| Mientras
esperamos la traducción de Os libros arden
mal, Manuel Rivas nos regala una de esas obras
pequeñas, aparentemente menores, que suelen terminar
por hacerse imprescindibles en la bibliografía
de un autor. Quizá sea por nuestra afición
por lo pequeño, esa especie de reminiscencia
infantil y algo femenina de la que cuesta desembarazarse
y que suele permanecer latente durante la adolescencia
para recuperar todo su esplendor en la edad madura.
O quizá porque, como decía el anuncio,
es en las distancias cortas donde un escritor se la
juega. En aquellas frases que se sueltan un poco al
tuntún, como sin querer, y que contienen en sus
breves tripas toda la historia del mundo. Ésa
es, como sabemos, la labor de la poesía: ofrecer,
en breves líneas, todo. Sencillamente todo. No
hay aparato más triste que una radio averiada
(p. 13). La melancolía del objeto descrito nos
embriaga, nos domina. Toda la prosa de O’Rivas
tiene esta propiedad, sus palabras son alípedes,
pero no lanzan al lector a otros mundos, sino que nos
aferran a éste, sin remedio.
Manuel obra ese sortilegio cuando escribe,
cuando habla. Su amor por la tierra que pisa y por el
mar que nada fluye a través de sus palabras,
de su sonrisa, de la mirada compasiva con que regala
a sus interlocutores, al tiempo que absorbe selectas
esencias, pues todo lo que le rodea se convierte en
materia narrativa, en parte de su mundo de papel. Y
su telúrica pasión es contagiosa, pues
logra que tu propia mirada descubra detalles inopinados
en el entorno cotidiano, hasta entonces tan vacío,
tan carente de interés. Todo remite a una vieja
historia, al pan que se arroja al acantilado, al viejo
que quería matar a todos los lagartos. Pues cualquier
cosa, cualquier ambiente, es susceptible de ser inoculado
con las esporas de la poesía, de las que siempre
lleva los bolsillos repletos.
Muchos recordarán La lengua
de las mariposas, película construida en
torno a varios relatos de ¿Qué me
quieres, amor?, o El lápiz del carpintero,
hermosa historia de amor escrita por un romántico
incurable –lo que explica su parcialidad a la
hora de narrar los hechos de la guerra civil-, y quizá
algunos Los comedores de patatas o En salvaje
compañía. Lo cierto es que poco importa
por dónde comencemos, cada libro de Manuel es
un descubrimiento, una elegía a mundos perdidos,
y un canto a la esperanza, pues ahí tenemos a
la naturaleza como horizonte de remisión…
a no ser que la destruyamos. Quizá toda su obra,
y puede que toda su vida, gire en torno a las fuerzas
telúricas que sostienen el mundo, a la potencia
creadora de la naturaleza. Es por eso que le veremos
fundando Greenpeace en España, o liderando la
plataforma Nunca Máis, y siempre deambulando
por los senderos siempre húmedos de Galicia –puede
que persiguiendo al viejo que quería exterminar
a los lagartos, o siguiendo las huellas de ese otro
lagarto terrible, su pesadilla, don Manuel Fraga, sobre
quien escribió uno de sus mejores libros, Galicia,
bonsái atlántico-. Pues parte de
su mejor obra está escrita en prensa, en una
rara casualidad que se prodiga poco en el periodismo
patrio –imagino que el forastero no vive una situación
mejor-. O’Rivas es como aquellos periodistas de
antaño, atentos al detalle mínimo capaces
de caracterizar una época, y que desaparecieron
tras la Segunda Guerra Mundial.
En cuanto a El héroe,
es su primera incursión en el teatro, aunque
con anterioridad habría escrito guiones de radio
y televisión. Claro que, un contrabandista de
géneros como él, que se mueve a sus anchas
en el relato corto y la poesía, tiene todo el
bagaje necesario para emprender la ejecución
de un texto dramático. Para ello ha elegido a
Caronte como protagonista, un boxeador en decadencia,
cuya experiencia en la guerra invisible de
Ifni le mostrará quién es su enemigo,
quién asfixia la vida al cegar la fuente de la
que mana, la libertad. Sus personajes habituales desfilan
por las páginas del libro, primorosamente dialogadas;
marginados entrañables, que poseen como los antiguos
filósofos vagabundos el oráculo de las
verdades más profundas y dolorosas, que el sufrimiento
les ha enseñado pero que, como todo aquel que
prueba la fruta prohibida –que es el conocimiento
y no el sexo, como suele pensarse- les obligan a la
condenación y la soledad. Mientras, Caronte,
Lucía y Lanzarote querrán, mediante un
acto sacrificial, desentrañar ese arcano y mostrárselo
a todos, como se muestra un muñón o cicatriz,
con sentido orgullo. Pero, en cuanto al estilo, cabe
destacar las acotaciones, en una tradición gallega
que continúa lo iniciado por Valle-Inclán;
en ambos, queda la amarga sensación de que, al
representar la obra perderá parte de su fuerza,
al quedar silenciadas las acotaciones. Y sin embargo,
O’Rivas talla esos textos como el ebanista que
hace lo propio con la parte posterior del mueble, aunque
le digan que esa parte no se verá: “pero
yo sé que está ahí”. Y eso
basta.
“No hay peor hambre que la de
las palabras”, le explica Lucía a Caronte,
y es cierto, pero afortunadamente tenemos buenas opciones
para calmar el apetito, bien con pequeños bocados
como El héroe, bien con tremendos ágapes
como Os libros arden mal que, ávidos,
aguardamos.
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