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KING CRIMSON

Domingo 6 de julio. Patio Conde Duque. Madrid

Podría pensarse que el hecho de haber permanecido durante toda la actuación de KING CRIMSON lo suficientemente cerca de un cajón de graves me produjo, por esas vibraciones tan poderosas, serias alteraciones mentales y dejó perturbadas mis facultades sensoriales… hasta tal punto que, en vez de recordar que asistí a un concierto, lo que pienso es que sufrí una abdución. Pero sé, de forma consciente, que no sufrí ninguna alucinación (aunque no deja de ser cierto que las devastadoras frecuencias de la “warr guitar” de Trey Gunn debieron descolocar todas mis entrañas y mis neuronas).

Es verdad que hacía tiempo que no tenía esa sensación física en un directo pero, en definitiva, si al final tuve la impresión de haber asistido a un fenómeno paranormal —a medio camino entre un concierto y un expediente “X”— es porque, no me cansaré de decirlo, toda experiencia con esta banda es como extraterrenal. La conjunción de un sonido que desde la primera hasta la última nota es demoledor, con el nivel técnico de unos músicos que tocan en perfecta sincronización, junto a la atmósfera tan irreal e inquietante que crean las composiciones y la sobrenatural inteligencia para (año tras año) resultar atemporales, hace de cualquier concierto de la formación de Robert Fripp una vivencia que escapa al raciocinio.

Está claro que lo que para mí supone el mayor atractivo de KING CRIMSON, y en esta ocasión más que en ninguna otra de las anteriores que he podido disfrutar, para otra gente resulta, precisamente, lo más criticable… es decir: el hecho de acudir al concierto de este grupo y encontrarse exactamente con lo mismo que ofrece la escucha de cualquier trabajo suyo en estudio. Y no voy a llevar la contraria, a quien piense así, que tiene razón (entre otros motivos… porque es verdad). Nadie puede negar que cuando se va a un concierto de KING CRIMSON ya sabe lo que le espera. En definitiva, que no hay ningún elemento sorpresa. Bien. Es verdad. Pero tampoco quien argumente esto, con lo que estoy de acuerdo, puede ignorar que interpretar en directo esas composiciones tan endiabladas —y repetirlo con la misma exactitud que en la grabación— tiene un gran mérito y que esto es lo que la banda de Robert Fripp nos ofrece, y lo que (los que estén de acuerdo conmigo) disfrutamos.

Dicho esto no queda, por tanto, nada nuevo que decir. Tan sólo insistir en que desde el primer tema hasta el bis, Robert Fripp en las guitarras, Adrian Belew (vocal y guitarra), Pat Mastelotto como batería y Trey Gunn con la increíble “warr guitar” —que en las frecuencias más bajas es mortal—, la banda ejecutó a la perfección el repertorio elegido para esta ocasión y que, esa sí fue la única sorpresa, en vez de consistir básicamente en los cortes de último trabajo titulado “THE POWER TO BELIEVE” se centró en el magnífico cd anterior “THE CONSTRUKCTION OF THE LIGHT”. Seguramente por el hecho de escuchar de nuevo en directo los temas que ya interpretaron cuando vinieron a la sala “La Riviera”, pude constatar que este concierto resultó todavía más perfecto (si se me permite la expresión) que aquel. Eso sí, no debemos ignorar que el escenario y el espacio que ofrecían el Cuartel Conde Duque eran idóneos para un concierto de estas características, y sabiendo lo exigente que es Fripp estas circunstancias le ayudaron a tocar más a gusto.

Eché en falta que interpretaran el genial tema “Eyes Wide Open” de su último trabajo —aunque a cambio nos regalaron “One Time”, que presenta similar estructura a aquel (y es anterior)— y que Adrian Belew estuviera más... cómo decir... más libre. Pero el grado de control, de exigencia y de seriedad del líder Robert Fripp es implacable. Ahora bien lo que es rigor interpretativo, demostración de unas facultades instrumentales fuera de lo normal, ritmo intenso en el repertorio, sonido realmente espectacular y la satisfacción de ver en vivo a unos genios, eso... eso cumplió todas mis expectativas una vez más y, como he dicho y repetido anteriormente, en esta ocasión fue una experiencia propia de un fenómeno extraterrenal. Y no me arrepiento nada, desde luego, de haber sido sacudido por semejante descarga sonora... aunque se pueda pensar que me trastornó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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