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CUENTOS DE LA CALLE DEL PEZ
Miguel Ángel Mendo y otros. Madrid: Turpin, 2004

Lo más común en el mundo del libro es que solo prestemos atención a los nombres más conocidos de las editoriales más relevantes o con mayor predicamento. No es que con ello estemos leyendo malos libros, porque no siempre el éxito comercial es sinónimo de fracaso artístico. Sí es relativamente habitual, pero no se trata ni mucho menos de una norma fija. Lo que con ello ocurre es que dejamos de lado otras literaturas, otros nombres, otros proyectos editoriales menores en presupuesto, pero muchas veces mayores en cuanto a expectativas artísticas. Proyectos conscientes de su difícil supervivencia, que dependen del exiguo número de lectores independientes (de la lista de los diez más vendidos). En esto todo depende del riesgo que el lector quiera correr; lo común es el conservadurismo, la inversión en valores seguros de la escritura que garantizan el acierto. Comprando el último de Javier Marías, de Manuel Rivas (que aparece por cierto en el volumen que comento aquí), de Antonio Soler, de Álvaro Pombo, &c., sabemos que ocupamos dignamente un espacio de nuestra biblioteca. No hay riesgo, no hay error posible, como si optásemos por Mann, Cervantes, o Woolf. Pero también podemos atrevernos con pequeños riesgos, autores menos conocidos por la mayoría (pero célebres a fin de cuentas), como Kawabata o Hoeg o, salto sin red, por alguno de esos que publican en editoriales pequeñas o menos grandes que las más grandes, o autores que, dentro de estas últimas, reciben mucha menos atención y promoción. Quizá erremos, quizá resulte que no tenemos un libro sino un montón de papel impreso, encuadernado, prensado y cortado. Bueno, no se corre un peligro muy grande, si lo peor que nos puede pasar es perder 15 o 20 €... Un par de cañas y una ración de patatas bravas (bueno, y algo más).

Es una cuestión de carácter, pero algunos piensan que merece la pena arriesgar un poco, lanzarse con un ejemplar poco destacado en la mesa de novedades, oculto tras el misterio biográfico de turno. Y quizá nos topemos con un inopinado tesoro, o con un buen libro sin más. En el caso que nos ocupa, CUENTOS DE LA CALLE DEL PEZ, debo reconocer que me llamó más la atención la proximidad de dicha vía a mi propia vivienda que lo desconocido del elenco de autores, que no lo son tanto (fue la presencia de Manuel Rivas lo que me hizo comprarlo, al fin; seré algo conservador). Desde mi llegada a la capital, me llamó la atención una calle, en pleno centro de Madrid, con nombre acuático. Sin saber por qué, sin saber nada de ella, me sentía atraído, había «algo». Me había captado. Luego fui conociendo más, fui haciéndome consciente de que la calle, que apenas tenía nada de especial a primera vista que justificase su atracción sobre mí, tenía un «algo», es decir, magia. Es una calle mágica, aunque eso no se vea, sino que solo se sienta. La colección de relatos que presenta Turpin Editores ayuda a explicar ese sentimiento. Leyendo algunos de ellos, se sabe de su pasado comercial como una pequeña Gran Vía, como núcleo del barrio estudiantil, cuando los estudiantes eran rebeldes y aún tenían esperanzas e ilusiones, como hogar de la canalla madrileña, como germen de «la movida». Cierto que no todos los relatos alcanzan la misma calidad artística, pero cada uno de ellos, desde su individualidad, aporta un ingrediente al conjuro que explica la atmósfera de la calle del Pez y aledañas. Comentaré brevemente algunos de ellos.

En «Sombras chinescas», Miguel Ángel Mendo demuestra que mantiene el recuerdo de la infancia fresco en la memoria. Es un caso raro entre los escritores, muy habituados a situar sus historias en la edad infantil, pero sin recordarla, describiendo a los niños como adultos extravagantes, sin más. M. A. Mendo presenta a niños que son niños, en un relato más sensible que sentimental, evocador y, al mismo tiempo, crítico. Jesús Ferrero articula «Tangos de la calle del Pez» mediante la historia de Portel y Orgaz, dos empedernidos e invencibles jugadores de ajedrez y va colgando, en este sugerente perchero, anécdotas que se nutren de la historia canallesca del barrio de Maravillas o Malasaña. Personalmente, agradezco volver a leer algo suyo, le tenía algo olvidado; recibió mucha publicidad con Bélver Yin, pero luego no ha tenido tanta, y puede que los más jóvenes ni siquiera le conozcan. «El peluquero de la Luna» es una historia de locura, de cómo la locura puede contagiarse (eso lo saben bien los psiquiatras) y eso le da mayor empaque de enfermedad, algo que muchas veces olvidamos. Las obsesiones constituyen normalmente nuestro día a día, aunque muchas veces lo percibamos como meras rutinas; sólo cuando nuestras pequeñas obsesiones crecen se convierten en locura, y es fácil que lo hagan por imitación. No obstante, el final del relato es un tanto forzado, Barquín intenta por todos los medios cerrar el círculo pero lo lleva a extremos inconcebibles. Para meternos el miedo en el cuerpo, Juan Madrid retrata un crimen inopinado y absurdo perpetrado por tres delincuentes comunes que, a lo largo de las breves páginas, nos ponen en antecedentes quizá intentando justificar su vida delictiva. Lo más inquietante, descendiendo al nivel personal, es que en el cajero donde ocurren los hechos literarios yo mismo he sacado dinero alguna vez. ¿O no? ¿Son las mismas calles, aunque tengan el mismo nombre y el mismo aspecto? ¿Pasearemos alguna vez por las calles de papel de Max Estrella? Por si acaso, no volveré a acercarme a un cajero a las «Doce menos cinco». En el mismo ambiente, Jaro Onsurbe («De valle en valle») traza un relato de muy diferente intención; mucho más pacífico, claro, menos aterrador. Lo mejor del relato es el juego del lenguaje, en tres niveles: el barroco narrador, los castizos personajes, la científica conferencia. Los lenguajes se oponen y danzan, se entremezclan, como hemos visto hacer a las serpientes, en los documentales de televisión, cuando llega la época del celo. Por último, «El león de Cuatro Vientos» es el relato que Manuel Rivas cede a la recopilación. Si bien no cuenta con la esencia telúrica que, para mí, es lo mejor de su prosa (excepto en algunos pasajes, como el referido a los peces del estanque o los atardeceres madrileños, con los que ancla la existencia urbana en la naturaleza), sí aparece en esta breve pieza la fantasía sugerente que recorre su obra, llena de personajes extravagantes, sorprendentes, entrañables, pero también brutales y abominables; aunque aún estos reciben un tratamiento literario exquisito. Y el gusto por el detalle curioso que, bajo su tutela, se convierte casi en tradición, en parada obligada (¿realmente los peces del Retiro comen regalices?, no me cabe duda, podría escribir páginas y páginas con las cosas que les vi comer a los mules de la bahía de Santander, en mi infancia).

Tenemos, en fin, una colección apreciable y coherente, con algún altibajo artístico pero que, en general, merece la pena. Además es, de algún modo, un libro «interactivo», porque lo hechos que narra no nos quedan tan lejos, podemos participar de ellos y recorrer sus lugares... ¿o no?