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Con esta novela, el escritor británico varía
un tanto el rumbo que marcaban obras anteriores. Muy
dado a lo macabro (es apodado Ian Macabro), aquí
tal actitud expresionista queda diluída en la
frialdad científica del trabajo del neurocirujano
que es Perowne, el protagonista. Al mismo tiempo, la
ironía se pierde por el camino, y es una pérdida
importante en cuanto que la ironía es la salsa
de la narrativa inteligente y culta. En la línea
de otras obras de la narrativa anglosajona, como el
Ulises de Joyce o La señora Dalloway de Woolf,
McEwan sitúa la acción en un periodo muy
breve, concentrando así la crónica de
sucesos en un único día, un sábado
que podría presentarse como el tranquilo día
de descanso tras una larguísima semana entre
quirófanos, pero que ya de madrugada se tuerce:
un avión envuelto en llamas hace su aparición
en los cielos de Londres. Perowne se ha despertado a
una hora inusual, sin motivo aparente, y la condensación
de hechos infrecuentes le lleva a conclusiones infrecuentes
(para él, un racional y metódico exponente
de la tradición científica, personaje
semejante al protagonista de Amor perdurable). Es una
novela que tiene como referente el 11-S y la guerra
de Irak (ese sábado es el día de las manifestaciones
en contra de la invasión) y el primer pensamiento
del protagonista se refiere a un atentado terrorista.
Perowne regresa a la cama y, pronto,
su esposa despierta. Otra constante en la obra de McEwan
es la dicotomía círculo interno-círculo
externo. La familia, el matrimonio y, como máxima
expresión de intimidad, el sexo, son la salvación,
la protección ante la perversidad del mundo.
Pero dicha perversidad y la violencia que lo acompaña
siempre, aparecerá; siempre amenazan con quebrar
el reducto de felicidad del hogar, siempre irrumpen
bien en la forma de un avión en llamas, un enfermo
mental, un globo descontrolado, una muerte, una guerra
o la posibilidad de una guerra... El terror tiene muchos
rostros, y muchas estrategias. Podemos verlo desde la
tradicional mentalidad cristiana, el diablo intentando
corromper al creyente, tratando de penetrar en la esfera
de la fe para romper la débil unión del
alma humana con la esencia divina. En Sábado,
McEwan vuelve sobre esa angustia, atea en su caso, pero
equivalente a la religiosa: angustia ante lo irracional,
ante la amenaza del caos sobre el orden, la seguridad,
la felicidad.
El protagonista tiene dos hijos, y
los tres juntos mantienen actitudes distintas ante las
manifestaciones de protesta. El padre observa con molestia
y desagrado las riadas de gente, le parecen demasiado
alegres y no cree que haya motivo para organizar festejos
para protestar. Además, él creía
en lo mismo que ellos, pero tras conocer a un exiliado
iraquí varía su opinión. Quizá
el mundo necesite que le extirpen un cáncer y
aunque puede que la guerra no sea la mejor solución,
parece que algo hay que hacer. Su hijo, prometedor músico,
está de acuerdo con las tesis de los manifestantes,
pero no participa porque se ha levantado demasiado tarde
y luego tiene un ensayo. La hija, prometedora poetisa,
tampoco participa del evento (está regresando
a Inglaterra desde Francia) pero cree fieramente en
el mensaje de las manifestaciones, hasta el punto de
discutir agriamente con el padre. De este cuadro sólo
falta el convencido pro-invasión, pues Perowne
se mantiene en la ambigüedad, como el propio autor,
según confiesa (en el momento de escribir la
novela).
Un elemento curioso de la obra de
McEwan es que, en determinados tramos, y en esta novela
de manera acusada, critica con ferocidad la literatura.
Lo hace desde la mente científica de sus personajes,
y no olvidemos que McEwan es uno de los pocos novelistas
que introducen la ciencia en la narración de
manera natural, como un componente más de la
cultura humana. Así, defiende con encono el punto
de vista científico de la realidad, y critica
la visión fantasiosa e ingenua de parte de la
producción literaria que vive al margen del desarrollo
de la cultura científica que, de manera evidente,
caracteriza nuestra civilización. ¿Quiere
decir esto que la literatura, y en concreto la ficción
literaria, es una producción menor del intelecto
humano? La respuesta, que no voy a dar, se encuentra
en el último tramo de la novela.
Tenemos así un puñado
de referencias que nos ayudan a estructurar esta atípica
novela. Atípica para el escritor que la ha parido,
pero no tanto si buscamos un movimiento general en las
letras contemporáneas. Estamos viviendo una época
de resurrección de la novela de ideas, de la
novela cuasifilosófica, de la narración
entremezclada con el ensayo: Sebald, Marías,
etc. La narración pierde en pureza pero gana
en complejidad, exige una disposición diferente
por parte del lector, y ofrece una forma distinta de
entretenimiento, un entretenimiento apoyado en el juego
intelectual y erudito antes que en la dinámica
de las acciones. Se dirige a un público más
culto, con mayor disciplina de lectura y dispuesto a
meterse en los fárragos intelectuales del autor.
A muchos les parecerá una perversión de
la novela, como ya ha ocurrido antes. A otros quizá
nos guste, siempre y cuando se trate de una obra bien
construida, trabajada, documentada y que no relegue
a los personajes a meras elucubraciones abstractas (el
gran peligro de este tipo de narración). McEwan
ofrece un estilo cada vez más refinado, una documentación
exhaustiva que el lector agradece como una muestra de
respeto (que no se da siempre en la literatura presente),
la construcción novelesca de un consumado narrador
y unos personajes formados con pericia, dado que las
novelas de este autor avanzan mediante las interrelaciones
entre sus personajes, más que por hechos o sucesos
(el ejemplo más logrado, Amsterdam). Sábado
nos presenta una ocasión para reflexionar, sobre
el mundo que nos ha tocado vivir, sobre la responsabilidad
del ciudadano en las decisiones de los políticos
que ha aupado al poder, sobre la literatura misma, y
sobre la condición humana, el tema por antonomasia
de la literatura. Perowne es un hombre que tiene en
sus manos el órgano que rige lo más íntimo
de nuestra existencia, el cerebro; cualquier alteración
en vida o antes de esta (la genética, la espada
de Damocles que sobre todos nosotros pende) distorsiona
el mundo y nos aleja de los demás.
Comparemos la vida familiar casi perfecta
del protagonista con su contrario, aquejado de corea,
con una existencia familiar rota (más que rota,
inexistente) y el delgado hilo que lo sujeta a la sociedad
a través del uso de la violencia. Pensar, a veces,
da miedo, y McEwan juega a aterrarnos en cada una de
sus novelas.
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