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TU ROSTRO MAÑANA, 2. BAILE Y SUEÑO
Javier Marías; Alfaguara, Madrid, 2004

Los arranques de las novelas de Javier Marías se han convertido en una seña de identidad tanto como su particular puntuación y su magistral uso reflexivo del lenguaje. De hecho, en la contraportada de cada una de sus últimas novelas, o partes de una única novela mayúscula inacabada, se citan sus respectivos arranques; el de Baile y Sueño, segunda parte de Tu rostro mañana (en la que recuperamos al Jacobo Deza de Todas las almas) recuerda un poco al de la primera (Fiebre y lanza), su temática es muy próxima: “No debería uno contar nunca nada...” reza ésta, y “Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera...” la que nos ocupa. Ambas acciones, contar (a otro) y pedir (también, a otro), crean esclavitudes, deudas. Si cuentas algo a alguien, le haces propietario de una historia en la que, antes, no tenía parte, y eso se puede ver quizá como un gesto generoso, o como un descuido egoísta, en cuanto que estamos implicando a esa persona en algo que, de ninguna manera, le era propio hasta ese instante (ni siquiera aunque el relato se refiriera a esa persona, porque su desconocimiento impedía que estuviera implicado de facto). Lo que es indudable es que al contar estamos creando lazos, relaciones, que hasta ese momento no existían o, de puro implícitas, carecían de funcionamiento. Y vamos un paso más allá cuando en vez de contar pedimos, que es lo que le ocurre a Jacobo o Jacques o Jack o Jaime, ahora no le cuentan sino que le piden, y ahí más que deudas se crean esclavitudes. Cuando se pide un favor, se obliga casi, se fuerza al otro a acatar nuestro deseo, sin que tengamos en ese momento más que un pálpito de las posibles consecuencias a que puede dar lugar nuestra simpatía o fragilidad (cedo por amistad o simpatía, cedo porque no puedo negarme). Si pensamos que J. Deza es, además, una suerte de espía, el hecho de contarle o pedirle algo toma un cariz más severo aún dado que sus opiniones pueden tener consecuencias fatales (o, bien al contrario, felices) para un ser humano o un país entero, ni siquiera él mismo sabe del alcance de sus palabras (de ahí que sea mejor no contar nunca nada). Toda palabra puede hacer un infinito daño, aunque no se pretenda, porque como se dice en la propia novela (Parte 1ª), una vez que soltamos las palabras en el aire, perdemos todo control sobre ellas.

Como se ve, y cualquiera que sea lector de Javier Marías lo sabe, estamos ante un narrador profundo, cabe decir que filosófico aunque emplee un lenguaje no tanto abstracto cuanto concreto, es decir, narrativo. No se tratan temas vulgares, como el amor (más vulgar por el enfoque con que se trata que por sí mismo; recomiendo, en la misma Baile y sueño, las hermosas reflexiones sobre el amor que J. Deza tiene respecto de su exmujer Luisa), la venganza o las intrigas históricas en torno a personajes célebres y misteriosos (éstas sí, sin remedio, vulgares), los temas que trata son cotidianos, pero en los que no solemos reparar, ésas acciones minúsculas que inadvertidamente cometemos cada día, sin advertir nuestra fuerte, agresiva influencia en nuestro entorno. Solemos creer que no importa contar, pedir, curiosear, que no tenemos tanto imperio sobre el entorno, pero Marías nos cuenta que sí, y de hecho nuestra propia experiencia debería refrendarlo. Esta selección de temas hace que la anécdota resulte secundaria, pero no sólo la parcela temática lo fuerza, sino también (y puede que aún más), su prosa, elegante, rica, compleja, “embrujadora”. Quien lee a Marías, lo lee porque él lo escribe, y porque lo hace como lo hace. Esta tendencia a reducir la anécdota, a que ésta se vea superada por la reflexión y el estilo, ha ido conformándose desde sus primeras novelas (Los dominios del lobo, Travesía del horizonte) y alcanza sus máximas cotas con Tu rostro mañana. Es a partir de El siglo, cuando Marías encuentra el que es su estilo, el tan característico y célebre desde Todas las almas, y ahora lo está llevando a sus extremos, tanto que ha amenazado con retirarse de la novela cuando concluya la trilogía que tiene entre manos.

Creo que es el momento de refrenar los elogios e introducir una punzadita de crítica, y es que entiendo que ha llegado a extralimitarse un tanto con esta novela, especialmente en la primera parte de este segundo tomo de la trilogía (Baile); el ritmo se quiebra demasiado, la dilación entre un paso y otro del protagonista se hace demasiado larga. La anécdota, en este tramo, más que secundaria se hace inexistente. Pero ya está, eso es todo, simplemente la opinión de un lector apresurado. Es cierto que no es una novela para todos, que requiere una lectura despaciosa, meditabunda, y una complicidad mayúscula con el autor/narrador (cada vez, también, más confundidos: las opiniones de J. Deza nos han sido prefiguradas en los artículos de J. Marías en El País), pero el placer intelectual que se siente al leerla compensa el esfuerzo. Esperemos que se eche atrás, que siga deleitándonos con su prosa inteligente, con su perspicacia, con su refinada cultura. Es algo que le pido, aunque no debiera, pero es que él tampoco debería haber empezado a contar, ahora “nos lo debe”.