de Andalucía, y en
la más reciente, que se refiere a un tiempo anterior,
españoles y franceses luchan juntos contra el
enemigo común inglés, aunque ya comiencen
a vislumbrarse los motivos de la posterior disputa.
Arturo Pérez-Reverte lo tenía
todo para convertirse en un mal novelista. Primero,
era periodista, y esto es más un obstáculo
que una ayuda (contra lo creído por la mayoría).
Luego, eligió el “subgénero de aventuras”,
a ojos del gran público y de la crítica,
muy dada a poner etiquetas con las que poder desprestigiar
más cómodamente. Y por fin, en sus artículos
de opinión (la forma más sencilla de acercarse
al gran público), gusta de complacer al lector
de manera excesiva, en una suerte de populismo articulístico
y literario que, a primera vista, le convierte en un
servil del “vulgo” (si tal actitud no procediese
de convicciones morales más profundas, como se
verá más abajo). Pero afortunadamente
no se cumplieron los designios, sino que este autor
se ha ido consolidando con el paso de los años,
hasta su triunfo definitivo con el ciclo de Alatriste,
a mi juicio su gran hallazgo y uno de mis personajes
preferidos. La combinación de intensas lecturas
y vivencias propias (como reportero de guerra) hacen
de él un escritor sólido, con un concepto
clásico de la literatura cuyos referentes son
bien claros y que nunca ha tratado de ocultar y, lo
que me parece más relevante, un conocimiento
del carácter humano de primera mano, ganado en
situaciones de gran intensidad. Esa casta de hombres
valientes que desfilan por sus obras, enseguida sabemos
que pertenecen a hombres reales más que a figuras
literarias. Y de ello tenemos una prueba en El húsar.
En las páginas 138-139 el joven subteniente Frederic
Glüntz describe a un húsar viejo y circunspecto,
de nariz aguileña, poblado mostacho y cicatriz
en el rostro, que no sólo físicamente
nos recuerda a Diego de Alatriste y Tenorio. Ya entonces
le dedica una página entera, lo que puede indicarnos
que era un personaje para él más importante
que otros, máxime cuando los secundarios de esta
novela primeriza están apenas esbozados.
La primera diferencia que encontramos
entre ambas novelas (El húsar y Cabo Trafalgar)
es el estilo superficial. En la obra de 1986 es más
clásico y moderado, pero en la más reciente
se parece mucho al que emplea en sus artículos
dominicales, con profusión de expresiones populares
y “palabrotas” (ese lenguaje que tantas
críticas le ha costado, para regocijo suyo, supongo).
Ello se advierte en la primera página de cada
novela.
“La hoja del sable lo fascinaba.
Frederic Glüntz era incapaz de apartar los ojos
de la bruñida lámina de acero que refulgía
fuera de la vaina, entre sus manos, arrojando destellos
rojizos cada vez que una corriente de aire movía
la llama del candil. Deslizó una vez más
la piedra de esmeril, sintiendo un escalofrío
al comprobar la perfección de la afilada hoja.”
“El teniente de navío
Louis Quelennec, de la Marina Imperial francesa, está
a punto de figurar en los libros de Historia y en este
relato, pero no lo sabe. De lo contrario, sus primeras
palabras al amanecer el 29 de vendimiario del año
XIV, o sea, el 21 de octubre de 1805, habrían
sido otras.
—Hijos de la gran puta.”
El lenguaje empleado en El húsar es, por así
decirlo, limpio. Pero está claro que no es el
puro lenguaje revertiano, que se asemeja más
a esta segunda versión, veinte años posterior.
Claro que tampoco soy un avezado lector de este novelista
(a parte de estas dos obras, sólo he leído
el ciclo de Alatriste) y me faltan datos, por lo que
quizá aventure demasiado al afirmar tal cosa
(agradezco en tal caso la corrección, y si alguien
me informa de la evolución estilística
de don Arturo, mayor agradecimiento). Otra diferencia
de matiz, porque no es más que eso, la encuentro
en el nacionalismo, más distanciado en 1986 y
más exaltado en 2005. Aunque no es una diferencia
muy grande, se percibe en el trato de las masas populares.
Las que se enfrentan a los franceses son hordas, armadas
con hoces y navajas, como leemos al final del libro.
Pero en la batalla de Trafalgar son, sin lugar a dudas,
los héroes; como aquél que jura vengarse
del oficial que le llevó a empellones al navío,
pero que en medio de la refriega olvida la afrenta y
pelea valerosamente al lado de quien era su enemigo.
El elogio de la gente sencilla, que no simple, es una
constante en su obra. Los gloriosos tercios que combatieron
en toda Europa por la supremacía española
durante siglo y medio estaban compuestos por los desgraciados
que nada tenían en suelo patrio, por ese tipo
de paisano que tanto gusta a Pérez-Reverte y
que tanto le ha dado a su narrativa. Puede que Glüntz
fuera un pequeño burgués, pero está
claro que Diego Alatriste era uno de estos héroes,
y en todo el ciclo se alaba una y otra vez a la gente
sencilla, a su resistencia y tenacidad, y a su ingenua
nobleza (que, no obstante, ha llevado a este país
a grandes penalidades, si hacemos caso a la historia
o a cierta historia), algo que se repite especialmente
en Cabo Trafalgar.
Uno de los temas de El húsar
es el contraste entre la mitología y la realidad
de la guerra. Los húsares Frederic y Michel charlan
sobre la belleza de la carga de caballería (en
El señor de los anillos de Peter Jackson tenemos
buenas muestras), el honor, la gloria. Pero luego la
batalla es bien diferente. Simbólicamente, Pérez-Reverte
lo señala con el uso, muy tradicional, muy decimonónico,
de los elementos: frente a los sables refulgiendo al
sol, la lluvia, el barro y la sangre. En Cabo Trafalgar
ya no aparece tal mitología. Todos los implicados
saben lo repugnante de la guerra, algo que en aquellos
navíos de madera era más inmediato que
en tierra: cada cañonazo significaba una lluvia
de astillas clavándose en la carne, cortando,
mutilando. Cabo Trafalgar tiene, pues, otra intención.
Ya no es el viaje iniciático de un joven, como
sí lo era El húsar. Es una novela más
puramente histórica, pero más concretamente
es una elegía, una elegía al pueblo español,
siempre manipulado, presionado y mal dirigido por reyes
y políticos mediocres o egoístas. Pérez-Reverte
critica al pueblo, mucho, en sus artículos, pero
en sus novelas pone de manifiesto que, en situaciones
extremas, se puede confiar en él, sólo
en él.
Toda la narrativa de Pérez-Reverte
está caracterizada por la agilidad, la emoción
y la intensidad, ya desde 1986. Los frecuentes descansos
reflexivos no cortan la dinamicidad de la narración,
sino que añaden un componente ideológico
que se mantien estable y que aporta solidez a la narración.
Nos movemos en terreno conocido, y esa familiaridad
ayuda a introducirse en la novela. Acción y reflexión
son, pues, los pilares de su narrativa, no tanto el
romanticismo, que aparece de manera lateral. En El húsar
se trata, nada más, de los primeros pasos amorosos
de un joven demasiado inexperto, pero este punto de
vista lo repite Íñigo de Balboa en el
ciclo de Alatriste. En Cabo Trafalgar el amor es más
profano, es el amor del marido que sabe que no va a
volver a ver a su esposa, o el hijo que ve empequeñecer
a su madre en el muelle mientras su barco le conduce
a la muerte. Este amor, más hermoso, más
profundo, sí lo trata el autor con la intensidad
que requiere, aunque no le dedique muchas páginas.
No obstante, es mucho más conmovedor que los
recuerdos de Glüntz y de hecho él mismo
acabará despreciando las imágenes que
al principio le resultaban tan alentadoras.
Un último apunte de semejanza
entre ambas novelas, y por no extenderme más,
es el hábil truco que emplea el autor para desembarazarse
de las críticas de los puntillosos expertos.
Me refiero a esos que consideran suficiente motivo para
echar abajo una novela el que en la página x
cierto personaje emplee una palabra que sólo
empezó a usarse siete meses después. En
ambas novelas, ambientadas en una época histórica
concreta, transforma la acción lo suficiente
como para distanciarla de la realidad. En El húsar,
la batalla en que combaten nunca ocurrió, pero
es un esquema de las muchas que se desarrollaron durante
la invasión francesa. Y en Cabo Trafalgar, es
bien sabido que el Antilla nunca existió, pero
es un trasunto de aquellos magníficos navíos
españoles que, hasta los ingleses lo reconocían,
eran los mejores del mundo. Un truco que emplea desde
los comienzos de su carrera y que nos indica, una vez
más, que cuando Arturo Pérez-Reverte se
puso a escribir, ya sabía lo que quería
con tanta claridad que no ha necesitado cambiar en todos
estos años.
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