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Intentar ir
contracorriente para hacerte
el enrollado es algo que les
suele funcionar muy bien a algunos
pero, tarde o temprano, se les
ve el plumero. Por eso, todo
lo que leáis a continuación
es exactamente un ejercicio
de lo contrario. Para dar tu
opinión sobre las cosas,
coincida o no con la mayoría,
tienes que aportar argumentos
sólidos y suficientes
en los que basar tus postulados.
Si no lo haces, te retratas.
Esta crónica no busca
desmontar la ilusión
de nadie porque tampoco lo conseguiríamos.
Los conciertos, muchas veces
hemos hablado de ello, son sensaciones.
Voy a poner un ejemplo. El año
pasado en el Festival “Keep
It True” alemán
hubo bandas que me encantaron.
Sin embargo, viendo el DVD tranquilamente
en casa hace unos días
me di cuenta que Omen sonaron
bastante regular y su vocalista,
George Call, estaba casi afónico.
En vivo no me pareció
y disfruté enormemente
de su show, quedando plenamente
satisfecho.
Dentro de mi
iconografía, Anathema
es un grupo grande, muy grande.
Autores de discos conmovedores,
los hermanos Cavanagh poseen
un talento descomunal que, en
muchas ocasiones, han reflejado
en canciones. Tres de sus obras,
“The silent enigma”,
“Alternative 4”
y “Judgement” no
dudaría en catalogarlas
de obras maestras y no suelo
ser amigo de poner notas tan
altas. Desgraciadamente, tienen
un problema. Llegó un
punto de su carrera en que quisieron
ser los nuevos Radiohead, Coldplay
o lo que sea. Para ello, sacaron
“A fine day to exit”,
un álbum que tampoco
difiere en exceso de su estilo
habitual pero que representó
un guiño a la escena
alternativa. ¿Qué
se comieron con él? Nada.
Es más, salvo excepciones,
los únicos que les han
seguido apoyando son su público
metalero de siempre, ese del
que tanto reniegan, aquellos
que han sabido crecer con su
música. Lógicamente,
cuando pegaron el gran cambio
en “Eternity” muchos
se bajaron del carro porque
sus gustos no derivaban hacia
los derroteros que tomaban las
composiciones de los de Liverpool,
pero sus seguidores de entonces
abrazaron los mencionados discos
como auténticas joyas,
independientemente de que fueran
o no metal, que es discutible.
El patinazo
de “A fine day to exit”
les dejó tocados y creo
que, como banda, Anathema viven
en un estado de permanente frustración,
una especie de “lo que
pudo haber sido y no fue”.
De lo contrario, no puedo comprender
el por qué llevan seis
años sin sacar una colección
de nuevas canciones cuando las
tienen hechas desde hace años.
Prefieren embarcarse en giras
allá donde les llaman,
ora con el grupo al completo,
ora Vincent y Danny, ora Danny
con la diosa Anneke van Giesbergen
(ex The Gathering), etc. Quizá
lo hacen porque arropados por
sus devotos seguidores es donde
encuentran el consuelo y se
sienten realizados porque poca
gente conozco más fiel
que los auténticos fans
de la banda más grande
que surgió de Liverpool
(lo digo con todas las consecuencias,
por si no queda claro).
No obstante,
no me parece tolerable y por
eso lo voy a hacer constar en
estos párrafos, la actitud
de “como son dioses, se
les perdona todo” o “voy
al concierto tan emocionado
que cualquier cosa que hagan
me parecerá una genialidad”.
Y mucho de esto es lo que he
leído en los días
posteriores y también
se corresponde con las palabras
de la gente nada más
terminar el show. Reitero que
a mí me encantan Anathema,
pero precisamente por eso les
pido, no, iré a más,
les exijo que den la talla cuando
se suben a un escenario, que
reproduzcan la magia que desprenden
sus canciones, que creen esas
atmósferas sublimes al
alcance de muy pocos. Pues no,
ellos erre que erre se empeñan
en demostrarme que no son tan
buenos en directo como yo creo
que son y que no merecen la
cantidad de oportunidades que
les he dado y, supongo, les
daré para que me hagan
vibrar, emocionarme.
Todas estas
reflexiones ya planeaban en
mi cabeza cuando nos dirigíamos
a la sala Penélope. Tan
solo unos días antes
habíamos sufrido las
inclemencias sonoras del local
con Cradle Of Filth, Moonspell
y Turisas. Supuse que gran parte
del problema vendría
directamente de los técnicos
de la gira y de la incapacidad
de Cradle por sonar bien pero
que también la culpa
sería de las condiciones
del equipo del local. Además,
Anathema poseen unas tesituras
mucho más calmadas, ideales
para que no se produjera un
desaguisado que arruinara la
velada. Afortunadamente, resultó
la noche y el día. Es
verdad que no era perfecto y
que Vincent tuvo sus historias
con la guitarra pero aquello
fue una bendición comparado
con los padecimientos de principios
de semana. Desde luego, si daban
un mal concierto era única
y exclusivamente por su culpa,
no por circunstancias ajenas
e incontrolables.
Otra de las
“novedades” de la
Penélope es que la parte
de arriba estaba abierta y fue
ocupada por mucho público
que así tenía
una mejor visión de pequeño
y no muy alto escenario. Y es
que había ganas entre
los madrileños porque
se pierde en el tiempo la última
vez que vinieron encabezando
un cartel. Ya no sé si
fue en Copérnico o Heikenen,
pero, al menos, hace cinco o
seis años. Así,
en el instante de mayor afluencia
habría más seiscientas
personas congregadas, lo cual
está muy bien. Seguro
que ellos querrían un
pabellón pero la vida
es así. Esto era un pequeño
tour por Portugal y España,
siete fechas en días
sucesivos, siendo la de la capital
la parada intermedia.
Como teloneros
se habían traído
a un colega, porque no se puede
denominar de otra manera. Leafblade
es el proyecto de Danny Cavanagh
con su compinche Sean Jude.
Con una demo que vendían
por un precio muy asequible
en el puesto de merchandising,
se presentaban sin otra hoja
en el currículo que la
presencia de Danny. A Sean no
le conozco otras aventuras musicales,
además de formar parte
de grupos colaterales a Anatema,
como Antimatter aunque con un
bagaje muy inferior. El dúo
trabaja desenchufado. Se siente
en una silla con dos acústicas
siendo Jude el vocalista principal.
Ocasionalmente reciben ayuda
y, como no podía ser
de otra forma, ahí están
John Douglas, Jamie Cavanagh
y un roadie de las estrellas
para acompañar con platillos
de batería, bajo y unos
bongos.
Poco podemos
añadir más. Estuvieron
casi cuarenta minutos en el
escenario. La salida fue un
tanto cómica porque los
tíos se sentaron, la
gente no paraba de hablar y
Danny tuvo que pedir silencio.
No obstante, como aquí
somos tan maleducados, el personal
siguió rajando haciendo
molesta la escucha de canciones
tan suaves a quienes permanecían
atentos a Leafblade. No decían
los nombres de las canciones
pero casi descargaron en su
totalidad el Ep “To the
moonlight”, además
de algún corte más
reciente como “Dragonfly”.
Reconozco que con quince minutos
me habría bastado y sobrado.
Para haceros una idea de por
dónde van los tiros,
cogeos los temas acústicos
de Led Zeppelin, quitadles el
halo de genialidad que le imprimían
Plant, Page, Bonham y John Paul
Jones, y ralentizarlos, si cabe,
aún más.
Sean Jude
canta bien y en su imagen da
aspecto de fiel seguidor de
Robert Plant aunque sin tanto
nivel de agudos. De hecho, no
contentos con enseñarnos
sus canciones, terminaron con
una versión del “Going
to California”, la “otra”
balada que aparecía en
“Led Zeppelin IV”,
interpretada de forma correcta
pero sin lograr transmitir a
un público que en una
gran mayoría ni tan siquiera
sabía que esa composición
que sonaba pertenecía
a la banda más famosa
de la historia del rock duro.
Supongo que será una
cuestión de edad. Leafblade
pasaron de puntillas por la
sala Penélope. La gente
aplaudió respetuosamente
al final de la actuación
pero no creo que muchos se interesaran
por su propuesta. Vamos, si
no llega a estar Danny aseguraría
que nadie pero como anda metido
uno de los Cavanagh asegura
que cuatro freakies de Anathema
les tengan en consideración.
Lo que a continuación
expongo son los hechos, que
cada cual extraiga sus propias
consecuencias. Más de
veinte minutos transcurrieron
entre que acabaron Leafblade
y saltaron Anathema. Lógicamente,
poco había que preparar
porque quitar dos guitarras
acústicas, un par de
sillas y elevar el micrófono
no cuesta nada. De acuerdo que
Danny tenía que cambiar
de se camisa pero ¿descansar?
¡Si llevaba más
de media hora sentado! Encima,
nos atosigaron con una mamarrachada
de cinco minutos en la una voz
agradecía a todo bicho
viviente, imagino que con el
típico humor británico
pero no le cogí la gracia.
En algunos shows de la gira
han dado conciertos de más
de dos horas; en Madrid (en
Bilbao fue aún menos)
alcanzamos la hora y cuarenta
justitos. ¿Por qué?
Es muy fácil escudarse
en el típico “qué
malos son los de la sala que
tienen que cerrar pronto para
abrir la discoteca”. De
acuerdo, pero ya sabes lo que
hay de antemano. Así
que, aunque joda, si hay que
empezar el concierto a las siete
de la tarde, se empieza porque
la gente ha pagado exactamente
lo mismo y ve una descarga capada,
algo muy injusto. Esto no va
solo por el promotor sino también
por la banda. Me parece escasamente
profesional.
Total, que
ante el aplauso unánime
saltó el quinteto calavera;
los tres hermanitos (Danny,
Vincent y el “otro”,
Jamie), John Douglas y el artista
antes llamado Lector, hoy Les
Smith. Por cierto, a Lee Douglas
se la dejaron en Inglaterra
por lo que estaba claro que
una habitual como “A natural
disaster” no sonaría.
Reconozco que volví a
pecar y en los días previos
busqué algunos set list
recientes que me llevaron al
optimismo y desbordaron mi ilusión
por volver a disfrutar con Anathema.
Así, cuando empezaron
los primeros acordes de “Deep”,
una de mis canciones favoritas
de siempre, aquello estaba en
su sitio, se podía disfrutar
y Vincent no parecía
muy borracho, disfruté
a lo grande. “Deep”
resultó genial e hizo
que todo el mundo se enchufara
rápidamente al show.
Sorprendido
me hallé cuando continuaron
con “Closer” y la
ovación fue aún
más atronadora, con la
gente emocionadísima.
Personalmente, “Closer”
me parece lamentable, debido
a la utilización del
vocoder y ese final in crescendo,
tan típico del grupo,
pero que aquí no destaca
tanto como en otras composiciones.
Sin embargo, esta no era la
creencia general que flipó
con el temita de marras. Me
gusta que hayan recuperado “Far
away”. No la tengo por
una de sus mejores canciones
pero todo lo que sea variar
en el material antiguo es bienvenido.
Para compensar, era el momento
de presentar algo nuevo, cortes
que llevan tocando más
de dos años porque en
el Festimad 2007 ya hicieron
cosas que iban a ser incluidas
en el “próximo
disco”, álbum que
nunca llega, sin dar ellos demasiadas
razones al respecto (y las que
dan son tan difusas que no merece
la pena comentarlas).
“Angels
walk among us” no me llega
demasiado, está bien
pero tampoco me provoca grandes
emociones. Ya veremos en estudio
cómo reacciono. Por el
contrario, “A simple mistake”
me gustó más.
Es una composición que
tampoco varía en demasía
respecto a “A fine day
to exit” o “A natural
disaster” pero en directo
funcionó bien. Con esto,
cumplieron el cupo y volvieron
a regalarnos material conocido
y, afortunadamente, rescatado
del recuerdo. Yo creo que jamás
había oído “Anytime,
anywhere” en ninguno de
los seis conciertos anteriores
de Anathema en los que había
estado. Enorme alegría
la que me dieron porque “Judgement”
es mi álbum favorito
de los británicos. De
esta forma, compensaron con
creces la tristeza que me produce
la desaparición de “Forgotten
hopes” de los repertorios
desde hace unas cuantas giras.
“Anytime, anywhere”
es un tema precioso que llegó
mucho a los fervientes seguidores
de la banda.
Esta línea
ascendente creada debería
haber continuado con “Empty”,
una de sus canciones más
conocidas. Y a fe que para muchos
supuso otro instante de inspiración
pero que lo analicen bien porque
la interpretación fue
lamentable. Incluso, los primeros
segundos se hacía complicado
adivinar cuál era, hasta
que Vincent empezó a
cantar. La confusión
que reinaba en mi mente alcanzó
un nuevo estadio cuando sonó
“Shroud of false”.
No concibió que esta
mini canción no se ejecute
precediendo a “Fragile
dreams”, me parece una
unidad indisoluble. Si raro
se me ha hecho escuchar “Fragile
dreams” sin “Shroud
of false” por delante,
mucho peor que caiga ésta
y no la enlacen con la otra.
Desconcertante. Por suerte,
supieron compensarnos con un
punto muy positivo, otra composición
que tampoco recuerdo en ninguno
de sus shows, “Lost control”.
Por fin, Vincent
transmitiendo al 100% en este
monumento al buen gusto del
“Alternative 4”.
Fueron seis minutos introspectivos,
melancólicos, brillantes,…
Para colmo, se engancharon a
este álbum para interpretar
“Regret”, otra maravilla
que no estuvo tan gloriosa pero
sí mantuvo un altísimo
nivel. Con “Hope”,
la versión de Pink Floyd,
comenzó el baile. Digo
lo mismo de siempre: la acepto
porque ya la hicieron en “Eternity”
y nos les queda nada mal. ¿Qué
yo elegiría otras canciones?
Seguro, pero aceptemos pulpo
como animal de compañía
si se olvidan de la inefable
“Comfortably numb”.
No adelantemos acontecimientos…
Para ilustrar una vez más
que no soy ningún taliban
de Anathema que solo quiere
oír cosas antiguas, decir
que “Flying”, de
“A natural disaster”,
resultó memorable. Todas
las veces que la han tocado
desde que salió este
disco la han bordado. Adquiere
una dimensión aún
más especial encima de
un escenario.
Conforme se
iba desvaneciendo “Flying”
fueron abandonando el escenario
todos los componentes del grupo
menos Vincent y Danny. Ambos
permanecieron dibujando la melodía
del tema hasta que Vinny dejó
su guitarra acústica
para que se la enfundara su
hermano. En solitario, Danny
cogió las riendas vocales
por única vez en toda
la noche para interpretar “Are
you there?”, canción
correcta pero insípida,
para mayor gloria del pelirrojo.
Y es aquí donde, en mi
opinión, se empezó
a caer estrepitosamente el concierto.
Vuelve Vincent, cada uno regresa
a su papel, es decir, Vinny
a cantar y con la acústica,
y Danny la eléctrica
y coros. Juntos, sin ningún
miembro más del quinteto
comienzan a tocar “One
last goodbye”.
Aquí
he de hacer un punto y aparte
porque querría destacar
que muy pocas veces en mi vida
he escuchado una canción
más sentimental y bonita
que “One last goodbye”.
Solo por ella, Anathema merecen
cualquier tipo de parabién.
La práctica totalidad
de grupos jamás podrán
acercarse, ni de lejos, a algo
así. Desgraciadamente,
lo que tenía que ser
un recuerdo imborrable cada
vez que la interpretar se convierte
en frustración. Sí,
sé que los allí
presentes no estarán
de acuerdo y lo considerarán
una blasfemia, pero los únicos
que crearon emoción fueron
los fans del grupo, coreando
la canción al unísono.
Digan lo que digan, así
no se toca “One last goodbye”.
Hay que hacerlo de la forma
buena, la original, la que viene
en “Judgement”,
con todos los instrumentos en
juego y no con Zipi y Zape como
protagonistas exclusivos. De
todas formas, es una opinión.
No obstante,
lo peor estaba aún por
llegar. Los muchachos se decidieron,
por fin, a guiñar el
ojo a aquellos que les descubrimos
hace más de tres lustros
y aún seguimos su estela.
Como era lógico, la única
forma de homenajear el pasado
es con “Sleepless”,
el corte más accesible
de aquellos tiempos primigenios.
Lo que no puede ser y me resulta
impresentable es que “Sleepless”
suene como si fuera una versión
de The Cure. No digo que Vincent
meta los guturales de “Serenades”
pero tampoco que prostituyan
de esta forma una canción
excelente. Es que ni la “Sleepless
96” esa que sacaron es
tan vomitiva. Mi grado de indignación
era tal que solo una composición
como “Fragile dreams”
podía aplacarme. Lo hizo
porque aquí no se anduvieron
con zarandajas y la tocaron
como debe ser, si bien sigo
diciendo que lo normal es que
hubiera venido precedida por
“Shroud of false”.
Claro que la
genial “Fragile dreams”
significó solamente un
oasis en el desierto del cabreo
monumental que me había
cogido. El clímax vino
al anunciar que se iba y surgir
irremediablemente la melodía
del “Comfortably numb”
de Pink Floyd. Veamos, si tocas
más de dos horas por
mí como si quieren terminar
con “La verbena de la
Paloma”, ya que estábamos
en la semana anterior a San
Isidro, patrón de Madrid.
Me molesta muchísimo
que hagan la versioncita de
marras pero si has cumplido,
nos “olvidamos”
de este pequeño incidente
y a otra cosa. Pero cuando se
han dejado en el tintero: “Pressure”,
el medley con “Judgement”
y “Panic”, y, sobre
todo, las increíbles
“Inner silence”,
“Angelica” y “A
dying wish”, es para mandarles
a paseo, como mínimo.
Por cosas como estas me quejo
de Anathema. ¿Por qué
no hacen lo que deben? ¿Por
qué siempre me crean
una sensación de impotencia?
De poco me
vale que cuando se despidieran,
una aplastante mayoría
se tirara diez minutos vitoreando
y pidiendo su vuelta cuan toreros
después de una faena
antológica. Sí,
sé que en este asunto
nadamos a contracorriente del
resto de fans del grupo, pero
me duele muchísimo comprobar
una vez más que esta
situación es culpa exclusivamente
de ellos. Seguro que si hay
próxima vez, volveré
como un corderito a su encuentro
esperando algo que es imposible
pero, para los pocos que les
adoramos, los de Liverpool tienen
una capacidad de atracción
cuan flautista de Hamelyn. Eso
solo está al alcance
de los que más talento
poseen. Los hermanos Cavanagh
lo tienen, lo que pasa es que
no suelen saber aprovecharlo
cuando se suben a un escenario.
Si fueron otros, gran actuación;
en el caso de Anathema, concierto
irritante.
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Anathema




Leafblade



Anathema





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