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No quiero que
por esto que vaya a decir mi
crónica resulte más
creíble o aparentemente
objetiva. Antes que supuesto
periodista me catalogo como
fan con todo lo que ello implica.
No obstante, cuando juntas letras
en una revista o hablas por
la radio te debes a la gente
y si, por ejemplo, una banda
como Opeth, a la que admiro
profundamente, editara un disco
que fuera un pimiento lo diría
sin cortapisa alguna como considero
que se lleva haciendo en estas
páginas desde su creación.
Dicho esto,
señalar que no me considero
un seguidor a muerte de Danger
Danger. En su momento, los seguí
pero desde que el brillo de
“Skrew it!”, su
segunda obra, se difuminó
este grupo se perdió
en el espacio y el tiempo a
pesar de que han continuado
en activo y editando discos.
Sin embargo, la oportunidad
de verles tocar en Madrid, y
en un sitio tan minúsculo
como Ritmo y Compás,
se me antojaba única.
Además, suponía
que, como en la mayoría
de casos, sus prometedores inicios
estarían presentes a
lo largo de la descarga. Lo
que jamás podía
imaginar es que la comunión
entre público y banda
hiciera de esta velada algo
especial.
Sin teloneros,
simplemente el cuarteto y una
audiencia que abarrotaba el
pequeño local. 300 personas
que sumadas a la ya caldeada
temperatura ambiente hacían
que el mismo techo “sudase”
del intenso calor. Nada importó.
El concierto comenzó
con Danger Danger interpretando
algunas de las canciones compuestas
en los últimos 10 años
desde que el vocalista Paul
Laine está al frente
del micrófono. Conozco
a gente que no comulga demasiado
con el timbre de Laine pero,
en mi opinión, está
tan cualificado como lo pudiera
estar en su momento Ted Poley.
Además de un guitarrista
muy heavy (perdón pero
no recuerdo su nombre) que cumplía
correctamente, las miradas se
centraban en los dos miembros
que comenzaron con el grupo:
el batería Steve West
(¿es primo hermano del
cantante de Goo Goo Dolls?)
y el bajista Bruno Ravel que,
durante buena parte del show,
era el que se comunicaba con
el público.
La banda quedó
impresionada del recibimiento
ya que, desde el primer intervalo
entre tema y tema, la gente
coreaba “Danger, Danger...”
y aclamaba la presentación
de cada composición,
especialmente si eran antiguas
como “Monkey business”
o “Bang, bang”.
El cuarteto, con cada ovación,
se venía arriba y echaba
toda la carne en el asador encima
del escenario. Evidentemente,
muchos de los que estábamos
allí congregados deseábamos
oír material antiguo
pero me sorprendió la
cantidad de gente que conocía
las canciones de sus discos
más oscuros (posteriormente
me compré “The
return of the great Gilder Sleeves”,
su trabajo de 2000, y me agradó
bastante).
Tras hora y
cuarto, aproximadamente, Danger
Danger tocaron “Rock america”,
un tema de su debut, y se fueron
a los camerinos entre vítores.
En breves instantes volvieron
para interpretar lo que fue,
probablemente, su hit más
recordado, la buenísima
balada “I still think
about you” que el público
conocía de memoria. Llegó
el momento final cuando Bruno
Ravel preguntó a la gente
qué querían escuchar
para terminar. Pensaba que la
respuesta era obvia porque no
hay concierto de la banda que
no termine con ese estribillo
tan quedón y comercialmente
macarra de “Let´s
get naughty” pero la audiencia
estalló en muy diferentes
peticiones oyéndose por
encima de todas la de esa pequeña
joya titulada “Don´t
blame it on love”. No
obstante, ellos interpretaron
lo que tenían preparado
pero en el momento central,
que aprovecharon para presentar
a la banda, Ravel se dirigió
al público y dijo: “Esto
no estaba previsto pero estamos
tan alucinados con el apoyo
que nos habéis mostrado
que vamos a intentarlo... pero
nos tenéis que ayudar
porque Paul no sabe la letra
y yo espero acordarme”.
Entonces, empezaron a tocar
“Don´t blame it
on love” con el bajista
como cantante principal ayudado
por un público agradecido
que colaboró como venía
haciéndolo a lo largo
de la noche. Después
de este increíble impás
retomaron “Let´s
get naughty” para despedirse
sinceramente impresionados de
la acogida del público
madrileño. Una vez abandonado
el escenario, encendidas las
luces y enchufada la música
de ambiente, una gran actuación
había concluido... ¿o
no?
Increíblemente,
más del 85% de la gente
permaneció en Ritmo y
Compás demandando una
nueva salida al escenario de
Danger Danger. Sin embargo,
los encargados ya estaban recogiendo
las guitarras y empezando a
desatornillar los platillos
de la batería cuando
la puerta del camerino se abrió.
Bruno Ravel miró incrédulo
viendo al respetable que seguía
congregado y llamó a
sus compañeros para obsequiar
a los fieles con un último
bis no sin antes afirmar que
ese concierto se les iba a quedar
grabado toda su vida. Una vez
puesto todo en orden de nuevo,
“Slipped her the big one”,
de “Skrew it!”,
fue el estupendo fin de fiesta.
Danger Danger
no son la mejor banda del mundo,
tampoco una de mis favoritas,
pero lo que hicieron esa calurosa
noche de junio en Madrid fue
muy grande por dos motivos:
Demostraron conservar intacta
la ilusión del primer
y cumplieron lo que muchos hablan
de boquilla pero, a la hora
de la verdad, no hacen; fueron
agradecidos con aquéllos
que les han apoyado siempre,
en los buenos momentos y en
los malos, los fans y por ello
se han ganado un respeto por
mi parte que permanecerá
siempre.
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