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EL HÉROE DE LAS MANSARDAS DE MANSARD
Álvaro Pombo. Compactos Anagrama, Barcelona, 2000

Pombo tiene su propia religión. Es lo primero que me pasa por la cabeza cuando veo un libro suyo, que hay gente que se confiesa «pombiana» (y no se me ocurre de nadie que se diga cervantiano, umbraliano o pérez-revertiano). Ante todo, eso asusta, porque uno no sabe qué sensibilidades está ofendiendo, algo que en temas religiosos siempre ocurre, se diga lo que se diga; siempre se ofende alguna sensibilidad. Por ello me aferro a los brazos de la butaca antes de ponerme a escribir sobre El héroe de las mansardas de Mansard, y quiero advertir, también, que he leído poco de Pombo, y que es paisano (de la generación de mi padre, además). Esto lo hago para que no se lance el anatema sobre mí, o que éste se matice un poco, hacia lo bueno, cuando me sea lanzado.

No digo que sea una mala novela, sino todo lo contrario. Pero es un tema delicado, este de la religión, por eso me protejo de todas las maneras que se me ocurren. A Pombo, acólitos o no, lo lee más gente de lo que parece; imagino que es un autor poco leído, pero luego me entero de que tiene una media de 20000 lectores por obra, lo que no está nada mal (supongo). Sus fieles han insistido lo suficiente, y ahora parece aceptado por el público, aunque su nombre no sea tan familiar como otros. Claro que a pocos autores les rezan por la noche, antes de dormir. Sólo he leído dos novelas suyas, Donde las mujeres y la que intentaré comentar aquí; percibo varias semejanzas entre ambas, la primera y creo que principal, que las protagoniza un niño en el momento de saltar a la adolescencia. Ese es el momento literario por antonomasia, aunque Pombo, con clase, evita mezclarlo con el primer amor, que siempre llega antes, o después. Kus-Kús, o Nicolás, o Pichusqui, es un niño introvertido, imaginativo y un tanto desequilibrado. El entorno en el que crece no parece ser del todo adecuado; le falta el referente masculino que, según los psicólogos, el niño necesita para formarse y por eso se aficiona a Julián, que no parece el mejor de los ejemplos. Sus padres, los señores, viven fuera, y sólo pasan por la vieja casa familiar de vez en cuando, unos días, generando gran alboroto, y luego desaparecen hasta la próxima. A Kus-Kús lo educan, por un lado, las criadas, por otro, Miss Hart (una seca institutriz británica que, según el niño, debería «pasar a mejor vida», sin que sepa muy bien qué quiere decir con eso), y por otro, su tía Eugenia, la habitante de las mansardas, la dama de mundo con sus amantes extranjeros, sus gigolós y su indiano perdido.

La novela comienza como un relato costumbrista de la alta sociedad santanderina; si la alta sociedad es, por lo habitual, condenadamente aburrida, la santanderina lo es por partida doble. Es decir, que me costó enganchar la narración, como ya me ocurrió con Donde las mujeres. Pero Pombo sabe crear unos personajes cautivadores, porque sabe mostrar, por debajo de la puerta, la patita del lobo. Todos tenemos secretos, y esos repelentes que nosotros llamamos pijos, y en otra época, señoritos, tienen más. Porque pueden y porque «tienen», esto es, tienen que aparentar que no hacen lo que pueden hacer porque sus medios y sus circunstancias les permiten y les obligan. Así, la tía Eugenia, con su pelo de color de zanahoria, puede tener amantes, porque aunque ya es vieja, sigue tiendo clase y dinero... pero tiene que ocultarlo, porque es vieja, y tiene dinero, y como no se ha casado, pues no está bien visto que imagine historias, o disfrute con un amante, o, sencillamente, haga algo distinto de lo que hacen los demás de su clase. Quizá a muchos les parezca incomprensible esta atmósfera opresiva de metiches y chismorreos; pues que vivan una temporada en una pequeña ciudad de provincias, como las que retrata Pombo, o como la que se ha consagrado en La regenta (y me parece que Pombo y Clarín comparten más de un rasgo literario).

Son los personajes, como en las obras de más largo aliento, los que mantienen en pie la estructura, como atlantes y cariátides. La ironía que destila el texto, o la mala leche, que también hay, la combinación magistral de registros, la sensibilidad climática y paisajística (muy común entre los escritores montañeses), contribuyen para engrandecer esta novela y, al menos, Donde las mujeres (imagino que para todas sus obras). Hay gran variedad temática, pero quizá haya que destacar la «sexualidad heterodoxa» por la sutileza con que se trata el tema, especialmente si consideramos otras obras, presentes y pasadas, de autores declaradamente homosexuales (desconozco la opción sexual de Álvaro Pombo). Desde las primeras páginas percibimos, en algunos personajes, una homosexualidad latente, que progresivamente va pasando a primer plano. No quiero extenderme al respecto, porque es mejor leerlo, y si ahora cediese a la tentación, acabaría destripando un libro que es una delicia, aunque se pueda tardar en picar. El cebo, sin embargo, es delicioso, y deja un agradable sabor de boca literaria.