| El
barrio. Es el referente de identidad de muchos de mis
coetáneos, niños nacidos a mediados de
los setenta. El barrio ubicado en un extrarradio de
una gran ciudad, un lugar complicado para la infancia
y la adolescencia, pero donde se reciben las primeras
lecciones sobre lo paradójico y cruel del mundo
y de la raza humana, que hacen despertar el instinto
de supervivencia. A todos los que hemos vivido en barrios
de extrarradio esa experiencia ha pasado con fuerza
a nuestro activo vital. A algunos, el barrio, les ha
impregnado para siempre y de manera continua en sus
vidas y podemos identificarlos repitiendo con exasperante
mimetismo los comportamientos adquiridos en él.
A otros se nos escapa de vez en cuando y tenemos una
relación amor – odio con ese referente
indispensable de nuestras vidas.
Samuel Benchetrit parece que pertenece
a esta segunda clase y lo que ha querido hacer con estas
“Crónicas del asfalto” es ejercer
de narrador más o menos aséptico de lo
vivido en su barrio durante su infancia. Son episodios
aislados que sin embargo forman un cuadro costumbrista
de esos microcosmos suburbiales. Los relatos son crudos
y probablemente algunos exagerados por el recuerdo de
una mente infantil o por un juego de licencias literarias
que exige crueldad y exceso, lo que contribuye a una
recreación hiperbólica. También
ocurre en la realidad. La mitificación de las
aventuras del barrio es palpable en cualquier conversación
sobre el tema, y Benchetrit parece haberlas adoptado
para su novela.
Crónicas del Asfalto es el principio
de una serie de cinco novelas en las que Benchetrit
pretendes narrarnos sus treinta y cuatro años
de vida. Es su proyecto actual después de publicar
su primera novela, Relato de un Inútil y de coquetear
con el teatro y el cine (es el director de la inefable
“Janis y John”). Una arriesgada y precoz
apuesta que a buen seguro que tendrá sus seguidores,
porque Benchetrit ya goza de cierta popularidad en el
país vecino donde es considerado como una bocanada
de aire fresco para sus letras. Desde luego Samuel tiene
arrojo y ribetes de malditismo, probablemente herencia
de sus querido Bukowski y compañía, pero
por esta novela no se intuye tanto talento ni innovación
como se preconiza. A mi me ha resultado un entretenimiento
en ocasiones evocador, escrito con soltura y habilidad
narrativa teniendo en cuenta el tema escogido. Pero
poco más. |
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