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Ocurre con algunos autores que se ven superados, en
el transcurrir de los tiempos, por su propia obra. Así,
Cervantes y Don Quijote de la Mancha pueden situarse
al mismo nivel, o Tolstoi y Guerra y paz –uno
siempre referirá a la otra, y viceversa-, pero
a otros autores la obra les elimina. Suele ocurrir con
cuentistas, como John Cheever y su relato El nadador,
o a Max Beerbohm con Enoch Soames. En el caso del norteamericano,
Burt Lancaster ha tenido algo que ver –el público
ha recibido la historia a través del cine-, pero
para el polifacético Beerbohm la sombra se la
hace un cuento mayúsculo, inmenso, “perfecto”
como le denominó Bolaño. Es Enoch Soames
que se interpone y le roba el protagonismo, de manera
harto irónica, como se verá.
Resulta difícil escribir, otra
vez, sobre este perfecto relato. No sólo por
su complejidad intrínseca, un juego de espejos
que el autor dispone generando en el lector una sensación
de infinito vertiginoso. Tampoco porque se haya escrito
mucho sobre él, sino porque lo poco que se ha
escrito se ha escrito bien: Bioy, Borges o el anteriormente
citado Roberto Bolaño fueron grandes lectores
de este relato. En particular los dos primeros, que
junto con Ocampo lo incluyeron en su Antología
de la literatura fantástica, con traducción
del propio creador del mítico Aleph. Traducción
que merece un comentario, porque el maestro se dejó
en el tintero un buen puñado de páginas
que sólo ahora se recuperan, gracias al magnífico
trabajo de Jesús Egido al frente de Rey Lear,
empeñado en rescatar algunos textos que la desmemoria
editorial nos ha escamoteado –loable esfuerzo
que también están llevando adelante otras
editoriales, como los explanetarios de Libros del Asteroide,
Alba o Siete Noches-.
Pero vayamos al meollo, esta caricatura
de Fausto que es Enoch Soames. Y no sólo porque
el propio Beerbohm fuera también caricaturista
gráfico, sino porque Enoch Soames es una evidente
caricatura del Fausto de Goethe –aunque lo mismo
puede decirse del doctor Fauso de Thomas Mann, sin pretender
ofender a los puristas-. Todas las virtudes que adornaban
al personaje de Goethe, le faltan al de Beerbohm, aunque
ambos pactan con el diablo por amor a sí mismos.
La vanidad, funcionando a todo gas como motor de las
acciones humanas, define a los personajes de Enoch Soames;
no sólo al decadente poeta que la protagoniza,
autor de los peores poemas que cabe imaginar y que entrega
su alma al diablo a cambio de un viaje al futuro –donde
poder comprobar si ha pasado a la historia o no-, también
el narrador –cuyo personaje interpreta el propio
autor- o Rothestein actúan movidos por la vanidad.
También el diablo se presenta caricaturizado,
con su ridícula facha demodé, tan vanidoso
como el resto de personajes y, en cierto modo, tan fracasado
como el propio Soames.
Lo relevante, lo que hace delicioso
este relato, es su constante juego de espejos. El diablo
muestra su poder enviando cien años adelante
a Soames, pero el autor, el demiurgo literario, maneja
los tiempos y los planos de la realidad narrativa a
su antojo, la pliega y la retuerce, de forma que los
significados cambian página a página y
lo que parecía deja de parecer para parecer otra
cosa en un baile completo de paradojas; esa es una muestra
de poder total, que ridiculiza los manejos de Satán.
Por otro lado, Soames descubre que, en el futuro, sólo
será recordado por un cuento de Beerbohm, lo
que causa gran irritación al personaje. Y, si
lo pensamos bien, el nombre de Enoch Soames a terminado
por imponerse al de Max Beerbohm, con lo que tenemos
un nuevo reflejo, una nueva dimensión esta vez
extrínseca, que aumenta la profundidad de este
relato perfecto que nadie debe perderse.
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