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ser que esta no es la primera biografía sobre
ese cantautor delgaducho y nicotinado llamado Joaquín
Sabina, pero si es la única que ha caído
en mis manos y que he devorado con avidez. Por que Sabina,
aparte de ser una de esas referencias musicales, literarias
y filosóficas de mi vida, ha sido siempre puro
misterio, un curioso enigma de inspiración, locuacidad
y dominio del lenguaje.
Mi intención era decir en esta
reseña que mi curiosidad sólo se ha saciado
a medias con el libro de Javier Menéndez Flores,
que estructurar a Sabina en lanzamientos discográficos
me resulta simplificador, que la vida de un poeta no
se descubre a base de datos impresos en hemerotecas.
Pero transcurrido unos días desde que pasé
la última hoja de Joaquín Sabina, perdonen
la tristeza (título que por cierto no me gusta
nada), creo que el inconveniente de esta biografía
se convierte en su principal virtud: no acaba con el
misterio. Javier Menéndez constata lo que ya
intuíamos de Sabina: su primavera comprometida,
su otoño coherente, su lado golfo, el inconformista,
su vida inusual, su sólida vocación, su
fidelidad a la noche, la preferencia por los tugurios,
la insumisión frente a los madrugones, su visión
privilegiada de lo que le rodea, ese poso poético,
su indudable y permanente lucidez, su trascendencia
como artista de lo meramente musical... Pero no habla
de las sensaciones, de los sentimientos, de las ideas
que bullen en ese cerebro ahumado, que bien se podían
haber plasmado en forma de larga entrevista, aunque
lo impagable hubiese sido colocar el prefijo auto a
esta biografía.
Menéndez Flores, un sabiniano
tardío como él mismo advierte en el prólogo,
ha hecho un trabajo de investigación y ha utilizado
entrevistas realizadas por él mismo al compositor
en un esfuerzo de concretizar lo ilimitable, de condensar
lo disperso de una vida y una carrera al margen de los
convencionalismos, aunque no, ¡que grandeza!,
de la comercialidad. Con este libro no se descubre a
un nuevo Sabina, sólo se tienen más datos
de él, de su juventud rebelde, de su exilio Londinense,
de sus comienzos en España como periodista y
cantautor, de su encuentro con Madrid, de su progresivo
éxito, pero ¿quién le ha robado
el mes de abril?, ¿qué queda de ese joven
aprendiz de pintor?, ¿es verdad que las musas
se han ido con el Nano?.
Y luego están las valoraciones
personales del autor frente a discos y canciones, que
por supuesto son respetables, pero que corren el riesgo
de ser discutibles y discutidas por los seguidores del
jienense, que somos legión (¡¿cómo
qué Mentiras Piadosas es uno de sus trabajos
más flojos?!).
En definitiva, se agradece el riesgo
y el esfuerzo de abordar la biografía de un tipo
tan peculiar y popular como Sabina, pero la verdad es
que sabe a poco. Y ya se, Joaquín, que no hay
nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás
sucedió.
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