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Muchas veces
me siento como una rata guiada
por el sonido embaucador del
flautista de Hamelyn. No entiendo
las razones concretas pero hay
algo que me lleva a acudir a
conciertos que, teóricamente,
me interesan poco. La pasión
por la música en directo
o algún pequeño
idilio, aunque fuera efímero
y pasado, por el grupo de turno,
hacen que mueva el culo de mi
casa y decida que la vida social
puede pasar a un segundo plano
con tal de escudriñar
la posibilidad de que tal o
cual conjunto vaya a regalarnos
una buena noche de metal. Esta
vez había eximente porque
en Madrid se celebraba “La
Noche en Blanco”, evento
infame destinado a que toda
la población, como borregos,
cope las calles hasta altas
horas de la madrugada con un
pretexto cultural. Luego dirán
que ha sido un éxito
y nosotros, incautos, nos lo
creemos. Veríamos a ver
cuántos acuden con regularidad
a museos, teatros y demás.
De verdad, que a veces pienso
que a la masa le mola chuparse
unas colas de narices y estar
todo apretados. En fin…
Nosotros, a
lo nuestro, que era la gira
española de los noruegos
Sirenia. Como todo el mundo
sabe, o debería saber
si le interesa algo el combo
liderado por Morten Veland,
la nueva vocalista del grupo
es una compatriota, Pilar Giménez,
más conocida como Ailyn,
en cuyo currículo siempre
constará que fue concursante
de la primera edición
de “Factor X”, el
reality/concurso de Cuatro del
que, por ejemplo, también
salió la actual cantante
de La Oreja de Van Gogh. Digo
esto porque algunos medios especializados
le han comentado a la muchacha
“lo de Factor X mejor
no lo comentamos, ¿no?”
y en esta vida lo peor que se
puede ser es renegado. Los heavies,
o muchos de ellos (que generalizar
acarrea injusticia), nos quejamos
y ponemos el grito en el cielo
cuando alguno de nuestro ídolos
se cambia de acera y raja del
estilo que tanto amamos (¿Lars
Ulrich en 1997?). Por eso, me
choca ver a pseudo compañeros
de prensa haciendo alusiones
de éstas. Pues oye, si
la chica quiso entrar ahí,
nadie le pondría una
pistola en el pecho.
Sea como fuere,
se había generado cierta
expectación que, en la
práctica, no se vio materializada.
Caracol presentó un aspecto
decente pero, ni mucho menos,
se llenó. Aproximadamente,
trescientas personas acudieron
a escuchar en vivo los temas
de un grupo sospechoso, como
después comentaremos.
Unos cuantos de los asistentes
vinieron de Albacete, lugar
de procedencia de los teloneros
Niobeth, que acompañan
a Sirenia en todas las fechas
por nuestro país, aportando
la batería y, supongo,
algo de backline. En estas páginas
comentamos su debut, “The
shining harmony of universe”,
del que comentábamos
que era un trabajo en el que
se vislumbraban ideas que solo
se concretaban a medias, destacando
la labor de Itea Benedicto en
las voces operísticas
(en ocasiones, exageradas) y
el multiinstrumentista Santi.
No era la primera vez que actuaban
en Madrid pero sí, probablemente,
su cita más importante.
Por eso, cuando
se abrió el telón
y saltaron a las tablas, se
les vio un tanto nerviosos,
al menos eso noté yo.
Quizá Itea era la que
más dominaba la situación,
si bien tiene el síndrome
de todas las vocalistas femeninas
de este estilo cuando no cantan,
y es que no saben qué
hacer en el escenario. En su
caso, es más atemperado
que en otros pero también
sucede. Con todo, esto no sería
grave si no fuera porque esta
noche Niobeth no estuvieron
excesivamente atinados. Así
como cuando hay que loar las
cosas (como las buenas intenciones
del álbum) se hacen y
nos alegra, sería muy
cobarde no señalar esto
porque estoy seguro que ellos
saben que han tenido noches
mejores. En primer lugar, el
sonido me pareció deficiente.
Es de esos casos en que todos
los instrumentos se oyen pero
la mezcla no encaja por ninguna
parte, tanto que esa sensación
que tenía en estudio
de que Itea iba por un lado
y la música por otro,
se multiplicó por tres.
Otro factor que ayudó
a que mi impresión no
fuera positiva fue que en cada
cambio de ritmo se perdían,
no sé si era culpa del
baterista Alberto Trigueros
(en teoría, él
debe ser el “metrónomo”
del resto) o qué, pero
tardaban en volver al tempo
adecuado creando un popurrí
molesto.
El repertorio
se basó, lógicamente,
en “The shining harmony
of universe” del que interpretaron
unas cuantas canciones en los
cuarenta y siete minutos que
duró su actuación.
Como digo, tardaron en hacerse
al escenario por lo que “Tell
me lord”, una de las mejores
composición del grupo,
perdió ese feeling épico
que me encantaba en el disco.
“Secrets” empezó
a enderezar el rumbo y con “Queen
of the night Aria”, la
pieza de “La Flauta Mágica”
de Mozart de la que hacen una
versión, alcanzaron un
nivel aceptable. Como siempre,
Itea desplegó su catálogo
de gorgoritos en esta buena
revisión. Jesús
tomó la palabra para
comentar que en estos días,
su álbum había
sido editado en Japón.
No sé si habrá
tenido algo que ver el hecho
de que se atrevieran con una
canción en el idioma
nipón, “Kowasani
furuete”, que aparecía
como bonus track y es una adaptación
de otro de sus temas, “A
frightening shiver”.
En la última
parte de la actuación,
Santi Tejedor dejó un
poco sus teclados para tocar
la gaita en “Reflected
light´s garden”
y el violín en la breve
“The awakening”,
paso previo a la despedida “The
whisper of rain”, tema
del que han grabado un vídeo.
Algo más de tres cuartos
de hora y una sensación
agria la que me dejaron Niobeth.
No me parecieron que en directo
tengan aún las tablas
requeridas y que les darían
el empujón para ascender
dentro del panorama patrio.
Quizá fue producto de
un día aciago (repito
que salvo en el caso de Itea
que estuve bien) pero en Caracol
no lucieron sus mejores galas.
Esperemos verles en otra ocasión
para corroborar eso de que hasta
el mejor escribano hace un borrón.
Una vez que
los incondicionales de los manchegos
descansaron, las primeras filas
se fueron copando de un público
que, hasta entonces, había
permanecido disperso por todo
el local. Mientras veíamos
en una pantalla como el Barça
masacraba al Atlético
de Madrid charlábamos
sobre el devenir de Sirenia
en sus ocho años de carrera,
desde que Morten Veland abandonara
Tristania para buscar un proyecto
muy similar. Si comparamos,
sus ex compañeros han
ido a la deriva pero tampoco
pienso que Sirenia, salvo en
su debut “At sixes and
sevens”, fueran mucho
más allá. Sin
ir más lejos, su último
álbum, “The 13th
floor”, es un disco que
no está mal pero que
incide en lo que Morten ha querido
hacer con Sirenia cosa que,
personalmente, no me agrada.
Me refiero a una banda de metal
con voz femenina al uso. En
“At sixes and sevens”,
Fabienne Gondamin no tenía
una voz tan “popera”
como Monika Pedersen o la propia
Ailyn. Además, Veland
cantaba mucho más, si
bien en “The 13th floor”
ha recuperado un poco este apartado.
Mis expectativas
previas al concierto eran nulas,
lo reconozco. ¿Por qué?
He visto anteriormente a los
noruegos. En Madrid vinieron
a presentar su debut, junto
a Trail Of Tears, Battlelore
y, creo recordar, Nightmare.
No estuvieron mal pero resultaron
ser un grupo muy frío.
Además, eso de que no
suenen en vivo todos los instrumentos
y vayan bastantes cosas enlatadas,
buff, me tira para atrás.
Posteriormente, llegó
el Graspop 2007 y la cosa empeoró.
Aguanté dos canciones
viendo las horribles prestaciones
de Monika y lo desenchufados
que estaban el resto de miembros.
Por fin, había pasado
un cuarto de hora de las diez
de la noche cuando se apagaron
las luces, nos olvidamos del
Camp Nou y con aplausos, pero
sin excesos, apareció
el cuarteto en Caracol. ¿Cuarteto?
Pues sí, porque estaban
Ailyn, Morten, el guitarra solista
Michael Krumins (ex Green Carnation)
y el batería Jonathan
Pérez que ha permanecido
fiel a Veland todo este tiempo.
Me sorprendió
que comenzaran con “The
path of decay”, el single
del que grabaron un vídeo.
No obstante, es una buena manera
de conectar con una audiencia
que, ahora sí, reaccionó
con calor. El sonido no era
malo pero, recapitulemos: bajo,
teclados, coros y alguna segunda
voz de Ailyn, ¡todo sampleado!
Estamos acostumbrados pero es
que tantas cosas es demasiado.
Daba la impresión de
ser una especie de karaoke con
un par de melenudos acompañando.
Además, es curioso porque
Morten es un tío muy
soso. En cierta medida, le comparo
con Christopher Johnsson de
Therion. Ambos son el epicentro
compositivo y alma mater de
sus respectivas formaciones
pero se limitan a la guitarra
rítmica y a la voz (Christopher
ya no). La diferencia es que
el sueco es mucho más
activo que el noruego. Sin embargo,
su compañero Michael
Krumins es lo contrario. Pone
tantas posturitas que queda
un poco ridículo en contraposición.
¿Y Ailyn? Bueno, pues
como cantante no está
mal. Tiene problemillas en los
tonos agudos más altos
pero, en general, cumple por
su bonito timbre, no muy potente
pero agradable de escuchar.
El concierto
fue de perfil bajo. Sirenia
ofrecieron lo que se espera
de ellos y, personalmente, esperaba
un nivel de tres sobre diez,
y así lo calificaría.
No son, ni mucho menos, unos
“animales de escenario”.
Es más, su directo ha
de calificarse como pobre pero
los fans del grupo seguramente
disfrutaron más que yo
con una selección de
temas bastante previsible pero
no por ello acertada. Empezaron
amagando porque después
de “The path of decay”
llegaron “Sundown”
de “Nine destinies and
a fall” y la notable “Euphoria”
extraído de “An
elixir of existence”,
es decir, parecía haber
vocación de equilibrar
el repertorio pero la realidad
es que parecía bis a
bis entre “The 13th floor”
y “Nine destinies…”.
De esta forma, a las tres mencionadas
le siguieron “Absent without
leave” y “The seventh
summer”. Esta última
me gustó mucho; de entre
las nuevas, la destacaría
del resto. Por cierto, no querría
dejar de comentar lo “filtrada”
que estaba la voz de Morten.
No digo que fueran samplers
pero algún efecto tenía
que utilizar fijo porque sonaba
muy metalizada.
Ailyn estuvo
casi callada hasta que el “jefe”
la dejó dirigirse a la
gente. Como el público
latino es agradecido, se aplaudió
mucho a la chica. Hasta entonces,
Veland había presentado
las canciones. Esto un nórdico
nunca lo entenderá pero
ya que tienes una española
como vocalista tocando “en
casa” déjala protagonismo,
campeón. “Star
crossed” nos volvió
a llevar, momentáneamente,
a “An elixir for existente”
pero pronto continuaron con
“One by one” y una
“Lost in life”,
caso evidente de lo que comentaba
respecto a “The 13th floor”.
Es una buena canción,
sin duda, pero es demasiado
suave para lo que yo preferiría
que fueran Sirenia. Lógicamente,
no soy quién para decirle
a Morten nada y él sabrá
lo que hace con su grupo pero
claro, no me extraña
que la mayoría de los
seguidores de los inicios les
hayan dejado, siendo significativo
comprobar cómo la fantástica
“Meridian”, primera
parada en “At sixes and
sevens” fue recibida con
indiferencia, cuando no desconocimiento.
Paralelamente,
otras cosas como “Downfall”
o la reciente “Led astray”
parecían más “clásicas”
dentro del grupo. Menos mal
que cuando Veland dijo “the
next one is called “Sister…”
bastantes asistentes respondieron
“…nightfall”
porque, de lo contrario, menudo
papelón. Composición
accesible para muchos públicos,
el acercamiento a la comercialidad
que hicieron Sirenia me pareció
más inteligente y atractivo
que el actual, pero vamos, no
quiero ser pesado. A Ailyn se
la escuchó muy de fondo
aunque el papel principal lo
tomó Veland que, al concluir,
se despidió de los fans
agradeciendo su presencia. Habían
sido setenta minutos pelados,
bien aprovechados y un tanto
insulsos pero que dejaron a
la audiencia con ganas de más.
Aunque durante el sow tampoco
habían derrochado pasión
(la banda tampoco hizo mucho,
salvo Ailyn, y pienso que forma
errónea en un concierto
de metal), el público
se vino arriba y gritó
para que Sirenia regresaran
a Caracol.
No se hicieron
esperar demasiado y para el
bis habían reservado
un par de temas de “Nine
destinies and a fall”,
como el single “My mind´s
eye” y “The other
side”, de las más
celebradas, y dijeron adiós
de forma casi abrupta con “Lithium
and a lover”. Incluso,
la propia Ailyn miró
a los demás sorprendida…
pero Morten esperaba una segunda
reacción popular para
salir de nuevo. Tuvo la suerte
que se produjo de forma inmediata
por lo que nos ofrecieron un
segundo bis, en esta ocasión
compuesto únicamente
por “The lucid door”,
para mí, incomprensible
porque se trata de otro corte
nuevo, manera extraña
de cerrar una actuación
que, reitero, supongo que a
sus seguidores más enfervorizados
les gustaría pero que
a mí me pareció
un ejercicio de impotencia por
parte de un grupo destinado
a grabar discos muy por encima
de ser un combo diseñado
para los directos.
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Sirenia


Niobeth





Sirenia




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