| Esta
es una novela extraña, irregular y de estructura
desconcertante. Lo que en principio parece un conflicto
paterno-filial entre un padre divorciado, medio bohemio,
medio depresivo y adicto al múltiples medicamentos
y un hijo adolescente que vuelve de la antípoda,
se transforma en una novela sobre el MDMA, una sustancia
conocida también por su apariencia cristalina,
muy parecida al éxtasis. Esta alternancia en
la trama es sumamente brusca, de ahí lo de desconcertante,
hecha a través de un farragoso entreacto que
deja al lector con la sensación de no haberse
enterado de nada, para dar paso al desenlace de la novela,
en el que la situación ha cambiado y los personajes
adoptan nuevas y sorprendentes relaciones.
Narrada en forma de diario, escrita
en primera persona, Luis Magrinyà aprovecha la estructura
y las lagunas del diario del protagonista para dejar
un vacío entre las dos partes del libro que no
tiene intención de cubrir, y que colabora a que
el lector tenga una sensación extraña
de cambios radicales sin que les preceda explicación
alguna. No obstante, la sorpresa que produce ver al
protagonista en una nueva tesitura, rodeado de adolescentes,
integrado en un grupo que por edad y objetivos no le
son parejos. Un cambio de rumbo que hace que la última
parte de la novela gane, además de química,
interés.
Supongo que para muchos el libro cuenta
con el morbo de hacer referencia explicita y extensa
a una droga que cada vez gana más adeptos en
la calle. Magrinyà ha roto con el tabú, y en
plan Escohotado, diserta sobre este nuevo éxtasis.
Una disertación que rompe con el tópico
del consumo por parte de descerebrados púberes,
porque los jóvenes que aparecen en la novela
esquivan ese perfil y por la concurrencia del protagonista,
adulto, culto, con una profesión liberal y que
comparte la curiosidad de los jóvenes.
Lo cierto es que no hay juicios apriorísticos
en la relación con las drogas, tampoco moralinas,
aunque si parece que se puede intuir de lo narrado por
Magrinyà que el conocimiento de las drogas puede desmantelar
su vertiente más peyorativa y perjudicial (marginalidad,
adicción, peligro fehaciente para la salud) y
que la inestabilidad psicológica, el desconocimiento
o la búsqueda de soluciones en las sustancias,
no parece un buen camino para afrontar el consumo. Reflexiones
que no son nuevas, pero que aparecen expresadas con
cierto arrojo y en un contexto fuera de prejuicios,
corsés o como decíamos antes, tabúes.
Parece una señal, pero el título
de la novela refleja para mi las dos sensaciones de
correlación emocional con la novela, una primera
parte en la que me siento intruso en una historia que
no me atrae en demasía y una segunda en la que
me instalo con curiosidad en esa trama tóxica,
pero de la que, como los buenos huéspedes, sé
que voy a querer salir tarde o temprano. |
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