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ANATHEMA + LEAFBLADE

Sala Penélope. Madrid 08-05-2009

Intentar ir contracorriente para hacerte el enrollado es algo que les suele funcionar muy bien a algunos pero, tarde o temprano, se les ve el plumero. Por eso, todo lo que leáis a continuación es exactamente un ejercicio de lo contrario. Para dar tu opinión sobre las cosas, coincida o no con la mayoría, tienes que aportar argumentos sólidos y suficientes en los que basar tus postulados. Si no lo haces, te retratas. Esta crónica no busca desmontar la ilusión de nadie porque tampoco lo conseguiríamos. Los conciertos, muchas veces hemos hablado de ello, son sensaciones. Voy a poner un ejemplo. El año pasado en el Festival “Keep It True” alemán hubo bandas que me encantaron. Sin embargo, viendo el DVD tranquilamente en casa hace unos días me di cuenta que Omen sonaron bastante regular y su vocalista, George Call, estaba casi afónico. En vivo no me pareció y disfruté enormemente de su show, quedando plenamente satisfecho.

Dentro de mi iconografía, Anathema es un grupo grande, muy grande. Autores de discos conmovedores, los hermanos Cavanagh poseen un talento descomunal que, en muchas ocasiones, han reflejado en canciones. Tres de sus obras, “The silent enigma”, “Alternative 4” y “Judgement” no dudaría en catalogarlas de obras maestras y no suelo ser amigo de poner notas tan altas. Desgraciadamente, tienen un problema. Llegó un punto de su carrera en que quisieron ser los nuevos Radiohead, Coldplay o lo que sea. Para ello, sacaron “A fine day to exit”, un álbum que tampoco difiere en exceso de su estilo habitual pero que representó un guiño a la escena alternativa. ¿Qué se comieron con él? Nada. Es más, salvo excepciones, los únicos que les han seguido apoyando son su público metalero de siempre, ese del que tanto reniegan, aquellos que han sabido crecer con su música. Lógicamente, cuando pegaron el gran cambio en “Eternity” muchos se bajaron del carro porque sus gustos no derivaban hacia los derroteros que tomaban las composiciones de los de Liverpool, pero sus seguidores de entonces abrazaron los mencionados discos como auténticas joyas, independientemente de que fueran o no metal, que es discutible.

El patinazo de “A fine day to exit” les dejó tocados y creo que, como banda, Anathema viven en un estado de permanente frustración, una especie de “lo que pudo haber sido y no fue”. De lo contrario, no puedo comprender el por qué llevan seis años sin sacar una colección de nuevas canciones cuando las tienen hechas desde hace años. Prefieren embarcarse en giras allá donde les llaman, ora con el grupo al completo, ora Vincent y Danny, ora Danny con la diosa Anneke van Giesbergen (ex The Gathering), etc. Quizá lo hacen porque arropados por sus devotos seguidores es donde encuentran el consuelo y se sienten realizados porque poca gente conozco más fiel que los auténticos fans de la banda más grande que surgió de Liverpool (lo digo con todas las consecuencias, por si no queda claro).

No obstante, no me parece tolerable y por eso lo voy a hacer constar en estos párrafos, la actitud de “como son dioses, se les perdona todo” o “voy al concierto tan emocionado que cualquier cosa que hagan me parecerá una genialidad”. Y mucho de esto es lo que he leído en los días posteriores y también se corresponde con las palabras de la gente nada más terminar el show. Reitero que a mí me encantan Anathema, pero precisamente por eso les pido, no, iré a más, les exijo que den la talla cuando se suben a un escenario, que reproduzcan la magia que desprenden sus canciones, que creen esas atmósferas sublimes al alcance de muy pocos. Pues no, ellos erre que erre se empeñan en demostrarme que no son tan buenos en directo como yo creo que son y que no merecen la cantidad de oportunidades que les he dado y, supongo, les daré para que me hagan vibrar, emocionarme.

Todas estas reflexiones ya planeaban en mi cabeza cuando nos dirigíamos a la sala Penélope. Tan solo unos días antes habíamos sufrido las inclemencias sonoras del local con Cradle Of Filth, Moonspell y Turisas. Supuse que gran parte del problema vendría directamente de los técnicos de la gira y de la incapacidad de Cradle por sonar bien pero que también la culpa sería de las condiciones del equipo del local. Además, Anathema poseen unas tesituras mucho más calmadas, ideales para que no se produjera un desaguisado que arruinara la velada. Afortunadamente, resultó la noche y el día. Es verdad que no era perfecto y que Vincent tuvo sus historias con la guitarra pero aquello fue una bendición comparado con los padecimientos de principios de semana. Desde luego, si daban un mal concierto era única y exclusivamente por su culpa, no por circunstancias ajenas e incontrolables.

Otra de las “novedades” de la Penélope es que la parte de arriba estaba abierta y fue ocupada por mucho público que así tenía una mejor visión de pequeño y no muy alto escenario. Y es que había ganas entre los madrileños porque se pierde en el tiempo la última vez que vinieron encabezando un cartel. Ya no sé si fue en Copérnico o Heikenen, pero, al menos, hace cinco o seis años. Así, en el instante de mayor afluencia habría más seiscientas personas congregadas, lo cual está muy bien. Seguro que ellos querrían un pabellón pero la vida es así. Esto era un pequeño tour por Portugal y España, siete fechas en días sucesivos, siendo la de la capital la parada intermedia.

Como teloneros se habían traído a un colega, porque no se puede denominar de otra manera. Leafblade es el proyecto de Danny Cavanagh con su compinche Sean Jude. Con una demo que vendían por un precio muy asequible en el puesto de merchandising, se presentaban sin otra hoja en el currículo que la presencia de Danny. A Sean no le conozco otras aventuras musicales, además de formar parte de grupos colaterales a Anatema, como Antimatter aunque con un bagaje muy inferior. El dúo trabaja desenchufado. Se siente en una silla con dos acústicas siendo Jude el vocalista principal. Ocasionalmente reciben ayuda y, como no podía ser de otra forma, ahí están John Douglas, Jamie Cavanagh y un roadie de las estrellas para acompañar con platillos de batería, bajo y unos bongos.

Poco podemos añadir más. Estuvieron casi cuarenta minutos en el escenario. La salida fue un tanto cómica porque los tíos se sentaron, la gente no paraba de hablar y Danny tuvo que pedir silencio. No obstante, como aquí somos tan maleducados, el personal siguió rajando haciendo molesta la escucha de canciones tan suaves a quienes permanecían atentos a Leafblade. No decían los nombres de las canciones pero casi descargaron en su totalidad el Ep “To the moonlight”, además de algún corte más reciente como “Dragonfly”. Reconozco que con quince minutos me habría bastado y sobrado. Para haceros una idea de por dónde van los tiros, cogeos los temas acústicos de Led Zeppelin, quitadles el halo de genialidad que le imprimían Plant, Page, Bonham y John Paul Jones, y ralentizarlos, si cabe, aún más.

Sean Jude canta bien y en su imagen da aspecto de fiel seguidor de Robert Plant aunque sin tanto nivel de agudos. De hecho, no contentos con enseñarnos sus canciones, terminaron con una versión del “Going to California”, la “otra” balada que aparecía en “Led Zeppelin IV”, interpretada de forma correcta pero sin lograr transmitir a un público que en una gran mayoría ni tan siquiera sabía que esa composición que sonaba pertenecía a la banda más famosa de la historia del rock duro. Supongo que será una cuestión de edad. Leafblade pasaron de puntillas por la sala Penélope. La gente aplaudió respetuosamente al final de la actuación pero no creo que muchos se interesaran por su propuesta. Vamos, si no llega a estar Danny aseguraría que nadie pero como anda metido uno de los Cavanagh asegura que cuatro freakies de Anathema les tengan en consideración.

Lo que a continuación expongo son los hechos, que cada cual extraiga sus propias consecuencias. Más de veinte minutos transcurrieron entre que acabaron Leafblade y saltaron Anathema. Lógicamente, poco había que preparar porque quitar dos guitarras acústicas, un par de sillas y elevar el micrófono no cuesta nada. De acuerdo que Danny tenía que cambiar de se camisa pero ¿descansar? ¡Si llevaba más de media hora sentado! Encima, nos atosigaron con una mamarrachada de cinco minutos en la una voz agradecía a todo bicho viviente, imagino que con el típico humor británico pero no le cogí la gracia. En algunos shows de la gira han dado conciertos de más de dos horas; en Madrid (en Bilbao fue aún menos) alcanzamos la hora y cuarenta justitos. ¿Por qué? Es muy fácil escudarse en el típico “qué malos son los de la sala que tienen que cerrar pronto para abrir la discoteca”. De acuerdo, pero ya sabes lo que hay de antemano. Así que, aunque joda, si hay que empezar el concierto a las siete de la tarde, se empieza porque la gente ha pagado exactamente lo mismo y ve una descarga capada, algo muy injusto. Esto no va solo por el promotor sino también por la banda. Me parece escasamente profesional.

Total, que ante el aplauso unánime saltó el quinteto calavera; los tres hermanitos (Danny, Vincent y el “otro”, Jamie), John Douglas y el artista antes llamado Lector, hoy Les Smith. Por cierto, a Lee Douglas se la dejaron en Inglaterra por lo que estaba claro que una habitual como “A natural disaster” no sonaría. Reconozco que volví a pecar y en los días previos busqué algunos set list recientes que me llevaron al optimismo y desbordaron mi ilusión por volver a disfrutar con Anathema. Así, cuando empezaron los primeros acordes de “Deep”, una de mis canciones favoritas de siempre, aquello estaba en su sitio, se podía disfrutar y Vincent no parecía muy borracho, disfruté a lo grande. “Deep” resultó genial e hizo que todo el mundo se enchufara rápidamente al show.

Sorprendido me hallé cuando continuaron con “Closer” y la ovación fue aún más atronadora, con la gente emocionadísima. Personalmente, “Closer” me parece lamentable, debido a la utilización del vocoder y ese final in crescendo, tan típico del grupo, pero que aquí no destaca tanto como en otras composiciones. Sin embargo, esta no era la creencia general que flipó con el temita de marras. Me gusta que hayan recuperado “Far away”. No la tengo por una de sus mejores canciones pero todo lo que sea variar en el material antiguo es bienvenido. Para compensar, era el momento de presentar algo nuevo, cortes que llevan tocando más de dos años porque en el Festimad 2007 ya hicieron cosas que iban a ser incluidas en el “próximo disco”, álbum que nunca llega, sin dar ellos demasiadas razones al respecto (y las que dan son tan difusas que no merece la pena comentarlas).

“Angels walk among us” no me llega demasiado, está bien pero tampoco me provoca grandes emociones. Ya veremos en estudio cómo reacciono. Por el contrario, “A simple mistake” me gustó más. Es una composición que tampoco varía en demasía respecto a “A fine day to exit” o “A natural disaster” pero en directo funcionó bien. Con esto, cumplieron el cupo y volvieron a regalarnos material conocido y, afortunadamente, rescatado del recuerdo. Yo creo que jamás había oído “Anytime, anywhere” en ninguno de los seis conciertos anteriores de Anathema en los que había estado. Enorme alegría la que me dieron porque “Judgement” es mi álbum favorito de los británicos. De esta forma, compensaron con creces la tristeza que me produce la desaparición de “Forgotten hopes” de los repertorios desde hace unas cuantas giras. “Anytime, anywhere” es un tema precioso que llegó mucho a los fervientes seguidores de la banda.

Esta línea ascendente creada debería haber continuado con “Empty”, una de sus canciones más conocidas. Y a fe que para muchos supuso otro instante de inspiración pero que lo analicen bien porque la interpretación fue lamentable. Incluso, los primeros segundos se hacía complicado adivinar cuál era, hasta que Vincent empezó a cantar. La confusión que reinaba en mi mente alcanzó un nuevo estadio cuando sonó “Shroud of false”. No concibió que esta mini canción no se ejecute precediendo a “Fragile dreams”, me parece una unidad indisoluble. Si raro se me ha hecho escuchar “Fragile dreams” sin “Shroud of false” por delante, mucho peor que caiga ésta y no la enlacen con la otra. Desconcertante. Por suerte, supieron compensarnos con un punto muy positivo, otra composición que tampoco recuerdo en ninguno de sus shows, “Lost control”.

Por fin, Vincent transmitiendo al 100% en este monumento al buen gusto del “Alternative 4”. Fueron seis minutos introspectivos, melancólicos, brillantes,… Para colmo, se engancharon a este álbum para interpretar “Regret”, otra maravilla que no estuvo tan gloriosa pero sí mantuvo un altísimo nivel. Con “Hope”, la versión de Pink Floyd, comenzó el baile. Digo lo mismo de siempre: la acepto porque ya la hicieron en “Eternity” y nos les queda nada mal. ¿Qué yo elegiría otras canciones? Seguro, pero aceptemos pulpo como animal de compañía si se olvidan de la inefable “Comfortably numb”. No adelantemos acontecimientos… Para ilustrar una vez más que no soy ningún taliban de Anathema que solo quiere oír cosas antiguas, decir que “Flying”, de “A natural disaster”, resultó memorable. Todas las veces que la han tocado desde que salió este disco la han bordado. Adquiere una dimensión aún más especial encima de un escenario.

Conforme se iba desvaneciendo “Flying” fueron abandonando el escenario todos los componentes del grupo menos Vincent y Danny. Ambos permanecieron dibujando la melodía del tema hasta que Vinny dejó su guitarra acústica para que se la enfundara su hermano. En solitario, Danny cogió las riendas vocales por única vez en toda la noche para interpretar “Are you there?”, canción correcta pero insípida, para mayor gloria del pelirrojo. Y es aquí donde, en mi opinión, se empezó a caer estrepitosamente el concierto. Vuelve Vincent, cada uno regresa a su papel, es decir, Vinny a cantar y con la acústica, y Danny la eléctrica y coros. Juntos, sin ningún miembro más del quinteto comienzan a tocar “One last goodbye”.

Aquí he de hacer un punto y aparte porque querría destacar que muy pocas veces en mi vida he escuchado una canción más sentimental y bonita que “One last goodbye”. Solo por ella, Anathema merecen cualquier tipo de parabién. La práctica totalidad de grupos jamás podrán acercarse, ni de lejos, a algo así. Desgraciadamente, lo que tenía que ser un recuerdo imborrable cada vez que la interpretar se convierte en frustración. Sí, sé que los allí presentes no estarán de acuerdo y lo considerarán una blasfemia, pero los únicos que crearon emoción fueron los fans del grupo, coreando la canción al unísono. Digan lo que digan, así no se toca “One last goodbye”. Hay que hacerlo de la forma buena, la original, la que viene en “Judgement”, con todos los instrumentos en juego y no con Zipi y Zape como protagonistas exclusivos. De todas formas, es una opinión.

No obstante, lo peor estaba aún por llegar. Los muchachos se decidieron, por fin, a guiñar el ojo a aquellos que les descubrimos hace más de tres lustros y aún seguimos su estela. Como era lógico, la única forma de homenajear el pasado es con “Sleepless”, el corte más accesible de aquellos tiempos primigenios. Lo que no puede ser y me resulta impresentable es que “Sleepless” suene como si fuera una versión de The Cure. No digo que Vincent meta los guturales de “Serenades” pero tampoco que prostituyan de esta forma una canción excelente. Es que ni la “Sleepless 96” esa que sacaron es tan vomitiva. Mi grado de indignación era tal que solo una composición como “Fragile dreams” podía aplacarme. Lo hizo porque aquí no se anduvieron con zarandajas y la tocaron como debe ser, si bien sigo diciendo que lo normal es que hubiera venido precedida por “Shroud of false”.

Claro que la genial “Fragile dreams” significó solamente un oasis en el desierto del cabreo monumental que me había cogido. El clímax vino al anunciar que se iba y surgir irremediablemente la melodía del “Comfortably numb” de Pink Floyd. Veamos, si tocas más de dos horas por mí como si quieren terminar con “La verbena de la Paloma”, ya que estábamos en la semana anterior a San Isidro, patrón de Madrid. Me molesta muchísimo que hagan la versioncita de marras pero si has cumplido, nos “olvidamos” de este pequeño incidente y a otra cosa. Pero cuando se han dejado en el tintero: “Pressure”, el medley con “Judgement” y “Panic”, y, sobre todo, las increíbles “Inner silence”, “Angelica” y “A dying wish”, es para mandarles a paseo, como mínimo. Por cosas como estas me quejo de Anathema. ¿Por qué no hacen lo que deben? ¿Por qué siempre me crean una sensación de impotencia?

De poco me vale que cuando se despidieran, una aplastante mayoría se tirara diez minutos vitoreando y pidiendo su vuelta cuan toreros después de una faena antológica. Sí, sé que en este asunto nadamos a contracorriente del resto de fans del grupo, pero me duele muchísimo comprobar una vez más que esta situación es culpa exclusivamente de ellos. Seguro que si hay próxima vez, volveré como un corderito a su encuentro esperando algo que es imposible pero, para los pocos que les adoramos, los de Liverpool tienen una capacidad de atracción cuan flautista de Hamelyn. Eso solo está al alcance de los que más talento poseen. Los hermanos Cavanagh lo tienen, lo que pasa es que no suelen saber aprovecharlo cuando se suben a un escenario. Si fueron otros, gran actuación; en el caso de Anathema, concierto irritante.


Anathema

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Leafblade

 

 

 

 

 


Anathema

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Marco Antonio Romero
Fotos: David Ortego