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BATALLAS DECISIVAS DE LA HISTORIA DE ESPAÑA
Juan Carlos Losada. Suma de Letras, Madrid, 2005

Es triste, pero nuestra historia, como la de todas las naciones, se ha construido mediante la violencia. La sangre ha regado la raíz de las naciones, pero cabe preguntar si, en vez de nutrirlas, de favorecerlas, no las habrá ahogado. Si atendemos a autores excelentes pero fríos y conservadores, como Marvin Harris, la guerra es un mal necesario, la consecuencia inevitable de la lucha por la conservación y el desarrollo. Es, por otro lado, la medicina de la naturaleza para curarse de esa plaga que son los humanos. Pero Harris decide generalizar a partir de un estudio muy concreto: el de las sociedades pre-estatales, y en mi opinión, a partir del siglo XV sus conclusiones ya no se pueden aplicar, al menos a Europa. En parte. Lo que habría que puntualizar es que la guerra deja de ser una consecuencia inevitable y, a lo largo de la edad moderna y hasta hoy, asistimos al largo aprendizaje de los humanos que empiezan a ver que en la guerra pierden más de lo que ganan. Aunque desconozco hasta qué punto somos conscientes de ello en Europa, sí que me parece que al otro lado del charco y en la renaciente China aún les queda un largo camino de aprendizaje.

Lo que es indudable es que la guerra ha decidido, en el pasado (y no tan lejano) nuevos rumbos a tomar. El resultado de una batalla pudo ser uno u otro, y en cada uno de los casos la historia del mundo habría sido de una manera. Otras veces, las batallas sólo alargan una situación irremediable, o aceleran el cambio. Por ejemplo, aunque la invasión de Normandía hubiera sido un fracaso (y estuvo muy cerca de serlo, la planificación y la ejecución fue un desastre, sólo el colapso interno del Reich, desangrándose contra el infinito ejército soviético, les abrió las puertas de Europa a los aliados), la victoria aliada era ya irremediable (por fortuna). Una victoria alemana sólo habría alargado la agonía de un imperio que quiso durar mil años y que se desmoronó antes de empezar, mayormente porque era un proyecto anacrónico, llevado a cabo con métodos igualmente anacrónicos. No se dieron cuenta de que hoy los imperios se forjan con márquetin, mucho más efectivamente que con bombas (a algunos se les va olvidando, porque su propia estructura se resquebraja, y el miedo les hace volver al pasado; el miedo siempre nos devuelve al pasado). La historia de España está salpicada de batallas asimismo decisivas, desde hace más de dos mil años (y antes seguramente también, pero no tenemos noticia) y en este libro tenemos un breve repaso de éstas, incluyendo las causas del conflicto, el desarrollo de las operaciones y las conclusiones que tuvieron. El elenco es bastante acertado, aunque quizá las luchas de Roma en Hispania no fueron nunca decisivas, porque el resultado estaba decidido de antemano, por mucho valor ibérico y celta que se desplegara.

Creo que en el magnífico prólogo el lector se hace ya a la idea de lo que va a encontrar y si le va a interesar la lectura o no. En él está recogido, además, el punto de vista del autor, así como el proceso que le llevó hasta esas convicciones. A partir de ahí, un relato absorbente, en el que se teje el paño de la historia con múltiples hilos. Están batallas conocidas, como Guadalete o las Navas, con otras menos conocidas, como Rocroi, famosa en estos días porque en ella participó el capitán Alatriste. Hay victorias, como Pavía, y desastres, como Annual. Pero lo que hay es mucha muerte, mucha sangre, muchas vidas segadas y que pudieron empeñarse en labores más productivas. Hoy sabemos que el imperio de Castilla se derrumbó, entre otras muchas razones (como la inflación desmesurada por la llegada de la plata americana), por las constantes guerras mantenidas en Europa sin que, además, hubiera una expectativa clara de victoria definitiva y, ni siquiera en el caso de que la hubiera, el objetivo claro de ésta. Nada habría cambiado para España si hubiera dejado de combartir en Europa. Su futuro estaba en América, o quizá América fue su ruina y su futuro estaba en Europa, pero nunca en todos los frentes, como enemiga de todos. Aún así, Castilla (por mucho que la única derecha que hay aquí, la derecha ultraconservadora, diga que España nace con los visigodos y aún antes, yo creo que España nace en el siglo XVII, con la pérdida de Portugal y de las posesiones europeas, hasta ese momento es el imperio de Castilla) se mantuvo en pie casi doscientos años, hasta que ella misma se venció con sus errores y su empecinamiento religioso y su inflexibilidad.

Pero a lo que vamos. Es un libro éste que, como todos los que nos cuentan nuestra historia, pone de mal humor. Porque una y otra vez vemos a nuestros mentecatos gobernantes y generales arruinar al país. Primero, por arrastrarle a la guerra. Luego, por hacérsela perder. Los grandes hombres siempre pagan en este país con la desgracia y la ruina, como Ambrosio de Espínola, que hizo a los tercios, que ya estaban agotados, aún invencibles, pero murió solo y abandonado. Y mientras, los miserables reciben toda la gloria, como el gran miserable de Cervera, a quien aquí ponen en su sitio y de quien no quiero ni hablar. Quizá pueda echársele en cara alguna imprecisión, como por ejemplo en el relato de la invasión de Roma (los cántabros que incitaron la rebelión, tras escapar de su esclavitud en la Galia, no atacaron a las legiones de Agripa, provocando su deshonor; Agripa fue enviado después, por el deshonor de las legiones que no habían podido reprimir la rebelión y cuyas enseñas fueron capturadas por los rebeldes) o las cifras de las Navas, muy exageradas. Pero las batallas están bien descritas, y abundan las explicaciones, algunas de ellas muy valiosas, como el reconocimiento de que, en las Navas, la batalla se ganó de chiripa, ante un enemigo muy superior no sólo en número, sino también en técnica y táctica. Se ganó «a puros huevos», en plan «a mí, Manolo, que les arrollo» (además se contó con la colaboración de parte de los propios musulmanes que se inhibieron de la batalla dejando en inferioridad a Miramamolín). Vamos, la furia española que no siempre fue nuestra, que a veces fue la inquebrantable disciplina de los tercios. Como en todo libro de historia, no siempre estaremos de acuerdo con el autor. Yo, por ejemplo, no creo que Rocroi fuera tan grave, porque los tercios siguieron obteniendo victorias en toda Europa (aunque, ideológicamente, quizá sí fuera una derrota importante). Pero al menos tenemos las herramientas para decidir y no sólo las decisiones ya tomadas.

En definitiva, un buen libro para aproximarse a nuestra historia, tan desconocida y tan fascinante, tan dolorosa. Hubo guerras sin descanso hasta 1700, y eso quizá influyó en nuestra miseria, porque a España sólo le ha ido bien en la paz (aun en la falsa paz que fue la dictadura franquista). Y eso nos da esperanza, porque tenemos ya una larga paz que apreciamos de verdad, quizá seamos el pueblo más pacifista del mundo. Por cierto que, en este libro encontramos también el origen de este pacifismo, que se remonta al siglo XIX y sus locuras (nuestro siglo XIX duró hasta 1975, ahí es nada).