|
¿Cómo
podríamos dividir el
mundo? ¿En buenos y malos?
¿Altos y bajos? ¿Mayores
y pequeños? Es imposible,
cada uno tenemos una vara de
medir distinta para todos esos
parámetros. Sin embargo,
en mi discoteca personal, sí
que tengo una forma de distinguir
entre mis miles de álbumes:
Los que me ponen la piel de
gallina cada vez que los oigo
y el resto. Evidentemente, la
primera categoría es
infinitamente más reducida
que la segunda. No existen demasiados
grupos que cumplan con esa premisa.
Es más, apurando me saldrían
los dedos de las manos y los
pies. Tenemos a Savatage, Judas
Priest, Rush, Accept…
y Riot, siempre Riot.
Desde aquí
nos hemos hecho eco de sus apariciones
recientes por nuestro país,
incluso con el doble reportaje
más entrevista de su
anterior gira. No ha pasado
ni año y medio cuando
la buena gente de Heavencross
los volvió a traer. En
un acto más propio del
romanticismo musical que de
otra cosa, el amigo Luis se
arriesgó contratando
seis fechas, todas en la mitad
norte de la península.
Desgraciadamente, el fracaso
de público fue importante.
Pese a más tres décadas
editando discos geniales, Riot
siguen siendo unos grandes desconocidos.
Es una pena y me duele (no sólo
por el grupo sino también
por el organizador) pero las
cosas son así. Creo que
tardaremos en volver a ver a
Mark Reale y los suyos por este
país.
Con Ritmo y
Compás les hubiera sobrado
pero no debió ser posible
el aspecto de la sala Heineken
era absolutamente desolador.
No sé si llegábamos
a la centena los que acudimos
a ver a los de Nueva York. Y
eso gracias a que los teloneros
Glass Spires atrajeron a una
docena de amigos que vinieron
a apoyarles. Sólo les
conocía de nombre pero
jamás había escuchado
nada suyo. Este quinteto madrileño
practica metal progresivo. Hasta
aquí, todo parecería
normal pero sus componentes
hacen de la banda algo peculiar.
Me sorprendió
agradablemente el nivel técnico
que poseen. Como instrumentistas
son espectaculares. Lo poco
que se escuchaban los teclados
auguraban la calidad de Daniel
Martín. Miguel Lezcano,
bajista, y Ángel Fernández,
baterista, forman una dupla
que no se conforma únicamente
con marcar el ritmo sino que
aportan su pegada propia. Con
relación a Guillermo
Vázquez, me quedé
boquiabierto. Este tío
es un mago de las seis cuerdas.
Dudo que haya muchos guitarristas
en esta ciudad que le superen.
Con influencias desde Tore Ostby
a músicos de corte más
clásico, sus dedos se
mueven por el mástil
con una facilidad asombrosa.
Queda por hablar del vocalista
Samuel Gómez. No canta
mal pero considero que su estilo,
al menos en directo, no encaja
con la propuesta estilística
de Glass Spires. Sin embargo,
he de decir que en los temas
de su myspace no me ha chirriado
tanto esta impresión.
Hablando de
temas, para una primera toma
de contacto que tuve con ellos,
no salí del todo satisfecho.
A pesar de la impecable ejecución
y los múltiples cambios
de ritmo, reconozco que me aburrí
en los cuarenta y cinco minutos
que estuvieron en el escenario.
Se me hicieron demasiado densos
y en su intento por ser complicados
no percibí que el nivel
compositivo se acercara al instrumental
lo que, sin duda, es un handicap
importante.
La cosa no
empezó mal con canciones
como “The sweet skin of
evil”, de clara inspiración
Conception, pero entre el flojo
sonido que no dejaba distinguir
los matices y la propia frialdad
del ambiente, aquello fue tornándose
en una cuesta difícilmente
superable. Es verdad que están
tan distantes de Riot que los
seguidores de los americanos
no entraban en apreciar las
supuestas bondades de Glass
Spires. Alternaron canciones
que pasaban sin pena ni gloria
(“Believe”, por
ejemplo) con otras donde sí
había algo más
que rascar como “Faith”,
la que ellos consideran su “single”
y algo más accesible
y pegadiza que el resto. Cerraron
su actuación con el tema
que les da nombre, “Glass
Spires” y que refleja
un poco lo que es este grupo,
un tanto sin alma o sin gancho
en sus composiciones.
Quizá
no era el evento más
apropiado para ellos y las circunstancias
tampoco acompañaron pero
mentiría si dijera que
me he convertido en un seguidor
de Glass Spires. No obstante,
ellos tienen algo que ya quisieran
la mayoría de bandas,
la calidad de sus componentes.
Con ella, creo que pueden pulir
esas limitaciones como escritores
que, considero, aún conservan
y convertirse en un conjunto
a tener muy en cuenta para próximos
trabajos. Dejémosles
tiempo porque sólo han
sacado un disco hasta ahora.
Bastante rato
duró el cambio entre
grupos y cuando la música
de la sala se bajó el
quinteto salió a escena
como el que va a ensayar. Esto
también lo hicieron en
la anterior gira. No es algo
que me guste en exceso pero
queda en anécdota viendo
la noche que nos regalaron.
Reconozco que lo intenté
pero no fui capaz de abstraerme
y vi lo que estaban tocando.
Hubiera cambiado todo el repertorio
por escuchar “Bloodstreets”,
una de mis canciones favoritas
de la historia, pero no, no
estaba prevista. No demasiados
cambios en el set list (cuatro
en total). Pocos para una banda
con tal trayectoria pero bueno,
me conformo porque disfruté
de cuatro temas más de
Riot.
Como siempre,
la instrumental “Narita”
es el punto de partida de sus
shows. Es una elección
perfecta pero no estaría
de más si alguna vez
probaran con “On your
kness”. Sería tremendo.
El sonido era bueno aunque sin
brillantez. La guitarra de Mark
Reale ligeramente más
alta que la de Mike Flyntz.
El bajo del borrachín
Pete Perez en un segundo plano
y Frank Gilchrist pegándole
a la batería de forma
espléndida, brutal. Riot
no tendrán muchos seguidores
pero los pocos que tienen somos
fanáticos y ya desde
el principio algunos estábamos
alucinados.
Poco más
de un año hace que salió
“Army of one” y,
en teoría, era el disco
a presentar. Como no ha tenido
excesiva repercusión
y aún no ha calado hondo
entre los fans (siendo notable),
rápidamente atacaron
un par de cortes para cumplir
con el expediente. “The
mystic” fue un acierto
total. Típico tema rápido
que todos los discos con Mike
DiMeo poseían (me refiero
a canciones como “Dragonfire”,
“Nightbreaker”,
la propia “Angel eyes”,
etc.) no desmerece ni mucho
menos y me parece una gran puesta
en escena para la irrupción
de Mike Tirelli.
Dediquémosle
al vocalista un párrafo
aparte. Sí, repito lo
mismo que la otra vez. Su imagen
es la de un chulo de gimnasio.
Tiene unos ademanes muy amanerados.
Cuando no canta (y a veces cuando
lo hace) se encuentra desubicado.
En Madrid nos descubrió
su faceta de ligón. Todo
eso es cierto pero la gran verdad
sobre este hombre es que es
un DIOS de las cuerdas vocales.
Le da exactamente igual de qué
vocalista de la carrera de Riot
sean los temas. Los clava. Únicamente
tuvo algún problema en
“Thundersteel” y
“Dance of death”
pero básicamente porque
es imposible no tenerlos. Un
once para el amigo Tirelli.
La gente no
se enchufó mucho a “The
mystic” pero aún
menos a “Blinded”.
Personalmente, aun siendo una
buena canción, no la
hubiera elegido porque se aleja
mucho de lo que uno espera de
Riot. Es más hard rock
y con cierto toque bluesy. De
“Army of one” les
hubieran quedado niqueladas
“Knocking at my door”
o “No more alibi”
pero no discutiré sus
decisiones porque, para mí,
todas son correctas. Cuando
de verdad se animó la
cosa y no paró hasta
el final fue en “Johnny´s
back”, primera incursión
en el inmenso e incomparable
“Thundersteel”.
Las variaciones
principales que tuvo el concierto
fueron bastante claras. Probablemente
Mark Reale pensara antes de
encarar la pasada gira que los
primeros discos eran los más
famosos, junto a “Thundersteel”.
Imagino que en el momento de
estar en los escenarios comprobó
que el material post-“Thundersteel”
es el que más tirón
tiene. De ahí que las
sacrificadas fueran todas de
las épocas Speranza y
Forrester. Entre las recuperaciones,
la gran “Sons of society”,
favorita del público,
y que siguió a “Twist
of fate” que ya tuvo cabidas
en actuaciones pretéritas.
En “Sons of society”
Tirelli se salió en ese
estribillo in crescendo de tono.
Claro que donde éste
que escribe se desató
fue en un “Glory calling”
genial, única aportación
de “The brethen of the
long house”. Es verdad
que cambiar a, por ejemplo,
“Wounded heart”
hubiera sido maravilloso pero
la interpretación de
“Glory calling”
resultó memorable con
los cuatro gatos que éramos
gritando: “Fight!”.
El punto hilarante
vino de la mano del entrañable
Pete Perez cuando Tirelli le
pasa el micro, comienza a decir
incoherencias en castellano,
le mira Mark Reale y, de inmediato,
ejecuta el riff de “Road
racin´” dejando
al pobre Pete con la palabra
en la boca y cara de tonto.
Esta canción de “Narita”,
también imprescindible,
es la que aprovechan para que
Reale y Flyntz ejecuten sus
respectivos solos. Por ser Riot
no voy a decir que me encantaran
pero sí que la estructura
de los mismos está bien
montada para hacerlos amenos.
El problema es que se tiran
demasiado tiempo, más
de diez minutos. Con la mitad
sobraba y luciría el
doble.
Con Tirelli
de vuelta terminan “Road
racin´” y Frank
se marca un breve solo de batería
previo a “Swords and tequila”,
siempre brillante en directo
por su carácter marchoso
y festivo. Independientemente
de que repitieran gran parte
del repertorio, la ubicación
fue distinta porque el protagonismo
final se cedió a “Thundersteel”
y “Inishmore”. Así,
con “The flight of the
warrior” la filas delanteras,
dispersas hasta entonces, nos
juntamos en una piña
para acompañar esta canción
que si bien no es de mis tres
preferidas de “Thundersteel”,
en vivo presenta un carácter
de himno que la hace imbatible.
Si hay una composición
que, sin duda, eliminaría
del set list es “The man”,
no porque sea mala sino porque
me da rabia que ocupe el lugar
que deberían hacerlo
casi cualquier otra de “Inishmore”:
“Liberty”, “Should
I run”, “Gypsy”…
La que tiene que tener posición
de honor es “Angel eyes”,
para mí uno de sus cortes
emblemáticos y de los
dos temas de Riot que tienen
videoclip (el otro es “Bloodstreets”).
Para el final
acertaron de pleno y, sinceramente,
es algo que pueden hacer gracias
a tener a Tirelli. Aunque las
pasó canutas, sacó
fuerzas para atacar los dos
temas más cañeros
del grupo. Por supuesto con
“Thundersteel” se
puso aquello patas arriba y
la escasa audiencia vibró.
La sorpresa llegó de
la mano de “Dance of death”.
En la visita de 2006 no había
caído nada de “The
privilege of power”, el
otro álbum que poseen
con Tony Moore a la voz. Esta
vez sí que se acordaron
de él. De nuevo digo
que no es mi favorita del disco
pero como bien comentó
Mike Tirelli: “The hardest,
the fastest!”.
Con ella abandonaron el escenario
y os aseguro que las caras de
felicidad de la gente delataban
la grandeza del concierto. Los
fans coreamos su nombre para
que volvieran y no tardaron
Riot en regresar a escena dejándonos
como bises sus dos clásicos
de siempre, de sus inicios.
“Outlaw” es muy
conocida (dentro de lo que cabe)
porque viene en su formato original
en “Fire down under”
pero también hicieron
una magnífica revisión
del tema en “Nightbreaker”
(otra vez, el gran olvidado).
Con esa estructura simple y
una letra vacilona, siempre
es una apuesta ganadora, casi
tanto como “Warrior”.
¡Qué grande! Aquí
el amigo Tirelli demostró
que es un artista en el ligoteo
subiendo a dos muchachas al
escenario a colaborar. De paso,
se acopló Guillermo,
el guitarrista de Glass Spires,
en una imagen curiosa que quedará
en nuestra retina como la despedida
de Riot de los escenarios españoles.
¿Por cuánto tiempo?
Nunca se sabe pero, quizá,
para siempre.
Una hora y
cuarenta minutos increíbles.
Treinta años de carrera
son muchos, o pocos según
se mire. Yo no desespero y mantengo
viva la llama de que algún
día pueda ver “Bloodstreets”
en directo, sea en Madrid, Palencia
o Pernambuco. Gracias de nuevo
a Luis y la gente de Heavencross
por hacernos felices a unos
cuantos. Por último,
apuntar que los documentos gráficos
que veréis no son de
este concierto porque una salmonelosis
dejó KO por unos días
al fotógrafo destinado
al evento, David Ortego. ¡Shine
on Riot!
|







|