Principal / Libros/ El Signo de los Cuatro
EL SIGNO DE LOS CUATRO
Sir Arthur Conan Doyle (Alianza Editorial, 2003)

Cada mirada vuelta atrás, es decir, hacia los clásicos, resulta un ejercicio de asombro. Asombro por muchos motivos, entre ellos una vigencia en las formas especialmente en las obras de género. Las formas del relato de misterio las dejó ya sentadas Poe, y Conan Doyle se aplicó en no salirse nunca del camino marcado pues era suficientemente efectivo. Tanto, que las más modernas tramas policíacas siguien contando con crímenes enigmáticos, sin solución aparente, pero que a través de una investigación lógica y científica, terminan por revelar los más inopinados secretos. Ahí tenemos a los CSI, o a mi predilecto Monk, adalides respectivamente de la investigación científica y lógico-deductiva. Pero esto comenzó a tener verdadero éxito con Sherlock Holmes, protagonista de El signo de los cuatro, novela policíaca que, aunque hoy nos pueda parecer algo ingenua, sigue conservando todo el sabor del buen género negro y que, además, preludia un subgénero: el de la persecución fluvial al más puro estilo Corrupción en Miami (aunque en lanchas de vapor, pelín más lentas).

Sherlock Holmes es uno de los grandes héroes de la ficción, de todos los tiempos y de todo el mundo. Y, no obstante, se me hace un personaje desagradable, tan frío y altanero, aunque solitario y seguro de sí mismo como un Sam Spade (que, sin embargo, tenía ese punto irónico y socarrón que al severo Holmes le falta). Es un digno representante de la sociedad a la que perteneció, la sociedad que se creó bajo los auspicios de Victoria I de Inglaterra, una reimpresión de Isabel I, ambas más o menos vírgenes, más o menos gruñonas y más o menos desquiciadas. La sociedad victoriana muestra sus sombras más claramente en Dickens, pero en el mundo de Sherlock Holmes aparecen veladas pero encarnadas en este personaje. Los personajes de Dickens pueden ser bien verdugos, símbolo de los defectos de la sociedad, bien víctimas; pero en Holmes se cruzan los defectos y las virtudes de la sociedad que marcaría los derroteros del siglo XX, es un adalid de la ciencia, la tecnología y la lógica, en las que muestra una confianza sin fisuras, pero al mismo tiempo carece de verdaderos sentimientos (en apariencia), se comporta cruelmente con quienes le rodean (e incluso con quienes le profesan sincero afecto, como Watson, al que desprecia e insulta muchas veces), es un engreído, etc. En este relato, y para sorpresa de muchos, se desvela además como un yonqui, adicto a la cocaína. La afición a las drogas fue una de las señas de la época, no en vano los ingleses desataron una guerra en China por el control del mercado del opio, y no olvidemos que la heroína fue un invento de la época (de Bayer, creo) para ayudar a los soldados de la Gran Guerra (de ahí su nombre) a superar la adicción a los mórficos (que se les administraban para calmar el dolor, pero muchos eran adictos ya antes, para superar dolores menos físicos). El propio Conan Doyle era adicto a la cocaína inyectada en los años de publicación de la novela (1889-1890), y aprovecha para utilizar al personaje para mantener un diálogo consigo mismo y con la sociedad acerca de esta afición. Aunque en esta ocasión parece que la droga resulta victoriosa, no volverá a aparecer en posteriores relatos protagonizados por Holmes (como no apareció en el anterior, Estudio en escarlata). Este es uno de los datos acerca de Holmes que lo humanizan, muestran un lado frágil, apenas insinuado, que quizá es lo que nos permite admirar al héroe, en principio tan distante, con tantos aires de superioridad. Su método es imponente, pero eso resulta insuficiente para erigir una estatua en su honor y convertir un edificio de la auténtica Baker Street en un Museo Sherlock Holmes. Holmes necesita la estimulación de la droga para no derrumbarse, pero no sólo se sustenta de ciencia (en este caso, química), necesita también de afecto. Watson, su amigo del alma, opera como contrapunto aparente (en Conan Doyle, como gran escritor que es, todo son apariencias, insinuaciones) lleno de humanidad, de limitaciones, fascinado por el detective; y sin embargo Holmes necesita más a Watson que éste a aquél. Holmes necesita reconocimiento público, aunque generalmente demuestre desprecio: sin las narraciones de su amigo doctor (siempre «inexactas»), los clientes no irían a solicitarlo, ni tendría el reconocimiento de las autoridades (la policía suele arrogarse en sus informes el éxito en las misiones), pero también lo necesita por su propio ego, porque aunque se siente especial, ¿qué sería de él si los demás no lo supieran? De forma más egoísta, las comunes habilidades de Watson hacen parecer las suyas más deslumbrantes. Así, a través de detalles, insinuaciones, y rapsodias interpretadas virtuosamente en las cuatro cuerdas de un violín, vemos a un ser humano donde antes sólo había héroe. Un hombre que necesita esconderse para poder mantenerse a salvo pero que, gracias a la amistad infalible de Watson, permanece firmemente adherido al mundo que tanto teme.

Por otro lado, un rápido apunte acerca del título de la obra. El signo «cuatro» es tradicionalmente misterioso, mágico. Los indios lakota agrupan todo cuanto existe en cuartetos: las plantas están formadas de raíz, tallo, hojas y frutos; sobre la tierra hay sol, luna, cielo y estrellas; los animales de clasifican en aquellos que se arrastran, aquellos que vuelan, los que caminan a cuatro patas y los que lo hacen sobre dos; y el tiempo, días, noches, lunas y años. El «4» representa a lo que existe. Cuatro eran también los elementos constitutivos de la realidad para Empédocles (tierra, agua, aire, fuego), en la que fue la elaboración más refinada de la teoría presocrática de los elementos. No estoy ducho en elementos mágicos, pero tanto la mística siux como la presocrática (eran más místicos que filósofos) nos sugieren una atmósfera cabalística o alquímica, un mundo en el que los números tienen «algo más», un secreto poder, un significado oculto, una clave para entender el sentido de la existencia y de lo que pueda haber más allá de ella. Desconozco la biografía de Conan Doyle hasta el punto de saber si era dado a los arcanos, como sí lo fue, por ejemplo, Victor Hugo, pero parece que, en este caso, la única magia capaz de mover el mundo es la ambición, o quizá el amor. La respuesta, en la novela.