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Tener que
lidiar con multitud de conciertos
en plena temporada supone que
cueste un montón sacar
rentabilidad a una gira. Si
no eres una banda mítica
o que es la primera vez que
te pasas por aquí, la
cosa se complica aún
más. Añadidle
que sea un día entre
semana con lo que el fiasco
es casi seguro. Esa impresión
me dio al llegar a la sala Heineken
en este último martes
de octubre para presenciar un
concierto “menor”
dentro de la apretada agenda.
Que no se me malinterprete con
lo de menor pero es un hecho
objetivo que ante gente como
Tesla, Dream Theater, Y&T,
Gorefest,… Nocturnal Rites,
Thunderstone y los para mí
desconocidos Cast In Silence
no concitaran mi atención
previa.
Esto no significa
que no esperara el evento porque
con Nocturnal Rites me ha pasado
algo muy curioso. Hace muchos
años me compré
su segundo trabajo, “Tales
of mistery and imagination”
y desde entonces duerme el sueño
de los justos en mi discoteca.
Sin embargo, conforme se acercaba
la fecha y leyendo muchas críticas
positivas de los suecos, hice
un pedido en el que incluí
sus dos obras más recientes,
“Grand illusion”
y “The 8th sin”,
un poco por probar ya que estaban
a buen precio. No me arrepiento
en absoluto, en especial de
“Grand illusion”
que es uno de los trabajos que
más he oído desde
que acabara el verano. El power
metal europeo lo dejaron en
el cajón para dar rienda
suelta a un montón de
influencias, entre las que predomina
el hard. A mí me encanta
porque no esperaba demasiado.
Con estas expectativas
nos adentramos en el despoblado
local y pensé: “¡Madre
mía! Esto va a ser peor
que Riot en cuanto a asistencia”.
Y es que a las siete y media
de la tarde, hora en que saltaron
a escena Cast In Silence, no
llegábamos al medio centenar
de individuos los que nos dispersábamos
por la discoteca para presenciar
la descarga de este grupo del
cual no había tenido
ninguna referencia previa.
Uno, que es
perro viejo, a veces se deja
guiar por sus intuiciones y
nada más comenzar los
alemanes, un nombre me vino
a la mente: Dark At Dawn. El
día después del
show, ya en mi casa, busco información
y… ¡punto para el
caballero! Dos de los cuatro
componentes de Cast In Silence
están (o estuvieron)
en Dark At Dawn. Desafortunadamente
para los de Osterode, Cast In
Silence no son ni la tercena
parte que la banda de la que
proceden, y eso es decir más
bien poco.
De blanco impoluto,
en la más pura línea
In Flames, los germanos desgranaron
temas de su debut, “First”,
y la verdad es que no me gustaron
absolutamente nada. Su música
es más bien indefinida,
me cuesta arrancarles un estilo.
Por un lado intentan meter un
componente oscuro y melancólico;
por otro, una base de metal
moderno, casi nu, y lo mezclan
con melodías más
accesibles. El popurrí
es complicado de digerir y aunque
os parezca una barbaridad, decir
que me recordaron de lejos a
Sober. Sí, sí,
a los extintos españoles
aunque con mucha menor calidad.
En apenas media
hora y ante la frialdad general
interpretaron una serie de canciones
que no produjeron muchas ovaciones
sino más bien respetuosos
aplausos. Los esfuerzos de Michael
Lowin, el vocalista, por ser
simpático no fueron demasiado
correspondidos. Tampoco se puede
decir que sean animales de escenario.
Tocan, se mueven un poquito
y ya está, el carisma
no ocupa lugar preferente en
Cast In Silence.
“Two
minutes hate” y “The
last straw” (la mejor,
de largo) parecían encaminarnos
hacia otros derroteros pero
las moderneces mal entendidas
nos asaltaron con la supuestamente
triste “If mourning never
comes” y no nos abandonaron
hasta que concluyeron sus treinta
y cinco minutos. Con “Misery
inn” ya desaparecí
totalmente y el inicio semi
industrial de “A malady
for mother earth” me hizo
entrar en el sopor absoluto
del cual me desperté
cuando nos anunciaron que su
última canción
era una versión de un
tema de los ochenta muy famoso
y que les habían dicho
que en España fijo que
la coreábamos. Pues bien,
el despedazamiento que hicieron
del excelente himno pop “Voyage,
voyage” que popularizaron
Desireless, fue como para tenerlo
en cuenta. Con un francés
peor que el mío perpetraron
un destrozo de antología
que empeoró aún
más la pobre impresión
que me dejaron. Si han dejado
Dark At Dawn para hacer esto
mejor que hubieran continuado
con estos porque, al menos,
en materia de recuperar viejos
clásicos era más
duchos (muy buena aquella versión
del “Don´t pay the
ferryman” de Chris de
Burgh en su primer álbum).
Lamentable.
Larga, demasiado
larga resultó la espera
hasta que salieron Thunderstone.
Lo único bueno es que
Heineken se iba poblando y ya
seríamos más de
ciento veinte los que acompañamos
de inicio a los finlandeses.
A estos tenía ganas de
verles a pesar de que no estoy
excesivamente familiarizado
con su música. Escuché
su debut (bastante bien considerado)
pero a mí no me dijo
demasiado aun sin ser un mal
álbum. Su segunda entrega
no la caté pero sí
“Tool of the devil”,
un disco que me gustó
muchísimo con un temazo
como “I will come again”
que me vuelve loco. Su reciente
“Evolution 4.0”
no he tenido la oportunidad
de oírlo pero de él
se dan opiniones radicalmente
contrapuestas.
Esta gira
para Thunderstone es una prueba
de fuego para el futuro ya que
la afrontan en condiciones muy
adversas. Que te dejen tirado
a menos de un mes para dar conciertos
por toda Europa te condiciona.
La marcha de Pasi Rantanen,
cantante, y el teclista Kari
Hornak es un palo del que se
sobrepusieron con la llegada
de Jukka Marinen y Tommi Salmela.
Éste último es
un caso único porque
le hacía las segundas
voces y coros a Marco Hietala
en Tarot aun sin ser miembro
oficial, hasta hace muy poco.
Sobre un gran
telón de fondo con el
logo del grupo el quinteto irrumpió
en la sala mientras la minúscula
intro de “Evolution 4.0”
atronaba en los bafles. Me chocó
un poco que no hubiera demasiados
seguidores de la banda. Tampoco
esperaba una avalancha masiva
pero sí algo más
parejo con Nocturnal Rites porque
Thunderstone pertenecen a la
escudería de la todopoderosa
Nuclear Blast. Cabe preguntarse
entonces si es aplicable en
este caso el famoso refrán
de “más vale ser
cabeza de ratón que cola
de león”.
El sonido no
era malo del todo, sus miembros
tenían ganas, en particular
el guitarra Nino Laurenne y
Titus Helm, bajista, pero no
me convenció del todo
su puesta en acción.
Y eso que “Tool of the
devil” se interpretó
en segundo lugar pero, por desgracia,
del disco al que da título
esa canción poco más
cayó y, por supuesto,
no tocaron “I will come
again”. Optaron por cortes
más recientes como “Roots
of anger” que, personalmente,
no me aportaron una visión
favorable de Thunderstone. “Welcome
to the real”, segunda
y última presencia de
“Tool of the devil”
me levantó un poco el
ánimo y recobré
la ilusión. No obstante,
resultó un espejismo
porque cuando las canciones
no me eran familiares me sentía
bastante alejado de su propuesta.
En cuarenta
y dos minutos les dio para rememorar
todos sus trabajos. De sus inicios
la que más me gustó
fue “Break the emotion”
de su segunda obra, “The
burning”, que se alternó
con más de “Evolution
4.0” como “Forevermore”
o “Swirled”, además
de un innecesario solo de batería.
El final fue realmente curioso
y sintomático de la fría
acogida que recibieron. Terminaron
de tocar “Swirled”,
si no recuerdo mal, y se marcharon
sin despedirse, lo típico
para que a poco que aplaudiera
el público salieran rápidamente
para, ya sí, terminar
con otra canción. El
asunto es que el silenció
reinó. Creo que los técnicos
también se quedaron un
par de minutos sin saber qué
hacer. Hubo un tímido
griterío que duró
menos que un caramelo en la
puerta de un colegio y, visto
lo visto, Thunderstone se quedaron
definitivamente en los camerinos.
O mucho me
equivoco o no tocaron “Face
in the mirror”, el tema
de su nuevo disco con el que
llegaron a la semifinal de Eurovisión
en su país. No sé,
a lo mejor no tenían
previsto nada más y se
largaron de esta forma pero
mira que lo dudo. Concierto
irregular pero no sólo
por la banda sino también
por el público. Les falta
acoplamiento, se te hace raro
oír a Tommi Salmela porque
posee registros diferentes a
Pasi Rantanen y cumplen el arquetipo
nórdico de trasmitir
poco.
Un esguince
de tobillo bastante fuerte no
es el mejor compañero
de viaje en un evento de este
tipo. Por ello tuve que permanecer
sentado todo el show. Desde
mi perspectiva observé
con agrado cómo en el
instante álgido, calculo
que unas doscientas cincuenta
personas poblaban Heineken con
lo que el aspecto era ya sólido.
Muchísimos huecos pero
la pista ocupada.
Parece mentira
que Nocturnal Rites comenzaran
con un grupo de death metal
a comienzos de los noventa.
Provenientes de la prolífica
escena de Umea, en el norte
del país, de aquella
concepción inicial prácticamente
queda el nombre como única
conexión al pasado. Sólo
sus dos primeras demos son reflejo
de la época y ya en su
debut, “In a time of blood
and fire”, Anders Zackrisson
se encargaba de las voces dejando
al incombustible Fredrik Mannberg
concentrarse solamente en la
guitarra. Sin embargo, para
mí el salto de calidad
llega con la entrada del tremendo
Jonny Lindqvist como cantante.
Es ahí donde se produce
la evolución desde un
euro power metal lleno de tópicos
hasta los Nocturnal Rites que
actualmente conocemos.
Se notó
que la audiencia estaba casi
exclusivamente por ellos porque
en cuanto se apagaron las luces
el gélido ambiente mutó
en uno más propio de
estas latitudes. Hay que señalar
que también es mérito
de los suecos que constantemente
alentaban a las masas para que
participaran, sobre todo Jonny
y Niks Eriksson el bajista.
Bajo mi punto de vista, demasiado
pero eso es cuestión
de gustos.
Era la gira
de presentación del “8th
sin” y rápidamente
nos lo hicieron ver ya que la
descarga comenzó con
“Call out to the world”.
El sonido fue deficiente, muy
opaco, las guitarras bajas y
la voz tenía que abrirse
paso sin nitidez. Decepción
en ese aspecto y pérdida
de puntos en la impresión
global. Con “Never again”
se dio el pistoletazo del exagerado
“karaoke metal”
casi en cada uno de los estribillos.
El caso es que la gente se los
sabía pero esto debería
ser un recurso momentáneo
y no continuo. Eso sí,
Jonny demostró que es
un gran vocalista.
La primera
aportación del pasado
llegó con la magnífica
“Shadowland”, del
álbum del mismo título,
un corte bastante adecuado para
cantar en plan himno pero no
tan elegante como, por ejemplo,
“Never trust”, la
tremenda composición
del excelso “Grand illusion”,
para mí de largo su gran
obra. De vuelta a temas actuales,
“Not the only” también
caló hondo porque Nocturnal
Rites tienen gancho, son pegadizos
sin pastelearse.
Las huestes
más “powi”
seguramente disfrutaron más
con cosas como “Avalon”,
casi solitaria presencia de
“New world messiah”.
Lo entiendo pero, sinceramente,
me quedo con joyas como “Cuts
like a knife” que rebosan
influencia del hard rock escandinavo
y en donde Lindqvist de verdad
se luce. Como cuarta y última
aparición de “8th
sin” la potente “Strong
enough” que si bien no
es de mis favoritas, en directo
supone disfrutar de un buen
sólo de Nils Norberg,
un tanto posturistas pero eficiente
con su instrumento.
El tiempo pasaba bastante rápido
y para los más “die
hard fans” les cayó
como gloria bendita que no pasaran
por alto los años de
Anders Zackrisson. No fue exhaustiva
la revisión pero sí
que, a veces, resulta triste
cómo determinados grupos
creen conveniente olvidar sus
orígenes. Y lo dice quien
no se siente atraído
por álbumes como “Tales
of mistery and imagination”
o “The sacred talisman”,
del cual enlazaron “The
iron force” y “When
fire comes to ice” para
deleite de unos pocos agradecidos.
Quedaba el
empujón final porque
a pesar del pobre sonido y la
interacción popular desmedida
me estaba divirtiendo al ser
un repertorio de mi gusto (bueno,
más del “Grand
illusion” me hubiera alegrado
sobremanera). Aunque no es mi
preferida del grupo, “Afterlife”
fue, sin duda, el tema estrella
de la actuación, con
una audiencia entregada y Nocturnal
Rites demostrando que disfrutan
en el escenario. Les quedó
mejor que “Against the
world”, un tanto deslabazada,
que sirvió para poner
el epílogo a una hora
de concierto.
Pensé
que les faltarían unas
cuantas aún pero descorazonadoramente
sólo se iban a estirar
cinco minutos para interpretar
“Fools never die”
que, hoy por hoy, se ha convertido
en el himno del quinteto sueco.
Buena descarga de Nocturnal
Rites pero completamente insuficiente.
Estaba seguro que no sería
largo pero nunca imaginé
que bajara de la hora y cuarto.
Señores, que hablamos
de un grupo con ocho álbumes
y ya una trayectoria de más
de tres lustros. No es de recibo
ni aceptable pero allá
ellos, considero que esta merma
nos dejó a la mayoría
con un sabor un tanto agridulce.
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Nocturnal Rites

Cast In Silence



Thunderstone




Nocturnal Rites




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