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HISTORIAS EXTRAORDINARIAS
Roald Dahl, Anagrama, 2004

Hay libros de verano, aunque no siempre coincidan con los aparecidos en catálogos con dicha etiqueta; son libros que, quizá, evocan lecturas de infancia o adolescencia, recuerdos gratos del nacimiento lector, del descubrimiento de la literatura. Y hay autores que pueden ser singularmente veraniegos, aunque no lo hayan pretendido. A mí me ocurre todo esto con Roald Dahl, el autor inglés que «inventó» a los gremlins, una célebre fábrica de chocolate, o bien nos hizo estremecer con sus relatos de suspense, muchos de los cuales adaptó Hitchcock para su serie de TV. Mi primer contacto con Roald Dahl fue a finales de un curso de la ya olvidada EGB, en clase de inglés; debía ser junio, por lo que sólo tendríamos clases de mañana y las tardes las pasaríamos en la playa o el muelle (puede que pescando). Era un relato muy intenso que teníamos que traducir, la experiencia de un hombre que estaba en el trópico y, al despertar de una siesta, descubría que tenía, enroscada sobre su estómago, dormida, una serpiente, probablemente una mamba. Dahl fue un gran viajero, conocía bien los trópicos y en más de una ocasión ha escrito sobre las mambas. Para quien no las conozca, son unas serpientes venenosísimas, las más peligrosas que hay en tierra. Las hay verdes y negras, pero ambas tienen ciertas peculiaridades: pueden morder repetidas veces (la mayor parte de las serpientes, agotan su veneno con un mordisco) y persiguen a sus presas. Su mordedura es mortal en cuestión de minutos, por lo que no hay antídoto, y además habitan en los árboles, dejándose caer de vez en cuando sobre viajeros incautos. Todo ello hace de estos reptiles el ser, probablemente, más desagradable del mundo (después del mosquito, se la tengo jurada), aunque también hay que reconocer a la mamba cierta belleza y elegancia. Así que dicho lo dicho, podemos imaginarnos perfectamente lo que podría sentir un tipo que, al despertar viese a una mamba tumbada sobre su tripita, y temiendo que un movimiento suyo, o un ruido ajeno a su acción, viniera a despertarla.

Roald Dahl es un maestro del suspense, como reconoció el otro maestro del suspense inglés, Hitchcock. Y es, además, un portento de imaginación, como reconoció el imaginativo Disney. Pero nuestro autor no necesitó de padrinos tan renombrados para hacerse célebre, le bastó con tales cualidades y un pulso narrativo magistral. Escribía obras para niños, con las que muchos se han criado, y también para adultos, con las que muchos se han tensionado. Historias extraordinarias pertenece a este segundo grupo, aunque tiene algunos toques infantiles. Afortunadamente, los buenos lectores saben que esa frontera entre la narrativa infantil y la narrativa para adultos es difusa, y puede cruzarse (en más de un sentido), como ocurre con el fenómeno Potter (que, aprovecho para decirlo, va perdiendo fuelle con cada libro). El primer relato es claramente infantil, porque los protagonistas son un niño y una tortuga, pero el adulto es invitado de manera hábil, dado que el narrador lo es. Un adulto puede razonar cosas que el niño sólo siente, y este relato es una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra relación con el mundo animal (y, además, desde una posición más amable que la del cuento anteriormente descrito), y también sobre nuestra relación, como ex-niños, con los aún-niños. No son temas baladís, sino que forman parte de una cosmovisión compleja que en Dahl se mantiene firme a lo largo de toda su obra, infantil y adulta. Ahora bien, no esperemos sermones. Como todo buen narrador, y siguiendo a Conrad, Dahl sólo escribe la mitad del libro, nos apunta los temas y los viste de humanidad para que los lectores puedan, si lo desean, reflexionar. Y si no, al menos habremos pasado un buen rato, animados no sólo por la humanidad del relato, no sólo por la imaginación vertida, sino también por el ya destacado pulso narrativo, que muchas veces es lo que nos hace seguir adelante. Esta es una cualidad normalmente despreciada por la crítica, y aún por el público esnobizado por la crítica. Y, sin embargo, es la vida de toda narración, más que las ideas vertidas o que la imaginación empleada. Los narradores ingleses son consumados maestros, y Dahl no traiciona su tradición (aunque era medio escandinavo, según creo).

Los siguientes relatos varían, de lo infantil a lo adulto, desde el relato bélico con toques muy suaves de El principito (es una sensación mía) al reportaje periodístico o la narración autobiográfica con solución inesperada aunque genial. Estos relatos son medicina, por su sencillez, frescura y originalidad. Uno se siente recompuesto, bajo el sol ya robusto de junio, de las penurias de un largo y seco invierno. Si bien Roald Dahl no será un descubrimiento para nadie, porque es de sobra conocido, no está demás redescubrirlo de vez en cuando, como a los buenos escritores. Y, ¿qué mejor momento que el verano? Así como en invierno apetece redescubrir a Dickens, en otoño a Kafka o en primavera a Mishima (sigo hablando de mí, cada cual tendrá organizado el año a su manera), en verano quizá podamos hacerlo con Dahl, o con Dumas, o Ferlosio, o Julio Verne...