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AUTOBIOGRAFÍA DE UN ADICTO AL OPIO
H. R. Robinson (Emecé)

Herbert Reginald Robinson era, según M. Shelden, “el inglés de peor reputación de Mandalay”. Tal aseveración dice mucho de la sociedad y poco de la persona, si entendemos que tan mala fama le venía dada por su exacerbado consumo de opio y no por ser un criminal, un ladrón o un depravado. Según nos cuenta Robinson en esta su autobiografía, en la ciudad birmana contaba con numerosos amigos, pero generalmente son chinos o birmanos, y cuando recurre a amistades paisanas, ésta son siempre las mismas –escondidas bajo los motes de ‘el Poeta’ y ‘el Capellán’. El desprecio que sufría Robinson provenía, pues, de la comunidad británica y no de la indígena. Una comunidad que, siguiendo el estilo occidental, valoraba más las apariencias que el fondo. Nuestro adicto no dañaba a nadie, su adicción sólo le incumbía a él, pero era el inglés de peor reputación de un lugar cuyas autoridades eran completamente corruptas –él mismo, cuando fue ‘la autoridad’, practicó el nobilísimo arte de aprovecharse del puesto.

La contracubierta del libro editado por Emecé contiene un pequeño engaño. Ahora llegamos a eso. En el prógolo, el editor inglés de la obra refiere la dificultad de encontrar, antes de que él reeditara este libro, ejemplares de la edición original de 1942. ¿Sería que “el Departamento de la Guerra y el Ministerio de Información desaprobaban su contenido en una época en que Birmania estaba siendo asolada por el ejército japonés y los birtánicos se encontraban en ignominioso repliegue?” (p. 6). A esta vaga teoría se aferra el editor de la presente para decir que “el autor muestra de una manera sutil su descontento con la política británica en Asia”. Algo que de ninguna manera ocurre en el texto. Sólo constata una queja, referida a la brutalidad de los castigos en el ejército, y ocurre en Mesopotamia, algo que se puede achacar más al desagrado de ese territorio y a sus inclinaciones estéticas para con el cuerpo humano (pp. 39, 201 y 210). Critica las políticas del opio del gobierno, pero más por su ineficacia que por su ruindad. No hay, pues, tal crítica a la política británica en oriente, que acepta con sumisión y desinterés; lo que rechaza es la rigidez e intransigencia de la civilización occidental al completo. Es, en verdad, un libro sobre la vivencia del opio, y lo escribió con la intención de alejar a sus lectores del vicio, pero sin querer –o casi- escribió una apología del orientalismo tanto como un ajuste de cuentas consigo mismo, y sin duda un texto budista como aclara en las últimas líneas.

En la cubierta encontramos otro pequeño engaño. Una frase de Orwell, extraída de la reseña que éste hizo a la edición original de 1942, aparece en el margen superior. Cuando leemos dicha reseña, incluida en el libro, advertimos que Orwell, que conocía a Robinson, difícilmente podría considerarse un amigo; la reseña parece más un favor desagradable e ineludible que el intento por apoyar a un colega desgraciado. Dice en ella, además, que es una obra escrita por un aficionado, lo cual es cierto –aunque seguro que los diversos editores y la presente traductora le han hecho más de un favor al texto. Y, no obstante, está escrito con mesura y prudencia, alejándose de sensacionalismos y efectismos –bebés correteando por techos, por ejemplo-. Transmite su íntimo desencanto ante el opio y ante su propia vida, pero no desesperación ni odio. El autor es casi imperturbable, casi Sunyata. A lo largo de todo el libro, sus decisiones aparecen extrañamente motivadas por fríos razonamientos ante el discurrir de los hechos, y no por la desesperación, la rabia o el sufrimiento. Incluso cuando intenta suicidarse parece estar en sus cabales. Evidentemente, miente. Como en toda autobiografía, el autor miente. Y, al mismo tiempo, es descarnadamente sincero.

Robinson carece de estabilidad desde la infancia. Constantes mudanzas lo llevan de una punta de Inglaterra a otra, y cuando alcanza madurez suficiente, se alista en el ejército y vaga por India, Mesopotamia y, por fin, Birmania. Birmania y, más concretamente, Mandalay, es para Robinson el lugar donde la libertad se ofrece, no se pelea, lugar ameno y colorido, donde carece de responsabilidades y puede huir de la rigidez social inglesa. Es un hombre constamentemente en busca de nuevas emociones, de experiencias por descubrir, un claro ejemplo de sociedad o clase en decadencia –el imperio británico y la alta burguesía del gentleman. Es algo en lo que incide durante todo el texto y especialmente en las primeras páginas: tiene que experimentar para conceder validez a cualquier pensamiento, conocimiento o convención, por común que sea: ¿es realmente necesario ser disparado para entender que no es agradable ser disparado? (p. 38). Pero hasta que la realidad no le golpea o, por lo menos, no le advierte seriamente, no retrocede. Su pretensión es claramente justificar su personalidad adictiva, que le lleva a probar todo tipo de drogas, no sólo opio, también hachís y cocaína –que allá se consumía de una peculiar y masoquista forma.

El opio le amarrará a oriente, aunque en parte tampoco es falso que occidente le repele. El opio ya le fascina antes de haberlo probado. En estos primeros momentos se une la fascinación por la droga y por su nuevo amigo, Ba Ohn –de quien primero dice estar enamorado (p. 112), aunque luego niega haber amado (p. 205). La atmósfera que rodeará sus descripciones de los fumaderos y los fumadores de opio siempre será cercana a la fantasía. Ba Ohn aparece y desaparece como un espíritu –y sus trazas no son distintas a las de un vampiro o espectro- y habla como un ente transmundano: “el thakin seguramente volverá, y yo siempre estaré aquí para ayudarlo”. La magia y la superstición recorren la narración y juegan también un relevante papel en el desarrollo de su vida; recibe de un viejo mago un amuleto que le protegería de la muerte por bala o cuchillo, pero rechaza otro que le habría protegido de cualquier herida provocada por dichas armas, por lo que el mago despechado le vaticinará “una gran oscuridad”. Si primer intento por abandonar el opio le llega rápido, y decide tomar el Camino Medio y hacerse monje budista. Con clamoroso fracaso desde el primer día, cabe decir. Al volver al siglo, Ba Ohn estaba aguardándole, aunque se “preguntaba cuánto tiempo…”.

A lo largo del libro vivimos, junto con el autor, el sencillo encanto de la vida en la frontera, la imparable atracción que el opio ejerce sobre él hasta rendirle y los repetidos intentos por liberarse de la dulce esclavitud de su adicción. Entre tanto, describirá creencias y maneras de vivir, obviando descripciones geográficas o artísticas si no son estrictamente necesarias: no es un libro de viajes exóticos. Es la historia de un hombre que vive entre dos mundos y camina peligrosamente por el filo que los separa, con gran riesgo, pero sólo en el límite se puede pensar con profundidad y ésta ocasión nos la brinda esta breve y agradable autobiografía oriental.