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THE CULT

Sala La Riviera (Madrid) 04-06-2006

El síndrome Axl Rose parece que ha hecho mella en algún que otro cerebro que piensa que todavía en 1989 cuando era la cabeza visible de una de las bandas más grandes de la tierra. Me refiero a Ian Astbury, vocalista de The Cult y, actualmente, de Riders On The Storm (o The Doors Of The 21st Century, como prefiráis). Empiezo así porque si Axl se le criticado hasta la extenuación por la vergonzosa actitud que hizo que las 10.000 personas que acudieron al Auditorio del Parque Juan Carlos I tuvieran que esperar hasta la medianoche para ver a la estrellita cada vez menos brillante. Pues bien, Astbury ha debido comer, beber o meterse algo parecido porque decidió que hasta una hora después de lo previsto no salía a tocar. Hablo del vocalista porque es o él o Billy Duffy (los demás son asalariados) y entre ambos me inclino por un tipo que en su momento se entregó al chamanismo e historias raras varias. Eso sí, afortunadamente el resultado fue muy distinto al de los Guns. Vayamos por partes.

The Cult se han vuelto a reunir. Recordemos que en 2000-2001 ya estuvieron juntos (con Matt Sorum) y editaron un glorioso álbum, “Beyond good and evil”, completamente ignorado por crítica y público, además de grabar un desangelado DVD de esa gira inconclusa ya que el segmento europeo de la misma no se llegó a celebrar. Ahora, con unas perspectivas más modestas, retoman la labor en la carretera aunque no parece que haya visos de una próxima visita al estudio de grabación. Desconozco el motivo pero imagino que el aspecto crematístico tendrá bastante que ver para juntar a dos seres antagónicos y que nunca han sido los mejores amigos del mundo, me refiero, evidentemente, a Billy e Ian.

Tenía dudas acerca del cual sería la respuesta de los otrora seguidores de la banda. Mi pronóstico era poco halagüeño pero cuál fue mi sorpresa cuando según nos acercábamos a La Riviera se veía un montón de roqueros en los bares colindantes, amén de una larga cola. Encima, cuando nos adentramos en el recinto comprobamos el magnífico aspecto del mismo. Si no se colgó el cartel de “no hay billetes” poco faltó. Más de 2.500 almas inquietas por la vuelta de los británicos tras casi 13 años de su infausto concierto con Metallica y Suicidal Tendencies en el campo del Rayo Vallecano (alucino cuando oigo decir que ese día The Cult estuvieron bien, ¡fue horrible! Y no soy dudoso que yo iba con mi camiseta del “Sonic Temple”). Según se acercaban las 21:30, horario fijado para el inicio de la descarga, el respetable empezó a dar palmas y jalear. No obstante, conforme fueron cayendo los minutos y el calor aumentaba hasta provocar agobio en la parte delantera del local, el cabreo fue in crescendo. Encima, los señores de la discoteca no se dignaron en abrir el techo para que el aire mitigara un poco el sofoco. Así fueron cayendo los minutos de manera despiadada hasta que, ¡una hora después!, se apagaron las luces y enchufaron la intro perteneciente a la banda sonora de “La naranja mecánica”, entre los gritos de “¡Hijos de puta!”. A todo esto sale Astbury y dice (en inglés): “¿Estáis todos ya dentro?”. ¿Flema británica o caradura?. En fin, si al menos hubiera habido un telonero potente algo habríamos ganado pero no, domingo por la noche, sin grupo de apoyo y con una música de fondo infame muy propia de los gustos del señorito.

El conato de protesta se tornó en saltos y vítores con los acordes de “Lil devil”, una de las pocas canciones que aprendí a tocar (los riffs que no el sólo) con la guitarra en mis dos días de estudio. El sonido era sencillamente espectacular, de lo mejor que he podido apreciar nunca en La Riviera. Quizá la guitarra rítmica de Mike Dimkich (alias Mortadelo) estaba un poco baja pero eso en The Cult no tiene la menor importancia porque muchas de sus canciones sólo poseen una guitarra en su estructura original. Billy Duffy apareció con un peinado tipo “paje” y una chupa de la que tuvo que despojarse debido al sofocante calor. Más listo fue John Tempesta, el que fuera batería de Testament, White Zombie, Exodus o Helmet entre otros, que salió sin camiseta dispuesto a darlo todo, como sucedió a lo largo de la velada. Por último, Chris Wyse, además de cumplir con el bajo, daba un importante apoyo en los coros. Quedaba Ian, ¿en qué forma estaría?. ¿Se habrá cortado el pelo después de su reciente visita con Riders On The Storm?.

Con una barba bastante poblada, sudadera violeta con cremallera y pañuelo (o especie de gorro) en la cabeza. De esta guisa apareció Astbury en Madrid algo, en mi opinión, poco significativo si su estado de voz era bueno. Pues, efectivamente, reconozco que el cantante me sorprendió ya que estuvo notable en su ejecución. Es verdad que utiliza algún que otro truco o que su tontería le hace quedarse callado en el estribillo de “Fire woman”, pero en líneas generales esperaba menos de él y, sin embargo, sirvió para aumentar la nota de una actuación de por sí brillante.

The Cult tienen tres discos seminales que fueron los protagonistas del show, “Love”, “Electric” y “Sonic temple”, aunque bajo mi punto de vista, el reparto del pastel no fue lógico ni equitativo. Tras el gran inicio con “Lil devil” llegó “Sweet soul sister”, que fuera tercer single del “Sonic temple”, con una sala coreando línea por línea la canción. “The witch” (o “la bru(y)a” según Astbury) es un corte que apareció en el recopilatorio “Pure cult”, que también fue sencillo, pero que no es de mis preferidas aunque sobre las tablas de La Riviera cobró la dimensión que no acerté a adivinar antaño en el Campo del Rayo. No obstante, la gente sí que parecía muy enchufada como también lo estuvo en la estupenda “Electric ocean” en la que Astbury se ayudó de su ya habitual pandereta que terminó lanzando al público.

El vocalista se dirigió a la audiencia y soltó, de vez en cuando, unos discursos muy raros como cuando dijo que le parecía genial que el cuadro del “Guernica” de Picasso volviera a España (sí, claro, hace 25 años, éste leyó flautas en el periódico pero no se enteró) o dedicando “Revolution” al comandante Che Guevara. En fin, que las drogas son muy malas y te dejan estas secuelas aunque ya estés limpio. Esta primera presencia del “Love” fue muy aplaudida y vitoreada. Lo que sí me sorprendió es que al anunciar que iban a hacer algo “old school” del “Dreamtime”, los seguidores alucinaran con “Spiritwalker” cuando, con todos los respetos, “Dreamtime” siempre ha sido catalogado de disco menor aun conteniendo composiciones tan brillantes como la mencionada. Uno de los momentos más impactantes acaeció cuando sonaron las notas de “Rain”, la gente se volvió loca literalmente y quedó patente que es de las favoritas de los fans. Una algo menos conocida, y también de las que fueron nuevas en el recopilatorio “Pure cult”, es “In the clouds” y personalmente considero que estuvo aún mejor que en su versión de estudio. Magnífica. No se puede decir lo mismo de la siguiente.

Ya había leído por ahí que la ejecución de la memorable “Edie (ciao baby)” era en acústico. Billy e Ian se quedaron solos y hasta se dieron la mano en un “interacción” desconocida hasta la fecha en el dúo motor de The Cult. Craso error porque todo el sentimiento que desprende la canción quedó bastante coartado e insípido. No hubiera importado que la parte orquestado hubiera sido sampleada pero la melodía de la guitarra eléctrica, el cambio cuando entran los instrumentos, etc., es fundamental para un corte que recuerdo poseía un excelente videoclip (o al menos así me lo parecía) con la imagen cenital de la orquesta en una confluencia de calles en Nueva York o Ian rompiendo el taco contra la mesa de billar. Con el resto de músicos ya en escena, y siguiendo con “Sonic temple”, atacaron “Fire woman” y la sala se venía abajo a pesar de que, reitero, Astbury directamente pasó de cantar el estribillo. Incomprensiblemente, fue la última presencia en el repertorio del mencionado disco echando a faltar, al menos, “Sun king”, todo un clásico, cuando no “New York city”, “Soul asylum” o “Automatic blues”.

Como a lo largo de la noche, el quinteto siempre guardaba una bala en la recámara porque todos volvimos a saltar al son de “Peace dog” desgañitándonos en el final del tema. Llevábamos ya once canciones e incomprensiblemente no había caído ninguna del “Beyond good and evil”. Digo incomprensiblemente porque este álbum, aun a riesgo de que me tachen de loco, me parece increíble, casi a la altura de “Electric” y “Sonic Temple”, y por encima del resto. Pues bien, las contundentes guitarras presagiaron “Rise”, de mis temas favoritos de la historia de The Cult. Cierto es que no fue de las más aplaudidas pero sí que había un número de personas, más o menos amplio, que disfrutó a tope con esta composición. De nuevo, desgraciadamente nada más se supo de “Beyond good and evil”. Entiendo que, por ejemplo, Dokken, no toquen nada de sus discos posteriores a “Dysfunctional” porque no están a la altura, aun habiendo canciones decentes, pero si “Beyond good and evil” no fue un éxito fue debido a tres factores: En 2001 los gustos habían cambiado y contra eso no se puede luchar, Atlantic hizo bien poco por promocionar el disco y el dúo Astbury-Duffy parecían más concentrados en dirimir sus cuitas que en mostrar al mundo unos temas sobresalientes.

Sea como fuere, estábamos llegando al final donde “Electric” volvió a erigirse en protagonista con la coreada “Wild flower” y “Love removal machine” y su cañero final que provocó el desmadre colectivo entre un público que ya había olvidado la espera y el cabreo inicial. Eso sí, a nadie le debía haber pasado inadvertido que llevaban 72 minutos tocando, cosa que me parece muy pobre aunque, desgraciadamente, es lo que venimos sufriendo en buena parte de las giras que pasan por España. Para los bises, Billy sacó su guitarra blanca parecida a la Brian Setzer de Stray Cats con lo quedaba claro para cualquier seguidor de The Cult que llegaban temas del “Love”, en concreto “The Phoenix”, para mi gusto una de las dos flojas del disco, que pasó sin pena ni gloria, y, por supuesto, uno de sus grandes hits, “She sells sanctuary”, en la que Ian se dedicó a saltar sin acordarse demasiado de que él es el cantante.

Tras una hora y veintidós minutos desaparecieron dejando una impresión un tanto equívoca de lo acontecido. Musicalmente The Cult cumplieron con creces, en especial un inspiradísimo Duffy, pero la espera y la duración quedarán en el debe del grupo máxime cuando nos privaron de tres o cuatro cortes insustituibles como “Sun king”, “Wild hearted son” o “Automatic blues”. Todavía pueden darnos una alegría y redimir esos pecados veniales con otra aparición por estas tierras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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