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Pombo tiene su propia religión. Es lo primero
que me pasa por la cabeza cuando veo un libro suyo,
que hay gente que se confiesa «pombiana»
(y no se me ocurre de nadie que se diga cervantiano,
umbraliano o pérez-revertiano). Ante todo, eso
asusta, porque uno no sabe qué sensibilidades
está ofendiendo, algo que en temas religiosos
siempre ocurre, se diga lo que se diga; siempre se ofende
alguna sensibilidad. Por ello me aferro a los brazos
de la butaca antes de ponerme a escribir sobre El héroe
de las mansardas de Mansard, y quiero advertir, también,
que he leído poco de Pombo, y que es paisano
(de la generación de mi padre, además).
Esto lo hago para que no se lance el anatema sobre mí,
o que éste se matice un poco, hacia lo bueno,
cuando me sea lanzado.
No digo que sea una mala novela, sino
todo lo contrario. Pero es un tema delicado, este de
la religión, por eso me protejo de todas las
maneras que se me ocurren. A Pombo, acólitos
o no, lo lee más gente de lo que parece; imagino
que es un autor poco leído, pero luego me entero
de que tiene una media de 20000 lectores por obra, lo
que no está nada mal (supongo). Sus fieles han
insistido lo suficiente, y ahora parece aceptado por
el público, aunque su nombre no sea tan familiar
como otros. Claro que a pocos autores les rezan por
la noche, antes de dormir. Sólo he leído
dos novelas suyas, Donde las mujeres y la que intentaré
comentar aquí; percibo varias semejanzas entre
ambas, la primera y creo que principal, que las protagoniza
un niño en el momento de saltar a la adolescencia.
Ese es el momento literario por antonomasia, aunque
Pombo, con clase, evita mezclarlo con el primer amor,
que siempre llega antes, o después. Kus-Kús,
o Nicolás, o Pichusqui, es un niño introvertido,
imaginativo y un tanto desequilibrado. El entorno en
el que crece no parece ser del todo adecuado; le falta
el referente masculino que, según los psicólogos,
el niño necesita para formarse y por eso se aficiona
a Julián, que no parece el mejor de los ejemplos.
Sus padres, los señores, viven fuera, y sólo
pasan por la vieja casa familiar de vez en cuando, unos
días, generando gran alboroto, y luego desaparecen
hasta la próxima. A Kus-Kús lo educan,
por un lado, las criadas, por otro, Miss Hart (una seca
institutriz británica que, según el niño,
debería «pasar a mejor vida», sin
que sepa muy bien qué quiere decir con eso),
y por otro, su tía Eugenia, la habitante de las
mansardas, la dama de mundo con sus amantes extranjeros,
sus gigolós y su indiano perdido.
La novela comienza como un relato
costumbrista de la alta sociedad santanderina; si la
alta sociedad es, por lo habitual, condenadamente aburrida,
la santanderina lo es por partida doble. Es decir, que
me costó enganchar la narración, como
ya me ocurrió con Donde las mujeres. Pero Pombo
sabe crear unos personajes cautivadores, porque sabe
mostrar, por debajo de la puerta, la patita del lobo.
Todos tenemos secretos, y esos repelentes que nosotros
llamamos pijos, y en otra época, señoritos,
tienen más. Porque pueden y porque «tienen»,
esto es, tienen que aparentar que no hacen lo que pueden
hacer porque sus medios y sus circunstancias les permiten
y les obligan. Así, la tía Eugenia, con
su pelo de color de zanahoria, puede tener amantes,
porque aunque ya es vieja, sigue tiendo clase y dinero...
pero tiene que ocultarlo, porque es vieja, y tiene dinero,
y como no se ha casado, pues no está bien visto
que imagine historias, o disfrute con un amante, o,
sencillamente, haga algo distinto de lo que hacen los
demás de su clase. Quizá a muchos les
parezca incomprensible esta atmósfera opresiva
de metiches y chismorreos; pues que vivan una temporada
en una pequeña ciudad de provincias, como las
que retrata Pombo, o como la que se ha consagrado en
La regenta (y me parece que Pombo y Clarín comparten
más de un rasgo literario).
Son los personajes, como en las obras
de más largo aliento, los que mantienen en pie
la estructura, como atlantes y cariátides. La
ironía que destila el texto, o la mala leche,
que también hay, la combinación magistral
de registros, la sensibilidad climática y paisajística
(muy común entre los escritores montañeses),
contribuyen para engrandecer esta novela y, al menos,
Donde las mujeres (imagino que para todas sus obras).
Hay gran variedad temática, pero quizá
haya que destacar la «sexualidad heterodoxa»
por la sutileza con que se trata el tema, especialmente
si consideramos otras obras, presentes y pasadas, de
autores declaradamente homosexuales (desconozco la opción
sexual de Álvaro Pombo). Desde las primeras páginas
percibimos, en algunos personajes, una homosexualidad
latente, que progresivamente va pasando a primer plano.
No quiero extenderme al respecto, porque es mejor leerlo,
y si ahora cediese a la tentación, acabaría
destripando un libro que es una delicia, aunque se pueda
tardar en picar. El cebo, sin embargo, es delicioso,
y deja un agradable sabor de boca literaria. |
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