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Lo más común en el mundo del libro es
que solo prestemos atención a los nombres más
conocidos de las editoriales más relevantes o
con mayor predicamento. No es que con ello estemos leyendo
malos libros, porque no siempre el éxito comercial
es sinónimo de fracaso artístico. Sí
es relativamente habitual, pero no se trata ni mucho
menos de una norma fija. Lo que con ello ocurre es que
dejamos de lado otras literaturas, otros nombres, otros
proyectos editoriales menores en presupuesto, pero muchas
veces mayores en cuanto a expectativas artísticas.
Proyectos conscientes de su difícil supervivencia,
que dependen del exiguo número de lectores independientes
(de la lista de los diez más vendidos). En esto
todo depende del riesgo que el lector quiera correr;
lo común es el conservadurismo, la inversión
en valores seguros de la escritura que garantizan el
acierto. Comprando el último de Javier Marías,
de Manuel Rivas (que aparece por cierto en el volumen
que comento aquí), de Antonio Soler, de Álvaro
Pombo, &c., sabemos que ocupamos dignamente un espacio
de nuestra biblioteca. No hay riesgo, no hay error posible,
como si optásemos por Mann, Cervantes, o Woolf.
Pero también podemos atrevernos con pequeños
riesgos, autores menos conocidos por la mayoría
(pero célebres a fin de cuentas), como Kawabata
o Hoeg o, salto sin red, por alguno de esos que publican
en editoriales pequeñas o menos grandes que las
más grandes, o autores que, dentro de estas últimas,
reciben mucha menos atención y promoción.
Quizá erremos, quizá resulte que no tenemos
un libro sino un montón de papel impreso, encuadernado,
prensado y cortado. Bueno, no se corre un peligro muy
grande, si lo peor que nos puede pasar es perder 15
o 20 €... Un par de cañas y una ración
de patatas bravas (bueno, y algo más).
Es una cuestión de carácter,
pero algunos piensan que merece la pena arriesgar un
poco, lanzarse con un ejemplar poco destacado en la
mesa de novedades, oculto tras el misterio biográfico
de turno. Y quizá nos topemos con un inopinado
tesoro, o con un buen libro sin más. En el caso
que nos ocupa, CUENTOS DE LA CALLE DEL PEZ, debo reconocer
que me llamó más la atención la
proximidad de dicha vía a mi propia vivienda
que lo desconocido del elenco de autores, que no lo
son tanto (fue la presencia de Manuel Rivas lo que me
hizo comprarlo, al fin; seré algo conservador).
Desde mi llegada a la capital, me llamó la atención
una calle, en pleno centro de Madrid, con nombre acuático.
Sin saber por qué, sin saber nada de ella, me
sentía atraído, había «algo».
Me había captado. Luego fui conociendo más,
fui haciéndome consciente de que la calle, que
apenas tenía nada de especial a primera vista
que justificase su atracción sobre mí,
tenía un «algo», es decir, magia.
Es una calle mágica, aunque eso no se vea, sino
que solo se sienta. La colección de relatos que
presenta Turpin Editores ayuda a explicar ese sentimiento.
Leyendo algunos de ellos, se sabe de su pasado comercial
como una pequeña Gran Vía, como núcleo
del barrio estudiantil, cuando los estudiantes eran
rebeldes y aún tenían esperanzas e ilusiones,
como hogar de la canalla madrileña, como germen
de «la movida». Cierto que no todos los
relatos alcanzan la misma calidad artística,
pero cada uno de ellos, desde su individualidad, aporta
un ingrediente al conjuro que explica la atmósfera
de la calle del Pez y aledañas. Comentaré
brevemente algunos de ellos.
En «Sombras chinescas»,
Miguel Ángel Mendo demuestra que mantiene el
recuerdo de la infancia fresco en la memoria. Es un
caso raro entre los escritores, muy habituados a situar
sus historias en la edad infantil, pero sin recordarla,
describiendo a los niños como adultos extravagantes,
sin más. M. A. Mendo presenta a niños
que son niños, en un relato más sensible
que sentimental, evocador y, al mismo tiempo, crítico.
Jesús Ferrero articula «Tangos de la calle
del Pez» mediante la historia de Portel y Orgaz,
dos empedernidos e invencibles jugadores de ajedrez
y va colgando, en este sugerente perchero, anécdotas
que se nutren de la historia canallesca del barrio de
Maravillas o Malasaña. Personalmente, agradezco
volver a leer algo suyo, le tenía algo olvidado;
recibió mucha publicidad con Bélver Yin,
pero luego no ha tenido tanta, y puede que los más
jóvenes ni siquiera le conozcan. «El peluquero
de la Luna» es una historia de locura, de cómo
la locura puede contagiarse (eso lo saben bien los psiquiatras)
y eso le da mayor empaque de enfermedad, algo que muchas
veces olvidamos. Las obsesiones constituyen normalmente
nuestro día a día, aunque muchas veces
lo percibamos como meras rutinas; sólo cuando
nuestras pequeñas obsesiones crecen se convierten
en locura, y es fácil que lo hagan por imitación.
No obstante, el final del relato es un tanto forzado,
Barquín intenta por todos los medios cerrar el
círculo pero lo lleva a extremos inconcebibles.
Para meternos el miedo en el cuerpo, Juan Madrid retrata
un crimen inopinado y absurdo perpetrado por tres delincuentes
comunes que, a lo largo de las breves páginas,
nos ponen en antecedentes quizá intentando justificar
su vida delictiva. Lo más inquietante, descendiendo
al nivel personal, es que en el cajero donde ocurren
los hechos literarios yo mismo he sacado dinero alguna
vez. ¿O no? ¿Son las mismas calles, aunque
tengan el mismo nombre y el mismo aspecto? ¿Pasearemos
alguna vez por las calles de papel de Max Estrella?
Por si acaso, no volveré a acercarme a un cajero
a las «Doce menos cinco». En el mismo ambiente,
Jaro Onsurbe («De valle en valle») traza
un relato de muy diferente intención; mucho más
pacífico, claro, menos aterrador. Lo mejor del
relato es el juego del lenguaje, en tres niveles: el
barroco narrador, los castizos personajes, la científica
conferencia. Los lenguajes se oponen y danzan, se entremezclan,
como hemos visto hacer a las serpientes, en los documentales
de televisión, cuando llega la época del
celo. Por último, «El león de Cuatro
Vientos» es el relato que Manuel Rivas cede a
la recopilación. Si bien no cuenta con la esencia
telúrica que, para mí, es lo mejor de
su prosa (excepto en algunos pasajes, como el referido
a los peces del estanque o los atardeceres madrileños,
con los que ancla la existencia urbana en la naturaleza),
sí aparece en esta breve pieza la fantasía
sugerente que recorre su obra, llena de personajes extravagantes,
sorprendentes, entrañables, pero también
brutales y abominables; aunque aún estos reciben
un tratamiento literario exquisito. Y el gusto por el
detalle curioso que, bajo su tutela, se convierte casi
en tradición, en parada obligada (¿realmente
los peces del Retiro comen regalices?, no me cabe duda,
podría escribir páginas y páginas
con las cosas que les vi comer a los mules de la bahía
de Santander, en mi infancia).
Tenemos, en fin, una colección
apreciable y coherente, con algún altibajo artístico
pero que, en general, merece la pena. Además
es, de algún modo, un libro «interactivo»,
porque lo hechos que narra no nos quedan tan lejos,
podemos participar de ellos y recorrer sus lugares...
¿o no?
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