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De escritor semidesconocido de culto
a figura clave de la narrativa española (escrita
en catalán, por cierto) y europea solo hay un
paso: salir en la tele. Porque, antes de eso, Mozó
ya era un escritor como la copa de un pino, por decirlo
claro. Pero el mercado es el mercado y salir en la pequeña
pantalla pues como que resulta más lucrativo
para las editoriales. Dejando al margen estas cuestiones
que no vienen al caso, hablemos de Ochenta y seis cuentos.
El título, en este caso, lo
dice todo. Eso es lo que hay. 86 brillantes narraciones
que no son sino una antología de sus relatos
publicados y traducidos al castellano, extraído
de libros como Guadalajara o El por qué de las
cosas (llevada al cine por Ventura Pons). En ellos Monzó
muestra su particular mundo y visión de las cosas,
algo cínica, cargada de humor, cercana, como
ya se ha dicho de él, a Borges, Kafka y otros
grandes de la literatura universal. Retomando temas
de esta, como lo son la metamorfosis, las versiones
libres de cuentos clásicos como la cenicienta,
revisiones de historias como la del caballo de Troya
o Guillermo Tell, Monzó le da una vuelta de tuerca
a la realidad, al mundo en el que vivimos, con un tono
tan lúcido como ácido. Cargado de imaginación
en todo lo que hace, hablando del adulterio, del amor,
desmitificando todo lo que toca, Quim Monzó está
llamado a convertirse en uno de esos autores que se
estudian en las universidades. Y me parece muy bien,
la verdad. Leer este libro (por cierto muy corto a pesar
de sus muchas páginas) es adentrarse en un universo
paralelo pero real, en una visión de las cosas
cortante como un bisturí, cargada de ese humor
del absurdo que acaba siendo denuncia de la estupidez
humana que, a qué engañarnos, es inmensa
mayoría. Mayoría absoluta, diría
yo.
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