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libros de verano, aunque no siempre coincidan con los
aparecidos en catálogos con dicha etiqueta; son
libros que, quizá, evocan lecturas de infancia
o adolescencia, recuerdos gratos del nacimiento lector,
del descubrimiento de la literatura. Y hay autores que
pueden ser singularmente veraniegos, aunque no lo hayan
pretendido. A mí me ocurre todo esto con Roald
Dahl, el autor inglés que «inventó»
a los gremlins, una célebre fábrica de
chocolate, o bien nos hizo estremecer con sus relatos
de suspense, muchos de los cuales adaptó Hitchcock
para su serie de TV. Mi primer contacto con Roald Dahl
fue a finales de un curso de la ya olvidada EGB, en
clase de inglés; debía ser junio, por
lo que sólo tendríamos clases de mañana
y las tardes las pasaríamos en la playa o el
muelle (puede que pescando). Era un relato muy intenso
que teníamos que traducir, la experiencia de
un hombre que estaba en el trópico y, al despertar
de una siesta, descubría que tenía, enroscada
sobre su estómago, dormida, una serpiente, probablemente
una mamba. Dahl fue un gran viajero, conocía
bien los trópicos y en más de una ocasión
ha escrito sobre las mambas. Para quien no las conozca,
son unas serpientes venenosísimas, las más
peligrosas que hay en tierra. Las hay verdes y negras,
pero ambas tienen ciertas peculiaridades: pueden morder
repetidas veces (la mayor parte de las serpientes, agotan
su veneno con un mordisco) y persiguen a sus presas.
Su mordedura es mortal en cuestión de minutos,
por lo que no hay antídoto, y además habitan
en los árboles, dejándose caer de vez
en cuando sobre viajeros incautos. Todo ello hace de
estos reptiles el ser, probablemente, más desagradable
del mundo (después del mosquito, se la tengo
jurada), aunque también hay que reconocer a la
mamba cierta belleza y elegancia. Así que dicho
lo dicho, podemos imaginarnos perfectamente lo que podría
sentir un tipo que, al despertar viese a una mamba tumbada
sobre su tripita, y temiendo que un movimiento suyo,
o un ruido ajeno a su acción, viniera a despertarla.
Roald Dahl es un maestro del suspense,
como reconoció el otro maestro del suspense inglés,
Hitchcock. Y es, además, un portento de imaginación,
como reconoció el imaginativo Disney. Pero nuestro
autor no necesitó de padrinos tan renombrados
para hacerse célebre, le bastó con tales
cualidades y un pulso narrativo magistral. Escribía
obras para niños, con las que muchos se han criado,
y también para adultos, con las que muchos se
han tensionado. Historias extraordinarias pertenece
a este segundo grupo, aunque tiene algunos toques infantiles.
Afortunadamente, los buenos lectores saben que esa frontera
entre la narrativa infantil y la narrativa para adultos
es difusa, y puede cruzarse (en más de un sentido),
como ocurre con el fenómeno Potter (que, aprovecho
para decirlo, va perdiendo fuelle con cada libro). El
primer relato es claramente infantil, porque los protagonistas
son un niño y una tortuga, pero el adulto es
invitado de manera hábil, dado que el narrador
lo es. Un adulto puede razonar cosas que el niño
sólo siente, y este relato es una buena ocasión
para reflexionar sobre nuestra relación con el
mundo animal (y, además, desde una posición
más amable que la del cuento anteriormente descrito),
y también sobre nuestra relación, como
ex-niños, con los aún-niños. No
son temas baladís, sino que forman parte de una
cosmovisión compleja que en Dahl se mantiene
firme a lo largo de toda su obra, infantil y adulta.
Ahora bien, no esperemos sermones. Como todo buen narrador,
y siguiendo a Conrad, Dahl sólo escribe la mitad
del libro, nos apunta los temas y los viste de humanidad
para que los lectores puedan, si lo desean, reflexionar.
Y si no, al menos habremos pasado un buen rato, animados
no sólo por la humanidad del relato, no sólo
por la imaginación vertida, sino también
por el ya destacado pulso narrativo, que muchas veces
es lo que nos hace seguir adelante. Esta es una cualidad
normalmente despreciada por la crítica, y aún
por el público esnobizado por la crítica.
Y, sin embargo, es la vida de toda narración,
más que las ideas vertidas o que la imaginación
empleada. Los narradores ingleses son consumados maestros,
y Dahl no traiciona su tradición (aunque era
medio escandinavo, según creo).
Los siguientes relatos varían,
de lo infantil a lo adulto, desde el relato bélico
con toques muy suaves de El principito (es una sensación
mía) al reportaje periodístico o la narración
autobiográfica con solución inesperada
aunque genial. Estos relatos son medicina, por su sencillez,
frescura y originalidad. Uno se siente recompuesto,
bajo el sol ya robusto de junio, de las penurias de
un largo y seco invierno. Si bien Roald Dahl no será
un descubrimiento para nadie, porque es de sobra conocido,
no está demás redescubrirlo de vez en
cuando, como a los buenos escritores. Y, ¿qué
mejor momento que el verano? Así como en invierno
apetece redescubrir a Dickens, en otoño a Kafka
o en primavera a Mishima (sigo hablando de mí,
cada cual tendrá organizado el año a su
manera), en verano quizá podamos hacerlo con
Dahl, o con Dumas, o Ferlosio, o Julio Verne...
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