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Trescientos
sesenta y cuatro días
después de su última
actuación en Madrid,
y presentándose en el
mismo local en el que colgaron
el cartel de “No hay billetes”,
Opeth retornaban a la capital
de España habiendo aumentado
aún más su popularidad
en el mundo gracias a “Ghost
reveries” y la promoción
pertinente realizada por su
sello Roadrunner. Éste
era ya la tercera gira europea
del álbum (segunda que
pasaba por la península)
por lo que, quien más
quien menos, cualquier aficionado
de los suecos pudo pasarse por
alguna de sus actuaciones. Curioso
también ver cómo
el precio de las entradas ha
aumentado 6 euros respecto a
2005. Todo esto, unido a que
estábamos en pleno puente,
supuso que en esta ocasión
no llegáramos al “sold
out” aunque sí
hay que decir que era un lleno
aparente el que había
en la sala Heineken Arena.
Opeth gustan
de traer teloneros interesantes
en sus tours. En esta ocasión,
los elegidos eran Amplifier,
una formación de Manchester
que dista bastante del metal,
más bien diría
que hacen un rock, a ratos alternativo
a ratos caótico, que
no había tenido ocasión
de escuchar, salvo un par de
temas colgados en su MySpace.
Desgraciadamente para aquellos
que también deseaban
verles, el trío británico
no pudo actuar esta noche debido
a una avería que tuvieron
en la furgoneta o autobús
en el que se desplazan por lo
que la velada quedaba circunscrita
a los cabezas de cartel.
La gran duda
que se planteaba respecto a
los de Estocolmo era saber la
capacidad de sorpresa que mantendrían.
Bien es sabido que Opeth no
es una banda de “hits”
por lo que casi cualquier cosa
que interpreten será
bien recibida por una audiencia
entregada y que aguardaba a
sus ídolos sabiendo que
esta iba a ser una noche memorable.
Personalmente albergaba alguna
duda, tantas como los minutos
de aburrimiento que me llegaron
por primera vez viéndoles
actuar hace un año. Los
escandinavos son de las tres
mejores bandas europeas de metal
encima de un escenario (y, probablemente,
en disco) pero tanto “Ghost
reveries” como sus prestaciones
en el anterior evento me plantearon
preguntas que, por lo menos
en lo relativo a su directo,
deberían ser resueltas
en los ciento cinco minutos
siguientes.
Entre una salva
de aplausos y griterío,
nuestros taimados protagonistas
aparecieron en la Heineken Arena,
se enfundaron sus instrumentos
y atacaron “Ghost of perdition”,
primer corte de la descarga,
entre un sonido bastante pobre,
al menos desde donde yo estaba,
que fue mejorando poco a poco
pero contó con dos lastres
que se llegaron a eliminar:
La guitarra de Peter Lindgren
estaba demasiado baja por lo
que no podías distinguir
con claridad los matices que
salen de sus seis cuerdas y,
también aunque en menor
medida, a veces la voz de Akerfeldt
quedaba en segundo plano. Otro
asunto son los teclados de Per
Wiberg que sólo en los
momentos más pausados
parecían cobrar sentido.
Por su parte, Martín
Méndez estuvo en su línea
estática pero ¡se
movió una vez, además
de seguir con su peculiar headbanging!.
Como desde hace un año,
la mayor controversia es Martin
Axenrot, el batería.
Supongo que es cuestión
de acostumbrarse pero, para
algunos, la sombra de López
es alargada. Después
de verle un par de veces pienso
que la gran diferencia es la
sutileza a la hora de encarar
las diferentes partes de que
se compone la música
de Opeth. El golpeo de Axenrot
es más homogéneo;
por el contrario, López
tenía más sutileza
y se adaptaba mejor, ora buscando
atmósferas ora golpeando
los parches como si le fuera
la vida en ello. Queda por hablar
del gran líder, el reconvertido
frontman Mikael Akerfeldt que
continuó con su “Club
de la comedia” particular.
Eso sí, debería
ir pensando en renovar un poco
el repertorio porque repitió
gracias con la aquiescencia
de un público receptivo
y algún que otro “brasas”,
je, je (ya sabéis por
quién va). Eso sí,
ganó puntos con hacernos
cantar “Free falling”
de Tom Petty (¡buen gusto,
Akerfeldt!) y su inicio de “Slow
´n´ easy”
de Whitesnake.
Con todo, y
una vez subsanadas las grandes
deficiencias sonoras iniciales,
se pudo disfrutar de un concierto
que, para mí, supero
el de 2005 en el conjunto de
variables que influyen en él,
incluida, por supuesto, el set
list... y eso que tocaron nueve
temas, uno menos que el año
pasado. Y eso que la cosa en
cuanto a variedad no prometía
porque después de “Ghost
of perdition”, siguieron
con “When” esa gran
canción de “My
arms, your hearse”, probablemente
el disco menos agradecido del
grupo para algunos (que no para
mí), no por ser de menor
calidad sino porque combinaron
complejidad y crudeza como nunca
antes ni después lo harían.
Sin solución de continuidad,
enlazaron “When”
con “Bleak”, una
de las dos canciones más
conocidas de Opeth, recibida
con júbilo por el personal
aunque, para mí, bien
podía haber tenido cabida
“The leper affinity”
o la solicitada “The drapery
falls” (¡no fui
yo!).
Hasta aquí
ninguna novedad en el frente.
Ésta llegó de
la mano de “Face of Melinda”,
la canción tranquila
de “Still life”.
Por supuesto, es una muy buena
composición pero ya que,
por fin, habían dado
carpetazo de a “White
cluster” bien podrían
haber elegido la genial “The
moor”, “Moonlapse
vertigo” o “Benighted”.
No obstante, nada que reprochar
porque era una no demasiado
habitual. Eso sí, mi
sorpresa fue mayúscula
cuando rescataron el celestial
(gracias a Dio(s)) “Morningrise”
para interpretar “The
night and the silent water”,
grandioso corte pero del que
recuerdo que Akerfeldt me comentó
en una entrevista que aún
podéis leer en esta publicación
que era un tema que no le satisfacía
cómo había quedado.
Puse especial énfasis
en ver si habían hecho
arreglos y, sí, alguno
había pero nada que alterara
sustancialmente el curso de
sus once minutos. Yo me llevé
una alegría enorme porque
habiendo visto en su momento
“Advent” y “Nectar”,
y descartando que toquen nunca
la balada “To bid you
farewell” y los veinte
memorables minutos de “Black
rose immortal”, “The
night and the silent water”
era la única oportunidad
de escuchar algo más
de “Morningrise”.
El siguiente objetivo, la mencionada
“Black rose immortal”
o recuperar “Nectar”.
Este rato,
como digo, fue especial y mi
punto álgido de la velada.
Como todo lo bueno tiene un
contrapunto, llegó “The
grand conjuration”, canción
que por activa y por pasiva
me satura, sobre todo el final
que tan intenso se considera,
a mí me parece sosísimo.
Además, tenía
que llegar algo de “Damnation”
y si hace cincuenta y dos semanas
fue “Closure”, su
relevo lo cogió “Windowpane”,
la que abre el álbum,
que está bien pero me
resulta aburrida en el contexto
global de la descarga. Por un
instante, pensé que tendría
que sacar la “butterfly
pillow” pero no, capeé
el temporal como pude esperando
otra subida del concierto. ¡Y
vaya si llegó!. Después
de una tontería de Akerfeldt
(memez total lo del headbanging
sin música), la tercera
sorpresa de la noche fue la
inigualable y oscura (como bien
dijo Mikael) “Blackwater
park”, típico ejemplo
de canción que de primeras
no es de las que te llama la
atención pero, con las
escuchas, se convierte en esencial.
Además, el grupo se multiplicó
en la ejecución del tema
y crearon una atmósfera
impresionante que hizo a la
audiencia vibrar con cada nota.
Con ella, entre ovaciones y
tras hora y media se largaron
a los camerinos. Y es que esta
vez sí se hicieron esperar
con gritos de “Opeth,
Opeth” hasta que regresaron.
En esta gira
que vienen realizando por el
viejo continente alternan dos
temas excelentes para cerrar.
Normalmente la noche concluye
con “Deliverance”,
como hacían en el tour
pretérito. Sin embargo,
a veces es “Demon of the
fall” pone el punto final.
Ambas son igual de merecedoras
del puesto pero creo que aciertan
cuando dejan esa responsabilidad
en “Deliverance”,
como así sucedió
en Madrid, porque su última
parte es apoteósica e
intensísima (ésta
sí) aunque hay que reconocer
que Axenrot falla un poquito
con la batería en ella.
No obstante, la gente disfrutó
de lo lindo con esta canción
quedando en todos los asistentes
un gran sabor de boca.
Tocan bastante
tiempo, intentan que casi todos
sus discos tengan presencia
(este día sólo
faltó el debut “Orchid”),
varían el repertorio
(aunque yo sería aún
más rupturista entre
giras),... Poco más se
puede pedir. Bueno si, personalmente
noto que no tengo la misma ilusión
que aquella tarde de domingo
de 2001 en el Eurorock belga,
o la noche que presentaban “Morningrise”
como teloneros de Cradle Of
Filth en Barcelona (también
un puente de diciembre pero
de hace una década) o
su irrepetible concierto con
Katatonia y Novembre (¿el
mejor tour jamás visto?)
en la Bilborock de Bilbao. La
pena es que eso, la ilusión
de las primeras veces, me temo
que no se recupero. Por eso
puedo parecer no demasiado eufórico
y haber vivido, incluso, el
tedio en un momento puntual,
pero lo que es evidente es que
Opeth están por encima
de casi todos y esta noche lo
volvieron a demostrar.
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