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Finalmente,
la lógica se impuso.
Después de haberse anunciado
las fechas de la gira de Symphony
X por España se comprobó
que dos de ellas, Madrid y País
Vasco si mal no recuerdo, coincidían
con Megadeth. Era tan sencillo
como intercambiar los días
pero claro, hablamos de promotores
de aquí y uno se puede
esperar cualquier cosa. Menos
mal que la cordura imperó
y pudimos disfrutar de las descargas
de dos grupos importantes, uno
de los más grandes de
la historia de este género
y otro que, ya con larga trayectoria,
se encuentra en un momento muy
dulce gracias al excelente “Paradise
lost”, uno de los mejores
álbumes del pasado ejercicio.
Además, y centrándonos
ya en el concierto que nos ocupa,
el pack se completaba con dos
magníficas formaciones
de metal progresivo, Dreamscape
y Circus Maximus.
Pensaba que
acercarse a La Riviera iba a
resultar muy complicado porque
a esas horas estaba programado
en el Vicente Calderón
un trascendental Atlético
de Madrid Vs. Barcelona. Dada
la cercanía entre el
estadio y la sala supuse que
el tráfico sería
horrible pero, por una vez,
hubo suerte para aparcar y llegamos
justo a tiempo de ver cómo
se habrían las puertas.
Quince minutos después
los alemanes Dreamscape saltaban
a escena ante apenas un centenar
de personas. Dada la capacidad
del recinto (tres mil) imaginaos
el desolador aspecto que se
encontraron los de Munich.
El quinteto
germano es una notable formación
con cuatro álbumes a
sus espaldas bastante separados
temporalmente y que han visto
cómo cada uno de esos
trabajos de estudio ha sido
grabado por un vocalista diferente
(sólo Roland Stoll ha
puesto su voz en dos), hecho
ciertamente curioso. El disco
que venían a presentar,
“5th season”, no
lo registró su actual
cantante Mischa Mang, de reciente
entrada. Precisamente, Mischa
causó baja en un par
de conciertos (Bergara y París)
porque compagina su labor en
Dreamscape con la de participar
en musicales y le coincidían
funciones por lo que no pudo
estar presente en estos dos
shows siendo sustituido por
Roland Stoll, su antecesor en
el puesto. Desde luego, era
Stoll el idóneo, no sólo
por estar en “5th season”
y “End of silence”
sino también porque Dreamscape
en 2005 hicieron “Revoiced”,
recopilación de sus dos
primeros discos regrabada por
el propio Roland.
Sea como fuere,
según comenzaron nos
dimos cuenta de que los bávaros
no iban a disponer de un sonido
decente para que pudiéramos
disfrutar de su actuación.
Además, ellos no colaboraban
en exceso y su actitud, un tanto
errática, les dejaba
en evidencia y no lograron compensar
las carencias que se reflejaron
desde la mesa de mezclas. Una
pena porque me parece un muy
buen grupo. La guitarra de Wolfgang
Kerinnis, líder y único
superviviente desde sus inicios,
había que intuirla, no
sólo en los riffs sino
también en solos. Los
teclados de su nuevo componente,
David Bertok, inaudibles. Total,
que el peso recayó en
Mischa, intachable vocalmente
aunque con unos movimientos
extraños, un tanto simiescos.
El repertorio,
muy equilibrado, con dos temas
de “5th season”,
“End of silence”
y “Very”, dejando
de lado su debut “Trance-like
state”. El hecho de ser
un grupo con demasiada influencia
Dream Theater les condiciona
porque siempre estarán
sujetos a la comparación
de la que, obviamente, saldrán
perdiendo. Sus canciones, por
norma general, no poseen cambios
vertiginosos sino que siguen
un ritmo medio, no muy rápido,
que tampoco hace que la gente
que no les conoce se meta en
su propuesta. Por muy buena
que me parezca a mí “Thorn
in my mind”, es complicado
que un profano en la banda sienta
lo mismo en su primera escucha.
Precisamente
“Thorn in my mind”
levantó el ánimo
de sus escasos seguidores que
aplaudimos también “Somebody”,
un gran corte de “5th
season”, de los más
accesibles. Después de
algo más de media hora
se despidieron con la fantástica
“When the shadows are
gone”, quedándome
la sensación de que las
circunstancias no les ayudaron,
que ellos tampoco dieron todo
lo que cabría esperar
y que sus composiciones valen
más de lo que el público
pudo percibir. No se puede decir
que estuvieran mal pero no suscitaron
expectación entre una
audiencia que ya entonces llegaba
a las cuatrocientas personas.
Con Circus
Maximus fue otro cantar. Tenía
muchísimas ganas de ver
a los noruegos. Cuando hice
la reseña de “Isolate”,
su segunda entrega, comenté
que siendo un muy buen disco,
no me había impactado
tanto como me esperaba por las
alabanzas que leía sobre
ellos. Era el momento de comprobar
qué tal se defendían
en directo. Como era previsible
la potente “A darkened
mind” dio inicio a cuarenta
y tres minutos brillantes. Con
un sonido un pelín alto
pero lo suficientemente nítido
para ser el mejor de la velada,
los de Oslo dieron una lección
de elegancia y clase.
Visualmente
no parecen una formación
metalera porque, salvo Truls
Haugen, el resto llevaban el
pelo recortado o, directamente,
corto. Es más, su vocalista,
el ex Carnivora Michael Eriksen,
bien podría haber aguantado
hasta la sesión nocturna
de La Riviera y marcarse unos
bailes cool. Por supuesto esto
no importa lo más mínimo
porque el tío clavó
las notas más altas y
únicamente en las voces
bajas se veía tapado
por el resto de instrumentos.
Si “a darkened mind”
ofreció su lado más
heavy, los verdaderos Circus
Maximus se destaparon en la
genial “Abyss”,
no tanto por su estilo casi
rallando el power metal, sino
por los alucinantes coros. ¡Qué
manera de cantar! En particular,
querría pararme en el
baterista, Truls Haugen, impresionante
su voz. Mis ojos se concentraban
en su forma de compaginar el
golpeo a los tambores con la
habilidad de colocar la boca
junto al micrófono.
En “Wither”
mostraron su vertiente más
clásica, esa que recupera
pasajes de hard rock travestidos
de progresivo y llena de melodías.
Sus numerosos seguidores (para
lo que me esperaba), no obstante,
aguardaban temas de su primer
álbum, “The 1st
chapter”. Así,
reaccionaron con alegría
cuando interpretaron “Sin”,
con excelente labor de Mats
Haugen a la guitarra y Lasse
Finbroten a los teclados. A
lo largo de la gira han cambiando
temas. Desgraciadamente en Madrid
no cayeron las monumentales
“Glory of the empire”
o “”Mouth of madness”
pero sí que sorprendieron
con “Arrival of love”,
canción mucho más
sencilla y “comercial”
que en directo ganó enteros.
“Alive”
resultó ser la segunda
y última aparición
de “The 1st chapter”
cerrando con mi favorita, “Ultimate
sacrifice”, con el quinteto
dando una auténtica exhibición
de buen gusto durante sus más
de nueve gloriosos minutos.
No creo que nadie saliese decepcionado
con Circus Maximus. Es más,
en mi modesta opinión,
fueron los triunfadores objetivos
de la noche. Ojalá haya
más oportunidades de
verles en fechas venideras con
un repertorio más extenso
porque estamos ante un grupo
con potencial para ascender
muchos peldaños en la
escena europea.
Por mucho que Symphony X sea
una formación en estado
de gracia se me hacía
extraño pensar que fueran
capaces de llenar La Rivera.
Mis temores eran fundados porque
a pesar de que la entrada era
francamente buena para un grupo
como ellos (900 personas más
o menos), el aspecto del recinto
era un tanto triste aunque nada
comparado con alguna otra parada
española donde no pasaron
de doscientas personas. Me encantan
los de Nueva Jersey pero tres
veces en cuatro meses y dos
en una semana, es demasiado.
Sin embargo, ésta era,
en principio, la cita esencial.
Su propio show como cabezas
de cartel y sin las restricciones
de tiempo propias de un festival
o por su condición de
teloneros. Como en ocasiones
no todo sale a pedir de boca,
el concierto no fue tan grande
como preveía.
En las semanas
que precedieron al periplo europeo
se promovió a través
de su página web una
encuesta para elegir qué
canciones eran las más
solicitadas por los fans para
ser interpretadas en directo.
No sé si se habrá
tenido en cuenta pero, si es
así, los seguidores de
Symphony X que votaron son bastante
predecibles aunque me extraña
que por abrumadora mayoría
ganaran las nuevas, por muy
buenas que sean. Cuando les
vaya a ver al Graspop en junio,
me voy a saber de memoria y
por orden el set list porque
“Occulus ex Inferni”
me resulta tan familiar como
la sintonía de la NBA
en la televisión digital.
Tras la intro,
la estupenda “Set the
world on fire” nos dio
de bruces con un aspecto lamentable.
Desde donde yo estaba (parece
que en otros puntos de la sala
no fue tan grave) el sonido
era pésimo. Es verdad
que se mejoró según
avanzaba la descarga pero los
teclados y la guitarra en ningún
momento pudieron obtener la
nota de aprobado, obviamente
no por culpa de los Michael,
Romeo y Pinella, sino por unos
técnicos que no supieron
adecuar a Symphony X la buena
mezcla conseguida con Circus
Maximus. Si abriendo para Dream
Theater fue flagrante, aquí
no podemos decir que estuviera
mucho mejor la cosa. Y es una
pena porque, otra vez, Russell
Allen se salió.
El enorme cantante
salió un poco frío
pero, poco a poco, se fue calentando
y en tres o cuatro temas estaba
al 100% y tan simpático
como en noviembre (incluso recordó
la anécdota de “María”).
Para dar rienda suelta al material
reciente y repetir esquemas,
la poderosa “Domination”
y la contundente “The
serpent´s kiss”,
siempre con ese aire moderno
a lo Nevermore. La teoría
nos llevaba al tema título
para seguir en la línea
de lo ofertado con Dream Theater
pero tras una breve charla Allen
nos introdujo en el pasado,
en la canción más
antigua que iba a sonar, ni
más ni menos que “The
damnation game”, sorpresa
porque en el tour habitualmente
estaban tirando de “Masquerade”.
Para mí, muy bien porque
me gusta más “The
damnation game”.
El sonido seguía
siendo igual de malo pero sí
que quedó demostrado
con este inicio que Symphony
X es una banda de heavy metal,
tanto en desarrollo musical
como en actitud, si bien los
protagonistas absolutos encima
del escenario son Romeo y Russell
permaneciendo los restantes
componentes en un plano más
secundario y gris. Ya llegaba
el turno de “Paradise
lost”, esa mágica
canción que se han sacado
de la manga y que pasarán
los años y permanecerá
como uno de los hitos de su
carrera. Su ejecución
no fue impecable pero sí
brillante y emotiva. En la parte
central de su actuación
es donde más cambios
han ido introduciendo. Unas
veces han interpretado “Egypt”,
otras “Death of balance”,
hasta “Evolution”
ha tenido cabida. No obstante,
la elegida resultó ser
la larga y variada “Through
the looking glass” de
“Twilight in Olympus”.
Sin duda, es una grandísima
canción que sirvió
de lucimiento para todos los
componentes de Symphony X alcanzando
cotas de éxtasis entre
los asistentes.
Un acierto
su inclusión aunque viendo
la duración del concierto
uno siente estupor por la ausencia
total de temas de “V:
The new mithology suite”.
Asimismo, esperaba que “Odyssey”
tuviera más cancha y
no quedara restringido a “Inferno
(unleash the fire)”, con
Michael Romeo haciendo un poco
de headbanging y todo. “Smoke
and mirrors” es otra de
esas canciones que no suelen
faltar en los repertorios de
los estadounidenses desde su
aparición en “Twilight
in Olympus”. Los fans
la aplaudieron tanto como a
la inevitable “Sea of
lies”, muy buena pero
considero que “The divine
wings of tragedy” es tan
grande que no le vendría
mal que “Sea of lies”
o “Of sins and shadows”
pasaron al banquillo para dejar
foguearse a maravillas como
“The accolade” (también
me vale la segunda parte), “Pharaoh”
o “The eyes of Medussa”.
Por ahora,
todo esto es ciencia ficción
porque Symphony X llevan un
set list bastante rígido
en el que la magnífica
“Revelation” pone
el punto y seguido al show,
no sin antes culminar con la
séptima y última
parte del tema “The divine
wings of tragedy”, “Paradise
regained” y la ovación
de la gente que pasó
por alto el pésimo sonido
y vitoreó a sus ídolos.
El concierto había estado
bien, eso no tiene vuelta de
hoja, pero, sinceramente, sigo
sin ver en vivo la majestuosidad
que sí me llega a emocionar
cuando los oigo en mi casa.
Por cierto, setenta y cinco
minutos es un tiempo sumamente
escaso para lo que un grupo
como Symphony X puede y debe
dar. Así se quedaron
fuera la cantidad de temas que
faltaron.
En la espera,
una especie de rebelión
popular hizo que, casi al unísono,
los allí presentes gritaran
“The odyssey”. Cuando
el quinteto volvió al
escenario de La Riviera, Romeo
y Allen hablaron un instante.
A mí me pareció
que el cantante le decía
a Michael si la tocaban pero
no, el primer bis fue otro tema
nuevo, “Eve of seduction”,
para completar la extensísima
aportación de “Paradise
Lost”. A mí “Eve
of seduction” me sobró,
no porque fuera mala sino debido
a que tan corto repertorio no
merecía concentrarse
mayoritariamente en un solo
disco. Como todos suponíamos
“Of sins and shadows”
supuso el adiós definitivo
después de una hora y
media corta, demasiado corta.
La semana siguiente
en Atarfe sí que, por
fin, escuché a Romeo
y Pinella, pero en la localidad
granadina Russell ya estaba
a medio gas y no despuntó
tanto como en Madrid. Como resumen
de lo ocurrido en La Riviera,
sigo esperando un grandioso
concierto de Symphony X. Lo
achaco a la mala suerte y que
sólo en esta ocasión
ellos eran las estrellas y todo
se alió en su contra,
pero ya van cuatro veces. Eso
sí, mi paciencia con
ellos es casi inagotable porque
estoy convencido de que quieren,
pueden y, si se dan las condiciones
adecuadas, lo conseguirán.
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Symphony X

Dreamscape



Cricus Maximus




Symphony X




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