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triste, pero nuestra historia, como la de todas las
naciones, se ha construido mediante la violencia. La
sangre ha regado la raíz de las naciones, pero
cabe preguntar si, en vez de nutrirlas, de favorecerlas,
no las habrá ahogado. Si atendemos a autores
excelentes pero fríos y conservadores, como Marvin
Harris, la guerra es un mal necesario, la consecuencia
inevitable de la lucha por la conservación y
el desarrollo. Es, por otro lado, la medicina de la
naturaleza para curarse de esa plaga que son los humanos.
Pero Harris decide generalizar a partir de un estudio
muy concreto: el de las sociedades pre-estatales, y
en mi opinión, a partir del siglo XV sus conclusiones
ya no se pueden aplicar, al menos a Europa. En parte.
Lo que habría que puntualizar es que la guerra
deja de ser una consecuencia inevitable y, a lo largo
de la edad moderna y hasta hoy, asistimos al largo aprendizaje
de los humanos que empiezan a ver que en la guerra pierden
más de lo que ganan. Aunque desconozco hasta
qué punto somos conscientes de ello en Europa,
sí que me parece que al otro lado del charco
y en la renaciente China aún les queda un largo
camino de aprendizaje.
Lo que es indudable es que la guerra ha decidido, en
el pasado (y no tan lejano) nuevos rumbos a tomar. El
resultado de una batalla pudo ser uno u otro, y en cada
uno de los casos la historia del mundo habría
sido de una manera. Otras veces, las batallas sólo
alargan una situación irremediable, o aceleran
el cambio. Por ejemplo, aunque la invasión de
Normandía hubiera sido un fracaso (y estuvo muy
cerca de serlo, la planificación y la ejecución
fue un desastre, sólo el colapso interno del
Reich, desangrándose contra el infinito ejército
soviético, les abrió las puertas de Europa
a los aliados), la victoria aliada era ya irremediable
(por fortuna). Una victoria alemana sólo habría
alargado la agonía de un imperio que quiso durar
mil años y que se desmoronó antes de empezar,
mayormente porque era un proyecto anacrónico,
llevado a cabo con métodos igualmente anacrónicos.
No se dieron cuenta de que hoy los imperios se forjan
con márquetin, mucho más efectivamente
que con bombas (a algunos se les va olvidando, porque
su propia estructura se resquebraja, y el miedo les
hace volver al pasado; el miedo siempre nos devuelve
al pasado). La historia de España está
salpicada de batallas asimismo decisivas, desde hace
más de dos mil años (y antes seguramente
también, pero no tenemos noticia) y en este libro
tenemos un breve repaso de éstas, incluyendo
las causas del conflicto, el desarrollo de las operaciones
y las conclusiones que tuvieron. El elenco es bastante
acertado, aunque quizá las luchas de Roma en
Hispania no fueron nunca decisivas, porque el resultado
estaba decidido de antemano, por mucho valor ibérico
y celta que se desplegara.
Creo que en el magnífico prólogo
el lector se hace ya a la idea de lo que va a encontrar
y si le va a interesar la lectura o no. En él
está recogido, además, el punto de vista
del autor, así como el proceso que le llevó
hasta esas convicciones. A partir de ahí, un
relato absorbente, en el que se teje el paño
de la historia con múltiples hilos. Están
batallas conocidas, como Guadalete o las Navas, con
otras menos conocidas, como Rocroi, famosa en estos
días porque en ella participó el capitán
Alatriste. Hay victorias, como Pavía, y desastres,
como Annual. Pero lo que hay es mucha muerte, mucha
sangre, muchas vidas segadas y que pudieron empeñarse
en labores más productivas. Hoy sabemos que el
imperio de Castilla se derrumbó, entre otras
muchas razones (como la inflación desmesurada
por la llegada de la plata americana), por las constantes
guerras mantenidas en Europa sin que, además,
hubiera una expectativa clara de victoria definitiva
y, ni siquiera en el caso de que la hubiera, el objetivo
claro de ésta. Nada habría cambiado para
España si hubiera dejado de combartir en Europa.
Su futuro estaba en América, o quizá América
fue su ruina y su futuro estaba en Europa, pero nunca
en todos los frentes, como enemiga de todos. Aún
así, Castilla (por mucho que la única
derecha que hay aquí, la derecha ultraconservadora,
diga que España nace con los visigodos y aún
antes, yo creo que España nace en el siglo XVII,
con la pérdida de Portugal y de las posesiones
europeas, hasta ese momento es el imperio de Castilla)
se mantuvo en pie casi doscientos años, hasta
que ella misma se venció con sus errores y su
empecinamiento religioso y su inflexibilidad.
Pero a lo que vamos. Es un libro éste
que, como todos los que nos cuentan nuestra historia,
pone de mal humor. Porque una y otra vez vemos a nuestros
mentecatos gobernantes y generales arruinar al país.
Primero, por arrastrarle a la guerra. Luego, por hacérsela
perder. Los grandes hombres siempre pagan en este país
con la desgracia y la ruina, como Ambrosio de Espínola,
que hizo a los tercios, que ya estaban agotados, aún
invencibles, pero murió solo y abandonado. Y
mientras, los miserables reciben toda la gloria, como
el gran miserable de Cervera, a quien aquí ponen
en su sitio y de quien no quiero ni hablar. Quizá
pueda echársele en cara alguna imprecisión,
como por ejemplo en el relato de la invasión
de Roma (los cántabros que incitaron la rebelión,
tras escapar de su esclavitud en la Galia, no atacaron
a las legiones de Agripa, provocando su deshonor; Agripa
fue enviado después, por el deshonor de las legiones
que no habían podido reprimir la rebelión
y cuyas enseñas fueron capturadas por los rebeldes)
o las cifras de las Navas, muy exageradas. Pero las
batallas están bien descritas, y abundan las
explicaciones, algunas de ellas muy valiosas, como el
reconocimiento de que, en las Navas, la batalla se ganó
de chiripa, ante un enemigo muy superior no sólo
en número, sino también en técnica
y táctica. Se ganó «a puros huevos»,
en plan «a mí, Manolo, que les arrollo»
(además se contó con la colaboración
de parte de los propios musulmanes que se inhibieron
de la batalla dejando en inferioridad a Miramamolín).
Vamos, la furia española que no siempre fue nuestra,
que a veces fue la inquebrantable disciplina de los
tercios. Como en todo libro de historia, no siempre
estaremos de acuerdo con el autor. Yo, por ejemplo,
no creo que Rocroi fuera tan grave, porque los tercios
siguieron obteniendo victorias en toda Europa (aunque,
ideológicamente, quizá sí fuera
una derrota importante). Pero al menos tenemos las herramientas
para decidir y no sólo las decisiones ya tomadas.
En definitiva, un buen libro para
aproximarse a nuestra historia, tan desconocida y tan
fascinante, tan dolorosa. Hubo guerras sin descanso
hasta 1700, y eso quizá influyó en nuestra
miseria, porque a España sólo le ha ido
bien en la paz (aun en la falsa paz que fue la dictadura
franquista). Y eso nos da esperanza, porque tenemos
ya una larga paz que apreciamos de verdad, quizá
seamos el pueblo más pacifista del mundo. Por
cierto que, en este libro encontramos también
el origen de este pacifismo, que se remonta al siglo
XIX y sus locuras (nuestro siglo XIX duró hasta
1975, ahí es nada).
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