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EL HÉROE
MANUEL RIVAS (Editorial Alfaguara, 2006)

Mientras esperamos la traducción de Os libros arden mal, Manuel Rivas nos regala una de esas obras pequeñas, aparentemente menores, que suelen terminar por hacerse imprescindibles en la bibliografía de un autor. Quizá sea por nuestra afición por lo pequeño, esa especie de reminiscencia infantil y algo femenina de la que cuesta desembarazarse y que suele permanecer latente durante la adolescencia para recuperar todo su esplendor en la edad madura. O quizá porque, como decía el anuncio, es en las distancias cortas donde un escritor se la juega. En aquellas frases que se sueltan un poco al tuntún, como sin querer, y que contienen en sus breves tripas toda la historia del mundo. Ésa es, como sabemos, la labor de la poesía: ofrecer, en breves líneas, todo. Sencillamente todo. No hay aparato más triste que una radio averiada (p. 13). La melancolía del objeto descrito nos embriaga, nos domina. Toda la prosa de O’Rivas tiene esta propiedad, sus palabras son alípedes, pero no lanzan al lector a otros mundos, sino que nos aferran a éste, sin remedio.

Manuel obra ese sortilegio cuando escribe, cuando habla. Su amor por la tierra que pisa y por el mar que nada fluye a través de sus palabras, de su sonrisa, de la mirada compasiva con que regala a sus interlocutores, al tiempo que absorbe selectas esencias, pues todo lo que le rodea se convierte en materia narrativa, en parte de su mundo de papel. Y su telúrica pasión es contagiosa, pues logra que tu propia mirada descubra detalles inopinados en el entorno cotidiano, hasta entonces tan vacío, tan carente de interés. Todo remite a una vieja historia, al pan que se arroja al acantilado, al viejo que quería matar a todos los lagartos. Pues cualquier cosa, cualquier ambiente, es susceptible de ser inoculado con las esporas de la poesía, de las que siempre lleva los bolsillos repletos.

Muchos recordarán La lengua de las mariposas, película construida en torno a varios relatos de ¿Qué me quieres, amor?, o El lápiz del carpintero, hermosa historia de amor escrita por un romántico incurable –lo que explica su parcialidad a la hora de narrar los hechos de la guerra civil-, y quizá algunos Los comedores de patatas o En salvaje compañía. Lo cierto es que poco importa por dónde comencemos, cada libro de Manuel es un descubrimiento, una elegía a mundos perdidos, y un canto a la esperanza, pues ahí tenemos a la naturaleza como horizonte de remisión… a no ser que la destruyamos. Quizá toda su obra, y puede que toda su vida, gire en torno a las fuerzas telúricas que sostienen el mundo, a la potencia creadora de la naturaleza. Es por eso que le veremos fundando Greenpeace en España, o liderando la plataforma Nunca Máis, y siempre deambulando por los senderos siempre húmedos de Galicia –puede que persiguiendo al viejo que quería exterminar a los lagartos, o siguiendo las huellas de ese otro lagarto terrible, su pesadilla, don Manuel Fraga, sobre quien escribió uno de sus mejores libros, Galicia, bonsái atlántico-. Pues parte de su mejor obra está escrita en prensa, en una rara casualidad que se prodiga poco en el periodismo patrio –imagino que el forastero no vive una situación mejor-. O’Rivas es como aquellos periodistas de antaño, atentos al detalle mínimo capaces de caracterizar una época, y que desaparecieron tras la Segunda Guerra Mundial.

En cuanto a El héroe, es su primera incursión en el teatro, aunque con anterioridad habría escrito guiones de radio y televisión. Claro que, un contrabandista de géneros como él, que se mueve a sus anchas en el relato corto y la poesía, tiene todo el bagaje necesario para emprender la ejecución de un texto dramático. Para ello ha elegido a Caronte como protagonista, un boxeador en decadencia, cuya experiencia en la guerra invisible de Ifni le mostrará quién es su enemigo, quién asfixia la vida al cegar la fuente de la que mana, la libertad. Sus personajes habituales desfilan por las páginas del libro, primorosamente dialogadas; marginados entrañables, que poseen como los antiguos filósofos vagabundos el oráculo de las verdades más profundas y dolorosas, que el sufrimiento les ha enseñado pero que, como todo aquel que prueba la fruta prohibida –que es el conocimiento y no el sexo, como suele pensarse- les obligan a la condenación y la soledad. Mientras, Caronte, Lucía y Lanzarote querrán, mediante un acto sacrificial, desentrañar ese arcano y mostrárselo a todos, como se muestra un muñón o cicatriz, con sentido orgullo. Pero, en cuanto al estilo, cabe destacar las acotaciones, en una tradición gallega que continúa lo iniciado por Valle-Inclán; en ambos, queda la amarga sensación de que, al representar la obra perderá parte de su fuerza, al quedar silenciadas las acotaciones. Y sin embargo, O’Rivas talla esos textos como el ebanista que hace lo propio con la parte posterior del mueble, aunque le digan que esa parte no se verá: “pero yo sé que está ahí”. Y eso basta.

“No hay peor hambre que la de las palabras”, le explica Lucía a Caronte, y es cierto, pero afortunadamente tenemos buenas opciones para calmar el apetito, bien con pequeños bocados como El héroe, bien con tremendos ágapes como Os libros arden mal que, ávidos, aguardamos.