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ARTURO PÉREZ-REVERTE
EL HÚSAR, Alfaguara, 2004 CABO TRAFALGAR, Alfaguara, 2004

La primera y la última de las novelas revertianas (concepto que empieza a usarse en ámbitos académicos) están conectadas por una carrera literaria sorprendentemente sólida, de ahí que haya optado por comentarlas juntas. Lo que encontramos en Cabo Trafalgar, la esencia del estilo, así como el ideario y las intenciones, aparece ya prefigurado en El húsar, novela que fue originalmente publicada en 1986 (Akal) y que para algunos (entre los que se cuentan Javier Marías y Santos Sanz Villanueva) es su mejor obra. Además, ambas novelas son breves y se sitúan en un tiempo muy próximo, aunque las circunstancias cambien para los españoles en cada uno de los libros. Así, en aquella más antigua, que se refería a un tiempo más reciente, franceses y españoles se enfrentan en los campos de Andalucía, y en la más reciente, que se refiere a un tiempo anterior, españoles y franceses luchan juntos contra el enemigo común inglés, aunque ya comiencen a vislumbrarse los motivos de la posterior disputa.

Arturo Pérez-Reverte lo tenía todo para convertirse en un mal novelista. Primero, era periodista, y esto es más un obstáculo que una ayuda (contra lo creído por la mayoría). Luego, eligió el “subgénero de aventuras”, a ojos del gran público y de la crítica, muy dada a poner etiquetas con las que poder desprestigiar más cómodamente. Y por fin, en sus artículos de opinión (la forma más sencilla de acercarse al gran público), gusta de complacer al lector de manera excesiva, en una suerte de populismo articulístico y literario que, a primera vista, le convierte en un servil del “vulgo” (si tal actitud no procediese de convicciones morales más profundas, como se verá más abajo). Pero afortunadamente no se cumplieron los designios, sino que este autor se ha ido consolidando con el paso de los años, hasta su triunfo definitivo con el ciclo de Alatriste, a mi juicio su gran hallazgo y uno de mis personajes preferidos. La combinación de intensas lecturas y vivencias propias (como reportero de guerra) hacen de él un escritor sólido, con un concepto clásico de la literatura cuyos referentes son bien claros y que nunca ha tratado de ocultar y, lo que me parece más relevante, un conocimiento del carácter humano de primera mano, ganado en situaciones de gran intensidad. Esa casta de hombres valientes que desfilan por sus obras, enseguida sabemos que pertenecen a hombres reales más que a figuras literarias. Y de ello tenemos una prueba en El húsar. En las páginas 138-139 el joven subteniente Frederic Glüntz describe a un húsar viejo y circunspecto, de nariz aguileña, poblado mostacho y cicatriz en el rostro, que no sólo físicamente nos recuerda a Diego de Alatriste y Tenorio. Ya entonces le dedica una página entera, lo que puede indicarnos que era un personaje para él más importante que otros, máxime cuando los secundarios de esta novela primeriza están apenas esbozados.

La primera diferencia que encontramos entre ambas novelas (El húsar y Cabo Trafalgar) es el estilo superficial. En la obra de 1986 es más clásico y moderado, pero en la más reciente se parece mucho al que emplea en sus artículos dominicales, con profusión de expresiones populares y “palabrotas” (ese lenguaje que tantas críticas le ha costado, para regocijo suyo, supongo). Ello se advierte en la primera página de cada novela.

“La hoja del sable lo fascinaba. Frederic Glüntz era incapaz de apartar los ojos de la bruñida lámina de acero que refulgía fuera de la vaina, entre sus manos, arrojando destellos rojizos cada vez que una corriente de aire movía la llama del candil. Deslizó una vez más la piedra de esmeril, sintiendo un escalofrío al comprobar la perfección de la afilada hoja.”

“El teniente de navío Louis Quelennec, de la Marina Imperial francesa, está a punto de figurar en los libros de Historia y en este relato, pero no lo sabe. De lo contrario, sus primeras palabras al amanecer el 29 de vendimiario del año XIV, o sea, el 21 de octubre de 1805, habrían sido otras.
—Hijos de la gran puta.”

El lenguaje empleado en El húsar es, por así decirlo, limpio. Pero está claro que no es el puro lenguaje revertiano, que se asemeja más a esta segunda versión, veinte años posterior. Claro que tampoco soy un avezado lector de este novelista (a parte de estas dos obras, sólo he leído el ciclo de Alatriste) y me faltan datos, por lo que quizá aventure demasiado al afirmar tal cosa (agradezco en tal caso la corrección, y si alguien me informa de la evolución estilística de don Arturo, mayor agradecimiento). Otra diferencia de matiz, porque no es más que eso, la encuentro en el nacionalismo, más distanciado en 1986 y más exaltado en 2005. Aunque no es una diferencia muy grande, se percibe en el trato de las masas populares. Las que se enfrentan a los franceses son hordas, armadas con hoces y navajas, como leemos al final del libro. Pero en la batalla de Trafalgar son, sin lugar a dudas, los héroes; como aquél que jura vengarse del oficial que le llevó a empellones al navío, pero que en medio de la refriega olvida la afrenta y pelea valerosamente al lado de quien era su enemigo. El elogio de la gente sencilla, que no simple, es una constante en su obra. Los gloriosos tercios que combatieron en toda Europa por la supremacía española durante siglo y medio estaban compuestos por los desgraciados que nada tenían en suelo patrio, por ese tipo de paisano que tanto gusta a Pérez-Reverte y que tanto le ha dado a su narrativa. Puede que Glüntz fuera un pequeño burgués, pero está claro que Diego Alatriste era uno de estos héroes, y en todo el ciclo se alaba una y otra vez a la gente sencilla, a su resistencia y tenacidad, y a su ingenua nobleza (que, no obstante, ha llevado a este país a grandes penalidades, si hacemos caso a la historia o a cierta historia), algo que se repite especialmente en Cabo Trafalgar.

Uno de los temas de El húsar es el contraste entre la mitología y la realidad de la guerra. Los húsares Frederic y Michel charlan sobre la belleza de la carga de caballería (en El señor de los anillos de Peter Jackson tenemos buenas muestras), el honor, la gloria. Pero luego la batalla es bien diferente. Simbólicamente, Pérez-Reverte lo señala con el uso, muy tradicional, muy decimonónico, de los elementos: frente a los sables refulgiendo al sol, la lluvia, el barro y la sangre. En Cabo Trafalgar ya no aparece tal mitología. Todos los implicados saben lo repugnante de la guerra, algo que en aquellos navíos de madera era más inmediato que en tierra: cada cañonazo significaba una lluvia de astillas clavándose en la carne, cortando, mutilando. Cabo Trafalgar tiene, pues, otra intención. Ya no es el viaje iniciático de un joven, como sí lo era El húsar. Es una novela más puramente histórica, pero más concretamente es una elegía, una elegía al pueblo español, siempre manipulado, presionado y mal dirigido por reyes y políticos mediocres o egoístas. Pérez-Reverte critica al pueblo, mucho, en sus artículos, pero en sus novelas pone de manifiesto que, en situaciones extremas, se puede confiar en él, sólo en él.

Toda la narrativa de Pérez-Reverte está caracterizada por la agilidad, la emoción y la intensidad, ya desde 1986. Los frecuentes descansos reflexivos no cortan la dinamicidad de la narración, sino que añaden un componente ideológico que se mantien estable y que aporta solidez a la narración. Nos movemos en terreno conocido, y esa familiaridad ayuda a introducirse en la novela. Acción y reflexión son, pues, los pilares de su narrativa, no tanto el romanticismo, que aparece de manera lateral. En El húsar se trata, nada más, de los primeros pasos amorosos de un joven demasiado inexperto, pero este punto de vista lo repite Íñigo de Balboa en el ciclo de Alatriste. En Cabo Trafalgar el amor es más profano, es el amor del marido que sabe que no va a volver a ver a su esposa, o el hijo que ve empequeñecer a su madre en el muelle mientras su barco le conduce a la muerte. Este amor, más hermoso, más profundo, sí lo trata el autor con la intensidad que requiere, aunque no le dedique muchas páginas. No obstante, es mucho más conmovedor que los recuerdos de Glüntz y de hecho él mismo acabará despreciando las imágenes que al principio le resultaban tan alentadoras.

Un último apunte de semejanza entre ambas novelas, y por no extenderme más, es el hábil truco que emplea el autor para desembarazarse de las críticas de los puntillosos expertos. Me refiero a esos que consideran suficiente motivo para echar abajo una novela el que en la página x cierto personaje emplee una palabra que sólo empezó a usarse siete meses después. En ambas novelas, ambientadas en una época histórica concreta, transforma la acción lo suficiente como para distanciarla de la realidad. En El húsar, la batalla en que combaten nunca ocurrió, pero es un esquema de las muchas que se desarrollaron durante la invasión francesa. Y en Cabo Trafalgar, es bien sabido que el Antilla nunca existió, pero es un trasunto de aquellos magníficos navíos españoles que, hasta los ingleses lo reconocían, eran los mejores del mundo. Un truco que emplea desde los comienzos de su carrera y que nos indica, una vez más, que cuando Arturo Pérez-Reverte se puso a escribir, ya sabía lo que quería con tanta claridad que no ha necesitado cambiar en todos estos años.