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SEBASTIAN BACH

Sala Macumba (Madrid) 10/07/2007

Cuando queremos intentar justificar lo injustificable inventamos todo tipo de excusas para disfrazar la realidad o sacamos siempre los aspectos positivos de una situación. Por el contrario, cuando vamos predispuestos contra algo, ya tiene que sorprendernos para hacer cambiar nuestra opinión preconcebida. Sé que esto no se debería hacer cuando opinamos sobre arte pero, indudablemente, es así.

Tenía sentimientos encontrados antes del concierto de Sebastian Bach. Uno de los “enfants terribles” del hard & heavy de finales de los ochenta, carismático vocalista de Skid Row y héroe venido a menos. Me perdí hace dos años y medio su actuación en Madrid por un compromiso ineludible. No me hablaron maravillas pero reconozco que mi interés por verle era grande. Los dos primeros álbumes de Skid Row me parecen increíbles y, en disco, este hombre me parecía un portento, en especial en las baladas. No soy demasiado amigo de los lentos pero “I remember you”, “18 & life” o “Wasted time” estarían entre mis favoritas dentro de este género. Sin embargo, había unos contras bastantes acusados que me hacían prever una catástrofe. Este tío va por la vida de rock star aunque hace tiempo que su estrella declinó. Su actitud chulesca es deplorable y, por ejemplo, la imagen que ofreció en el reality “Supergroup” fue tan patética que, a su lado, un redneck como Ted Nugent parecía un miembro de la Real Academia de la Lengua. ¡Qué lástima!

A todo esto se une que desde que se largó de la banda que le dio la fama no ha hecho absolutamente nada… bueno, esto no es del todo exacto porque el colega sacó el directo “Bring´em Bach alive” con un par de temas inéditos, el DVD “Forever wild” que es una curiosidad más que otra cosa y el disco con The Last Hard Men, bodrio sólo comparable a “Thickskin” y “Revolutions per minute” de sus ex compañeros. Eso sí, lleva un siglo anunciando “Angel down”, su nueva obra que nunca termina de aparecer. Es decir, que lo más interesante que ha hecho en una década es su aparición en la serie “Las chicas Gilmore”. Claro que esta inactividad supone más canciones clásicas que echarnos a la boca que, a fin de cuentas, era el objetivo.

Con todas estas tribulaciones, nos acercamos a Macumba. Al entrar en la sala, comprobamos la poquísima gente que había acudido a la velada. En el momento álgido, no más de quinientas o seiscientas almas. En parte, es lógico, entre semana, verano y demás, aunque, como siempre digo, “si quieres, puedes”, no valen las excusas. Eso sí, visto lo visto casi hicieron bien aquellos que prefirieron ahorrarse el dinero.

La hora prevista de inicio eran las nueve, sin teloneros, pero los minutos caían como losas y el cansancio de la jornada laboral iba pesando cada vez más. Al final, una hora nos hizo esperar el señorito. Eso sí, allí no hubo ni una prueba ni un ajuste de sonido ni nada que se le pareciese salvo instantes antes que se probó el micrófono de Bach. ¿Cuál fue el resultado de todo esto?

Que cuando apareció el quinteto para atacar la genial “Slave to the grind” aquello era un amasijo infumable en el que no se distinguía nada. ¡Una vergüenza! Vaya manera de fastidiar el asunto. Allí no se podía disfrutar, es que era imposible porque no reconocías las estrofas ni los riffs. Incluso, a la estrellita había que intuirla en estas primeras canciones. “Big guns” continuó el show después del saludo inicial. Ya, de principio, pudimos observar las evoluciones en escena de cada miembro del grupo. En general, no tienen ningún protagonismo, ni tan siquiera “Metal” Mike Chlasciak al que consideraba un elemento más importante. El otro guitarrista Johnny Chromatic tiene como principal labor apoyar en los coros, además de repartirse los solos. Rob De Luca, al bajo, es el “marginado” porque queda en segundo plano aunque también hace voces y el batería Jason West no está a la altura del lesionado Bobby Jarzombek. Conclusión, que por si cabía un mínimo resquicio, viendo las prestaciones de estos sujetos era evidente que la imponente figura de Sebastian resalta muy por encima del resto.

Aunque en estos inicios tampoco se pudo apreciar bien, considero que, en general, no anda demasiado mal de las cuerdas vocales pero hace lo posible por no demostrarlo. Apoyo esta afirmación en que cuando no forzaba ni hacía bobadas Bach sí recordaba al de 1989. Sin embargo, se perdía en agudos sin sentido, gritos inapropiados y demás circunstancias que, unidas al cambo de tempo en algunas composiciones, hacían que fuera prácticamente imposible quedar satisfecho con las interpretaciones, máxime con el infame sonido con que nos obsequiaban. “Here I am” también sufrió esta lacra pero muchos lo pasaban porque se hacían su idea mental de la original y, quieras o no, recordaban viejos tiempos.

Todo hasta llegar al primero de los cortes “nuevos” (o no conocidos), “Stuck inside”, tan contundente como insustancial y aburrido. Para la genial “Piece of me” subieron a una muchacha, imagino que contratada, para hacer unos bailes sugerentes y despojarse de su parte de arriba hasta quedarse en sujetador. No por este hecho sino porque, al menos, se distinguía un poco, ésta fue de las pocas canciones en las que me lo pasé bien. El momentáneo clímax siguió con “18 & life”, un punto de referencia en su carrera. A pesar de alargar el comienzo y de que Jason West perdió un poco el ritmo, Bach la cantó de forma notable, sobre todo en las estrofas.

Como lo destacable fue efímero esta noche, la monotonía retornó con “American metalhead”. Muy mal tiene que estar el repertorio de Sebastian para tener que tirar de un tema del proyecto de uno de sus guitarristas. “American metalhead” es una composición que aparecía en el único trabajo de Painmuseum, “Metal for life”, un disco notable de una formación liderada por Metal Mike. Eso sí, el desconocido vocalista de Painmuseum, Tim Clayborne, le pega cien patadas a Bach en ejecución del corte de marras donde nuestra “rockstar” se dedica lisa y llanamente a pegar berridos.

Tercer y último pasaje de felicidad: “The thread”. Esta maravilla de “Slave to the grind” les quedó fantástica, dentro de las restricciones sonoras de las que venimos hablando en la crónica. No me gustaría dejar de mencionar que Bach me parece un impresentable pero se deja la piel en el escenario. No es el típico que permanece parado sino que se mueve de un lado a otro lo cual, desgraciadamente, repercute en su prestaciones porque al final del show su voz se resiente por el cansancio físico.

De las nuevas que tocó la única que me gustó fue “Love´s a bitchlap” porque recupera el espíritu más roquero de cosas como “Sweet little sister” o “Riot act”. No puedo decir lo mismo de la acústica “By your side”, un engendro infumable con efluvios lejanos a “I remember you”, aderezada con acoples y pitidos masivos, y eso que sólo había guitarra y voz. Quisieron que se olvidara rápidamente este inciso con los acordes de “Monkey business” que hicieron desperezar a la concurrencia. El problema es que la interpretación fue deficiente. Para colmo, en medio metieron otra canción que no lograba adivinar. Inicialmente, pensé en que era del horrible “Subhuman race” pero no, la realidad es que se trataba de una acelerada y mal ejecutada versión del “Godzilla” de Blue Oyster Cult. Por supuesto, nadie se enteró de qué demonios era eso pero se fueron arriba cuando encararon la parte centra de “Monkey business” hasta desembocar en su final, vamos, tan final que los pájaros se marcharon del escenario tras cincuenta minutos de concierto. Demencial.

Como la gente estaba por la labor, empezaron los coros futbolísticos y la banda no tardó en regresar. Incomprensiblemente para mí, fans de las primeras filas obsequiaban a Bach con reverencias. El tío, por supuesto, más contento que unas castañuelas. “You don´t understand” significó la conclusión de las presentaciones en sociedad de los “nuevos fichajes”. “Midnight” me resultó una pequeña y agradable sorpresa pero la voz de Sebastian no andaba ya para muchos excesos a estas alturas. La situación “Spinal tap” del día sucedió cuando Bach comentó que el siguiente tema pertenecía a “Slave to the grind” y empezaron a interpretar una canción que ni dios conocía. El comentario generalizado era: “Ésta en mi disco no está”. Entre el estupor y la indiferencia transcurrieron los siguientes cuatro minutos. Por si alguien no sabe la solución a este enigma diré que se trataba de “Beggar´s day” y sí pertenece a “Slave to the grind” pero sólo dispondrán de ella aquellos que posean la versión estadounidense “Edited” de este álbum porque sustituye a “Get the fuck out”. Es decir, estoy seguro que, de los asistentes, nadie la tiene, con lo cual es una tomadura de pelo más y muestra inequívoca del poco respeto con el que Bach trata a sus fans. Caballero, ¿no tenía otra? Para eso, casi prefiero una nueva. Por lo menos, no se me queda cara de tonto. En fin…

La cosa estaba próxima al adiós pero restaban sus dos singles más celebrados para completar una hora y cuarto de concierto, vaya caradura. Con “I remember you” culminaron la serie de despropósitos: Comienzo alargado, más rápida de lo debido, Bach limitado, el solo inventado… una joyita, vamos. Y sí, el concierto acabó con la memorable “Youth gone wild” que disfruté a mi manera, acordándome del mítico videoclip y pensando cómo una estrella decadente puede creerse aún su papel ante un tercio de sala en un país lejano de su amada Norteamérica (incluyo Canadá, que es su país natal).

Desde luego, no me arrepiento de ir porque tenía la ilusión de ver a Sebastian Bach pero, reitero, no puedo entender cómo hubo gente que salió satisfecha. Pase que sea yo el maniático con las actitudes del tipo pero, objetivamente, ese sonido arruinaría hasta la gira definitiva del hard rock en 1988. Surrealista velada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

http://www.sebastianbach.com

Marco Antonio Romero
Fotografias: David Ortego