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OPETH

SALA HEINEKEN ARENA (MADRID) 08-12-2006

Trescientos sesenta y cuatro días después de su última actuación en Madrid, y presentándose en el mismo local en el que colgaron el cartel de “No hay billetes”, Opeth retornaban a la capital de España habiendo aumentado aún más su popularidad en el mundo gracias a “Ghost reveries” y la promoción pertinente realizada por su sello Roadrunner. Éste era ya la tercera gira europea del álbum (segunda que pasaba por la península) por lo que, quien más quien menos, cualquier aficionado de los suecos pudo pasarse por alguna de sus actuaciones. Curioso también ver cómo el precio de las entradas ha aumentado 6 euros respecto a 2005. Todo esto, unido a que estábamos en pleno puente, supuso que en esta ocasión no llegáramos al “sold out” aunque sí hay que decir que era un lleno aparente el que había en la sala Heineken Arena.

Opeth gustan de traer teloneros interesantes en sus tours. En esta ocasión, los elegidos eran Amplifier, una formación de Manchester que dista bastante del metal, más bien diría que hacen un rock, a ratos alternativo a ratos caótico, que no había tenido ocasión de escuchar, salvo un par de temas colgados en su MySpace. Desgraciadamente para aquellos que también deseaban verles, el trío británico no pudo actuar esta noche debido a una avería que tuvieron en la furgoneta o autobús en el que se desplazan por lo que la velada quedaba circunscrita a los cabezas de cartel.

La gran duda que se planteaba respecto a los de Estocolmo era saber la capacidad de sorpresa que mantendrían. Bien es sabido que Opeth no es una banda de “hits” por lo que casi cualquier cosa que interpreten será bien recibida por una audiencia entregada y que aguardaba a sus ídolos sabiendo que esta iba a ser una noche memorable. Personalmente albergaba alguna duda, tantas como los minutos de aburrimiento que me llegaron por primera vez viéndoles actuar hace un año. Los escandinavos son de las tres mejores bandas europeas de metal encima de un escenario (y, probablemente, en disco) pero tanto “Ghost reveries” como sus prestaciones en el anterior evento me plantearon preguntas que, por lo menos en lo relativo a su directo, deberían ser resueltas en los ciento cinco minutos siguientes.

Entre una salva de aplausos y griterío, nuestros taimados protagonistas aparecieron en la Heineken Arena, se enfundaron sus instrumentos y atacaron “Ghost of perdition”, primer corte de la descarga, entre un sonido bastante pobre, al menos desde donde yo estaba, que fue mejorando poco a poco pero contó con dos lastres que se llegaron a eliminar: La guitarra de Peter Lindgren estaba demasiado baja por lo que no podías distinguir con claridad los matices que salen de sus seis cuerdas y, también aunque en menor medida, a veces la voz de Akerfeldt quedaba en segundo plano. Otro asunto son los teclados de Per Wiberg que sólo en los momentos más pausados parecían cobrar sentido. Por su parte, Martín Méndez estuvo en su línea estática pero ¡se movió una vez, además de seguir con su peculiar headbanging!. Como desde hace un año, la mayor controversia es Martin Axenrot, el batería. Supongo que es cuestión de acostumbrarse pero, para algunos, la sombra de López es alargada. Después de verle un par de veces pienso que la gran diferencia es la sutileza a la hora de encarar las diferentes partes de que se compone la música de Opeth. El golpeo de Axenrot es más homogéneo; por el contrario, López tenía más sutileza y se adaptaba mejor, ora buscando atmósferas ora golpeando los parches como si le fuera la vida en ello. Queda por hablar del gran líder, el reconvertido frontman Mikael Akerfeldt que continuó con su “Club de la comedia” particular. Eso sí, debería ir pensando en renovar un poco el repertorio porque repitió gracias con la aquiescencia de un público receptivo y algún que otro “brasas”, je, je (ya sabéis por quién va). Eso sí, ganó puntos con hacernos cantar “Free falling” de Tom Petty (¡buen gusto, Akerfeldt!) y su inicio de “Slow ´n´ easy” de Whitesnake.

Con todo, y una vez subsanadas las grandes deficiencias sonoras iniciales, se pudo disfrutar de un concierto que, para mí, supero el de 2005 en el conjunto de variables que influyen en él, incluida, por supuesto, el set list... y eso que tocaron nueve temas, uno menos que el año pasado. Y eso que la cosa en cuanto a variedad no prometía porque después de “Ghost of perdition”, siguieron con “When” esa gran canción de “My arms, your hearse”, probablemente el disco menos agradecido del grupo para algunos (que no para mí), no por ser de menor calidad sino porque combinaron complejidad y crudeza como nunca antes ni después lo harían. Sin solución de continuidad, enlazaron “When” con “Bleak”, una de las dos canciones más conocidas de Opeth, recibida con júbilo por el personal aunque, para mí, bien podía haber tenido cabida “The leper affinity” o la solicitada “The drapery falls” (¡no fui yo!).

Hasta aquí ninguna novedad en el frente. Ésta llegó de la mano de “Face of Melinda”, la canción tranquila de “Still life”. Por supuesto, es una muy buena composición pero ya que, por fin, habían dado carpetazo de a “White cluster” bien podrían haber elegido la genial “The moor”, “Moonlapse vertigo” o “Benighted”. No obstante, nada que reprochar porque era una no demasiado habitual. Eso sí, mi sorpresa fue mayúscula cuando rescataron el celestial (gracias a Dio(s)) “Morningrise” para interpretar “The night and the silent water”, grandioso corte pero del que recuerdo que Akerfeldt me comentó en una entrevista que aún podéis leer en esta publicación que era un tema que no le satisfacía cómo había quedado. Puse especial énfasis en ver si habían hecho arreglos y, sí, alguno había pero nada que alterara sustancialmente el curso de sus once minutos. Yo me llevé una alegría enorme porque habiendo visto en su momento “Advent” y “Nectar”, y descartando que toquen nunca la balada “To bid you farewell” y los veinte memorables minutos de “Black rose immortal”, “The night and the silent water” era la única oportunidad de escuchar algo más de “Morningrise”. El siguiente objetivo, la mencionada “Black rose immortal” o recuperar “Nectar”.

Este rato, como digo, fue especial y mi punto álgido de la velada. Como todo lo bueno tiene un contrapunto, llegó “The grand conjuration”, canción que por activa y por pasiva me satura, sobre todo el final que tan intenso se considera, a mí me parece sosísimo. Además, tenía que llegar algo de “Damnation” y si hace cincuenta y dos semanas fue “Closure”, su relevo lo cogió “Windowpane”, la que abre el álbum, que está bien pero me resulta aburrida en el contexto global de la descarga. Por un instante, pensé que tendría que sacar la “butterfly pillow” pero no, capeé el temporal como pude esperando otra subida del concierto. ¡Y vaya si llegó!. Después de una tontería de Akerfeldt (memez total lo del headbanging sin música), la tercera sorpresa de la noche fue la inigualable y oscura (como bien dijo Mikael) “Blackwater park”, típico ejemplo de canción que de primeras no es de las que te llama la atención pero, con las escuchas, se convierte en esencial. Además, el grupo se multiplicó en la ejecución del tema y crearon una atmósfera impresionante que hizo a la audiencia vibrar con cada nota. Con ella, entre ovaciones y tras hora y media se largaron a los camerinos. Y es que esta vez sí se hicieron esperar con gritos de “Opeth, Opeth” hasta que regresaron.

En esta gira que vienen realizando por el viejo continente alternan dos temas excelentes para cerrar. Normalmente la noche concluye con “Deliverance”, como hacían en el tour pretérito. Sin embargo, a veces es “Demon of the fall” pone el punto final. Ambas son igual de merecedoras del puesto pero creo que aciertan cuando dejan esa responsabilidad en “Deliverance”, como así sucedió en Madrid, porque su última parte es apoteósica e intensísima (ésta sí) aunque hay que reconocer que Axenrot falla un poquito con la batería en ella. No obstante, la gente disfrutó de lo lindo con esta canción quedando en todos los asistentes un gran sabor de boca.

Tocan bastante tiempo, intentan que casi todos sus discos tengan presencia (este día sólo faltó el debut “Orchid”), varían el repertorio (aunque yo sería aún más rupturista entre giras),... Poco más se puede pedir. Bueno si, personalmente noto que no tengo la misma ilusión que aquella tarde de domingo de 2001 en el Eurorock belga, o la noche que presentaban “Morningrise” como teloneros de Cradle Of Filth en Barcelona (también un puente de diciembre pero de hace una década) o su irrepetible concierto con Katatonia y Novembre (¿el mejor tour jamás visto?) en la Bilborock de Bilbao. La pena es que eso, la ilusión de las primeras veces, me temo que no se recupero. Por eso puedo parecer no demasiado eufórico y haber vivido, incluso, el tedio en un momento puntual, pero lo que es evidente es que Opeth están por encima de casi todos y esta noche lo volvieron a demostrar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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