| A
Antonio Soler (Málaga, 1956) le llueven los premios.
Ha recibido el Andalucía, el Herralde, el Nacional
de la Crítica (por Las bailarinas muertas), el
Primavera y, ahora, el Nadal, que es posiblemente y
junto con el Herralde, el más digno de cuantos
se convocan en este ancho país, sobreabundante
de galardones innecesarios. Porque un premio debe servir,
ante todo, para dar a conocer al autor que lo gana y
esto rara vez ocurre. A Soler le premian, ante todo,
para revitalizar estos certámenes, para recuperar
parte del fulgor perdido, porque la medalla se la cuelga
más la institución que el escritor. Y
él debe de concursar (estoy aventurando) para
ajustar las fechas de escritura, por fijarse un horizonte
claro para terminar; y, por qué no decirlo, para
ver si consigue enganchar al remolón público,
que no acaba de premiarle como merece, esto es, leyéndole.
Leí hace poco, en alguna parte,
que en España hay dos tradiciones literarias;
una tiene su ancestro más insigne en Cervantes,
la otra en Quevedo. La primera, podría decirse,
es la de los narradores puros, la segunda la de los
juguetones del lenguaje, como el propio Quevedo, Valle,
Cela o Umbral. La prosa de Soler es a ratos juguetona,
poética, pero nunca descuida el aspecto narrativo,
antes bien, la solidez de la narración está
más que garantizadan y sobre ese armazón
fiable puede permitirse filigranas líricas que
derribarían las construcciones de novelistas
menos hábiles. Al mismo tiempo, reflexiona sobre
la muerte, la marginalidad, el amor, las esperanzas
y los sueños, la juventud y el salto a la madurez
sin que la sustancia narrativa se resienta. Hazañas
así sólo están al alcance de unos
pocos, de los mejores, porque ocurre muchas veces que
la lírica, que la introspección, son maneras
de disimular la torpeza narrativa, pero en este caso
ocurre lo contrario, que son aspectos que contribuyen
a enriquecer las novela y a hacer patente toda su fuerza
narrativa.
En sus novelas, Antonio Soler emplea
el manto poético para arropar a sus desgraciados
personajes. Así, Amadeo Nunni el Babirusa, personaje
melancólico y violento, imagina que su fugado
padre «Desapareció aquella noche, como
si nunca hubiera existido, como si fuese uno de aquellos
granos minúsculos de hielo que se derretían
apenas tocar el suelo y se fundían para siempre
con el agua de lluvia. “Mi padre fue un fenómeno
atmosférico”, repitió el Babirusa
cada vez que se refirió a su progenitor. “Se
fue como las ranas esas que se llevan las nubes y luego
caen con la lluvia en otra parte, sólo que a
mi padre todavía no lo han llovido”, y
miraba al cielo el Babirusa sin importarle que no hubiera
el menor rastro de una nube o estuviese en mitad de
una noche cuajada de estrellas. Su padre siempre estaba
a punto de caer del cielo». Los personajes cobran
un nuevo valor con su visión poética de
la realidad; marginados y desesperanzados, la poesía
es su salvación, aunque esta salvación
les sea entregada por el narrador que se comporta con
ellos como un observador compasivo, especialmente en
esta novela. Este es uno de los puntos que la aproximan
más a Las bailarinas muertas. El narrador de
ambas es el mismo, que sin salir del barrio en que sus
personajes se aproximan a la desgracia está situado
algo lejos (en Las bailarinas, parte de la acción
se desarrollaba en un lejano cabaré). Pero la
poesía sólo salva el recuerdo, no la carne;
“el poeta que no escribió ningún
verso” pretende que la poesía, que reduce
a Dante, le salve del tedio y la monotonía sin
esperanza de su vida; el Babirusa espera que su padre
le llueva algún día; y entretanto, las
cosas van pasando, los destinos cumpliéndose,
y el narrador-observador viendo como el último
verano de una época de sus vidas avanza hacia
las lluvias otoñales que se llevan los sueños
irrealizados.
Ya el primer párrafo de la
novela nos devuelve a los iniciados al mundo de Las
bailarinas muertas y El espiritista melancólico;
Soler ha creado, a lo largo de su obra, un mundo propio
que en parte encaja con Málaga, la Málaga
que él conoce y vivió (no sé decir
hasta qué punto), en una recreación magistral
de la existencia privada. Los ambientes sórdidos,
canallescos, lo aproximan un poco más a la corriente
«quevediana», pero también dan un
punto de vista diferente de la literatura «maldita»,
que suelen retratar estos ambientes con toda crudeza,
dejando de lado herramientas literarias que contribuyan
al realzar la humanidad de los aparentemente inhumanos
personajes. Soler nos recuerda que hasta el más
degenerado tiene tristezas y angustias, aunque no justifiquen
sus actos. Todos somos seres humanos, golpeados por
la desgracia y la miseria. Ejemplos de ello son los
enanos que aparecen en todas sus obras, en esta el enano
musculoso Martínez, que siempre tienen que arrimarse
a alguien más grande para que no les aplasten.
Esta novela nos devuelve la esperanza
en la literatura, especialmente cuando la española
está aquejada de esa enfermedad-tendencia que
es la clonación. Nuestro monótono panorama
literario cobra algo de vida gracias a autores como
Soler que siguen a lo suyo mientras otros fotocopian
y venden, que demuestra que el lenguaje puede ser algo
más que políticamente correcto: puede
ser maleable, generoso y sugerente. Espero que ello
sea suficiente para que el público se abra a
una experiencia literaria que, estoy seguro, merecerá
la pena.
|
 |