|
Los arranques de las novelas de Javier Marías
se han convertido en una seña de identidad tanto
como su particular puntuación y su magistral
uso reflexivo del lenguaje. De hecho, en la contraportada
de cada una de sus últimas novelas, o partes
de una única novela mayúscula inacabada,
se citan sus respectivos arranques; el de Baile y Sueño,
segunda parte de Tu rostro mañana (en la que
recuperamos al Jacobo Deza de Todas las almas) recuerda
un poco al de la primera (Fiebre y lanza), su temática
es muy próxima: “No debería uno
contar nunca nada...” reza ésta, y “Ojalá
nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara,
ningún consejo ni favor ni préstamo, ni
el de la atención siquiera...” la que nos
ocupa. Ambas acciones, contar (a otro) y pedir (también,
a otro), crean esclavitudes, deudas. Si cuentas algo
a alguien, le haces propietario de una historia en la
que, antes, no tenía parte, y eso se puede ver
quizá como un gesto generoso, o como un descuido
egoísta, en cuanto que estamos implicando a esa
persona en algo que, de ninguna manera, le era propio
hasta ese instante (ni siquiera aunque el relato se
refiriera a esa persona, porque su desconocimiento impedía
que estuviera implicado de facto). Lo que es indudable
es que al contar estamos creando lazos, relaciones,
que hasta ese momento no existían o, de puro
implícitas, carecían de funcionamiento.
Y vamos un paso más allá cuando en vez
de contar pedimos, que es lo que le ocurre a Jacobo
o Jacques o Jack o Jaime, ahora no le cuentan sino que
le piden, y ahí más que deudas se crean
esclavitudes. Cuando se pide un favor, se obliga casi,
se fuerza al otro a acatar nuestro deseo, sin que tengamos
en ese momento más que un pálpito de las
posibles consecuencias a que puede dar lugar nuestra
simpatía o fragilidad (cedo por amistad o simpatía,
cedo porque no puedo negarme). Si pensamos que J. Deza
es, además, una suerte de espía, el hecho
de contarle o pedirle algo toma un cariz más
severo aún dado que sus opiniones pueden tener
consecuencias fatales (o, bien al contrario, felices)
para un ser humano o un país entero, ni siquiera
él mismo sabe del alcance de sus palabras (de
ahí que sea mejor no contar nunca nada). Toda
palabra puede hacer un infinito daño, aunque
no se pretenda, porque como se dice en la propia novela
(Parte 1ª), una vez que soltamos las palabras en
el aire, perdemos todo control sobre ellas.
Como se ve, y cualquiera que sea lector
de Javier Marías lo sabe, estamos ante un narrador
profundo, cabe decir que filosófico aunque emplee
un lenguaje no tanto abstracto cuanto concreto, es decir,
narrativo. No se tratan temas vulgares, como el amor
(más vulgar por el enfoque con que se trata que
por sí mismo; recomiendo, en la misma Baile y
sueño, las hermosas reflexiones sobre el amor
que J. Deza tiene respecto de su exmujer Luisa), la
venganza o las intrigas históricas en torno a
personajes célebres y misteriosos (éstas
sí, sin remedio, vulgares), los temas que trata
son cotidianos, pero en los que no solemos reparar,
ésas acciones minúsculas que inadvertidamente
cometemos cada día, sin advertir nuestra fuerte,
agresiva influencia en nuestro entorno. Solemos creer
que no importa contar, pedir, curiosear, que no tenemos
tanto imperio sobre el entorno, pero Marías nos
cuenta que sí, y de hecho nuestra propia experiencia
debería refrendarlo. Esta selección de
temas hace que la anécdota resulte secundaria,
pero no sólo la parcela temática lo fuerza,
sino también (y puede que aún más),
su prosa, elegante, rica, compleja, “embrujadora”.
Quien lee a Marías, lo lee porque él lo
escribe, y porque lo hace como lo hace. Esta tendencia
a reducir la anécdota, a que ésta se vea
superada por la reflexión y el estilo, ha ido
conformándose desde sus primeras novelas (Los
dominios del lobo, Travesía del horizonte) y
alcanza sus máximas cotas con Tu rostro mañana.
Es a partir de El siglo, cuando Marías encuentra
el que es su estilo, el tan característico y
célebre desde Todas las almas, y ahora lo está
llevando a sus extremos, tanto que ha amenazado con
retirarse de la novela cuando concluya la trilogía
que tiene entre manos.
Creo que es el momento de refrenar
los elogios e introducir una punzadita de crítica,
y es que entiendo que ha llegado a extralimitarse un
tanto con esta novela, especialmente en la primera parte
de este segundo tomo de la trilogía (Baile);
el ritmo se quiebra demasiado, la dilación entre
un paso y otro del protagonista se hace demasiado larga.
La anécdota, en este tramo, más que secundaria
se hace inexistente. Pero ya está, eso es todo,
simplemente la opinión de un lector apresurado.
Es cierto que no es una novela para todos, que requiere
una lectura despaciosa, meditabunda, y una complicidad
mayúscula con el autor/narrador (cada vez, también,
más confundidos: las opiniones de J. Deza nos
han sido prefiguradas en los artículos de J.
Marías en El País), pero el placer intelectual
que se siente al leerla compensa el esfuerzo. Esperemos
que se eche atrás, que siga deleitándonos
con su prosa inteligente, con su perspicacia, con su
refinada cultura. Es algo que le pido, aunque no debiera,
pero es que él tampoco debería haber empezado
a contar, ahora “nos lo debe”.
|
 |