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UN ENCARGO DIFÍCIL
Pedro Zarraluki- Ediciones Destino 2005

Un Encargo Difícil está ambientada sólo un año después de la guerra incivil que machacó esté país durante tres años y que le traería serios problemas de libertad durante, al menos, otros cuarenta. Como una faceta más de ese afán revanchista y exterminador del bando ganador, la novela nos sitúa en una pequeña isla de las Baleares a la que se destierra a un puñado de perdedores irredentos, a los que no se sabe muy bien, el régimen prefiere tratar con guante blanco en lugar de utilizar sus habituales métodos de encarcelamientos, torturas y asesinatos.

Al principio de leer la novela se mezclan sensaciones extrañas y quizás nada halagüeñas: otra historia satélite sobre la guerra civil, un desconcertante inicio que hace referencia al final de la novela, una narración contada a varias voces, bajo diferentes puntos de vista. El libro parece un ramillete de historias, que aunque conectadas por el destierro común, no daban la impresión de coexistencia natural. Pero según avanza la narración te vas impregnando junto a los personajes del ambiente de la isla, del paulatino encuentro entre ellos y sus vidas. Zarraluki corre una serie de riesgos que poco a poco es capaz de controlar y de resolver con cierta soltura, de manera que al final el lector se siente uno más dentro de ese islote, sentado en la taberna de Felisa García tomando una aguada chicoria pero bien calentita.

Quizás el hermetismo y los secretos que albergan los personajes puedan parecer una táctica literaria para implicar al lector, pero es una táctica menos burda de lo que parece, porque no hay giros radicales ni secretos que cambien la trama, sino que poco a poco vamos conociendo más de los habitantes de la isla y en sólo doscientas cincuenta páginas, cosa que en la vida real, no siempre ocurre con tanta celeridad. Son personajes aparentemente simples y la lupa que les aplica Zarraluki, una lupa que mira a sus historias personales pero que también es una lupa psicológica, no hace que cambiemos excesivamente de ideas sobre ellos, simplemente comenzamos a entender sus razones y sus razonamientos. Todo esto desarrollado en un paraje tan hermoso como deprimente, en una cárcel a cielo abierto en la que los presos tienden a observar el firmamento juntos, para no sentirse endemoniadamente solos y olvidados.

Curioso es también el tratamiento que Zarraluki dispensa a desterrados y sus vigías. Sin quitar hierro a los “desastres de la guerra” y la mella que provoca en los perdedores, los carceleros aparecen como gente ignorante, quizás con buen fondo, pero seducidos por la idea de orden, justicia y demonización de todo aquello que suene a ideas. Es el perfil de las sociedades donde triunfó el fascismo, cuyo advenimiento, es cierto, vino dado por personajes más viscerales, decididos y radicales que estos militares de La Cabrera, pero que sin la concurrencia de estos últimos, no hubiera triunfado y en el caso de España, perdurado. Decía Luther King que “cuando reflexionemos sobre nuestro siglo XX, no nos parecerán lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas.” Pues eso es perfectamente aplicable a nuestra guerra y a los personajes de esta novela, a excepción, quizás, de la oronda y analfabeta tabernera del pueblo Felisa García, que tiene ciertos arranques de heroicidad frente a las autoridades.

Pedro Zarraluki ha ganado el premio Nadal 2005 de novela, con esta historia poliédrica de una vivencia en común: el destierro de los perdedores bajo la mirada desautorizada de unos vencedores casuales.