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Nos debían
una. Cuando comentamos su último
disco “Back to the rythm”
hablamos de la ignominia de
la única actuación
de Great White en la capital
de España con todo el
asunto del play back y su posterior
escándalo. No sé
si eran conscientes o, en concreto,
Jack Russell, el vocalista de
la banda, lo tenía en
cuenta pero su público
les iba a mirar con lupa porque
algunos estuvimos allí
y, quien más quien menos,
conocía de oídas
lo que ocurrió. Por eso
tenía dudas de la capacidad
de convocatoria de los californianos
en una noche de miércoles.
Las puertas
estaban abiertas cuando llegamos
a la Sala Heineken pero en el
momento del acceso descubrimos
que había cuatro gatos
dentro, lo cual me hizo temer
lo peor. Afortunadamente la
espera hizo que, poco a poco,
se poblara la discoteca que
finalmente presentó dos
tercios de entrada, aproximadamente
cuatrocientas cincuenta personas
que tampoco sabían bien
por qué derroteros transcurriría
la descarga del Gran Blanco.
Esto es algo lógico ya
que, para mí, el nivel
de todos los discos de Great
White es similar y el quinteto
es más conocido por hits
concretos que por facturar un
álbum glorioso en el
que centrarse y dejar de lado
otros más pobres que,
en su caso, no tienen. Es decir,
cada fan podría escoger
un disco favorito. Muchos optarán
por “…Twice shy”
que es que les proporcionó
el estrellato; otros por “Hooked”,
quizá el de más
calidad; los puristas preferirán
“Once bitten…”;
y yo me quedo con “Can´t
get there from here”,
si bien probablemente sea el
único que opte por él.
Saltaron a
escena de una forma un tanto
austera, sin intro ni casi apagado
de luces pero lo importante
es que allí estaban casi
con su formación clásica.
Únicamente el bajista
Sean McNabb no estuvo en sus
días de gloria si bien
perteneció al grupo a
finales de los noventa grabando
el mencionado “Can´t
get there from here”.
La única referencia válida
en directo que tenía
de ellos es el notable álbum
“Thank you… and
goodnight”. Pues bien,
comenzaron exactamente igual
con la adorable “Desert
moon” de “Hooked”.
Rápidamente las posibles
sospechas se disiparon. Con
un sonido francamente bueno,
se nota que no había
trampa ni cartón, todo
lo que se escuchaba los estaban
tocando estos cinco veteranos
siempre con la voz de Jack Russell
en primer plano. Por cierto,
sus cuerdas vocales, impecables,
lo bordó el cada vez
menos rubio (por la alopecia)
cantante.
Terminaron
“Desert moon”, dieron
educadamente las buenas noches
y encararon la genial y bluesera
“Old Rose motel”,
única referencia al buenísimo
“Psycho city” de
todo la velada. Personalmente,
siempre ha sido de mis preferidas
y la interpretaron de manera
acertadísima. Algo similar
debió apreciar el público
porque la ovación sincera
que les tributamos duró
un buen rato. El propio grupo
quedó sorprendido ante
la acogida que les habían
brindado y se vinieron arriba.
Hasta el siempre hierático
Mark Kendall, habitualmente
concentrado en dar una lección
de feeling con su guitarra,
sonrió.
El pasado
más lejano surgió
con “Face the day”,
de su segunda entrega “Shot
in the dark”, una de las
favoritas de los seguidores,
que ayudaron a Russell con los
coros, y el propio Jack nos
anunció que sería
un concierto donde tendría
cabido de todo, tanto clásicos
como cortes más modernos.
En ese instante, presentó
el tema que da título
a su última entrega,
la magnífica “Back
to the rythm”, también
muy aplaudida y cantada por
la gente, pero que, por desgracia,
se quedó como única
representante de un disco que
merecía bastante más.
No obstante, hasta aquí
todo era sobresaliente y si
no, sólo con decir que
la siguiente fue la primera
canción que compusieron
juntos el dúo Kendall-Russell,
me refiero a “On your
knees”, es evidente que
aquello estaba siendo muy grande.
Great White han mostrado en
diferentes ocasiones su pasión
por Led Zeppelín, incluso
editaron “Great Zeppelin”
un disco de versiones de Page,
Plant, Bonham y Jones. Cuando
se suben a un escenario es casi
obligatorio que hagan su pequeño
homenaje y en medio de “On
your knees” introdujeron
un pasaje bastante extenso de
la increíble “Achilles
last stand” tema que,
curiosamente, no venía
en “Great Zeppelin”.
Para compensar estos pasajes
más etéreos, su
balada comercial por excelencia,
“Save your love”,
que nunca estuvo entre mis favoritas
pero que tuvo una soberbia ejecución.
Reitero que
hasta aquí me había
parecido intachable, incluso
mejor de lo que un fanático
como yo soñaba, pero
¡ay, amigo! sin ser malos,
los próximos treinta
y cinco minutos estarían
marcados por los altibajos,
hecho que a algunos les produjo
un estado de aburrimiento. Hasta
a mí se me hicieron pesados
y, la verdad, no comprendí
el por qué de algunas
cosas. Por ejemplo, incluir
en el repertorio una canción
del segundo y hasta el momento
último disco de Jack
Russell en solitario, “For
you”. No digo que “Paradise”
sea mala pero no tiene la categoría
suficiente como para suplir
otras ausencias tipo “Lady
red light”, “Heart
the hunter”, “Wooden
Jesus” o “Highway
nights”.
Dentro de este
rato de altibajos, la parte
álgida correspondió
a otra de mis idolatradas, “House
of broken love”, con esa
introducción donde la
guitarra de Mark Kendall destila
calidad a borbotones. Ya que
el hombre de las seis cuerdas
tenía el protagonismo,
se decidió que era el
momento de tocar un tema propio,
“Kill that red rooster”
de su disco “2.0”,
una canción excesivamente
blues donde el propio Mark toma
las riendas y canta con un registro
más roto y acorde con
el estilo que practica en el
álbum. El problema es
que al lado de “House
of broken love” palidece.
Si tú
vas alternando un corte desconocido
o que no pinta nada con otro
más esperado puede suceder
lo que le pasó a “Mista
bone”. Entre que toda
la vida he pensado que es un
tema no apto para todo el mundo
y el desconcierto que había,
pasó desapercibido. El
punto más bajo acaeció
cuando se quedaron solos Sean
McNabb y el baterista Audey
Desbrow. Sean hizo un pequeño
solo acompañado de Desbrow
hasta que volvió Kendall.
Entonces, llegó una nueva
versión, el “Day
of the Eagle” de Robin
Thrower, cantada por McNabb,
bastante bien por cierto, pero
que en el contexto general le
ocurría exactamente igual
que a “Paradise”
o “Kill that red rooster”.
Menos mal que
cuando Jack regresó habló
de su disco de 1999. ¡Bien!
No tenía seguridad de
que cayera algo de “Can´t
get there from here” porque
ya se sabe qué pasa con
estos discos “de los años
oscuros” por muy buenos
que sean. Si sólo había
una, la candidata era “Rollin´
stone” y así fue.
A mí me sonó a
gloria aunque me provocó
cierta tristeza no poder oír
composiciones tan especiales
como “Wooden Jesus”,
“In the tradition”
o “Ain´t no shame”.
“Rollin´ stone”
implicó un cambio de
tendencia, de nuevo al alza,
que se mantuvo hasta la conclusión
del show. Otra vez los ánimos
iban a caldearse si bien la
interpretación de la
preciosa “Lovin´
kind” con Michael Lardie
a la voz principal fue vitoreada
sólo por los más
“die hard”. Toda
una sorpresa pero si el resto
de miembros sí habían
tenido su ratito de lucimiento,
un tipo tan importante en la
historia del grupo como Lardie
no podía ser menos.
Ahora sí,
la fiesta retornó con
esplendor “Call it rock
n´ roll”, la canción
que habría “Hooked”,
con ese estribillo tan tarareable.
Para cerrar más de noventa
minutos de actuación,
la habitual en esta posición
“Rock me”, otro
de sus temas emblema e imprescindible
cada vez que programan un concierto.
El público les tributó
una sonora ovación porque
independientemente de esos pasajes
que para casi todos estaban
de más objetivamente
habían estado sobresalientes,
muy enchufados y con enormes
ganas de agradar.
No hubo de
insistir demasiado la concurrencia
para que Great White salieran
del camerino. Inicialmente fue
Michael Lardie el que dibujó
una intro de teclados que a
los presentes nos resultó
familiar. Era “No quarter”,
para mí una de las mejores
composiciones de Led Zeppelin
por su épica y oscuridad.
Jack Russell lo hizo fantásticamente
bien. Tal vez que fuera el primer
bis no era lo ideal pero ésta
versión sí tenía
más sentido. Tras la
oscuridad viene la luz, con
un sencillo hard rock para corear
y que la gente participe como
“Can´t shake it”.
Se agradeció, sin duda.
Creía que ya era el momento
del concluir pero antes del
más que previsible adiós,
un guiño gracioso para
muchos y aburrido para la mayoría
(me encuentro entre los primeros).
En Estados Unidos probablemente
funcione mejor pero aquí
es difícil aceptar y
disfrutar con el country vacilón
de “Wasted rock ranger”,
canción que fue tema
extra de la edición japonesa
de “…Twice shy”
(y quizá salió
de cara B de algún single
pero no me acuerdo).
No sé
si fue por “Wasted rock
ranger” o qué pero
el caso es que “Once bitten
twice shy,” que tenía
que haber sido apoteósica
de acuerdo con la tónica
del concierto y el apoyo de
los fans a la banda, quedó
un tanto fría y deslucida,
no por ellos sino por el público
que estaba bastante parado.
A lo mejor es que no gusta tanto
como yo pensaba. Sea como fuere
supuso el final a un magnífico
concierto de más de dos
horas de duración (ya
podían aprender muchos)
que si bien tuvo una parte central
un tanto desconcertante, en
líneas generales no defraudó
a nadie y demostró que
aquella noche de hace siete
u ocho años fue un borrón
en la carrera de esta increíble
banda, marcada para siempre
por el incendio de Rhode Island
del que estos días se
cumple un lustro. ¡Larga
vida al Gran Tiburón
Blanco!
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