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SÁBADO
Ian McEwan (Anagrama, Barcelona, 2005)

Con esta novela, el escritor británico varía un tanto el rumbo que marcaban obras anteriores. Muy dado a lo macabro (es apodado Ian Macabro), aquí tal actitud expresionista queda diluída en la frialdad científica del trabajo del neurocirujano que es Perowne, el protagonista. Al mismo tiempo, la ironía se pierde por el camino, y es una pérdida importante en cuanto que la ironía es la salsa de la narrativa inteligente y culta. En la línea de otras obras de la narrativa anglosajona, como el Ulises de Joyce o La señora Dalloway de Woolf, McEwan sitúa la acción en un periodo muy breve, concentrando así la crónica de sucesos en un único día, un sábado que podría presentarse como el tranquilo día de descanso tras una larguísima semana entre quirófanos, pero que ya de madrugada se tuerce: un avión envuelto en llamas hace su aparición en los cielos de Londres. Perowne se ha despertado a una hora inusual, sin motivo aparente, y la condensación de hechos infrecuentes le lleva a conclusiones infrecuentes (para él, un racional y metódico exponente de la tradición científica, personaje semejante al protagonista de Amor perdurable). Es una novela que tiene como referente el 11-S y la guerra de Irak (ese sábado es el día de las manifestaciones en contra de la invasión) y el primer pensamiento del protagonista se refiere a un atentado terrorista.

Perowne regresa a la cama y, pronto, su esposa despierta. Otra constante en la obra de McEwan es la dicotomía círculo interno-círculo externo. La familia, el matrimonio y, como máxima expresión de intimidad, el sexo, son la salvación, la protección ante la perversidad del mundo. Pero dicha perversidad y la violencia que lo acompaña siempre, aparecerá; siempre amenazan con quebrar el reducto de felicidad del hogar, siempre irrumpen bien en la forma de un avión en llamas, un enfermo mental, un globo descontrolado, una muerte, una guerra o la posibilidad de una guerra... El terror tiene muchos rostros, y muchas estrategias. Podemos verlo desde la tradicional mentalidad cristiana, el diablo intentando corromper al creyente, tratando de penetrar en la esfera de la fe para romper la débil unión del alma humana con la esencia divina. En Sábado, McEwan vuelve sobre esa angustia, atea en su caso, pero equivalente a la religiosa: angustia ante lo irracional, ante la amenaza del caos sobre el orden, la seguridad, la felicidad.

El protagonista tiene dos hijos, y los tres juntos mantienen actitudes distintas ante las manifestaciones de protesta. El padre observa con molestia y desagrado las riadas de gente, le parecen demasiado alegres y no cree que haya motivo para organizar festejos para protestar. Además, él creía en lo mismo que ellos, pero tras conocer a un exiliado iraquí varía su opinión. Quizá el mundo necesite que le extirpen un cáncer y aunque puede que la guerra no sea la mejor solución, parece que algo hay que hacer. Su hijo, prometedor músico, está de acuerdo con las tesis de los manifestantes, pero no participa porque se ha levantado demasiado tarde y luego tiene un ensayo. La hija, prometedora poetisa, tampoco participa del evento (está regresando a Inglaterra desde Francia) pero cree fieramente en el mensaje de las manifestaciones, hasta el punto de discutir agriamente con el padre. De este cuadro sólo falta el convencido pro-invasión, pues Perowne se mantiene en la ambigüedad, como el propio autor, según confiesa (en el momento de escribir la novela).

Un elemento curioso de la obra de McEwan es que, en determinados tramos, y en esta novela de manera acusada, critica con ferocidad la literatura. Lo hace desde la mente científica de sus personajes, y no olvidemos que McEwan es uno de los pocos novelistas que introducen la ciencia en la narración de manera natural, como un componente más de la cultura humana. Así, defiende con encono el punto de vista científico de la realidad, y critica la visión fantasiosa e ingenua de parte de la producción literaria que vive al margen del desarrollo de la cultura científica que, de manera evidente, caracteriza nuestra civilización. ¿Quiere decir esto que la literatura, y en concreto la ficción literaria, es una producción menor del intelecto humano? La respuesta, que no voy a dar, se encuentra en el último tramo de la novela.

Tenemos así un puñado de referencias que nos ayudan a estructurar esta atípica novela. Atípica para el escritor que la ha parido, pero no tanto si buscamos un movimiento general en las letras contemporáneas. Estamos viviendo una época de resurrección de la novela de ideas, de la novela cuasifilosófica, de la narración entremezclada con el ensayo: Sebald, Marías, etc. La narración pierde en pureza pero gana en complejidad, exige una disposición diferente por parte del lector, y ofrece una forma distinta de entretenimiento, un entretenimiento apoyado en el juego intelectual y erudito antes que en la dinámica de las acciones. Se dirige a un público más culto, con mayor disciplina de lectura y dispuesto a meterse en los fárragos intelectuales del autor. A muchos les parecerá una perversión de la novela, como ya ha ocurrido antes. A otros quizá nos guste, siempre y cuando se trate de una obra bien construida, trabajada, documentada y que no relegue a los personajes a meras elucubraciones abstractas (el gran peligro de este tipo de narración). McEwan ofrece un estilo cada vez más refinado, una documentación exhaustiva que el lector agradece como una muestra de respeto (que no se da siempre en la literatura presente), la construcción novelesca de un consumado narrador y unos personajes formados con pericia, dado que las novelas de este autor avanzan mediante las interrelaciones entre sus personajes, más que por hechos o sucesos (el ejemplo más logrado, Amsterdam). Sábado nos presenta una ocasión para reflexionar, sobre el mundo que nos ha tocado vivir, sobre la responsabilidad del ciudadano en las decisiones de los políticos que ha aupado al poder, sobre la literatura misma, y sobre la condición humana, el tema por antonomasia de la literatura. Perowne es un hombre que tiene en sus manos el órgano que rige lo más íntimo de nuestra existencia, el cerebro; cualquier alteración en vida o antes de esta (la genética, la espada de Damocles que sobre todos nosotros pende) distorsiona el mundo y nos aleja de los demás.

Comparemos la vida familiar casi perfecta del protagonista con su contrario, aquejado de corea, con una existencia familiar rota (más que rota, inexistente) y el delgado hilo que lo sujeta a la sociedad a través del uso de la violencia. Pensar, a veces, da miedo, y McEwan juega a aterrarnos en cada una de sus novelas.