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SAXON + MASTERPLAN

Sala Macumba (Madrid) 23/03/2007

Cuando has comentado tantas veces una cosa y siempre es igual, se te acaban los calificativos. El riesgo de reiteración y tedio en lo que escribas es grande, máxime si ya no sabes como encarar una crónica porque, señores, Saxon en concierto son sensaciones, es decir, hay que vivirlo para entender de qué hablo. Cada cita con los británicos supone un planteamiento previo: “¿Lo volverán a hacer?”. El listón está tan alto que resulta imposible creer en la posibilidad de que Byford, Quinn y demás lo logren otra vez. El año pasado tuvimos encuentro con el quinteto por partida doble: En el Monster of Rock de Zaragoza y en el Granito Rock de la serrana Collado Villalba. La primera, cincuenta minutos de fiesta y la segunda, hora y media de diversión. Sin embargo, donde los ingleses forjan su leyenda encima de un escenario es en sus propias giras, momento único de disfrutar de clásicos de ayer, hoy y siempre, deleitarnos con el nuevo disco y rememorar composiciones escondidas porque si hay algo que caracteriza a Saxon es que, en mi opinión, es el grupo que más cuida a sus fans ofreciéndoles conciertos extensos y preocupándose porque no sea el habitual “más de lo mismo” por muy bueno que éste sea. Esta gente sabe que tiene seis o siete imprescindibles pero a partir de aquí uno puede esperar cualquier sorpresa, como así sucedió.

Sin llegar al reventón, Macumba presentó una entrada fantástica. Más de mil quinientas almas confirman el resurgir de Saxon en la península. Además, en teoría, los teloneros eran unos invitados de lujo, los germanos Masterplan. No obstante, con ellos había una mezcla de escepticismo y morbo. Sin Jorn Lande y Uli Kusch parece que su aureola inicial se ha difuminado. Los sustitutos no son mancos, ya que los dos Mike, DiMeo y Terrana, son competentes pero, en particular, la sombra del vocalista noruego es muy alargada. Asimismo, llevan como una losa el haber editado un debut tan sonado y loado porque en los siguientes minutos uno no sabía muy bien si estaba ante la gira del último disco “MK II” o en la del homónimo álbum.

Como la batería de Terrana es enorme, daba la sensación de que él era el protagonista. En el centro del escenario, sin permitir demasiada movilidad a su compañeros (y eso que las tablas de esta sala no son pequeñas), presidía una descarga que comenzó con ligero retraso de la mano de “Spirits never die” y “Enlighten me”, curiosamente las que abrían su primera obra. El sonido no era del todo nítido ya que por ejemplo el teclado de un Axel Mackenrott algo más relegado que en otras ocasiones, no se distinguía bien. Con todo, tampoco es que resultara calamitoso y se podían apreciar los matices de la guitarra del jefe Grapow y la voz de DiMeo. Ahí estaba el quid de la cuestión. ¿Haría olvidar el ex de Riot a Lande? La respuesta es obvia: No. ¿Las razones? Dispares. Habrá gente que no le guste y venían predispuestos. A esto contribuyó el cantante, que salió muy frío y sin derrochar el mínimo carisma exigible. En estas dos canciones no cuajó una ejecución brillante y se notó. Encima, abusó sobremanera del reverb para alargarle la voz allí donde no llegaba.

Mala historia, para empezar, pero cuando hubo que atacar temas de “MK II”, DiMeo se vino arriba, estaba en sus tesituras y cogió confianza. “Take me over” y, en especial, la fenomenal “Lost and gone” cambiaron un tanto el cariz de los acontecimientos. La audiencia, un poco parada de inicio cuan “Risto Mejides” fueran, reaccionó con aplausos. A continuación, Roland Grapow interpretó un pequeño solo, siempre coronado por el pasaje del “Hall of the mountain king”, que tantos ya hicieron antes, y desató de sus seis cuerdas el riff de “Cristal night”, una de sus mejores composiciones. Aquí creo que DiMeo cumplió porque no se amoldó al tema sino que se puso al servicio de él sin querer imitar los registros de nadie. Lande es un chorro de voz y potencia; el americano siempre se basó más en la elegancia y los matices.

El solo de Roland fue breve pero lo que es innegociable es que en cuarenta minutos llegue el señor Terrana y haga su particular demostración de baterista – trapecista – funambulista. No sé si lo llevará firmado en el contrato pero es que es ridículo por completo cuando tienes tres discos que pierdas el tiempo en tonterías de este calado. ¡Parece como si tuviéramos que sufrir a este hombre moviendo los brazos de forma compulsiva una vez al mes! De verdad que me indigno porque Masterplan son mucho más que sus componentes y con estas actitudes dan la razón a aquellos que pensamos que es una banda sobrevalorada. Terrana no tardó más de diez minutos como con Axel Rudy Pell o en sus días en Rage, pero cada baquetazo sobró. Lo peor de todo esto es que ya estábamos en los instantes finales que se reservaron para “Soulburn” y “Kind hearted light”, también ambas de su debut, con lo que se demostró que no tienen confianza en otro material que no sea ése porque si no que alguien me explique si es normal este repertorio: Cinco del primero, nada del segundo (ni tan siquiera “Back for my life” que estaba programada) y dos del nuevo que, teóricamente, venían a presentar. Surrealista.

Supongo que toda predicción que se lanza es gratuita pero ahí va. “MK II”será el último disco de Masterplan. Mi impresión es que Grapow ha cedido la responsabilidad a los recién llegados y él se deja llevar, probablemente (y son especulaciones) esperando la llamada de Hansen y Kiske para ese anunciado proyecto. Ni Mackenrott ni el bajista Jan Eckert están en esta guerra porque el que tiene que conservar el prestigio es Grapow. Lo que en la reseña de “MK II” consideré como una apuesta inteligente del alemán, en directo mis sensaciones cambiaron. Les vi como un grupo sin recorrido. Ojalá me equivoque pero esa noche el quinteto estuvo flojo y entre el público se levantó un halo de decepción, por diferentes motivos, pero decepción al fin y al cabo.

Una vez levantado el armatoste de Terrana, se descubrió la batería de Nigel Glocker que estaba flanqueada por dos rampas donde el resto de componentes del grupo podían subir y observar el espectacular aspecto de Macumba desde una posición privilegiada. Bien diferente es este local a Arena, donde fue su última visita en la gira del “Lionheart”. Por fin, disfrutando de Saxon en toda su extensión. Un bonito telón con la portada del último disco y un juego de luces cuidado completaban un “atrezzo” currado. Como ya sabéis aquellos que hayáis tenido el privilegio de verles, los británicos no se duermen en los laureles. Si acaban de sacar “The inner sanctum” vienen a defenderlo a muerte; si tienen que tocarlo casi entero, no pasa nada porque seguro que hay tiempo para que casi ningún clásico se quede fuera y deleitarnos con las no esperadas. Ésta es la diferencia entre Saxon y el resto de bandas de su generación. No llenarán el Palau San Jordi y serán censurados en Dubai, pero no tiran de lo fácil. Es que me estoy imaginando a algún compatriota suyo, en plan: “Venga, colegas, que hay gira, ¿qué tocamos? Buff, qué pereza, hala pues tiramos de “Wrathchild”, “Two minutes to midnight” y demás… ¿Para qué introducir novedades si la gente está contenta así?...”. Además, aquí no hay dudas ni debates. Te gustará más o menos pero nadie podrá hablar mal de “The inner sanctum”, es más, para mí es excepcional, como casi todos los discos de estos veteranos guerreros que no se vinieron abajo cuando tenían que enfrentarse a menos de 300 personas en una discoteca de Pinto. Parece incompresible que alguien de su trayectoria cayera así pero es uno de los grandes misterios del heavy metal porque repito que nadie (de los de su generación) ha sido capaz en los noventa de editar con regularidad obras notables (aunque pasaran desapercibidas) como “Forever free”, “Dogs of war” o “Unleashed the beast”. Afortunadamente, han recobrado su status y su público les adora.

La música se baja, las luces se apagan y allí está el quinteto que comienza su actuación con “State of grace”. La audiencia ovaciona, salta y corea, se saben bien estas recientes composiciones. Un buen tema para dar comienzo a la velada. Tenía miedo porque esta sala suele cerrar indefectiblemente sus puertas a las once de las noche y casi eran las nueve y media con lo que me recorrieron escalofríos pensando que tendríamos nuestra dosis de Saxon en formato reducido. Además, viendo la rapidez con que empalmaban unas canciones con otras, este temor se acrecentó. Así, sin solución de continuidad, llegó la notable “Let me feel your power”, otro corte directo y con estribillo hímnico. La salutación de Biff vino acompañada de los primeros “¡Saxon, Saxon!” por parte de los fans que se tornaron en gritos y movimiento con “Motorcycle man”, una habitual que jamás puede faltar.

Al hablar de los componentes no me gustaría pasar por alto un hecho casi inconcebible para mí. El hombre del guardapolvos, el entrañable “tío Biff” debe tener una especie de pacto con el diablo. De todas las veces que le he visto (si mi memoria no falla, con esta van diez), ha sido en esta última donde mejor ha cantado, sencillamente brutal. El dúo de guitarristas tampoco va a la zaga en prestaciones. Paul Quinn representa al “viejo roquero”, dicho sea desde el cariño, con sus gafas, su pañuelo y sus riffs poderosos. Doug Scarrat, por su parte, pone el contrapunto heavy que ha dotado a Saxon de una potencia desconocida en la primera mitad de su trayectoria (hasta 1992). Él y el hiperactivo Nibbs Carter conformar un quinteto sólido donde la vuelta de Nigel Glocker, en vez de suponer un paso atrás por la marcha de Jorg Michael, ha insuflado nuevos bríos en estos veteranos. Así, continuaron con la adictiva “If I was you” que posee unas melodías que enganchan desde que topas con ella. Excelente.

Del repertorio máximo posible que llevan realizando en esta gira, únicamente faltaron “Killing ground” (¡qué pena!) y “Forever free” pero, por el contrario, incluyeron “Strong arm of the law” que no había sido interpretado hasta España. No es de mis favoritas pero en vivo siempre mola escuchar a las masas corear el estribillo. Como viene siendo habitual, Biford presenta “Witchfinder general” diciendo que es un tema lento y que sirve como relax, je, je. Es alucinante ver cómo hacen “headbanging” el propio Biff, Nibbs o, incluso, Doug, casi recuerdan a un grupo de death.

Llegaba la hora de las sorpresas. De “Dogs of war” siempre han tocado el corte que le da título pero en este tour han decidido que le daban descanso eligiendo en su lugar, “The great white buffalo”, composición “menor” pero que me encanta y le dio un toque oscuro a la noche. Evidentemente, los seguidores no respondieron como en otras más típicas pero es un regalo increíble. Tampoco es de las habituales “We are travellers in time” del “Metalhead”. En España siempre optan por “Conquistadores” pero eso de hacer rotaciones es saludable. Que yo recuerde, sólo he escuchado esta canción en Burriana durante la gira con Doro. Ahí no queda la cosa porque como sucediera en Villalba, cayó “To hell and back again”, esta sí de la época dorada. En este caso, podríamos decir que sustituye a “Heavy metal thunder”, lo cual para algunos será un sacrilegio pero para mí me parece genial porque, además, en festivales seguro que ésta suena porque la suelen utilizar para abrir.

De vuelta al presente, “Red star falling” está dedicada al extinto comunismo de los países del Este de Europa y viene acompañada de un bonito juego de luces rojas. Para mí, una de las mejores de “The inner sanctum” en estudio que también respondió a las expectativas en directo. Claro que todo queda opacado por el momento mágico de la noche y la prueba incontestable de que recuperar temas que hace tiempo que no tocas es un acierto inmenso. La cara de la gente, las sonrisas (la mía, la primera) y los cánticos que hubo con “Requiem (we will remember)” son de los que no se olvidan. Lo que ya sucediera en la gira del “Lionheart” con “Ride like he wind”, pasó aquí con esta increíble composición de “Solid balls of rock”. Ya que Saxon no se paran demasiado en su época más americana (se han eliminado del set list la propia “Ride like the wind”, “Rock the nations” y, desgraciadamente, “Broken heroes”) está bien que dieran un toque más comercial a una noche 100% heavy metal. No os imagináis cómo lo agradeció la gente. Para más inri, estábamos en la parte más intensa porque, acto seguido, Biff se quedó con su amigo Paul, le echó un par de piropos y éste interpretó uno de los riffs más significativos del género, el inicio de “Princess of the night” que ya tumbó a todos los congregados y al propio grupo porque Byford se arrancó con el ya eterno “España, ¡grandes cojones!” antes de encarar “Crusader” donde la temperatura llegó a un estado de ebullición. Es impresionante el sentimiento que te recorre por el cuerpo con canciones como éstas y ejecuciones tan precisas.

A todo esto, no había mirado el reloj ni una sola vez cuando nos anunciaron que “I´ve got to rock (to stay alive)”, toda una declaración de principios que saldrá en breve como segundo single, era la última que iban a tocar. Miré la hora y, horror, el cronómetro se acercaba inexorablemente a las once, esa “eleventh tour” que dirían los ingleses que presagiaba todos los males. La despedida fue apoteósica, con un griterío excepcional. Mi preocupación aumentaba pero pronto soltaron desde la mesa “Empire rising”, la intro que precede a “Atila the Hun”, una sensacional canción de la reciente entrega pero que por su larga duración, tal vez no deberían utilizarla como bis. Sea como fuere yo no quejo porque estuvo muy, muy bien. Byford nos comentó que el siguiente tema no lo venía interpretando en la gira y que era un regalo para los españoles. Aquí el tío Biff hizo una pequeña trampa (que se le perdona, por supuesto) porque “The power and the glory” sí ha sonado en bastantes sitios aunque, para variar, fue eso mismo, una demostración de poder y gloria… y yo seguía mirando el reloj, un sudor frío me recorría el cuerpo… hasta que el veterano cantante hizo lo de siempre, cogió la hoja con el repertorio la rompió, se la metió en la boca y le dio un ataque de risa que casi le atraganta.

¡Prueba superada! Ahí ya me convencí de que se pasarían un poco del tiempo pero no esperaba que todavía quedara tanto por disfrutar. Si bien “Dallas 1 p.m.” no es de las habituales, tampoco es de mis preferidas aunque nunca está de más escucharla, en este caso en formato medley con “747 (strangers in the night)” y “And the bands placed on”, éstas en su totalidad, dos de mis favoritas y que casi me hacen perder el control por el enorme disfrute. Por descontado, en este momento el concierto ya estaba en la categoría de “concierto del año” pero como colofón faltaban “Wheels of steel” que me gusta mucho que no la alarguen en demasía en su pasaje central, “Denim and leather” y, unida a ésta casi también en medley, “Ashes to ashes”, que siendo del último, tuvieron la valentía (o los “grandes cojones” je, je) de ponerla como despedida del show. A pesar de que no me parece de las más interesantes de “The inner sanctum”, ¡bien por ellos!

Habían pasado dos horas y veintidós composiciones, desgranadas en siete nuevas, tres o cuatro sorpresas y el resto clásicos. ¿Qué más se puede pedir? Nada más, sólo esperar su próxima gira para que ricen el rizo con “Suzie hold on”, “I can´t wait anymore” o “Rock and roll gypsy”. ¡Ah, sí! Otra cosa, que aprendan quienes tienen que aprender de lo que unos tipos con tres décadas a sus espaldas hacen noche sí, noche también. Matrícula de honor, cum laude.


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