| Cada
mirada vuelta atrás, es decir, hacia los clásicos,
resulta un ejercicio de asombro. Asombro por muchos
motivos, entre ellos una vigencia en las formas especialmente
en las obras de género. Las formas del relato
de misterio las dejó ya sentadas Poe, y Conan
Doyle se aplicó en no salirse nunca del camino
marcado pues era suficientemente efectivo. Tanto, que
las más modernas tramas policíacas siguien
contando con crímenes enigmáticos, sin
solución aparente, pero que a través de
una investigación lógica y científica,
terminan por revelar los más inopinados secretos.
Ahí tenemos a los CSI, o a mi predilecto Monk,
adalides respectivamente de la investigación
científica y lógico-deductiva. Pero esto
comenzó a tener verdadero éxito con Sherlock
Holmes, protagonista de El signo de los cuatro, novela
policíaca que, aunque hoy nos pueda parecer algo
ingenua, sigue conservando todo el sabor del buen género
negro y que, además, preludia un subgénero:
el de la persecución fluvial al más puro
estilo Corrupción en Miami (aunque en lanchas
de vapor, pelín más lentas).
Sherlock Holmes es uno de los grandes
héroes de la ficción, de todos los tiempos
y de todo el mundo. Y, no obstante, se me hace un personaje
desagradable, tan frío y altanero, aunque solitario
y seguro de sí mismo como un Sam Spade (que,
sin embargo, tenía ese punto irónico y
socarrón que al severo Holmes le falta). Es un
digno representante de la sociedad a la que perteneció,
la sociedad que se creó bajo los auspicios de
Victoria I de Inglaterra, una reimpresión de
Isabel I, ambas más o menos vírgenes,
más o menos gruñonas y más o menos
desquiciadas. La sociedad victoriana muestra sus sombras
más claramente en Dickens, pero en el mundo de
Sherlock Holmes aparecen veladas pero encarnadas en
este personaje. Los personajes de Dickens pueden ser
bien verdugos, símbolo de los defectos de la
sociedad, bien víctimas; pero en Holmes se cruzan
los defectos y las virtudes de la sociedad que marcaría
los derroteros del siglo XX, es un adalid de la ciencia,
la tecnología y la lógica, en las que
muestra una confianza sin fisuras, pero al mismo tiempo
carece de verdaderos sentimientos (en apariencia), se
comporta cruelmente con quienes le rodean (e incluso
con quienes le profesan sincero afecto, como Watson,
al que desprecia e insulta muchas veces), es un engreído,
etc. En este relato, y para sorpresa de muchos, se desvela
además como un yonqui, adicto a la cocaína.
La afición a las drogas fue una de las señas
de la época, no en vano los ingleses desataron
una guerra en China por el control del mercado del opio,
y no olvidemos que la heroína fue un invento
de la época (de Bayer, creo) para ayudar a los
soldados de la Gran Guerra (de ahí su nombre)
a superar la adicción a los mórficos (que
se les administraban para calmar el dolor, pero muchos
eran adictos ya antes, para superar dolores menos físicos).
El propio Conan Doyle era adicto a la cocaína
inyectada en los años de publicación de
la novela (1889-1890), y aprovecha para utilizar al
personaje para mantener un diálogo consigo mismo
y con la sociedad acerca de esta afición. Aunque
en esta ocasión parece que la droga resulta victoriosa,
no volverá a aparecer en posteriores relatos
protagonizados por Holmes (como no apareció en
el anterior, Estudio en escarlata). Este es uno de los
datos acerca de Holmes que lo humanizan, muestran un
lado frágil, apenas insinuado, que quizá
es lo que nos permite admirar al héroe, en principio
tan distante, con tantos aires de superioridad. Su método
es imponente, pero eso resulta insuficiente para erigir
una estatua en su honor y convertir un edificio de la
auténtica Baker Street en un Museo Sherlock Holmes.
Holmes necesita la estimulación de la droga para
no derrumbarse, pero no sólo se sustenta de ciencia
(en este caso, química), necesita también
de afecto. Watson, su amigo del alma, opera como contrapunto
aparente (en Conan Doyle, como gran escritor que es,
todo son apariencias, insinuaciones) lleno de humanidad,
de limitaciones, fascinado por el detective; y sin embargo
Holmes necesita más a Watson que éste
a aquél. Holmes necesita reconocimiento público,
aunque generalmente demuestre desprecio: sin las narraciones
de su amigo doctor (siempre «inexactas»),
los clientes no irían a solicitarlo, ni tendría
el reconocimiento de las autoridades (la policía
suele arrogarse en sus informes el éxito en las
misiones), pero también lo necesita por su propio
ego, porque aunque se siente especial, ¿qué
sería de él si los demás no lo
supieran? De forma más egoísta, las comunes
habilidades de Watson hacen parecer las suyas más
deslumbrantes. Así, a través de detalles,
insinuaciones, y rapsodias interpretadas virtuosamente
en las cuatro cuerdas de un violín, vemos a un
ser humano donde antes sólo había héroe.
Un hombre que necesita esconderse para poder mantenerse
a salvo pero que, gracias a la amistad infalible de
Watson, permanece firmemente adherido al mundo que tanto
teme.
Por otro lado, un rápido apunte
acerca del título de la obra. El signo «cuatro»
es tradicionalmente misterioso, mágico. Los indios
lakota agrupan todo cuanto existe en cuartetos: las
plantas están formadas de raíz, tallo,
hojas y frutos; sobre la tierra hay sol, luna, cielo
y estrellas; los animales de clasifican en aquellos
que se arrastran, aquellos que vuelan, los que caminan
a cuatro patas y los que lo hacen sobre dos; y el tiempo,
días, noches, lunas y años. El «4»
representa a lo que existe. Cuatro eran también
los elementos constitutivos de la realidad para Empédocles
(tierra, agua, aire, fuego), en la que fue la elaboración
más refinada de la teoría presocrática
de los elementos. No estoy ducho en elementos mágicos,
pero tanto la mística siux como la presocrática
(eran más místicos que filósofos)
nos sugieren una atmósfera cabalística
o alquímica, un mundo en el que los números
tienen «algo más», un secreto poder,
un significado oculto, una clave para entender el sentido
de la existencia y de lo que pueda haber más
allá de ella. Desconozco la biografía
de Conan Doyle hasta el punto de saber si era dado a
los arcanos, como sí lo fue, por ejemplo, Victor
Hugo, pero parece que, en este caso, la única
magia capaz de mover el mundo es la ambición,
o quizá el amor. La respuesta, en la novela.
|

|