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Lo que debería
ser una crónica extensa
de un bolo muy esperado se va
a quedar en algo bastante breve
para lo que acostumbra a escribir
este redactor. Las circunstancias
eran idóneas. Un par
de días antes de encarar
el viaje a Graspop, uno de lo
mejores macrofestivales europeos,
la visita a Madrid de Testament
era un excelente aperitivo.
Aunque posteriormente les vería
por tierra belgas, no es lo
mismo hacerlo en un club que
rodeado de miles de personas
y con un horario más
restringido. Además,
durante su gira de reunión
nos habían dejado un
excelente sabor de boca tanto
en Atarfe como sobre todo en
un maravilloso concierto en
el Metalway 2006.
Asimismo, los
primeros rumores apuntaron a
Death Angel como teloneros lo
cual incrementaba aún
más mi expectación
porque los “filipinos”
son de mis preferidos dentro
del thrash de la Bay Area de
San Francisco, Oakland y demás
ciudades del norte de California.
Poco después, esta noticia
no se confirmó y nos
señalaron a Sandalinas
(la banda liderada por el catalán
Jordi Sandalinas) con el aliciente
de que mi adorado Chris Caffery
(ex Savatage) colaboraría
en la actuación. La gente
se rasgó las vestiduras
porque no pegaban nada pero
a mí me hizo bastante
ilusión, como siempre
que algún miembro de
la familia Savatage se me pone
a tiro. Finalmente, esto también
se frustró y todo quedó
en un desafío individual
de Chuck Billy y los suyos ante
el público madrileño.
La última
vez que Testament aparecieron
por esta ciudad fue hace una
década más o menos
(quizá algo más
que el tiempo pasa muy rápido).
Apenas doscientas personas acudieron
al evento. Si bien las circunstancias
actuales no son iguales y el
heavy metal goza de mucha más
popularidad que en los noventa,
el mes de junio no es el propicio
para giras dada la enorme cantidad
de festivales veraniegos que
se celebran dentro y fuera de
nuestras fronteras. Por eso,
no me extrañó
que Heineken fuera la sala elegida
y que tampoco presentara un
lleno apoteósico como,
por ejemplo, el día de
Kreator y Celtic Frost. No obstante,
sí que había más
de tres cuartos de entrada,
hecho que unido a la amorfa
distribución del local
supuso que aquello diera una
sensación de estar repleto
cuando estaríamos entorno
a los seis centenares de seguidores.
Las puertas
se abrieron a las ocho de la
tarde y un buen número
de personas nos congregamos
allí para pillar buen
sitio. Dado que en la entrada
estaba claramente reflejado
que el show comenzaría
media hora más tarde,
cuando ese tiempo se cumplió
prácticamente todos los
asistentes ocupábamos
nuestros puestos. Sin embargo,
las manecillas del reloj seguían
corriendo y ni el menor atisbo
de inicio. Pasaban los minutos,
el aire acondicionado hacía
estragos, aumentaba la impaciencia,…
total, que hasta las nueve y
treinta y dos minutos no sonó
la Intro con la que el quinteto
dejó los camerinos y
saltó a las tablas de
Heineken. Sin duda, alguien
debería tener algo más
de consideración con
la audiencia que paga religiosamente
sus entradas. O pones algo distinto
en el ticket o comienzas a la
hora establecida.
Estos sinsabores
se olvidaban porque Skolnick,
Peterson, Christian, Bostaph
y Billy seguro que nos daban
una ración brutal de
thrash metal técnico.
Si a esto le añadimos
que la gira servía de
presentación a un discazo
como “The formation of
damnation”, el cóctel
parecía perfecto…
salvo que el sonido no fuera
el adecuado. No es que esto
ocurriera es que desde “Over
the wall”, primer tema
de la velada, comprobamos cómo
aquello iba a ser completamente
insufrible. Heineken había
corregido en los últimos
tiempos este problema, que tantos
disgustos había causado
en el pasado, pero este día
la acústica y un negligente
técnico nos hicieron
volver a las andadas. La bola
que se generó junto con
el reverb (esto también
lo hizo en Graspop) exagerado
del micro de Chuck Billy impidieron
la más mínima
nitidez. De aquí en adelante
todo lo que se cuenten son matices
porque la perspectiva general
de la actuación es que
por mucho que Testament salieran
a matar era misión imposible
el disfrutar. Mira que lo intenté
cambiando de ubicación
pero lo que más conseguí
fue distinguir la guitarra de
Alex Skolnick que en la pista
había que intuirla.
El repertorio
tiró de nuevo de clásicos
más que apostar por “The
formation of damnation”.
Lo mejor es que recuperaron
cosas que en la gira de reunión
se habían obviado. Me
refiero a la época media,
a la de los noventa en la que
Chuck Billy y Eric Peterson
mantuvieron a flote el grupo
con una serie de compañeros
temporales de lujo como Dave
Lombardo, Gene Hogland, Steve
DiGiorgio, Glen Alvelais,…
y discos nada desdeñables
tipo “Low”, “Demonic”
o el genial “The gathering”,
para mi gusto uno de los tres
más destacables de su
carrera. En cuanto al plano
no tan bueno, es que me resultó
bastante corto en número
de interpretaciones, solo dieciséis
canciones, y no ofreciéndonos
más material de la reciente
entrega. Por último,
personalmente hubiera cambiado
algún tema antiguo más
respecto al tour precedente
y habría dado cuartelillo
a “The haunting”
o “Burnt offerings”
de “The Legacy”
en sustitución de alguna
de “The new order”,
o introducir otras cosas de
“Practice what you preach”
o “Souls of black”,
no sólo los temas que
les dan título.
Por lo poco
que se pudo apreciar, podemos
afirmar que Chuck anda un poco
peor de voz pero cumple con
seguridad absoluta. Skolnick
y Peterson, en su línea,
el primero un genio, el segundo
acompañamiento perfecto;
Gregg Christian permaneció
algo más parado, supongo
que por la limitación
de espacio y Paul Bostaph se
ha adaptado sin dificultad al
grupo y me pega más que
el efímero Nicholas Barker.
La descarga inicial con “Over
the wall”, “Into
the pit” y “Apocalyptic
city” tenía que
haber servido para volar las
cabezas de todos los presentes
y, sí, la gente se flipó
y se montó un buen pogo
pero los más tranquilos
sabían que aquello no
iba a quedar en el recuerdo
si no cambian las condiciones.
“Practice
what you preach” fue de
las más celebradas y
al no ser tan brutal como las
anteriores albergaba la esperanza
de que mejorara la cosa, pero
no, las melodías que
fluyen junto al riff principal
brillaron por su ausencia y
apenas la base rítmica
se entendía entre aquel
maremagnum. “The new order”
y “Electric crown”
me sirvieron de conejillos de
indias para moverme por distintas
zonas de Heineken sacrificando
vista por sonido. Ni por esas.
De todos los sitios fuera en
la parte posterior izquierda
donde menos horriblemente se
oía y así, aunque
no mucho, pudimos paladear la
excelente “More than meets
the eye” que abre “The
formation of damnation”.
Llegó
el momento de “Low”
y la intensidad bajó
un poco porque no todos se conocían
las canciones. El tema título
estuvo bien y sirvió
para que Chuck se desfogara
con dos o tres guturales mientras
que el medio tiempo “Trail
of tears” (con charla
ecopacifista de Billy incluida)
fue una sorpresa aunque reconozco
que ya puestos me hubiera impactado
más “Return to
serenity” que me vuelve
loco. Eso sí, a pesar
de su condición lenta,
aquello rebotaba por todos los
lados. Vamos, que ni en un hipotético
set acústico hubiera
mejorado.
“Henchman´s
ride” fue la segunda y
última parada en “The
formation of damnation”
preludio de la introducción
de Gregg Christian y su bajo
a “Souls of black”
donde los ánimos volvieron
a subir. Con “The preacher”
y escasamente después
de sesenta y tres minutos de
actuación, Testament
dijeron adiós. Había
gente satisfecha pero, sinceramente,
si luego reflexionaron en su
casa, era imposible sentirse
así. Gritos pidiendo
el retorno del grupo a escena
y el quinteto estadounidense
no se hizo esperar dejándonos
en los bises lo que, para mí,
fue la mejor parte de la velada.
Aunque cuando
les vi en 2004 (antes de la
reunión) ya las habían
tocado, era una gozada volver
a disfrutar de cortes del “The
gathering”, en especial
del impresionante “D.N.R.”
que quedó unido a “Three
days in darkness”. Bestial,
incluso con pésimo sonido.
Para cerrar, dos favoritas personales,
“Alone in the dark”,
demasiado estirado con “karaoke
metal” y la omnipresente
y fundamental “Disciples
of the watch”. Casi hora
y media de tortura, con una
banda muy enchufada, público
entregado pero un handicap demasiado
importante como para que el
concierto quede en nuestras
retinas. Frustrante.
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