| Un
Encargo Difícil está ambientada sólo
un año después de la guerra incivil que
machacó esté país durante tres
años y que le traería serios problemas
de libertad durante, al menos, otros cuarenta. Como
una faceta más de ese afán revanchista
y exterminador del bando ganador, la novela nos sitúa
en una pequeña isla de las Baleares a la que
se destierra a un puñado de perdedores irredentos,
a los que no se sabe muy bien, el régimen prefiere
tratar con guante blanco en lugar de utilizar sus habituales
métodos de encarcelamientos, torturas y asesinatos.
Al principio de leer la novela se mezclan
sensaciones extrañas y quizás nada halagüeñas:
otra historia satélite sobre la guerra civil,
un desconcertante inicio que hace referencia al final
de la novela, una narración contada a varias
voces, bajo diferentes puntos de vista. El libro parece
un ramillete de historias, que aunque conectadas por
el destierro común, no daban la impresión
de coexistencia natural. Pero según avanza la
narración te vas impregnando junto a los personajes
del ambiente de la isla, del paulatino encuentro entre
ellos y sus vidas. Zarraluki corre una serie de riesgos
que poco a poco es capaz de controlar y de resolver
con cierta soltura, de manera que al final el lector
se siente uno más dentro de ese islote, sentado
en la taberna de Felisa García tomando una aguada
chicoria pero bien calentita.
Quizás el hermetismo y los secretos
que albergan los personajes puedan parecer una táctica
literaria para implicar al lector, pero es una táctica
menos burda de lo que parece, porque no hay giros radicales
ni secretos que cambien la trama, sino que poco a poco
vamos conociendo más de los habitantes de la
isla y en sólo doscientas cincuenta páginas,
cosa que en la vida real, no siempre ocurre con tanta
celeridad. Son personajes aparentemente simples y la
lupa que les aplica Zarraluki, una lupa que mira a sus
historias personales pero que también es una
lupa psicológica, no hace que cambiemos excesivamente
de ideas sobre ellos, simplemente comenzamos a entender
sus razones y sus razonamientos. Todo esto desarrollado
en un paraje tan hermoso como deprimente, en una cárcel
a cielo abierto en la que los presos tienden a observar
el firmamento juntos, para no sentirse endemoniadamente
solos y olvidados.
Curioso es también el tratamiento
que Zarraluki dispensa a desterrados y sus vigías.
Sin quitar hierro a los “desastres de la guerra”
y la mella que provoca en los perdedores, los carceleros
aparecen como gente ignorante, quizás con buen
fondo, pero seducidos por la idea de orden, justicia
y demonización de todo aquello que suene a ideas.
Es el perfil de las sociedades donde triunfó
el fascismo, cuyo advenimiento, es cierto, vino dado
por personajes más viscerales, decididos y radicales
que estos militares de La Cabrera, pero que sin la concurrencia
de estos últimos, no hubiera triunfado y en el
caso de España, perdurado. Decía Luther
King que “cuando reflexionemos sobre nuestro siglo
XX, no nos parecerán lo más grave las
fechorías de los malvados, sino el escandaloso
silencio de las buenas personas.” Pues eso es
perfectamente aplicable a nuestra guerra y a los personajes
de esta novela, a excepción, quizás, de
la oronda y analfabeta tabernera del pueblo Felisa García,
que tiene ciertos arranques de heroicidad frente a las
autoridades.
Pedro Zarraluki ha ganado el premio
Nadal 2005 de novela, con esta historia poliédrica
de una vivencia en común: el destierro de los
perdedores bajo la mirada desautorizada de unos vencedores
casuales.
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