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¿Quién no ha sufrido,
alguna vez, un desencuentro en su vida? Creo que cada
uno de nuestros breves y largos amoríos son un
poco un desencuentro. Un desencuentro porque en la lucha
por la búsqueda de ese alguien que llene una
falta acaba siendo el encuentro de otro vacío.
Mucho se ha escrito sobre lo sucedido
en la época franquista, sobre todos aquellos
emigrantes que se fueron a las Américas en busca
de riquezas y un sosiego que en su patria natal no encontraron,
o que no se les supo dar. Amores prohibidos, amores
juzgados, sentimientos rotos, burdas mentiras, juicios
morales, acarreo de culpas,..... y esa religiosidad
enfermiza que se confunde con “el qué dirán”.
Esta es la historia de una de tantas
mujeres que casada con un hombre rico llega a descubrir
desde su matrimonio hasta su muerte lo que la infelicidad
significa. Ni un solo respiro sobre sí misma,
ni un solo momento poseído como propio y la culpa
de un delito no cometido que se le hará pagar
con su vida. El libro comienza con el final de la historia,
contado por el propio sobrino de África, quien
cree conocerla perfectamente y que considera que su
tía no tiene secretos, que no ha vivido nada
digno de contar.
Tras su muerte, y con su herencia
irá descubriendo poco a poco el oculto amor que
su tía sentía por alguien mucho más
joven que ella, todo lo que le aconteció a muchos
kilómetros de los ojos de una familia que no
hace más que censurar cada uno de sus movimientos.
Todo se juzga, todo se habla, todo se comenta...., nada
queda libre de la labor escudriñadora de la moral
de la época, una moral que será puesta
en tela de juicio. Cartas y un diario, mezcladas con
las vivencias de dos jóvenes en la lejanía,
irán formando una historia llena de pasión,
de llanto, dolor, amor y desamor que más que
un desencuentro será un encuentro con la verdad.
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