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EL CAMINO DE LOS INGLESES
Antonio Soler. Booket (Destino), 2005 (Premio Nadal 2004)

A Antonio Soler (Málaga, 1956) le llueven los premios. Ha recibido el Andalucía, el Herralde, el Nacional de la Crítica (por Las bailarinas muertas), el Primavera y, ahora, el Nadal, que es posiblemente y junto con el Herralde, el más digno de cuantos se convocan en este ancho país, sobreabundante de galardones innecesarios. Porque un premio debe servir, ante todo, para dar a conocer al autor que lo gana y esto rara vez ocurre. A Soler le premian, ante todo, para revitalizar estos certámenes, para recuperar parte del fulgor perdido, porque la medalla se la cuelga más la institución que el escritor. Y él debe de concursar (estoy aventurando) para ajustar las fechas de escritura, por fijarse un horizonte claro para terminar; y, por qué no decirlo, para ver si consigue enganchar al remolón público, que no acaba de premiarle como merece, esto es, leyéndole.

Leí hace poco, en alguna parte, que en España hay dos tradiciones literarias; una tiene su ancestro más insigne en Cervantes, la otra en Quevedo. La primera, podría decirse, es la de los narradores puros, la segunda la de los juguetones del lenguaje, como el propio Quevedo, Valle, Cela o Umbral. La prosa de Soler es a ratos juguetona, poética, pero nunca descuida el aspecto narrativo, antes bien, la solidez de la narración está más que garantizadan y sobre ese armazón fiable puede permitirse filigranas líricas que derribarían las construcciones de novelistas menos hábiles. Al mismo tiempo, reflexiona sobre la muerte, la marginalidad, el amor, las esperanzas y los sueños, la juventud y el salto a la madurez sin que la sustancia narrativa se resienta. Hazañas así sólo están al alcance de unos pocos, de los mejores, porque ocurre muchas veces que la lírica, que la introspección, son maneras de disimular la torpeza narrativa, pero en este caso ocurre lo contrario, que son aspectos que contribuyen a enriquecer las novela y a hacer patente toda su fuerza narrativa.

En sus novelas, Antonio Soler emplea el manto poético para arropar a sus desgraciados personajes. Así, Amadeo Nunni el Babirusa, personaje melancólico y violento, imagina que su fugado padre «Desapareció aquella noche, como si nunca hubiera existido, como si fuese uno de aquellos granos minúsculos de hielo que se derretían apenas tocar el suelo y se fundían para siempre con el agua de lluvia. “Mi padre fue un fenómeno atmosférico”, repitió el Babirusa cada vez que se refirió a su progenitor. “Se fue como las ranas esas que se llevan las nubes y luego caen con la lluvia en otra parte, sólo que a mi padre todavía no lo han llovido”, y miraba al cielo el Babirusa sin importarle que no hubiera el menor rastro de una nube o estuviese en mitad de una noche cuajada de estrellas. Su padre siempre estaba a punto de caer del cielo». Los personajes cobran un nuevo valor con su visión poética de la realidad; marginados y desesperanzados, la poesía es su salvación, aunque esta salvación les sea entregada por el narrador que se comporta con ellos como un observador compasivo, especialmente en esta novela. Este es uno de los puntos que la aproximan más a Las bailarinas muertas. El narrador de ambas es el mismo, que sin salir del barrio en que sus personajes se aproximan a la desgracia está situado algo lejos (en Las bailarinas, parte de la acción se desarrollaba en un lejano cabaré). Pero la poesía sólo salva el recuerdo, no la carne; “el poeta que no escribió ningún verso” pretende que la poesía, que reduce a Dante, le salve del tedio y la monotonía sin esperanza de su vida; el Babirusa espera que su padre le llueva algún día; y entretanto, las cosas van pasando, los destinos cumpliéndose, y el narrador-observador viendo como el último verano de una época de sus vidas avanza hacia las lluvias otoñales que se llevan los sueños irrealizados.

Ya el primer párrafo de la novela nos devuelve a los iniciados al mundo de Las bailarinas muertas y El espiritista melancólico; Soler ha creado, a lo largo de su obra, un mundo propio que en parte encaja con Málaga, la Málaga que él conoce y vivió (no sé decir hasta qué punto), en una recreación magistral de la existencia privada. Los ambientes sórdidos, canallescos, lo aproximan un poco más a la corriente «quevediana», pero también dan un punto de vista diferente de la literatura «maldita», que suelen retratar estos ambientes con toda crudeza, dejando de lado herramientas literarias que contribuyan al realzar la humanidad de los aparentemente inhumanos personajes. Soler nos recuerda que hasta el más degenerado tiene tristezas y angustias, aunque no justifiquen sus actos. Todos somos seres humanos, golpeados por la desgracia y la miseria. Ejemplos de ello son los enanos que aparecen en todas sus obras, en esta el enano musculoso Martínez, que siempre tienen que arrimarse a alguien más grande para que no les aplasten.

Esta novela nos devuelve la esperanza en la literatura, especialmente cuando la española está aquejada de esa enfermedad-tendencia que es la clonación. Nuestro monótono panorama literario cobra algo de vida gracias a autores como Soler que siguen a lo suyo mientras otros fotocopian y venden, que demuestra que el lenguaje puede ser algo más que políticamente correcto: puede ser maleable, generoso y sugerente. Espero que ello sea suficiente para que el público se abra a una experiencia literaria que, estoy seguro, merecerá la pena.