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Ahora que
está tan de moda el asunto
de la memoria histórica,
para encarar la crónica
de este concierto las primeras
palabras que me han venido a
la mente hacían referencia
a este concepto. Tiremos de
almanaque. La última
ocasión que Sonata Arctica
aparecieron por Madrid para
tocar la cosa terminó
en semi escándalo. Venían
de teloneros de Nightwish en
la gira del “Once”,
el evento estaba programado
en La Cubierta de Leganés
y ya dentro del recinto se anunció
que los muchachos finlandeses
no iban a poder descargar esa
noche. Rumores y especulaciones
de todo tipo nos encaminaron
hacia la teoría del uso
y abuso del alcohol. Nunca se
confirmó pero, de ser
cierto, Sonata se comportaron
de forma impresentable.
Pues bien,
el público, siempre soberano,
parece haber perdonado a Tony
Kakko y secuaces porque las
entradas para la gira volaron,
teniendo la promotora que reubicar
el tour desde la pequeña
Heineken a un sitio tres o cuatro
veces más grande como
La Riviera que presentó
un aspecto excepcional con aproximadamente
dos mil fans, en su mayoría
bastante jóvenes, ávidos
de euro power metal. Además,
a priori, el cartel era apetecible
porque Epica venían con
nuevo disco debajo del brazo
y en línea ascendente
de popularidad, y Ride The Sky
traían como baza principal
a Uli Kusch, ex Masterplan,
Helloween y en sus tiempos mozos,
Holy Moses.
Sin ser un
grupo que me apasione, salvo
su glorioso debut “Ecliptica”,
era mi sexto concierto de Sonata
Arctica. No obstante, sin gustarme
en exceso “Unia”,
me preguntaba cuál sería
la reacción de los seguidores
y si esas composiciones, salteadas
y con sonido en vivo, vislumbrarían
mayor potencial que en estudio.
Tampoco Epica están entre
mis preferidos, aunque más
que Sonata, pero también
llevo un número alto
de shows de los holandeses que,
encima de las tablas, sí
que muestran prestaciones importantes
como la última vez que
tocaron en Caracol donde ofrecieron
un notable recital.
Fueron Ride
The Sky los encargados de abrir
la velada cuando aún
la gente estaba accediendo a
la discoteca. Pocos minutos
después de las siete,
el quinteto sueco germano atacó
“New protection”
con un sonido flojo que se fue
corrigiendo hasta llegar a aceptable.
El problema de estos compases
iniciales es que los teclados
casi ni se oían cuando
en este tema son fundamentales.
El grupo, capitaneado por los
hermanos Larsson y con Kusch
detrás del kit de batería,
practica un euro power metal
melódico con algún
que otro toque de hard escandinavo.
La banda en
sí, salvo el guitarrista
Benny Jansson, es un tanto insulsa
en sus movimientos. El vocalista
Bjorn Jansson no es lo que se
dice un tipo carismático.
Canta correctamente, aunque
sus registros no son de mi agrado,
pero su presencia es casi anecdótica.
Benny, por su parte, sí
que hace más posturitas
pero, entiéndaseme, me
parece un poco triste (en sentido
literal, no en la acepción
de lamentable o penoso) que
un hombre que no creo que ya
cumpla los cuarenta le ponga
poses a niños de dieciocho
o veinte años aunque,
reitero, es una reflexión
personal y no tiene por qué
ser compartida.
Todo esto,
y que sus composiciones tampoco
me parecen la repera, contribuyó
a que en su media hora de actuación,
Ride The Sky llegaran a aburrirme.
Canciones como “A smile
from heaven´s eye”,
“The prince of darkness”
o “Black cloud”
no me dicen absolutamente nada
y las únicas que de verdad
me apetecía escuchar,
la mencionada “New protection”
y “Silent war”,
pasaron desapercibidas, fuera
por el sonido, la falta de garra
o simplemente por mi culpa,
que de todo habrá. La
gente les aplaudió con
fuerza pero tampoco vibraron
con una actuación bastante
fría que me deja dudas
sobre la viabilidad del grupo.
Que Epica son
una realidad del panorama europeo
creo que no lo niega nadie,
independientemente que le gusten
más o menos. Eran los
que más ganas tenía
de ver por varios motivos: Nuevo
disco, “The divine conspiracy”,
bien acogido pero con alguna
voz discordante, poner un contrapunto
a Ride The Sky y Sonata Arctica,
y, por qué no, observar
si la química personal
perdida de Simone Simons y Mark
Jansen ha afectado a sus presentaciones
sobre las tablas.
Cuando les
vimos en la gira de “Consign
to oblivion” como cabezas
de cartel, nos causaron notable
impresión, además
de currarse un repertorio que
casi abarcó la totalidad
de sus dos primeras obras. Aun
con el disco recién editado,
estaba casi seguro que se centrarían
en él con lo que yo,
aún no muy familiarizado
con “The divine conspiracy”,
quedaría un tanto en
fuera de juego. La intro “Indigo”
aunó la ovación
de bienvenida con la salida
de los músicos que rápidamente
pasaron a interpretar la extensa
“The obsessive devotion”
y es que los de Limburgo optaron
por incluir en el set list unas
cuantas canciones largas que
supusieron un contraste con
los cortes más directos.
A mí me pareció
bien esta alternancia aunque
hubiera cambiado algunos temas.
El nivel de testosterona de
muchos asistentes se elevó
con la irrupción de una
Simone que cumplió en
el plano vocal aunque ha evolucionado
en estos tres o cuatro años
olvidándose de los alardes
líricos en aras de una
ejecución más
pulcra. A diferencia de Ride
The Sky, el sonido era cien
veces mejor aunque a Mark tardamos
algo más en distinguirle.
Por cierto, la señorita
Simons y Jansen se compenetran
mucho menos en escena que antes,
no son paranoias mías,
y Simone se acerca más
al bajista Yves Huts que a Mark
o el segundo guitarra, Ad Sluijter.
Asimismo, siempre me ha sorprendido
lo participativo que es el teclista
Coen Janssen en el show, tanto
que me provoca dudas sobre cuánto
toca y cuánto lleva grabado.
“Sensorium”
resultó una de las pocas
referencias al pasado. Era evidente
que tenía que ser elegida
como representante de “The
phantom agony” por ser
de las “famosillas”
pero ni mucho menos es de las
destacables, al menos para mí.
Me chocó un poco cómo
el público estuvo participativo
pero no volcado. Obviamente,
el grueso de los asistentes
iba a ver a Sonata pero con
la acogida a los holandeses
pensaba que tendríamos
algo más de calor. Otra
de las cosas, cuanto menos sintomáticas,
es que el single de “The
divine conspiracy”, la
accesible “Never enough”,
no diera señales de vida
en otra arriesgada y, para mí,
acertada decisión del
sexteto porque no me parece
representativa de un álbum
cañero y potente. Sin
embargo, sí que cayeron
cosas como “Menace of
vanity”, que sinceramente
no parece la bomba. Éste
rato fue el que me aburrió
más porque a continuación
llegó “Quietus”
que me parece una composición
poco inspirada en su estribillo
y deudora de la genial “A
quest for the crown” de
Falconer en las estrofas. Todo
lo contrario sucede con “Cry
for the moon”, quizá
su tema más valorado
por el gran público aunque
la ejecución tuvo unos
cuantos errores ya que al buen
baterista Arien van Weesenbeek
se le fue la mano y se aceleró.
En este punto,
mi impresión, que a posteriori
tampoco cambiaría, es
que Epica estaban dando un buen
concierto pero todo excesivamente
calculado, un tanto frío
y sin pasión. Es decir,
considero que estaban realizando
una descarga profesional y a
la altura de lo que se puede
esperar de ellos pero sin ese
plus de excelencia que sí
les hemos visto en otras oportunidades.
Pienso que el público
también lo sentía
así porque animaban y
aplaudían pero, digamos,
no se emocionaban.
El ambiente
bajó un poco cuando atacaron
más composiciones recientes,
como la coreable “Sancta
terra” o una extensa y
magnífica “Fools
of damnation”, gran canción.
Para concluir, optaron por algo
parecido a lo que hicieron en
su anterior tour. En aquel,
los bises fueron los temas título
de sus, entonces, dos discos,
de casi nueve y diez minutos
cada uno. Aquí, una de
ellas, “Consign to oblivion”
fue la encargada de sellar la
descarga. Notable corte pero,
en mi opinión, inferior
a la tremenda “The phantom
agony”. Creo que ésta
también fue una de las
características de la
actuación como antes
apuntaba, la elección
del repertorio, valiente pero
desacertada. Sobre ese mismo
cesto de osadía, los
mimbres podrían haber
sido más lustrosos. Con
todo, Epica estuvieron bien
y satisficieron las demandas
de los que allí acudieron
para verles en los cincuenta
y cinco minutos que permanecieron
en el escenario.
No creo que
se pueda calificar de reválida
lo que tenían Sonata
Arctica esta noche pero sí
que el conjunto de la gira es
una piedra de toque para que
los finlandeses entren definitivamente
en la primera división
y, por qué no, recojan
el cetro que Stratovarius se
empeñaron en ceder estos
últimos años.
Vista la asistencia, es un hecho
que estos oriundos de Kemi se
encuentran casi a la altura
en cuanto a poder de convocatoria
de Blind Guardian, Gamma Ray
o Helloween. Otra cosa es lo
que opine cada uno de su música
y las prestaciones en directo
aunque esto último es
lo que a continuación
íbamos a comprobar porque
no engañaré a
nadie y afirmo rotundamente
que todas las veces en que les
he visto encima de un escenario
(desde Bélgica a Guernica,
pasando por diferente locales
madrileños) me habían
parecido un fiasco absoluto,
en especial Tony Kakko. Asimismo,
otro elemento de interés
era comprobar la respuesta de
sus fans a las composiciones
de “Unia”, un álbum
en general vilipendiado por
muchos de sus seguidores, pero
no por su calidad sino por la
comparación con las supuestas
obras maestras que le precedieron.
Con la batería
ubicada un poco más cerca
del público para dejar
espacio a una suerte de pasarela
elevada a la que no vi demasiado
sentido, el escenario quedó
preparado. Cuando se bajó
la buena música de fondo
que nos amenizaba la espera
y las luces se apagaron aquello
fue un clamor. Nada que ver
con la reacción ante
las bandas teloneras. El que
hubiera mayoría de gente
muy joven contribuyó
a la alegría y el jolgorio
que se montó, le dio
la vidilla que en ocasiones
falta en otros conciertos.
“In black
and white” significó
la primera toma de contacto
entre Madrid y Sonata. Era previsible
pues esta canción abre
“Unia”. Del sonido
poco vamos a hablar porque,
salvo las notas iniciales que
sirvieron de ajuste, fue sencillamente
perfecto. No recuerdo una nitidez
similar en este recinto, un
diez a los técnicos.
La banda no es ni mucho menos
un ejemplo de movilidad en el
escenario. En mi opinión,
son un tanto sosos y se centran
más en tocar que en correr
de un lado a otro. Sí,
es verdad, suben bastantes veces
a la mencionada pasarela pero
con pausa y sin especial arrojo.
Tampoco Kakko es el frontman
definitivo aunque ha mejorado
su puesta en escena con el paso
de los años.
Un sonido
tan brillante tiene infinidad
de ventajas pero también
un inconveniente, si no clavas
las canciones te delatas y en
esto los finlandeses habían
sido especialistas en actuaciones
pretéritas. Aquí
quiero resaltar la figura de
Elias Viljanen. Imagino que
muchos echarán de menos
a Jani Liimatainen pero en el
manejo de las seis cuerdas en
directo existe un abismo entre
ambos, Elias es muy superior.
El guitarrista es ya un veterano
en la escena y grabar hace tres
lustros un EP de culto en el
death metal como el “Silence
of the centuries” de Depravity
supongo que marca a pesar de
que las tonalidades sean diferentes
a las de Sonata.
Con “Paid
in full” comprobamos dos
cosas, que la gente acepta las
canciones de “Unia”,
aunque no tanto como las antiguas,
y el estado de la voz de Tony.
Comparado con vergüenzas
ajenas que hemos tenido que
presenciar por parte del muchacho,
Kakko hizo una actuación
más que competente. No
intentó forzar en ningún
momento para aguantar hasta
el final, decisión inteligente
si bien en los bises no estuvo
al mismo nivel que en el resto
del show. “Victoria´s
secret” trajo consigo
botes, gritos y la sorpresa
del quinteto ante la reacción
popular. No es la primera vez
que tocan aquí pero sí
de cabezas de cartel y se mostraron
agradecidos ante la impresionante
respuesta. Siguiendo con “Winterheart´s
guild”, protagonista principal
junto a “Unia”,
“Broken” hizo que
la fiesta continuara y alcanzó
uno de los instantes álgidos
con los acordes de “8th
commandment”, una habitual
en sus repertorios.
Como seguidor
de “Ecliptica” me
encantaría que la balada
elegida fuera “Replica”
porque, bajo mi punto de vista,
es mil veces mejor que los otros
lentos disgregados por su discografía,
pero no, ellos suelen escoger
“Tallulah” de “Silence”,
tema que se me hace un poco
cuesta arriba de escuchar. Uno
de los desafíos que personalmente
les ponía a Sonata Arctica
era la ejecución de “Fullmoon”.
Siempre que les he visto tocarla
ha sido desastroso. Era una
especie de prueba del algodón
que, considero, superaron. Al
menos, la disfruté, cosa
que antes no había sucedido.
De vuelta a lo más actual,
“Caleb” no cuajó
demasiado en directo. Quizá
esos aires progresivos no se
lograron trasmitir. Por el contrario,
“Black sheep” sí
que llegó a los corazones
de los presentes y arrastró
a las masas a cantar. La cuarta
y última aparición
de “Unia” fue “It
won´t fade”, probablemente
una de las que más tienen
ese sonido clásico Sonata
dentro del último álbum.
A mí me parece tediosa
y hubiera preferido, por ejemplo,
“For the sake of revenge”,
pero esa es otra historia.
Para concluir,
dos muy típicas y favoritas
de la audiencia, “Gravenimage”
y la excelente “San Sebastian”.
La gente estaba complacida con
la descarga de Sonata pero,
señores, seamos serios,
llevaban ¡una hora! tocando
y se largaban. Hay que ser un
poco más exigentes porque
casi ni nos había dado
tiempo a aburrirnos. En un suspiro
cayeron doce canciones y abandonaron
las tablas. Al poco, Tony retornó
y montó una especie de
batería humana dividiendo
la sala en tres con cada sector
haciendo un sonido. Cuando ya
el público cogió
la idea, salió Tommy
Portimo y junto a Kakko amagaron
con la batería la primera
parte del “We will rock
you”. Total, diez minutos
superfluos hasta que la música
volvió con “My
land”, tercera canción
de “Ecliptica”,
y, por cierto, otra cosa a mejorar,
en mi opinión, es que
de su debut siempre interpretan
las mismas. No estaría
de más darle un lavado
de cara al set y sustituir alguna
por “Replica”, “Letter
to Dana”, “Kingdom
for a heart”,…
No quedaba
casi espacio para más
por lo que encararon la recta
final con el single de “Reckoning
night”, “Don´t
say a word”, y dijeron
adiós con “The
cage” que, por supuesto,
vino acompañada de la
patochada esa de “Vodka”
que tanta gracia hace a muchos.
Si descontamos los diez minutos
antes de los bises, nos quedamos
en hora y cuarto, quince canciones,
escaso bagaje para cinco discos.
No obstante, los seguidores
salieron más que contentos
porque, al fin, Sonata Arctica
habían respondido en
un concierto, y no hubo el más
mínimo reproche. Ya digo
que los finlandeses sí
pueden presumir ahora, por seguimiento,
de haber ascendido a la primera
división del género
pero también afirmo con
contundencia que se les debe
exigir más. La mejora
en directo respecto al pasado
es enorme, sin duda, pero no
nos debe hacer olvidar de dónde
partíamos, casi del cero.
Desde un plano personal, queda
que me vuelvan a enganchar en
estudio, algo harto complicado
me parece.
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Sonata Arctica

Ride The Sky



Epica





Sonata Arctica






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