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ENRIQUE MORENTE

Martes 22 julio. Patio Conde Duque. Madrid

Pinceladas por bulerías, cantos por soleá, lamentos que duelen, guitarras vivas y la gente tumbada ante los embustes de un Enrique Morente pletórico en la presentación madrileña de su decimoctavo álbum, “El pequeño reloj”. Debe ser una satisfacción grande para el maestro aunar entre su audiencia puristas y gentes a las que nunca les ha gustado el flamenco pero que ante su cante caen rendidos. Morente demostró, entre los muros de Conde Duque, porque es el artista flamenco que más intriga despierta con cada obra y porque muchos le roban mientras le critican su aperturismo. Lo ficticio no se ve, la verdad sin embargo se palpa y el público, una noche más, la reconoció en Morente.

En solitario, sobre fondo de telón negro y luz tenue, Morente arrancó su actuación por bulerías. Poco tiempo después apareció el grupo para arropar ecos Lorquianos que inundaron de belleza las tablas. Niño Joselé hizo hablar a su guitarra idioma de sangre y fuego antes que el maestro encajase, como fórmulas matemáticas, su voz en "La canción del bongo". Tras “El pequeño reloj”, un trabajo en el que el artista ha adaptado versos de Quevedo, Bécquer y León Felipe, y el jugueteo de Morente con el tic tac, el cajonero saltó a bailar pero su esfuerzo paso poco menos que desapercibido (como en el resto de la velada). Tras un gélido pregrabado (no fue el único), un tanto inexplicable al tener toda su formación en el escenario, el alma de Morente-su voz que sale de las entrañas-se elevó hasta el cielo. El cantaor arriesgó con las escalas y salió victorioso de la apuesta provocando el delirio de los asistentes.

Pepe Habichuela, guitarrista invitado, acompañó a Morente, con su temple sobre las seis cuerdas, al territorio de las alegrías, a la profundidad por seguiriyas. La simbiosis entre ambos quema, se conocen y juntos crecen y consiguen un desenlace sublime y apasionado. Larga ovación y Habichuela se mostró tímido, humilde con todo lo que atesora entre sus dedos.

Morente de nuevo solo, de pie, en escena canta y llora, para quien quiera entender, “Alegato contra las armas”. La banda volvió a escena de la mano de retazos de “Vendiendo flores”, poesía que siempre esta en todos los trabajos de Morente (también cuando colaboró en “Celeste” con Lagartija Nick en el álbum de los granadinos “Val de Omar”).

El público encantado, cerca de 2.000 personas que no llegaron a llenar el recinto, necesitaba más. El final llegó por bulerías, jugueteando por diferentes discos de Morente incluida la lectura de “Dos gardenias”. Delirio colectivo y petición de bises. Sorpresa mayúscula, Enrique anuncia que su hija Estrella esta allí y la invita a cantar. Ella rehusa la invitación, en principio sintiéndose abrumada y queriendo homenajear a su padre con su silencio (palabras textuales). Finalmente accede y se desmelena, comiéndose las tablas con su visceral cante y bailes, al interpretar la copla “Madrina”. En el desenlace, Enrique se tiró por unos fandangos a tres guitarras, incluida la ardiente del gran Habichuela, que hicieron vibrar a una audiencia fascinada por todas y cada una de las aristas del universo Morentiano.