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LETZ ZEP

Sala Heineken (Madrid) 30/03/2007

Las bandas tributo no es algo que se estile mucho en España. Una vez metabolizados The Bon Scott Band la sequía en este aspecto ha sido significativa aunque ahora quieren salir a la luz algunos nombres como La Leñera o Los Purpel. Sin embargo, en el mundo anglosajón sí es moneda de uso común e, incluso, algunos son realmente excepcionales como Atomic Punks (de Van Halen) o Beatallica (canciones de The Beatles tocadas en el estilo de Metallica). Había oído hablar maravillas de estos Letz Zep pero con el torrente de conciertos al que acudimos la cita con estos británicos que homenajean a la que, en opinión de muchos, es la mejor banda de la historia del rock casi pasó desapercibida. Craso error para todos aquellos que se perdieron esta impresionante velada.

No vamos a hacer aquí una disertación sobre la validez de estas propuestas. Cada uno que piense lo que quiera. Habrá algunos que opinen que esto no vale nada porque simplemente es imitar a los que compusieron las canciones pero yo digo que aunque sólo sea eso, resulta muy complicado hacerlo mínimamente bien. Además, si no estás a la altura, haces el ridículo. Para otra ocasión dejaremos la discusión de cómo sería si Led Zeppelin saliesen al escenario porque no hay comparación posible. Aunque Robert Plant actualmente no cante un pimiento (baste mirar el show de Knebworth y desde entonces han pasado 28 años) y Jimmy Page haya arruinado su reputación yendo de la mano de Puff Daddy, verles junto a John Paul Jones sería como un tributo a la música que amamos. Pero esa, repito, es otra película distinta, de momento, de ciencia ficción.

Tenía dudas sobre la capacidad de convocatoria de este cuarteto de las islas pero más de tres cuartos de entrada hicieron que Heineken presentara un magnífico aspecto para recibir, unos minutos pasadas las nueve de la noche, a Letz Zep bajo los acordes de “Rock and roll”, uno de los temas emblemáticos del género. Había gente que ya empezó a viajar en el tiempo porque visualmente teníamos ante nosotros a toda una encarnación de la banda donde cada uno tiene bien aprendido su papel y lo ejerce a la perfección. Simon Jeffrey es el que lleva las pintas más salvajes muy al estilo John Bonham aunando pegada y técnica detrás de su kit de batería; Steve Turner, desde que se ha recortado el pelo, casi tiene más pinta de haber estado en Los Pecos pero le sirve para dar el pego como John Paul Jones, siempre en un segundo plano dedicado al bajo y los teclados; Chris Cawte toca como Jimmy Page, con eso queda todo dicho. Con un traje que evoca las época más piradas de Page, el juego de guitarras similar, su forma de interpretar,… sólo le falta la cara porque en esto es un clon de Joe Perry de Aerosmith; falta Billy Kulke, el que tenía la papeleta más complicada porque el Plant original fue incapaz de alcanzar sus prodigiosos registros desde, aproximadamente, 1972 (si alguien no lo considera así, que vea el DVD). Al principio reconozco que no me impresionó pero, poco a poco, se fue calentado hasta rozar el sobresaliente, sobre todo en los tonos más agudos.

El sonido no estuvo lo bien que hubiera deseado porque en los pasajes donde Billy ponía voz grave quedaba tapado por los otros instrumentos. No obstante, se fue corrigiendo y le podemos dar un aprobado. “Celebration day” fue la segunda en ser ejecutada y acto seguido cayó “Black dog” con lo que el comienzo resultó apabullante para muchos aunque, paradójicamente, no para mí porque ninguna está entre mis preferidas. Es curioso lo que me pasa con Led Zeppelin ya que sus temas más conocidos por las masas (esto es relativo porque sacaríamos veinte sin problemas pero me ciño a seis o siete que son inconfundibles) no me llaman demasiado la atención. Por eso, yo iba a disfrutar muchísimo en la parte central del concierto. “Heartbreaker” con el riff increíble presidiendo (aunque Billy no la cantara demasiado bien) sirvió de anticipo para ese blues llamado “Since I´ve living you” que se te clava en el alma con el memorable diálogo entre guitarra y voz. Donde ya llegué al clímax fue con “Baby, I´m gonna leave you” mi canción preferida de Led Zeppelin. Emotiva a más no poder su interpretación, me sorprendió gratamente que fuera de las más aplaudidas por la audiencia. Para mí, ya había merecido la pena y esta gente se ha ganado con creces el calificativo de “mejor tributo a una banda que existe”.

No contentos con eso, Chris Cawte se enfundó la guitarra roja de doble mástil y llegaron los minutos dedicados a “Houses of the holy”. Empalmaron sus tres temas más gloriosos: La rítmica “The song remains the same”, “The rain song” y la brutal “No quarter”, otra de esas canciones que jamás se olvidan, una vez la escuchas. Seis composiciones increíbles seguidas, casi sin pausa. Creo que a todos se nos caía la baba, la mayoría estaban impresionados en especial con Chris, que es un escándalo el tío. Pero su demostración no quedó ahí porque no podía faltar (para seguir con la masterclass en Led Zeppelin) una “Dazed and confused” ampliada para que Cawte cogiera el arco de violín (¡hasta en eso llevan la lección aprendida!) y rememorara los mejores días de Jimmy Page. Eso sí, que con el dinero de esta gira cambie el arco que está muy usado je, je… En total, más de un cuarto de hora de desarrollo instrumental que culminó con una ovación atronadora.

Una vez pasada esta emoción, ¿llegaría el descanso? Bueno, si consideráis como tal un mini set acústico, sí. En formato mini, sólo hicieron dos temas; el primero “Gallows pole” que tan fantásticamente revisaran Page y Plant en su proyecto conjunto de los noventa; y el segundo, una marchosa y divertida “That´s the way”. Ambas canciones fueron acompañadas por las palmas del animadísimo público. No soy demasiado fan de las cosas desenchufadas pero en Led Zeppelin es normal porque significaba una parte importantísima de su propuesta.

Con “Kashmir” nos adentramos en otro de sus himnos por excelencia. Personalmente opino que ni es de sus mejores canciones (tiene más fama que calidad en comparación con otras) y que la atmósfera que consigues oyéndola en casa con las luces apagadas no se capta en directo, ni de lejos. En este punto, voy poner un “pero” matizado. El concierto fue la leche en bote (hablando en plata) y los tipos se salieron. Ya sé que los Led Zeppelin que han quedado en los anales son, básicamente, los de sus seis primeros discos pero me dio pena que no tocaran nada de “Presence” o “In through the out door”. “In the evening” o “Nobody´s fault but mine” hubieran sido la bomba. Es más, de “Physical graffiti” únicamente sonó “Kashmir” pero en su descargo señalar que en esta gira estaban tocando tres horas y aquí vieron recortado su repertorio en más de cuarenta y cinco minutos (ya se sabe lo que ocurre en Heiniken y sitios similares) con lo que hubo que eliminar algunas canciones programadas que sí interpretaron en otros lugares como “Going to California” (lágrimas), “When the levee breaks” (llantos) o “Trampled underfoot” (berrinches), entre otras.

Llegábamos a la sección final con “Moby dick” y el momento de gloria de Simon “Bonzo” Jeffrey con el solo de batería, golpeo con las manos incluido. Clavadito en su ejecución. Por fin, lo que muchos esperaban, “Stairway to heaven”, como siempre comento cuando llega el caso, dentro de la nómina de canciones “desechadas por hastío” de tantas veces repetida en bares, radios y demás. Como aquello era una fiesta, también me uní al coro de voces que impresionó a la banda y desfasé con la aceleración guitarrera de su conclusión. Ya que era todo tan pulcro en relación al formato primigenio, se la podían haber saltado a la torera como hacían los homenajeados en su época je, je... claro que aquéllos se lo podían permitir, eran los más grandes. Viendo que el tiempo se les echaba encima se despidieron con uno de los cinco riffs más carismáticos del hard, “Whole lotta love”, que tampoco entra en mi top veinte zeppeliano.

La audiencia les vitoreó en su marcha de las tablas y volvieron cuando casi ni se habían ido (lo dicho, la premura) para cerrar la velada con la alucinante “Inmigrant song” y su agudo bestial muy bien logrado por Billy Kulke. Dos horas y doce minutos de precisión, técnica, nostalgia, pasión y todos los adjetivos que queráis añadir. A mí me pareció un concierto soberbio, magnífico, el que dieron estos Letz Zep. Animaría a todos los escépticos a que si se vuelven a pasar por la península acudan a su llamada. Al fin y al cabo hay otros que conservan el nombre o lo alteran levemente (¿Credence Clearwater Revisited? ¡Por dios!) para manchar la imagen de formaciones míticas. Este cuarteto británico rinde homenaje a sus héroes y lo hace con elegancia y maestría. Un 10 para ellos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Marco Antonio Romero
Fotografias: David Ortego