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LA CONJURA CONTRA AMÉRICA
Philip Roth, Mondadori, Barcelona, 2005

Otro de los eternos aspirantes al premio Nobel, Philip Roth vuelve a deslumbrarnos con una novela que inaugura un nuevo capítulo en su ya dilatada y variada carrera literaria. Roth ha sabido moverse entre diversos géneros novelísticos, desde el drama urbano hasta la novela policíaca, pasando por la comedia y la fantasía, y ahora la ucronía o historia virtual. En la Conjura, Roth elucubra acerca de lo que habría ocurrido si los republicanos estadounidenses hubieran presentado, en 1940 al célebre piloto Lindbergh como candidato presidencial. La historia ficción, historia virtual o ucronía es un subgénero muy de moda, tanto en narrativa como en historiografía (y cómic: la serie What if...? de Marvel). ¿Y si un personaje carismático como el piloto del Espíritu de San Luis se hubiera enfrentado al no menos carismático Franklin Delano Roosevelt? ¿Y si hubiera ganado? Aunque existen dudas acerca de su verdadera posición ideológica ante el nazismo hitleriano, no cabe duda que Lindbergh coqueteó con el fascismo, llegando a aceptar una relevante condecoración, y tampoco cabe duda que el héroe resultó un activista antisemita, involucrado con la asociación América Primero. "Me hago una pregunta y busco una respuesta comprensible", esta es la técnica que el novelista americano confiesa haber utilizado para elaborar este híbrido de autobiografía e historia virtual, y que para conferir solidez a la anécdota se ha servido de una multitud de detalles de la vida cotidiana contemporánea, de la profundidad de los personajes y de hechos auténticos que entremezcla hábilmente con los imaginados o supuestos.

Porque la Conjura es, en parte, una autobiografía del propio Roth. El autor se sirve de su propia familia y de su infancia, y él mismo se hace protagonista (no es la primera vez, Philip Roth también es el narrador en Operation Shylock). Como su sosias Nathan Zuckerman, protagonista de algunas de sus mejores obras, Roth utiliza a su propia familia para retratar (y a veces, también criticar) a la clase media judía norteamericana. En sus comienzos como novelista de éxito, a finales de los sesenta y durante los setenta, el tema de sus obras eran los problemas sexuales y familiares de la clase media americana, en especial de los judíos. Luego amplió su temática, vivió una temporada en Europa y volvió a América para recrear su punto de vista y aplicar su afilada pluma a toda la sociedad americana. No obstante, considera que la democracia estadounidense tiene algo de maravilloso, contra las opiniones cerradas de los antiamericanos: fue el pueblo americano el que impidió el desarrollo del fascismo en Estados Unidos, al apostar por FDR, y fue el pueblo americano el que presionó para poner fin a la guerra de Vietnam. Sin embargo, nunca deja de criticar a ese país en el que tan a gusto se siente unas veces (y tan a disgusto otras): la mediocridad de la clase media y su conformismo, la (en ocasiones) debilidad de los valores democráticos (por ejemplo, con Nixon, Reagan o Bush Jr.) y la excitabilidad del fondo conservador del ciudadano.

A pesar de todo, "Estados Unidos es un país hecho para los judíos y los judíos fueron hechos para un país como Estados Unidos", o también "a los judíos les gusta Estados Unidos y la democracia estadounidense, y a la democracia estadounidense le gusta los judíos". Como en casi todas sus novelas, el problema judío es central. Todo ser humano necesita orientarse en el mundo, saber quién es y de dónde viene, y los judíos, por razones tanto históricas y culturales como étnicas y religiosas, tienen un problema mayor, del que se han ocupado muchos de sus pensadores más relevantes (Marx o Einstein, por ejemplo). Roth siempre es incluído, para su relativo disgusto, en la tradición narrativa judía inaugurada por Henry Roth, Saul Bellow y Bernard Mallamud. Para él, y esto se ve claramente en esta novela, no hay mejor lugar para los judíos que los Estados Unidos. Pero el fondo antisemita está dispuesto a saltar en cualquier momento: basta un personaje influyente en un tiempo haciago y el pogromo será posible. Sin dejar de lado la esperanza con que remata la obra, este miedo es el impulso de la novela; la familia Roth no está sufriendo los tormentos que los judíos europeos padecen bajo la dominación nazi, pero sabe que si no reacciona, pronto se darán situaciones parecidas. Esa es su angustia. Toda sociedad liberal encubre un fondo de racismo que suele encontrarse reprimido en el inconsciente colectivo, pero que puede rebrotar en determinadas condiciones. Así les ocurrió a los musulmanes tras el 11-S, o a los judíos recientemente en algunos países europeos que creían tener el problema del racismo superado. El detonante en la novela es la guerra europea, y el canalizador, el racismo sibilino de Lindbergh. Roth muesta cómo, de la noche a la mañana, se pasa de la sociedad que se cree abierta y tolerante a la sociedad intolerante y tiránica, algo que debemos aprovechar para reflexionar en estos tiempos de cólera (más allá, mucho más allá, de la evidente similitud entre Lindbergh y Bush Jr.).

El judaísmo de Roth siempre se ha discutido. Es cierto, sus narradores suelen rechazar lo judaico, los usos y costumbres tribales, la educación, las prácticas religiosas... Pero hay muchos tipos de judíos, no uno solo: judíos ortodoxos, judíos israelíes, judíos de la diáspora, por eso Roth se niega a responder a la pregunta "¿qué significa ser judío?" que constantemente le formulan. Roth es claramente diasporista, dadas las opiniones que vierte sobre la vida de los judíos norteamericanos, pero aún así aparece un respeto reverencial solapado en sus críticas, como cuando en Las vidas de Zuckerman (también traducida como Contravida, en inglés The Counterlife) el protagonista visita el Muro de las Lamentaciones. Roth reconoce que no se puede dejar de ser judío; en Estados Unidos pueden pasar desapercibidos, pero en cuanto salen de allí, según Roth, se percibe tal hostilidad hacia los judíos (especialmente tras las guerras de Israel) que aquel que creía olvidada su identidad étnica (más que religiosa) se descubre diciéndose: ¡soy judío! El joven Roth lo intenta, trata de huir de una familia que se desmorona, quiere dejar de ser judío y planea una fuga; intenta hacerse pasar por huérfano, pero sufre un accidente y, además, pierde lo que más ama en el mundo. Es imposible huír de uno mismo.

Desde las primeras páginas, Roth advierte de que la Conjura son unas memorias. Ahora bien, no nos confundamos. Son los recuerdos de un Philip Roth de papel, que es el narrador de la obra, no del Philip Roth que podríamos encontrarnos en Connecticut, no del Philip Roth al que dedicaron una calle en su Newark natal. Normalmente un sosias con el nombre alterado (Zuckerman o Kepesch), en esta ocasión mantiene su propio nombre y los nombres de las personas de carne y hueso en quienes se inspira para los personajes. El narrador elegido es un Philip Roth de setenta años, que ha vivido su infancia en Newark, New Jersey, durante los años inciertos en que América estuvo al borde de convertirse en una dictadura fascista. Son los recuerdos protagonizados por un Philip Roth niño, lo que le aporta a la novela el punto de vista incompleto de un niño, con su incomprensión, sus dudas, su fantasía, su asombro, su expectación, pero quien recuerda es un anciano que ha tenido tiempo de reflexionar sobre aquellos hechos que marcaron su paso a la adolescencia. Así, a veces el niño nos parece demasiado perspicaz, pero en otras ocasiones tiene ideas de bombero (como disfrazarse de su vecino para convertirse en huérfano). Los personajes secundarios, como en todas sus novelas, son de gran importancia; suelen retratar eficazmente la complejidad humana, siendo tanto arquetipos como personas reales. Para dotarles de humanidad y profundidad emplea gran variedad de métodos y efectos: ideología y pensamientos, modos de vida, valores, actitudes, aspecto, forma de expresarse y gestos, etc. Estos personajes son tan ricos que por sí solos justificarían una novela, como es el caso de Alvin y su pierna mutilada, o la Faunia de La mancha humana (personajes como este o, en la Conjura, la madre de Philip, desmienten que Roth sea misógino, sino que les retrata de una manera benéfica que no emplea con sus personajes masculinos).

El niño Roth observa el drama humano desde el interior del hogar, como Ana Frank lo vivió desde la buhardilla. La historia se experimenta desde el núcleo de la intrahistoria, lo que pone en relación los hechos cotidianos con los hechos históricos, la pequeña escala con la grande. El núcleo familiar experimenta las mismas sacudidas que la sociedad: ambos se descomponen: Alvin se va a combatir a Europa y regresa siendo otro, el hermano y la tía de Philip se ponen del lado de los tiranos y tildan con desprecio a sus familiares de "judíos de gueto". Es lo que ocurre a la sociedad al completo, con el rabino Bengelsdorf poniéndose del lado de Lindbergh y ayudándole a ganar las elecciones, con familias enteras huyendo al Canadá, con judíos que prefieren seguir explotando sus negocios más o menos fraudulentos mientras otros son reubicados para facilitar su "asimilación"... En esta novela, la relación entre la vida privada y la vida pública se manifiesta de forma cruel, pero en nuestro país estamos familiarizados con ello: hace menos de cien años que las sacudidas de la vida pública volveron al hermano contra el hermano y España se ahogó en sangre.

Roth nos cuenta la historia de unos hechos que estuvieron a punto de ocurrir de una manera más lineal que en anteriores novelas. La Conjura carece de la endiabladamente deliciosa estructura metaficcional de Las vidas de Zuckerman, o de la más habitual estrategia de sus novelas, a saber: la inclusión de anécdotas que parecen desviarse de la trama principal pero que logran darle una mayor profundidad, y además contribuyen a enriquecer a los personajes. En esta novela hay menos desviaciones, y la multiplicidad de puntos de vista (en La mancha humana: Zuckerman, Silk, Faunia y su exmarido Les) se reduce a dos: Roth niño y Roth adulto. Sin embargo, aunque la estructura y el enfoque sean más sencillos, la habilidad del autor sale a relucir cuando integra realidad y ficción, cuando consigue que una novela que parte de hechos reales para derivar en algo inexistente nos resulte creíble (aunque en el capítulo octavo el equilibrista está a punto de caer: la inserción de un cronicón no parece lo más acertado).

La Conjura contra América es, en definitiva, una novela compleja y rica que se disfruta de principio a fin (con la excepción del capítulo octavo) y que da una muestra de lo que es capaz este autor, aunque no sea su mejor novela. Pero, para comenzar a intuir su calidad, sepan que hace meses que existen en internet comentarios (elogiosos) de su futura novela, Everyman, que no será publicada en Estados Unidos hasta mayo.