| Otro
de los eternos aspirantes al premio Nobel, Philip Roth
vuelve a deslumbrarnos con una novela que inaugura un
nuevo capítulo en su ya dilatada y variada carrera
literaria. Roth ha sabido moverse entre diversos géneros
novelísticos, desde el drama urbano hasta la
novela policíaca, pasando por la comedia y la
fantasía, y ahora la ucronía o historia
virtual. En la Conjura, Roth elucubra acerca de lo que
habría ocurrido si los republicanos estadounidenses
hubieran presentado, en 1940 al célebre piloto
Lindbergh como candidato presidencial. La historia ficción,
historia virtual o ucronía es un subgénero
muy de moda, tanto en narrativa como en historiografía
(y cómic: la serie What if...? de Marvel). ¿Y
si un personaje carismático como el piloto del
Espíritu de San Luis se hubiera enfrentado al
no menos carismático Franklin Delano Roosevelt?
¿Y si hubiera ganado? Aunque existen dudas acerca
de su verdadera posición ideológica ante
el nazismo hitleriano, no cabe duda que Lindbergh coqueteó
con el fascismo, llegando a aceptar una relevante condecoración,
y tampoco cabe duda que el héroe resultó
un activista antisemita, involucrado con la asociación
América Primero. "Me hago una pregunta y
busco una respuesta comprensible", esta es la técnica
que el novelista americano confiesa haber utilizado
para elaborar este híbrido de autobiografía
e historia virtual, y que para conferir solidez a la
anécdota se ha servido de una multitud de detalles
de la vida cotidiana contemporánea, de la profundidad
de los personajes y de hechos auténticos que
entremezcla hábilmente con los imaginados o supuestos.
Porque la Conjura es, en parte, una
autobiografía del propio Roth. El autor se sirve
de su propia familia y de su infancia, y él mismo
se hace protagonista (no es la primera vez, Philip Roth
también es el narrador en Operation Shylock).
Como su sosias Nathan Zuckerman, protagonista de algunas
de sus mejores obras, Roth utiliza a su propia familia
para retratar (y a veces, también criticar) a
la clase media judía norteamericana. En sus comienzos
como novelista de éxito, a finales de los sesenta
y durante los setenta, el tema de sus obras eran los
problemas sexuales y familiares de la clase media americana,
en especial de los judíos. Luego amplió
su temática, vivió una temporada en Europa
y volvió a América para recrear su punto
de vista y aplicar su afilada pluma a toda la sociedad
americana. No obstante, considera que la democracia
estadounidense tiene algo de maravilloso, contra las
opiniones cerradas de los antiamericanos: fue el pueblo
americano el que impidió el desarrollo del fascismo
en Estados Unidos, al apostar por FDR, y fue el pueblo
americano el que presionó para poner fin a la
guerra de Vietnam. Sin embargo, nunca deja de criticar
a ese país en el que tan a gusto se siente unas
veces (y tan a disgusto otras): la mediocridad de la
clase media y su conformismo, la (en ocasiones) debilidad
de los valores democráticos (por ejemplo, con
Nixon, Reagan o Bush Jr.) y la excitabilidad del fondo
conservador del ciudadano.
A pesar de todo, "Estados Unidos
es un país hecho para los judíos y los
judíos fueron hechos para un país como
Estados Unidos", o también "a los judíos
les gusta Estados Unidos y la democracia estadounidense,
y a la democracia estadounidense le gusta los judíos".
Como en casi todas sus novelas, el problema judío
es central. Todo ser humano necesita orientarse en el
mundo, saber quién es y de dónde viene,
y los judíos, por razones tanto históricas
y culturales como étnicas y religiosas, tienen
un problema mayor, del que se han ocupado muchos de
sus pensadores más relevantes (Marx o Einstein,
por ejemplo). Roth siempre es incluído, para
su relativo disgusto, en la tradición narrativa
judía inaugurada por Henry Roth, Saul Bellow
y Bernard Mallamud. Para él, y esto se ve claramente
en esta novela, no hay mejor lugar para los judíos
que los Estados Unidos. Pero el fondo antisemita está
dispuesto a saltar en cualquier momento: basta un personaje
influyente en un tiempo haciago y el pogromo será
posible. Sin dejar de lado la esperanza con que remata
la obra, este miedo es el impulso de la novela; la familia
Roth no está sufriendo los tormentos que los
judíos europeos padecen bajo la dominación
nazi, pero sabe que si no reacciona, pronto se darán
situaciones parecidas. Esa es su angustia. Toda sociedad
liberal encubre un fondo de racismo que suele encontrarse
reprimido en el inconsciente colectivo, pero que puede
rebrotar en determinadas condiciones. Así les
ocurrió a los musulmanes tras el 11-S, o a los
judíos recientemente en algunos países
europeos que creían tener el problema del racismo
superado. El detonante en la novela es la guerra europea,
y el canalizador, el racismo sibilino de Lindbergh.
Roth muesta cómo, de la noche a la mañana,
se pasa de la sociedad que se cree abierta y tolerante
a la sociedad intolerante y tiránica, algo que
debemos aprovechar para reflexionar en estos tiempos
de cólera (más allá, mucho más
allá, de la evidente similitud entre Lindbergh
y Bush Jr.).
El judaísmo de Roth siempre
se ha discutido. Es cierto, sus narradores suelen rechazar
lo judaico, los usos y costumbres tribales, la educación,
las prácticas religiosas... Pero hay muchos tipos
de judíos, no uno solo: judíos ortodoxos,
judíos israelíes, judíos de la
diáspora, por eso Roth se niega a responder a
la pregunta "¿qué significa ser judío?"
que constantemente le formulan. Roth es claramente diasporista,
dadas las opiniones que vierte sobre la vida de los
judíos norteamericanos, pero aún así
aparece un respeto reverencial solapado en sus críticas,
como cuando en Las vidas de Zuckerman (también
traducida como Contravida, en inglés The Counterlife)
el protagonista visita el Muro de las Lamentaciones.
Roth reconoce que no se puede dejar de ser judío;
en Estados Unidos pueden pasar desapercibidos, pero
en cuanto salen de allí, según Roth, se
percibe tal hostilidad hacia los judíos (especialmente
tras las guerras de Israel) que aquel que creía
olvidada su identidad étnica (más que
religiosa) se descubre diciéndose: ¡soy
judío! El joven Roth lo intenta, trata de huir
de una familia que se desmorona, quiere dejar de ser
judío y planea una fuga; intenta hacerse pasar
por huérfano, pero sufre un accidente y, además,
pierde lo que más ama en el mundo. Es imposible
huír de uno mismo.
Desde las primeras páginas,
Roth advierte de que la Conjura son unas memorias. Ahora
bien, no nos confundamos. Son los recuerdos de un Philip
Roth de papel, que es el narrador de la obra, no del
Philip Roth que podríamos encontrarnos en Connecticut,
no del Philip Roth al que dedicaron una calle en su
Newark natal. Normalmente un sosias con el nombre alterado
(Zuckerman o Kepesch), en esta ocasión mantiene
su propio nombre y los nombres de las personas de carne
y hueso en quienes se inspira para los personajes. El
narrador elegido es un Philip Roth de setenta años,
que ha vivido su infancia en Newark, New Jersey, durante
los años inciertos en que América estuvo
al borde de convertirse en una dictadura fascista. Son
los recuerdos protagonizados por un Philip Roth niño,
lo que le aporta a la novela el punto de vista incompleto
de un niño, con su incomprensión, sus
dudas, su fantasía, su asombro, su expectación,
pero quien recuerda es un anciano que ha tenido tiempo
de reflexionar sobre aquellos hechos que marcaron su
paso a la adolescencia. Así, a veces el niño
nos parece demasiado perspicaz, pero en otras ocasiones
tiene ideas de bombero (como disfrazarse de su vecino
para convertirse en huérfano). Los personajes
secundarios, como en todas sus novelas, son de gran
importancia; suelen retratar eficazmente la complejidad
humana, siendo tanto arquetipos como personas reales.
Para dotarles de humanidad y profundidad emplea gran
variedad de métodos y efectos: ideología
y pensamientos, modos de vida, valores, actitudes, aspecto,
forma de expresarse y gestos, etc. Estos personajes
son tan ricos que por sí solos justificarían
una novela, como es el caso de Alvin y su pierna mutilada,
o la Faunia de La mancha humana (personajes como este
o, en la Conjura, la madre de Philip, desmienten que
Roth sea misógino, sino que les retrata de una
manera benéfica que no emplea con sus personajes
masculinos).
El niño Roth observa el drama
humano desde el interior del hogar, como Ana Frank lo
vivió desde la buhardilla. La historia se experimenta
desde el núcleo de la intrahistoria, lo que pone
en relación los hechos cotidianos con los hechos
históricos, la pequeña escala con la grande.
El núcleo familiar experimenta las mismas sacudidas
que la sociedad: ambos se descomponen: Alvin se va a
combatir a Europa y regresa siendo otro, el hermano
y la tía de Philip se ponen del lado de los tiranos
y tildan con desprecio a sus familiares de "judíos
de gueto". Es lo que ocurre a la sociedad al completo,
con el rabino Bengelsdorf poniéndose del lado
de Lindbergh y ayudándole a ganar las elecciones,
con familias enteras huyendo al Canadá, con judíos
que prefieren seguir explotando sus negocios más
o menos fraudulentos mientras otros son reubicados para
facilitar su "asimilación"... En esta
novela, la relación entre la vida privada y la
vida pública se manifiesta de forma cruel, pero
en nuestro país estamos familiarizados con ello:
hace menos de cien años que las sacudidas de
la vida pública volveron al hermano contra el
hermano y España se ahogó en sangre.
Roth nos cuenta la historia de unos
hechos que estuvieron a punto de ocurrir de una manera
más lineal que en anteriores novelas. La Conjura
carece de la endiabladamente deliciosa estructura metaficcional
de Las vidas de Zuckerman, o de la más habitual
estrategia de sus novelas, a saber: la inclusión
de anécdotas que parecen desviarse de la trama
principal pero que logran darle una mayor profundidad,
y además contribuyen a enriquecer a los personajes.
En esta novela hay menos desviaciones, y la multiplicidad
de puntos de vista (en La mancha humana: Zuckerman,
Silk, Faunia y su exmarido Les) se reduce a dos: Roth
niño y Roth adulto. Sin embargo, aunque la estructura
y el enfoque sean más sencillos, la habilidad
del autor sale a relucir cuando integra realidad y ficción,
cuando consigue que una novela que parte de hechos reales
para derivar en algo inexistente nos resulte creíble
(aunque en el capítulo octavo el equilibrista
está a punto de caer: la inserción de
un cronicón no parece lo más acertado).
La Conjura contra América es,
en definitiva, una novela compleja y rica que se disfruta
de principio a fin (con la excepción del capítulo
octavo) y que da una muestra de lo que es capaz este
autor, aunque no sea su mejor novela. Pero, para comenzar
a intuir su calidad, sepan que hace meses que existen
en internet comentarios (elogiosos) de su futura novela,
Everyman, que no será publicada en Estados Unidos
hasta mayo. |

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