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Cuando queremos
intentar justificar lo injustificable
inventamos todo tipo de excusas
para disfrazar la realidad o
sacamos siempre los aspectos
positivos de una situación.
Por el contrario, cuando vamos
predispuestos contra algo, ya
tiene que sorprendernos para
hacer cambiar nuestra opinión
preconcebida. Sé que
esto no se debería hacer
cuando opinamos sobre arte pero,
indudablemente, es así.
Tenía
sentimientos encontrados antes
del concierto de Sebastian Bach.
Uno de los “enfants terribles”
del hard & heavy de finales
de los ochenta, carismático
vocalista de Skid Row y héroe
venido a menos. Me perdí
hace dos años y medio
su actuación en Madrid
por un compromiso ineludible.
No me hablaron maravillas pero
reconozco que mi interés
por verle era grande. Los dos
primeros álbumes de Skid
Row me parecen increíbles
y, en disco, este hombre me
parecía un portento,
en especial en las baladas.
No soy demasiado amigo de los
lentos pero “I remember
you”, “18 &
life” o “Wasted
time” estarían
entre mis favoritas dentro de
este género. Sin embargo,
había unos contras bastantes
acusados que me hacían
prever una catástrofe.
Este tío va por la vida
de rock star aunque hace tiempo
que su estrella declinó.
Su actitud chulesca es deplorable
y, por ejemplo, la imagen que
ofreció en el reality
“Supergroup” fue
tan patética que, a su
lado, un redneck como Ted Nugent
parecía un miembro de
la Real Academia de la Lengua.
¡Qué lástima!
A todo esto
se une que desde que se largó
de la banda que le dio la fama
no ha hecho absolutamente nada…
bueno, esto no es del todo exacto
porque el colega sacó
el directo “Bring´em
Bach alive” con un par
de temas inéditos, el
DVD “Forever wild”
que es una curiosidad más
que otra cosa y el disco con
The Last Hard Men, bodrio sólo
comparable a “Thickskin”
y “Revolutions per minute”
de sus ex compañeros.
Eso sí, lleva un siglo
anunciando “Angel down”,
su nueva obra que nunca termina
de aparecer. Es decir, que lo
más interesante que ha
hecho en una década es
su aparición en la serie
“Las chicas Gilmore”.
Claro que esta inactividad supone
más canciones clásicas
que echarnos a la boca que,
a fin de cuentas, era el objetivo.
Con todas estas
tribulaciones, nos acercamos
a Macumba. Al entrar en la sala,
comprobamos la poquísima
gente que había acudido
a la velada. En el momento álgido,
no más de quinientas
o seiscientas almas. En parte,
es lógico, entre semana,
verano y demás, aunque,
como siempre digo, “si
quieres, puedes”, no valen
las excusas. Eso sí,
visto lo visto casi hicieron
bien aquellos que prefirieron
ahorrarse el dinero.
La hora prevista
de inicio eran las nueve, sin
teloneros, pero los minutos
caían como losas y el
cansancio de la jornada laboral
iba pesando cada vez más.
Al final, una hora nos hizo
esperar el señorito.
Eso sí, allí no
hubo ni una prueba ni un ajuste
de sonido ni nada que se le
pareciese salvo instantes antes
que se probó el micrófono
de Bach. ¿Cuál
fue el resultado de todo esto?
Que cuando
apareció el quinteto
para atacar la genial “Slave
to the grind” aquello
era un amasijo infumable en
el que no se distinguía
nada. ¡Una vergüenza!
Vaya manera de fastidiar el
asunto. Allí no se podía
disfrutar, es que era imposible
porque no reconocías
las estrofas ni los riffs. Incluso,
a la estrellita había
que intuirla en estas primeras
canciones. “Big guns”
continuó el show después
del saludo inicial. Ya, de principio,
pudimos observar las evoluciones
en escena de cada miembro del
grupo. En general, no tienen
ningún protagonismo,
ni tan siquiera “Metal”
Mike Chlasciak al que consideraba
un elemento más importante.
El otro guitarrista Johnny Chromatic
tiene como principal labor apoyar
en los coros, además
de repartirse los solos. Rob
De Luca, al bajo, es el “marginado”
porque queda en segundo plano
aunque también hace voces
y el batería Jason West
no está a la altura del
lesionado Bobby Jarzombek. Conclusión,
que por si cabía un mínimo
resquicio, viendo las prestaciones
de estos sujetos era evidente
que la imponente figura de Sebastian
resalta muy por encima del resto.
Aunque en estos
inicios tampoco se pudo apreciar
bien, considero que, en general,
no anda demasiado mal de las
cuerdas vocales pero hace lo
posible por no demostrarlo.
Apoyo esta afirmación
en que cuando no forzaba ni
hacía bobadas Bach sí
recordaba al de 1989. Sin embargo,
se perdía en agudos sin
sentido, gritos inapropiados
y demás circunstancias
que, unidas al cambo de tempo
en algunas composiciones, hacían
que fuera prácticamente
imposible quedar satisfecho
con las interpretaciones, máxime
con el infame sonido con que
nos obsequiaban. “Here
I am” también sufrió
esta lacra pero muchos lo pasaban
porque se hacían su idea
mental de la original y, quieras
o no, recordaban viejos tiempos.
Todo hasta
llegar al primero de los cortes
“nuevos” (o no conocidos),
“Stuck inside”,
tan contundente como insustancial
y aburrido. Para la genial “Piece
of me” subieron a una
muchacha, imagino que contratada,
para hacer unos bailes sugerentes
y despojarse de su parte de
arriba hasta quedarse en sujetador.
No por este hecho sino porque,
al menos, se distinguía
un poco, ésta fue de
las pocas canciones en las que
me lo pasé bien. El momentáneo
clímax siguió
con “18 & life”,
un punto de referencia en su
carrera. A pesar de alargar
el comienzo y de que Jason West
perdió un poco el ritmo,
Bach la cantó de forma
notable, sobre todo en las estrofas.
Como lo destacable
fue efímero esta noche,
la monotonía retornó
con “American metalhead”.
Muy mal tiene que estar el repertorio
de Sebastian para tener que
tirar de un tema del proyecto
de uno de sus guitarristas.
“American metalhead”
es una composición que
aparecía en el único
trabajo de Painmuseum, “Metal
for life”, un disco notable
de una formación liderada
por Metal Mike. Eso sí,
el desconocido vocalista de
Painmuseum, Tim Clayborne, le
pega cien patadas a Bach en
ejecución del corte de
marras donde nuestra “rockstar”
se dedica lisa y llanamente
a pegar berridos.
Tercer y último
pasaje de felicidad: “The
thread”. Esta maravilla
de “Slave to the grind”
les quedó fantástica,
dentro de las restricciones
sonoras de las que venimos hablando
en la crónica. No me
gustaría dejar de mencionar
que Bach me parece un impresentable
pero se deja la piel en el escenario.
No es el típico que permanece
parado sino que se mueve de
un lado a otro lo cual, desgraciadamente,
repercute en su prestaciones
porque al final del show su
voz se resiente por el cansancio
físico.
De las nuevas
que tocó la única
que me gustó fue “Love´s
a bitchlap” porque recupera
el espíritu más
roquero de cosas como “Sweet
little sister” o “Riot
act”. No puedo decir lo
mismo de la acústica
“By your side”,
un engendro infumable con efluvios
lejanos a “I remember
you”, aderezada con acoples
y pitidos masivos, y eso que
sólo había guitarra
y voz. Quisieron que se olvidara
rápidamente este inciso
con los acordes de “Monkey
business” que hicieron
desperezar a la concurrencia.
El problema es que la interpretación
fue deficiente. Para colmo,
en medio metieron otra canción
que no lograba adivinar. Inicialmente,
pensé en que era del
horrible “Subhuman race”
pero no, la realidad es que
se trataba de una acelerada
y mal ejecutada versión
del “Godzilla” de
Blue Oyster Cult. Por supuesto,
nadie se enteró de qué
demonios era eso pero se fueron
arriba cuando encararon la parte
centra de “Monkey business”
hasta desembocar en su final,
vamos, tan final que los pájaros
se marcharon del escenario tras
cincuenta minutos de concierto.
Demencial.
Como la gente
estaba por la labor, empezaron
los coros futbolísticos
y la banda no tardó en
regresar. Incomprensiblemente
para mí, fans de las
primeras filas obsequiaban a
Bach con reverencias. El tío,
por supuesto, más contento
que unas castañuelas.
“You don´t understand”
significó la conclusión
de las presentaciones en sociedad
de los “nuevos fichajes”.
“Midnight” me resultó
una pequeña y agradable
sorpresa pero la voz de Sebastian
no andaba ya para muchos excesos
a estas alturas. La situación
“Spinal tap” del
día sucedió cuando
Bach comentó que el siguiente
tema pertenecía a “Slave
to the grind” y empezaron
a interpretar una canción
que ni dios conocía.
El comentario generalizado era:
“Ésta en mi disco
no está”. Entre
el estupor y la indiferencia
transcurrieron los siguientes
cuatro minutos. Por si alguien
no sabe la solución a
este enigma diré que
se trataba de “Beggar´s
day” y sí pertenece
a “Slave to the grind”
pero sólo dispondrán
de ella aquellos que posean
la versión estadounidense
“Edited” de este
álbum porque sustituye
a “Get the fuck out”.
Es decir, estoy seguro que,
de los asistentes, nadie la
tiene, con lo cual es una tomadura
de pelo más y muestra
inequívoca del poco respeto
con el que Bach trata a sus
fans. Caballero, ¿no
tenía otra? Para eso,
casi prefiero una nueva. Por
lo menos, no se me queda cara
de tonto. En fin…
La cosa estaba
próxima al adiós
pero restaban sus dos singles
más celebrados para completar
una hora y cuarto de concierto,
vaya caradura. Con “I
remember you” culminaron
la serie de despropósitos:
Comienzo alargado, más
rápida de lo debido,
Bach limitado, el solo inventado…
una joyita, vamos. Y sí,
el concierto acabó con
la memorable “Youth gone
wild” que disfruté
a mi manera, acordándome
del mítico videoclip
y pensando cómo una estrella
decadente puede creerse aún
su papel ante un tercio de sala
en un país lejano de
su amada Norteamérica
(incluyo Canadá, que
es su país natal).
Desde luego,
no me arrepiento de ir porque
tenía la ilusión
de ver a Sebastian Bach pero,
reitero, no puedo entender cómo
hubo gente que salió
satisfecha. Pase que sea yo
el maniático con las
actitudes del tipo pero, objetivamente,
ese sonido arruinaría
hasta la gira definitiva del
hard rock en 1988. Surrealista
velada.
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