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¿Cuáles
son los factores que determinan
la percepción de un concierto
en cada persona que acude? Indefectiblemente
hay razones individuales que
condicionan una opinión
y, para qué negarlo,
la objetividad no existe pero
me resulta curioso como sistemáticamente
hay gente que hay vivido actuaciones
memorables, día sí,
día también. Es
evidente que aquel que escribe
sobre un evento no debe “poner
a parir” algo sin una
razón porque, como siempre
digo, todo aquel que se sube
al escenario merece mi más
absoluto respeto, pero no podemos
hacer la crónica edulcorada,
aquella típica de “bueno,
no estuvo mal; la gente se lo
pasó bien,…”
por seguir consiguiendo una
acreditación, ganar el
favor del artista o la palmada
en la espalda del “promocionero”
de la discográfica de
turno. Es uno de los males endémicos
del periodismo roquero de este
bendito país pero bueno,
las luchas contra molinos de
viento se las dejamos a don
Miguel de Cervantes Saavedra.
Tenía
miedo de cómo iba a responder
Sherpa. En el álbum en
vivo que acompaña a “El
rock me mate” asoman todas
las carencias de un tipo cincuentón
aunque, como nos comentó
en la entrevista que le hicimos,
aquello fue una grabación
sin trampa ni cartón,
en una toma y con unas taras
que hicieron de la descarga
en Copérnico una velada
peculiar. Para esta ocasión,
nos citaron en otro castizo
barrio de Madrid, Embajadores
y su clásica sala Caracol,
de capacidad más o menos
similar. El local no llegó
a registrar un lleno absoluto
pero sí que la entrada
fue bastante digna, más
de cuatrocientas personas y
un montón de amigos del
veterano músico.
Sin teloneros,
poco después de las diez
de la noche, el telón
rojo se corrió y el cuarteto
saltó a las tablas. La
formación, la habitual
últimamente con Raúl
Rodrigo, guitarras y voces,
el ex Topo Luis Cruz también
a la guitarra, y el gran Hermes
Calabria detrás de la
batería. Asimismo, y
dada la importancia de este
instrumento en algunos temas,
se subió un chaval muy
joven de Barcelona (creo recordar
que se llamaba Jordi) que tuvo
el mérito de tocar las
canciones casi sin haber ensayado
con el esto, como el propio
Sherpa se encargó de
loar. No obstante, es él,
José Luis Campuzano en
la “vida real”,
quien dirige y comanda las operaciones.
“Guerrero
en el desierto” abrió
la actuación. El sonido
era regular tirando a malo,
circunstancia que se repitió
hasta que el show terminó.
La guitarra de Raúl quedaba
tapada por la de Luis y la voz
de Sherpa se ahogaba entre la
música. La gran incógnita
se cernía sobre el estado
de la garganta de Campuzano.
Como al principio había
que intuirlo lo dejé
en empate técnico porque
se defendía si bien no
llegaba, ni mucho menos, a los
tonos más exigentes.
Veríamos a ver en el
resto y, sobre todo, con los
temas de Barón Rojo.
Las guitarras
pesadas y poderosas de “Ángeles
de la ira” sirvieron de
presentación de “El
rock me mata”. Así
como “Guerrero en el desierto”
tiene un aire de “Sabina
metalizado”, “Ángeles
de la ira” es puro heavy,
moderno, cañero y contundente.
En “Ser libre” Sherpa
sufrió en el estribillo
porque es una octava superior
a su registro habitual. A diferencia
de lo que ocurrió en
Copérnico en diciembre
de 2006, ahora hay más
canciones que interpretar por
lo que el repertorio iba a estar
equilibrado al 50% entre actuales
y clásicos. Claro que
ya podemos considerar “Flor
de invernadero” como un
pequeño clásico
porque la audiencia la coreó
con muchas ganas, un público
entregado a su adorado Sherpa,
consciente de las limitaciones
y perdonándole gallos
y algún que otro ahogo.
A esto es a lo que me refiero
al hablar de la psique del asistente
a un concierto. Yo mismo soy
más generoso con unos
que otros pero tratando de no
perder la perspectiva.
La tercera
de las composiciones estrella,
en mi opinión, de “Guerrero
en el desierto”, “Cómico
cósmico”, fue de
las que mejor les quedó
por ese aire vacilón
e irónico que le confiere
José Luis. Después
de un buen rato de amable espera,
por fin los ecos del pasado
aparecieron en Caracol, primero
con la instrumental “El
Barón vuela sobre Inglaterra”
ligada con “Campo de concentración”,
eso sí, en el formato
que aparece en la revisión
que hacen en “El rock
me mata” más fácil
para la voz de Sherpa. De nuevo
en este disco pero esta vez
con un corte reciente, el cuarteto
encaró la fantástica
“Yo por ti” que
quedó un tanto deslucida
por la ausencia de las preciosas
guitarras acústicas que
sí se escuchaban en el
álbum. Una pena porque
es muy emotiva y conecta bien
con sus seguidores en lo que
fue el paso previo a una de
las más celebradas, “Concierto
para ellos”.
Una mínima
reflexión sobre este
tema. Nunca ha sido de mis preferidas
de un trabajo casi prefecto
como “Volumen brutal”
(sólo “Hermano
del rock and roll” quedaría
por debajo) pero viendo por
primera vez a Sherpa, y en concreto
en esta canción, comprendí
que si ambas facciones tienen
que seguir subiéndose
a un escenario (cosa discutible),
por muy mal que esté
de voz, elijo a Sherpa por encima
de Carlos de Castro para las
composiciones del binomio José
Luis Campuzano – Carolina
Cortés. Será un
renegado, un desertor, un oportunista,
estará acabado,…
todo lo que se le quiera vilipendiar
pero dentro de lo poco que les
queda a los dos como vocalista,
no hay color.
Luis Cruz acaparó,
entonces, todo el protagonismo
y en un breve, melancólico
y más bien intrascendente
sólo ocupó el
espacio de tiempo necesario
para que Campuzano descansara.
Así, Cruz dibujó
las primeras notas de “Hijos
de Caín” ante el
aplauso general ya que las baladas
son las tesituras más
típicamente Sherpa que
encontramos en Barón
Rojo. Dentro de su precario
estado, se defiende más
que dignamente en las estrofas
y eso que ganamos los que acudimos
a Caracol. No tan afortunada,
como ya ocurriera en “Guerrero
del desierto”, es la versión
del clásico del Mississippi,
“The house of the rising
sun”, una de las más
grandes canciones de la historia,
en la que, simplemente, la banda
y el vocalista son incapaces
de alcanzar las mínimas
cotas de feeling para no sucumbir
ante ella.
No obstante,
la gran sorpresa de la noche
fue “Tierra de nadie”.
No la esperaba ni por asomo
y cuando Sherpa la anunció
muchos sonreímos. Me
parecía impensable escucharla
jamás siendo una de mis
preferidas de los Barones. La
interpretación musical
fue solo correcta y José
Luis estuvo regular pero la
verdad es que no me importó
en exceso (a diferencia de otras)
porque “Tierra de nadie”
es una joya que hoy ha quedado
un tanto en el olvido por no
estar entre los cuatro primeros
discos de Barón Rojo,
algo similar, aunque aún
más acusado, a lo que
sucede con “Hijos del
blues” de “Desafío”.
Después
de la épica, volvió
la caña con temas más
reciente como la poderosa y
rápida “El fuerte
eres tú” o la excelente
“Ajedrez mortal”
en la que Sherpa patinaba un
tanto al no engarzar bien estrofa
y estribillo. Con todo, quizá
esta parte fue la más
interesante del concierto. Se
anunció que era el momento
de concluir el show, probablemente
con el tema emblema de un movimiento
como el heavy metal en nuestro
país, “Resistiré”,
en el que las cuerdas vocales
de Sherpa no daban para más
y tenía que recitar,
más que cantar, una parte.
Mientras se
despedía para hacer los
correspondientes bises llegó
el instante Spinal Tap de la
noche… ¿He dicho
Spinal Tap? ¡No! Me niego
a que este personaje pueda tener
un calificativo relacionado
con tan gloriosa película.
Quien ejerció de presentador,
compareció de nuevo ante
las tablas en un estado de embriaguez
vergonzante e intentó
decir alguna frase de su amigo.
Era tan patética la situación
que era incapaz de articular
tres palabras coherentes seguidas.
Lo que al principio le hizo
gracia a alguno terminó
siendo bochornoso y lamentable.
El hecho de ver a un tipo que
no cumple los cincuenta, que
no niego que tuviera importancia
en este género desde
su micrófono pero que
está acabado por mucho
que tenga su cadena de radio,
página web y organice
conciertos. Un tipo que arruinó
la carrera de unas cuantas formaciones
y que todavía desde sectores
como todas las discográficas,
distribuidoras, músicos
y demás se le siga rindiendo
pleitesía, lo único
que denota es el derecho de
pernada que todavía existe
en este país con Marianos,
Mariscales, Piratas,…
Dime con quien andas…
Visto lo visto,
el cuarteto ni se bajó
del escenario atacando “A
los rebeldes de corazón”,
el tema calimochero de “El
rock me mata” y buen homenaje
indirecto al individuo que acababa
de desaparecer del centro pero
que permanecía aún
en las escaleras que dan acceso
al escenario. “Los roqueros
van al infierno” recuperó
un tanto la compostura con muchos
colegas de toda la vida abrazando
en esa especie de comunión
metálica cañí
que culmina con el mítico:
“Mi rollo es el rock”.
Entre vítores y gritos
de “Sherpa, Sherpa”
Campuzano, Calabria, Cruz y
Rodrigo encararon el pasillo
hacia el camerino en lo que
había sido un concierto
irregular de casi dos horas
de duración.
Sin embargo,
el público quería
más y no me percaté
hasta que volvieron de que faltaba
un tema fundamental, quizá
mi preferida de Barón
Rojo, “Siempre estáis
allí”, ejecutada
con menos acierto que en el
disco en directo. Ya sí,
para decir adiós, la
versión del “Jumpin´
jack flash” de The Rolling
Stones que, la verdad, se la
podían haber ahorrado.
Ciento treinta
minutos de descarga que me deja
dudas, muchas dudas. Creo que
Sherpa en directo está
bastante peor que el nivel compositivo
que nos ha demostrado en sus
dos obras de estudio. Una vez
saciada mi hambre de escuchar
algunas de las canciones que
han marcado mi vida por quien
las interpretó originalmente,
me cuesta imaginarme de nuevo
en una actuación de José
Luis Campuzano y su banda. Tal
vez una segunda oportunidad
pero no me gustaría que
la cosa acabara como con sus
ex compañeros, que casi
me niego a verlos aunque los
tenga delante.
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