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Cuando has
comentado tantas veces una cosa
y siempre es igual, se te acaban
los calificativos. El riesgo
de reiteración y tedio
en lo que escribas es grande,
máxime si ya no sabes
como encarar una crónica
porque, señores, Saxon
en concierto son sensaciones,
es decir, hay que vivirlo para
entender de qué hablo.
Cada cita con los británicos
supone un planteamiento previo:
“¿Lo volverán
a hacer?”. El listón
está tan alto que resulta
imposible creer en la posibilidad
de que Byford, Quinn y demás
lo logren otra vez. El año
pasado tuvimos encuentro con
el quinteto por partida doble:
En el Monster of Rock de Zaragoza
y en el Granito Rock de la serrana
Collado Villalba. La primera,
cincuenta minutos de fiesta
y la segunda, hora y media de
diversión. Sin embargo,
donde los ingleses forjan su
leyenda encima de un escenario
es en sus propias giras, momento
único de disfrutar de
clásicos de ayer, hoy
y siempre, deleitarnos con el
nuevo disco y rememorar composiciones
escondidas porque si hay algo
que caracteriza a Saxon es que,
en mi opinión, es el
grupo que más cuida a
sus fans ofreciéndoles
conciertos extensos y preocupándose
porque no sea el habitual “más
de lo mismo” por muy bueno
que éste sea. Esta gente
sabe que tiene seis o siete
imprescindibles pero a partir
de aquí uno puede esperar
cualquier sorpresa, como así
sucedió.
Sin llegar
al reventón, Macumba
presentó una entrada
fantástica. Más
de mil quinientas almas confirman
el resurgir de Saxon en la península.
Además, en teoría,
los teloneros eran unos invitados
de lujo, los germanos Masterplan.
No obstante, con ellos había
una mezcla de escepticismo y
morbo. Sin Jorn Lande y Uli
Kusch parece que su aureola
inicial se ha difuminado. Los
sustitutos no son mancos, ya
que los dos Mike, DiMeo y Terrana,
son competentes pero, en particular,
la sombra del vocalista noruego
es muy alargada. Asimismo, llevan
como una losa el haber editado
un debut tan sonado y loado
porque en los siguientes minutos
uno no sabía muy bien
si estaba ante la gira del último
disco “MK II” o
en la del homónimo álbum.
Como la batería
de Terrana es enorme, daba la
sensación de que él
era el protagonista. En el centro
del escenario, sin permitir
demasiada movilidad a su compañeros
(y eso que las tablas de esta
sala no son pequeñas),
presidía una descarga
que comenzó con ligero
retraso de la mano de “Spirits
never die” y “Enlighten
me”, curiosamente las
que abrían su primera
obra. El sonido no era del todo
nítido ya que por ejemplo
el teclado de un Axel Mackenrott
algo más relegado que
en otras ocasiones, no se distinguía
bien. Con todo, tampoco es que
resultara calamitoso y se podían
apreciar los matices de la guitarra
del jefe Grapow y la voz de
DiMeo. Ahí estaba el
quid de la cuestión.
¿Haría olvidar
el ex de Riot a Lande? La respuesta
es obvia: No. ¿Las razones?
Dispares. Habrá gente
que no le guste y venían
predispuestos. A esto contribuyó
el cantante, que salió
muy frío y sin derrochar
el mínimo carisma exigible.
En estas dos canciones no cuajó
una ejecución brillante
y se notó. Encima, abusó
sobremanera del reverb para
alargarle la voz allí
donde no llegaba.
Mala historia,
para empezar, pero cuando hubo
que atacar temas de “MK
II”, DiMeo se vino arriba,
estaba en sus tesituras y cogió
confianza. “Take me over”
y, en especial, la fenomenal
“Lost and gone”
cambiaron un tanto el cariz
de los acontecimientos. La audiencia,
un poco parada de inicio cuan
“Risto Mejides”
fueran, reaccionó con
aplausos. A continuación,
Roland Grapow interpretó
un pequeño solo, siempre
coronado por el pasaje del “Hall
of the mountain king”,
que tantos ya hicieron antes,
y desató de sus seis
cuerdas el riff de “Cristal
night”, una de sus mejores
composiciones. Aquí creo
que DiMeo cumplió porque
no se amoldó al tema
sino que se puso al servicio
de él sin querer imitar
los registros de nadie. Lande
es un chorro de voz y potencia;
el americano siempre se basó
más en la elegancia y
los matices.
El solo de
Roland fue breve pero lo que
es innegociable es que en cuarenta
minutos llegue el señor
Terrana y haga su particular
demostración de baterista
– trapecista – funambulista.
No sé si lo llevará
firmado en el contrato pero
es que es ridículo por
completo cuando tienes tres
discos que pierdas el tiempo
en tonterías de este
calado. ¡Parece como si
tuviéramos que sufrir
a este hombre moviendo los brazos
de forma compulsiva una vez
al mes! De verdad que me indigno
porque Masterplan son mucho
más que sus componentes
y con estas actitudes dan la
razón a aquellos que
pensamos que es una banda sobrevalorada.
Terrana no tardó más
de diez minutos como con Axel
Rudy Pell o en sus días
en Rage, pero cada baquetazo
sobró. Lo peor de todo
esto es que ya estábamos
en los instantes finales que
se reservaron para “Soulburn”
y “Kind hearted light”,
también ambas de su debut,
con lo que se demostró
que no tienen confianza en otro
material que no sea ése
porque si no que alguien me
explique si es normal este repertorio:
Cinco del primero, nada del
segundo (ni tan siquiera “Back
for my life” que estaba
programada) y dos del nuevo
que, teóricamente, venían
a presentar. Surrealista.
Supongo que
toda predicción que se
lanza es gratuita pero ahí
va. “MK II”será
el último disco de Masterplan.
Mi impresión es que Grapow
ha cedido la responsabilidad
a los recién llegados
y él se deja llevar,
probablemente (y son especulaciones)
esperando la llamada de Hansen
y Kiske para ese anunciado proyecto.
Ni Mackenrott ni el bajista
Jan Eckert están en esta
guerra porque el que tiene que
conservar el prestigio es Grapow.
Lo que en la reseña de
“MK II” consideré
como una apuesta inteligente
del alemán, en directo
mis sensaciones cambiaron. Les
vi como un grupo sin recorrido.
Ojalá me equivoque pero
esa noche el quinteto estuvo
flojo y entre el público
se levantó un halo de
decepción, por diferentes
motivos, pero decepción
al fin y al cabo.
Una vez levantado
el armatoste de Terrana, se
descubrió la batería
de Nigel Glocker que estaba
flanqueada por dos rampas donde
el resto de componentes del
grupo podían subir y
observar el espectacular aspecto
de Macumba desde una posición
privilegiada. Bien diferente
es este local a Arena, donde
fue su última visita
en la gira del “Lionheart”.
Por fin, disfrutando de Saxon
en toda su extensión.
Un bonito telón con la
portada del último disco
y un juego de luces cuidado
completaban un “atrezzo”
currado. Como ya sabéis
aquellos que hayáis tenido
el privilegio de verles, los
británicos no se duermen
en los laureles. Si acaban de
sacar “The inner sanctum”
vienen a defenderlo a muerte;
si tienen que tocarlo casi entero,
no pasa nada porque seguro que
hay tiempo para que casi ningún
clásico se quede fuera
y deleitarnos con las no esperadas.
Ésta es la diferencia
entre Saxon y el resto de bandas
de su generación. No
llenarán el Palau San
Jordi y serán censurados
en Dubai, pero no tiran de lo
fácil. Es que me estoy
imaginando a algún compatriota
suyo, en plan: “Venga,
colegas, que hay gira, ¿qué
tocamos? Buff, qué pereza,
hala pues tiramos de “Wrathchild”,
“Two minutes to midnight”
y demás… ¿Para
qué introducir novedades
si la gente está contenta
así?...”. Además,
aquí no hay dudas ni
debates. Te gustará más
o menos pero nadie podrá
hablar mal de “The inner
sanctum”, es más,
para mí es excepcional,
como casi todos los discos de
estos veteranos guerreros que
no se vinieron abajo cuando
tenían que enfrentarse
a menos de 300 personas en una
discoteca de Pinto. Parece incompresible
que alguien de su trayectoria
cayera así pero es uno
de los grandes misterios del
heavy metal porque repito que
nadie (de los de su generación)
ha sido capaz en los noventa
de editar con regularidad obras
notables (aunque pasaran desapercibidas)
como “Forever free”,
“Dogs of war” o
“Unleashed the beast”.
Afortunadamente, han recobrado
su status y su público
les adora.
La música
se baja, las luces se apagan
y allí está el
quinteto que comienza su actuación
con “State of grace”.
La audiencia ovaciona, salta
y corea, se saben bien estas
recientes composiciones. Un
buen tema para dar comienzo
a la velada. Tenía miedo
porque esta sala suele cerrar
indefectiblemente sus puertas
a las once de las noche y casi
eran las nueve y media con lo
que me recorrieron escalofríos
pensando que tendríamos
nuestra dosis de Saxon en formato
reducido. Además, viendo
la rapidez con que empalmaban
unas canciones con otras, este
temor se acrecentó. Así,
sin solución de continuidad,
llegó la notable “Let
me feel your power”, otro
corte directo y con estribillo
hímnico. La salutación
de Biff vino acompañada
de los primeros “¡Saxon,
Saxon!” por parte de los
fans que se tornaron en gritos
y movimiento con “Motorcycle
man”, una habitual que
jamás puede faltar.
Al hablar de
los componentes no me gustaría
pasar por alto un hecho casi
inconcebible para mí.
El hombre del guardapolvos,
el entrañable “tío
Biff” debe tener una especie
de pacto con el diablo. De todas
las veces que le he visto (si
mi memoria no falla, con esta
van diez), ha sido en esta última
donde mejor ha cantado, sencillamente
brutal. El dúo de guitarristas
tampoco va a la zaga en prestaciones.
Paul Quinn representa al “viejo
roquero”, dicho sea desde
el cariño, con sus gafas,
su pañuelo y sus riffs
poderosos. Doug Scarrat, por
su parte, pone el contrapunto
heavy que ha dotado a Saxon
de una potencia desconocida
en la primera mitad de su trayectoria
(hasta 1992). Él y el
hiperactivo Nibbs Carter conformar
un quinteto sólido donde
la vuelta de Nigel Glocker,
en vez de suponer un paso atrás
por la marcha de Jorg Michael,
ha insuflado nuevos bríos
en estos veteranos. Así,
continuaron con la adictiva
“If I was you” que
posee unas melodías que
enganchan desde que topas con
ella. Excelente.
Del repertorio
máximo posible que llevan
realizando en esta gira, únicamente
faltaron “Killing ground”
(¡qué pena!) y
“Forever free” pero,
por el contrario, incluyeron
“Strong arm of the law”
que no había sido interpretado
hasta España. No es de
mis favoritas pero en vivo siempre
mola escuchar a las masas corear
el estribillo. Como viene siendo
habitual, Biford presenta “Witchfinder
general” diciendo que
es un tema lento y que sirve
como relax, je, je. Es alucinante
ver cómo hacen “headbanging”
el propio Biff, Nibbs o, incluso,
Doug, casi recuerdan a un grupo
de death.
Llegaba la
hora de las sorpresas. De “Dogs
of war” siempre han tocado
el corte que le da título
pero en este tour han decidido
que le daban descanso eligiendo
en su lugar, “The great
white buffalo”, composición
“menor” pero que
me encanta y le dio un toque
oscuro a la noche. Evidentemente,
los seguidores no respondieron
como en otras más típicas
pero es un regalo increíble.
Tampoco es de las habituales
“We are travellers in
time” del “Metalhead”.
En España siempre optan
por “Conquistadores”
pero eso de hacer rotaciones
es saludable. Que yo recuerde,
sólo he escuchado esta
canción en Burriana durante
la gira con Doro. Ahí
no queda la cosa porque como
sucediera en Villalba, cayó
“To hell and back again”,
esta sí de la época
dorada. En este caso, podríamos
decir que sustituye a “Heavy
metal thunder”, lo cual
para algunos será un
sacrilegio pero para mí
me parece genial porque, además,
en festivales seguro que ésta
suena porque la suelen utilizar
para abrir.
De vuelta al
presente, “Red star falling”
está dedicada al extinto
comunismo de los países
del Este de Europa y viene acompañada
de un bonito juego de luces
rojas. Para mí, una de
las mejores de “The inner
sanctum” en estudio que
también respondió
a las expectativas en directo.
Claro que todo queda opacado
por el momento mágico
de la noche y la prueba incontestable
de que recuperar temas que hace
tiempo que no tocas es un acierto
inmenso. La cara de la gente,
las sonrisas (la mía,
la primera) y los cánticos
que hubo con “Requiem
(we will remember)” son
de los que no se olvidan. Lo
que ya sucediera en la gira
del “Lionheart”
con “Ride like he wind”,
pasó aquí con
esta increíble composición
de “Solid balls of rock”.
Ya que Saxon no se paran demasiado
en su época más
americana (se han eliminado
del set list la propia “Ride
like the wind”, “Rock
the nations” y, desgraciadamente,
“Broken heroes”)
está bien que dieran
un toque más comercial
a una noche 100% heavy metal.
No os imagináis cómo
lo agradeció la gente.
Para más inri, estábamos
en la parte más intensa
porque, acto seguido, Biff se
quedó con su amigo Paul,
le echó un par de piropos
y éste interpretó
uno de los riffs más
significativos del género,
el inicio de “Princess
of the night” que ya tumbó
a todos los congregados y al
propio grupo porque Byford se
arrancó con el ya eterno
“España, ¡grandes
cojones!” antes de encarar
“Crusader” donde
la temperatura llegó
a un estado de ebullición.
Es impresionante el sentimiento
que te recorre por el cuerpo
con canciones como éstas
y ejecuciones tan precisas.
A todo esto,
no había mirado el reloj
ni una sola vez cuando nos anunciaron
que “I´ve got to
rock (to stay alive)”,
toda una declaración
de principios que saldrá
en breve como segundo single,
era la última que iban
a tocar. Miré la hora
y, horror, el cronómetro
se acercaba inexorablemente
a las once, esa “eleventh
tour” que dirían
los ingleses que presagiaba
todos los males. La despedida
fue apoteósica, con un
griterío excepcional.
Mi preocupación aumentaba
pero pronto soltaron desde la
mesa “Empire rising”,
la intro que precede a “Atila
the Hun”, una sensacional
canción de la reciente
entrega pero que por su larga
duración, tal vez no
deberían utilizarla como
bis. Sea como fuere yo no quejo
porque estuvo muy, muy bien.
Byford nos comentó que
el siguiente tema no lo venía
interpretando en la gira y que
era un regalo para los españoles.
Aquí el tío Biff
hizo una pequeña trampa
(que se le perdona, por supuesto)
porque “The power and
the glory” sí ha
sonado en bastantes sitios aunque,
para variar, fue eso mismo,
una demostración de poder
y gloria… y yo seguía
mirando el reloj, un sudor frío
me recorría el cuerpo…
hasta que el veterano cantante
hizo lo de siempre, cogió
la hoja con el repertorio la
rompió, se la metió
en la boca y le dio un ataque
de risa que casi le atraganta.
¡Prueba
superada! Ahí ya me convencí
de que se pasarían un
poco del tiempo pero no esperaba
que todavía quedara tanto
por disfrutar. Si bien “Dallas
1 p.m.” no es de las habituales,
tampoco es de mis preferidas
aunque nunca está de
más escucharla, en este
caso en formato medley con “747
(strangers in the night)”
y “And the bands placed
on”, éstas en su
totalidad, dos de mis favoritas
y que casi me hacen perder el
control por el enorme disfrute.
Por descontado, en este momento
el concierto ya estaba en la
categoría de “concierto
del año” pero como
colofón faltaban “Wheels
of steel” que me gusta
mucho que no la alarguen en
demasía en su pasaje
central, “Denim and leather”
y, unida a ésta casi
también en medley, “Ashes
to ashes”, que siendo
del último, tuvieron
la valentía (o los “grandes
cojones” je, je) de ponerla
como despedida del show. A pesar
de que no me parece de las más
interesantes de “The inner
sanctum”, ¡bien
por ellos!
Habían
pasado dos horas y veintidós
composiciones, desgranadas en
siete nuevas, tres o cuatro
sorpresas y el resto clásicos.
¿Qué más
se puede pedir? Nada más,
sólo esperar su próxima
gira para que ricen el rizo
con “Suzie hold on”,
“I can´t wait anymore”
o “Rock and roll gypsy”.
¡Ah, sí! Otra cosa,
que aprendan quienes tienen
que aprender de lo que unos
tipos con tres décadas
a sus espaldas hacen noche sí,
noche también. Matrícula
de honor, cum laude.
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Saxon

Masterplan





Saxon





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