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Pinceladas
por bulerías, cantos
por soleá, lamentos que
duelen, guitarras vivas y la
gente tumbada ante los embustes
de un Enrique Morente pletórico
en la presentación madrileña
de su decimoctavo álbum,
“El pequeño reloj”.
Debe ser una satisfacción
grande para el maestro aunar
entre su audiencia puristas
y gentes a las que nunca les
ha gustado el flamenco pero
que ante su cante caen rendidos.
Morente demostró, entre
los muros de Conde Duque, porque
es el artista flamenco que más
intriga despierta con cada obra
y porque muchos le roban mientras
le critican su aperturismo.
Lo ficticio no se ve, la verdad
sin embargo se palpa y el público,
una noche más, la reconoció
en Morente.
En solitario,
sobre fondo de telón
negro y luz tenue, Morente arrancó
su actuación por bulerías.
Poco tiempo después apareció
el grupo para arropar ecos Lorquianos
que inundaron de belleza las
tablas. Niño Joselé
hizo hablar a su guitarra idioma
de sangre y fuego antes que
el maestro encajase, como fórmulas
matemáticas, su voz en
"La canción del
bongo". Tras “El
pequeño reloj”,
un trabajo en el que el artista
ha adaptado versos de Quevedo,
Bécquer y León
Felipe, y el jugueteo de Morente
con el tic tac, el cajonero
saltó a bailar pero su
esfuerzo paso poco menos que
desapercibido (como en el resto
de la velada). Tras un gélido
pregrabado (no fue el único),
un tanto inexplicable al tener
toda su formación en
el escenario, el alma de Morente-su
voz que sale de las entrañas-se
elevó hasta el cielo.
El cantaor arriesgó con
las escalas y salió victorioso
de la apuesta provocando el
delirio de los asistentes.
Pepe Habichuela,
guitarrista invitado, acompañó
a Morente, con su temple sobre
las seis cuerdas, al territorio
de las alegrías, a la
profundidad por seguiriyas.
La simbiosis entre ambos quema,
se conocen y juntos crecen y
consiguen un desenlace sublime
y apasionado. Larga ovación
y Habichuela se mostró
tímido, humilde con todo
lo que atesora entre sus dedos.
Morente de
nuevo solo, de pie, en escena
canta y llora, para quien quiera
entender, “Alegato contra
las armas”. La banda volvió
a escena de la mano de retazos
de “Vendiendo flores”,
poesía que siempre esta
en todos los trabajos de Morente
(también cuando colaboró
en “Celeste” con
Lagartija Nick en el álbum
de los granadinos “Val
de Omar”).
El público encantado,
cerca de 2.000 personas que
no llegaron a llenar el recinto,
necesitaba más. El final
llegó por bulerías,
jugueteando por diferentes discos
de Morente incluida la lectura
de “Dos gardenias”.
Delirio colectivo y petición
de bises. Sorpresa mayúscula,
Enrique anuncia que su hija
Estrella esta allí y
la invita a cantar. Ella rehusa
la invitación, en principio
sintiéndose abrumada
y queriendo homenajear a su
padre con su silencio (palabras
textuales). Finalmente accede
y se desmelena, comiéndose
las tablas con su visceral cante
y bailes, al interpretar la
copla “Madrina”.
En el desenlace, Enrique se
tiró por unos fandangos
a tres guitarras, incluida la
ardiente del gran Habichuela,
que hicieron vibrar a una audiencia
fascinada por todas y cada una
de las aristas del universo
Morentiano. |



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