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Enrique Vila Matas juega en esta novela con el paralelismo
que ve entre el escritor y el espía. Pero no
es el único juego que despliega esta Extraña
Forma de Vida. Bajo la pretensión de escribir
una novela realista, el protagonista va contando historias,
pequeños relatos de la gente de su calle que
pretende convertir en protagonistas una trilogía,
como hacía Baroja. En paralelo, y como premonición
de ese cambio de estilo literario que va a sufrir el
autor, nos cuenta fantásticas historias de espionajes,
muchas de ellas rozando lo surrealista. Y a la vez el
libro es la narración de un día en el
que el escritor tiene la posibilidad de cambiar de vida.
Muchos juegos narrativos, solucionados con sagacidad,
estructura y buenos oficios.
Sin embargo esta novela del muy celebrado
autor de Doctor Pasavento, atraviesa el pantanoso terreno
de los relatos engarzados casi por los pelos, que a
veces huyen de la trama que se supone que los aúna
y que como ocurre con los compendios de relatos, son
de interés irregular. Lo que ayuda a continuar
y dirigir es la buena narrativa de Vila Matas y el disfrute
que provoca esa capacidad para la variación de
estilos.
Dentro de esos relatos hay episodios
delirantes, que como decíamos antes, pretendidamente
escapan de las confesas intenciones realistas del protagonista:
el hijo idiota, el abuelo espía de ópticas,
del subsuelo y voyeur de hostias consagradas, los capítulos
en los que entran en juego personajes como Dalí
o el mismísimo Grahan Green. Pero también
hay referencias a Unamuno, Juan Marsé o Goethe,
completando esta ingeniosa paradoja literaria, que casi
se puede leer de un tirón.
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