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Hablar de un
grupo como Dream Theater siempre
me produce cierta urticaria.
Diga lo que diga se va a malinterpretar.
Eso poco me importa pero sí
que cuido el utilizar determinadas
expresiones porque reconozco
que leyendo se puede entender
algo que no sea acorde con la
realidad. El quinteto de Nueva
York regresaba a los escenarios
madrileños después
de unos cuantos años
en que sus apariciones por nuestro
país se circunscribieron
a festivales como Lorca Rock
y, recientemente, al Monsters
Of Rock de Zaragoza. Inmersos
en plena presentación
de “Systematic chaos”,
el local elegido fue nada menos
que el Palacio de los Deportes
de la Comunidad de Madrid. El
aforo de este recinto es de
quince mil personas pero no
estaba todo abierto sino que
las gradas altas permanecieron
cerradas y otra grada supletoria
se comió parte de la
pista. No sé exactamente
en cuánto se quedaría
(calculo que ocho mil cabrían)
pero sí que se llenó
casi por completo para la descarga,
no sólo de Dream Theater
sino también de Symphony
X, grupo que, personalmente,
me gustan mucho más que
los cabezas de cartel y autores
de uno de los mejores álbumes
de 2007, “Paradise Lost”.
Las colas para
entrar era tremendas pero las
puertas fueron abiertas más
una hora antes del inicio para
que, poco a poco, todo el mundo
pudiera acceder y no perderse
ni un minuto de actuación
de los de Middletown, Nueva
Jersey. En estos grandes tours
de pabellones el telonero sufre
restricciones de espacio y sonido,
es algo normal porque las estrellas
llevan escenarios especiales,
con diferentes atrezzos y demás
historias. Lo digo porque es
fundamental para comprender
la sensación que me dejaron
Symphony X. Sólo les
había visto una vez de
teloneros de Stratovarius y
me decepcionaron. Lo achaco
a que ese día no estarían
acertados porque hay gente que
me comenta que son máquinas.
Este era el momento de comprobarlo.
Las luces se
apagaron y se disparó
la intro “Oculus ex inferni”,
esa grandilocuente pieza que
da comienzo a “Paradise
lost”. Se escuchaba perfectamente
pero hete tú aquí
que salen los norteamericanos
empiezan a tocar la bestial
“Set the world on fire”
y, desde donde yo estaba, directamente
no se oía. Como le comenté
a un amigo era como si estuviéramos
fuera de un local escuchando
lo que sonaba dentro. Para colmo,
el micrófono de Russell
Allen falló y tuvo que
sustituirlo en esta primera
toma de contacto por uno auxiliar.
Reitero que esta es la impresión
que obtuve en la grada de fondo.
Supongo que cuanto más
cerca de las tablas estuviera
el público más
alto sonaría. Si bien
se pudo corregir un poco este
desaguisado, la falta de vatios
y el embarullamiento me impidieron
gozar de Symphony X. Eso sí,
no fue óbice para contemplar
a uno de los cantantes más
grandes (no sólo en tamaño)
con los que me he topado.
Por supuesto,
hablo de Russell Allen. La demostración
que dio este hombre fue descomunal.
Todos los músicos de
la banda poseen reputación,
en particular los dos Michael,
Romeo y Pinella, pero Allen
se lleva la palma. Michael Romeo
es un excelente guitarrista,
como ya hemos comentado apasionado
de Yngwie por su regusto neoclásico,
y Pinella toca los teclados
de forma brillante (aunque esta
noche poco tuviera que hacer
por las circunstancias). Junto
a ellos, Mike LePond y Jason
Rullo completan lo que es Symphony
X. Mas Allen es el maestro de
ceremonias. Está en su
mejor momento y él lo
sabe. Simpático, alternando
el inglés con una especie
de spanglish gracioso y en constante
interacción con la audiencia.
Como no disponían
de demasiado tiempo, tiraron
de “Paradise Lost”
y de material muy heavy, siguiendo
la tendencia de sus últimas
obras. “Domination”
es un trallazo poderosísimo
que si no fuera por el mal sonido
sería apabullante y en
“The serpent´s kiss”
se adivinaron las ligeras mejorías
y pudimos saborear algo más
de esta canción, moderna
y pesada en el contexto Symphony
X. Para continuar desgranando
“Paradise lost”
por orden, le correspondería
el hipotético turno al
maravilloso tema título.
Visto el cariz metalero de la
descarga tenía mis dudas
pero sí, en una interpretación
memorable de Russell Allen,
“Paradise lost”
acongojó a más
de uno. ¡Qué manera
de jugar con el micrófono
y qué forma de entonar
las melodías vocales!
Sólo por esto ya había
merecido la pena la asistencia.
En algunas
fechas de la gira se habían
decantado por tocar sólo
tres de “Paradise lost”
y, posteriormente, interpretar
“The odyssey”, la
monumental pieza de veinticuatro
minutos que cierra su penúltima
entrega. Creo que era un error
porque si bien es magnífica
te limita demasiado un repertorio
ya de por sí corto. Por
ello, en el poco tiempo que
les restaba ofrecieron una pincelada
de lo que es la banda, siempre
decantándose por su vertiente
más heavy. “Inferno
(Unleashed the fire)”
estuvo bien pero no lo suficiente
porque no pude apreciar el dueto
Romeo – Pinella que quedó
un tanto lejano.
Para dar carpetazo
a los cuarenta y cinco minutos
fijados se remontaron a “The
divine wings of tragedy”,
su obra cumbre (hasta “Paradise
lost” que probablemente
la iguala). Eligieron los dos
primeros cortes, la genial “Of
sins and shadows” y “Sea
of lies”. Me quedé
con las ganas de escuchar “The
accolade”, una maravilla
de canción, pero con
ese set list sólo había
lugar para una lenta. Mentiría
si no dijera que me llevé,
de nuevo, una pequeña
decepción. Es imposible
disfrutar un concierto en esas
condiciones. Saqué cosas
muy positivas, sobre todo gracias
a Allen, pero de Symphony X
espero tanto que ojalá
regresen el año que viene
en una gira propia donde nos
hagan disfrutar de toda su magia
y talento, en especial Romeo
que tengo muy mala suerte con
él. Me gustaron pero
lejos de lo que pueden alcanzar.
Nada más
concluir Symphony X se encendió
un semáforo en rojo en
la parte de arriba de la instalación
que ocupa el escenario. Curioso
y simpático detalle.
Mientras esperábamos,
se nos amenizaba con versiones
orquestales de un disco titulado
“A string quartet tribute
to Dream Theater”. La
media hora habitual y semáforo
en ámbar, rugido espectacular
del público congregado
en el Palacio de los Deportes.
La pantalla gigante de fondo
empezó a proyectar imágenes
de toda la carrera de Dream
Theater, desde sus días
en Majesty. Decorado con lo
que yo creía que eran
hormigas pero parece ser que
son arañas y con un bonito
juego de luces, las tablas fueron
pisadas por primera vez por
el quinteto entre la salva de
aplausos esperada.
“Constant
motion” fue el conejillo
de indias. Al ser un tema cañero,
para comenzar es idóneo
por la excitación del
público pero, al mismo
tiempo, sirve a los técnicos
para ecualizar porque de lo
que escuchamos en “Constant
motion” al resto distó
un abismo. En ésta a
LaBrie se le intuía en
la primera estrofa, se le oía
en la segunda y al terminar
todo estaba en su sitio, instrumentos
y voz. Personalmente, esta inspiración
– plagio de Metallica
no es de mis preferidas pero
sí que en vivo cala entre
los seguidores mucho más
que en el contexto de “Systematic
chaos”.
Aunque habrá
gente que no esté de
acuerdo conmigo, me gustó
el repertorio escogido por una
razón. Se centraron casi
en exclusiva (excepto un tema
y el bis) en canciones de los
tres discos que más trillados
tengo de los neoyorkinos: el
último, “Images
and words” y “Scenes
from a memory”. Precisamente
con éste continuó
el show, la fantástica
“Strange Deja Vu”
con la pantalla mostrando composiciones
artísticas un tanto psicodélicas.
Como banda es indudable su capacidad
técnica pero si he de
apuntar un nombre sería
el de Jordan Rudess. Desde su
posición habitual o cuando
se cuelga en teclado en forma
de guitarra y se une a sus compañeros,
es el que más espectáculo
da.
La labor de
Rudess no oscurece al resto
porque cada seguidor tendrá
su miembro favorito. Myung estuvo
un poco más móvil
que de costumbre, ser errático
y estático donde los
haya. Portnoy es otro de los
que da vidilla a Dream Theater
aunque el estar detrás
del kit de batería le
condiciona un poco. Si una figura
resalta cada día más
en el quinteto es John Petrucci,
al menos eso parece en la gira.
Sin embargo, y esto es una opinión
personal, creo que Petrucci
abusa de la autocomplacencia
alargando los temas un tanto
innecesariamente, con una técnica
perfecta pero un feeling bastante
escaso. La nueva adaptación
de “Surrounded”
podría ser un ejemplo.
El inicio de teclados está
muy bien, luego llega el núcleo
principal de la canción
que no ha variado en demasía
pero al final Petrucci le da
al mástil durante un
buen rato de forma completamente
superficial porque ya todos
sabemos que es un virtuoso tocando
pero eso no es fundamental saberlo
cada cuarto de hora.
Antes de “Surrounded”
los más “die hard”
se habían deleitado con
“Blind faith”, del
“Six degrees of inner
turbulence”, el único
disco de los americanos que
no he escuchado en profundidad.
Quizá pudo ser una sorpresa
en el set list pero creo que
Dream Theater siempre han buscado
algo así, lo cual está
muy bien porque es de los pocos
grupos que pueden presumir de
cambiar repertorios enteros
y que la repercusión
no se vea afectada. Es una canción
complicada vocalmente y James
salió bien del paso.
Precisamente he dejado a LaBrie
aparte del resto porque ha crecido
en mí un aprecio significativo
por el cantante con el paso
de los años. Si de por
sí un vocalista está
en el ojo del huracán,
en Dream Theater esto es más
exagerado porque los músicos
son máquinas y las deficiencias,
el componente humano de la banda,
se visualiza en James LaBrie,
máxime cuando en el pasado
tuvo bastante problemas de garganta.
Como en el Lorcarock de hace
dos años calificaría
su ejecución con un notable.
Las cuerdas vocales son un “instrumento”
que se desgasta pero este hombre
sabe cuándo debe forzar
o bajar una octava.
“The
dark eternal night” es
un corte de altibajos, que en
“Systematic chaos”
no acaba de despuntar pero sus
riff potentes suponen que en
directo gane enteros. Como la
parte central de los solos es
la mejor y más intensa,
personalmente me pareció
excelente. No diría que
justo lo contrario, pero sí
que la comercial “Forsaken”
pasa desapercibida en el conjunto
del repertorio (y mira que me
gusta en estudio). Está
bien para romper la tónica
general pero poco más.
Y, por fin, después de
cuatro veces, he podido escuchar
la increíble “Take
the time”. Se puede afirmar
que hay otras composiciones
de “Images and words”
mucho más elaboradas
y estructuradas pero “Take
the time” tiene algo especial
y no sólo lo digo yo,
basta ver la reacción
del público. Con ella
si no me equivoco únicamente
“Another day” y
“Wait for sleep”
me faltan para completar el
círculo de “Imágenes
y palabras”.
Una habitual
pero también punto caliente
de los conciertos por su emotividad
es “The spirit carries
on”. Muy bien llevada
por LaBrie, el resto se le unen
en ese aire melancólico
pero, a la vez, positivo que
desprende. Excelente comunión
con la audiencia. No obstante,
si hay que escoger el cenit
de la velada, es indudable que
debemos hablar de la interpretación
conjunta, intensa y brutal de
las dos partes de “In
the presence of enemies”.
Si bien en “Systematic
chaos” están ubicadas
al principio y al final, ha
sido un acierto unir de un tirón
los casi veintiséis minutos.
Reconozco que los instantes
iniciales de la parte primera
no me agradan en demasía
pero me quedé boquiabierto
con la demostración de
fuerza, talento y empuje que
dieron para cerrar más
de hora y tres cuartos francamente
buenos, con las lagunas de los
alargues de cara a la galería
para el lucimiento de Petrucci.
Otra vez semáforo
en rojo pero rápidamente
cambia a verde porque llegaba
el momento del bis y aquí
sí que he de decir que
no me gustó, no la canción,
que no fue una, sino que se
decantaran por un medley de
unos veinte minutos. En mi opinión,
así te dejan un tanto
frío porque ni disfrutas
del tema completo ni nada. Con
guiños al “Xanadu”
de Rush, comenzaron el medley
con “Trial of tears”,
continuaron con “Finally
free”, siguieron por los
pasajes centrales de “Learning
to live”, atacaron la
mejor sección de “In
the name of god” y culminaron
con unas pinceladas de “Octavarium”.
Así, álbumes como
el propio “Octavarium”,
“Train of thoughts”
o “Falling into infinity”
gozaron de algo de representación,
cosa que no sucedió con
“Awake” o su debut,
pero tampoco considero que sea
la fórmula correcta.
Este final,
no del agrado de todos, no puede
ni debe empañar una gran
actuación. De todas las
ocasiones en que les he visto,
quizá la mejor o también
la que más predispuesto
iba a disfrutar, que cualquier
cosa puede ser. Cada uno con
sus circunstancias dudo que
nadie quedara defraudado con
las prestaciones de Dream Theater.
Muy al contrario, la gente espera
que se prodiguen aún
más a menudo por estos
lares.
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Dream Theater

Symphony X





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