| Interrumpo
mi habitual lectura veraniega de una nueva entrega de
los casos de Pepe Carvalho para leer esta novela en
pequeño formato, la primera de Miquel Silvestre,
que acaba de reeditar Barataria. Dejo la Barcelona ochentera,
preolímpica y suburbial por una ciudad anónima
y sucia en la que el premio a la ulcera vital se la
lleva una mujer, Aurora Torres, abogada de pocos escrúpulos,
cocainómana y conservada güisqui nacional.
Me imagino a Aurora sentada en una mesa regada de manjares
culinarios elaborados por el detective y soltando algún
exabrupto bajo la desconcertada mirada de Carvalho.
Y aunque no sé predecir el resultado de la extraña
velada, se que he sentado juntos a dos personajes con
carácter, que poco tienen que ver entre ellos,
pero que gozan de un indudable atractivo.
Más allá de esta comparación,
que no es tal, sino más bien un encuentro casual
en mi mesilla de noche, la Dama Ciega tiene la virtud
de armar un personaje omnisciente, despreciable, sólido,
muy cañero y reflexivo. Su dureza, la contundencia
de Aurora, es capaz de difuminar su anclaje con la realidad,
pero es obvio que ella es el fruto podrido de una sociedad
en descomposición y uno de los atractivos de
la novela es que su protagonista es consciente de su
propia podredumbre.
Dentro de un halo de indudable aroma
a novela negra, rodeada de aforismos legales, jurisprudencia
vital, citas oportunas y algún que otro discurso
camuflado de espontáneo diálogo, transcurre
este crudo relato que no deja de atrapar al lector por
la inusitada fuerza que desprenden sus párrafos.
Esta es la historia de una abogada que niega la existencia
de la Dama Ciega de la balanza, pero que en el fondo
sabe de su existencia porque ella colabora a manipular
la balanza y pese a que lo hace con una naturalidad
pasmosa, no puede evitar que algo se le remueva por
dentro.
Pese a la brevedad de la novela, Miquel
es capaz de sacudir al lector con este relato, que deja
poso y que permite adoptar a un personaje de primera
magnitud dentro de la novela negra patria.
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