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El síndrome
Axl Rose parece que ha hecho
mella en algún que otro
cerebro que piensa que todavía
en 1989 cuando era la cabeza
visible de una de las bandas
más grandes de la tierra.
Me refiero a Ian Astbury, vocalista
de The Cult y, actualmente,
de Riders On The Storm (o The
Doors Of The 21st Century, como
prefiráis). Empiezo así
porque si Axl se le criticado
hasta la extenuación
por la vergonzosa actitud que
hizo que las 10.000 personas
que acudieron al Auditorio del
Parque Juan Carlos I tuvieran
que esperar hasta la medianoche
para ver a la estrellita cada
vez menos brillante. Pues bien,
Astbury ha debido comer, beber
o meterse algo parecido porque
decidió que hasta una
hora después de lo previsto
no salía a tocar. Hablo
del vocalista porque es o él
o Billy Duffy (los demás
son asalariados) y entre ambos
me inclino por un tipo que en
su momento se entregó
al chamanismo e historias raras
varias. Eso sí, afortunadamente
el resultado fue muy distinto
al de los Guns. Vayamos por
partes.
The Cult se
han vuelto a reunir. Recordemos
que en 2000-2001 ya estuvieron
juntos (con Matt Sorum) y editaron
un glorioso álbum, “Beyond
good and evil”, completamente
ignorado por crítica
y público, además
de grabar un desangelado DVD
de esa gira inconclusa ya que
el segmento europeo de la misma
no se llegó a celebrar.
Ahora, con unas perspectivas
más modestas, retoman
la labor en la carretera aunque
no parece que haya visos de
una próxima visita al
estudio de grabación.
Desconozco el motivo pero imagino
que el aspecto crematístico
tendrá bastante que ver
para juntar a dos seres antagónicos
y que nunca han sido los mejores
amigos del mundo, me refiero,
evidentemente, a Billy e Ian.
Tenía
dudas acerca del cual sería
la respuesta de los otrora seguidores
de la banda. Mi pronóstico
era poco halagüeño
pero cuál fue mi sorpresa
cuando según nos acercábamos
a La Riviera se veía
un montón de roqueros
en los bares colindantes, amén
de una larga cola. Encima, cuando
nos adentramos en el recinto
comprobamos el magnífico
aspecto del mismo. Si no se
colgó el cartel de “no
hay billetes” poco faltó.
Más de 2.500 almas inquietas
por la vuelta de los británicos
tras casi 13 años de
su infausto concierto con Metallica
y Suicidal Tendencies en el
campo del Rayo Vallecano (alucino
cuando oigo decir que ese día
The Cult estuvieron bien, ¡fue
horrible! Y no soy dudoso que
yo iba con mi camiseta del “Sonic
Temple”). Según
se acercaban las 21:30, horario
fijado para el inicio de la
descarga, el respetable empezó
a dar palmas y jalear. No obstante,
conforme fueron cayendo los
minutos y el calor aumentaba
hasta provocar agobio en la
parte delantera del local, el
cabreo fue in crescendo. Encima,
los señores de la discoteca
no se dignaron en abrir el techo
para que el aire mitigara un
poco el sofoco. Así fueron
cayendo los minutos de manera
despiadada hasta que, ¡una
hora después!, se apagaron
las luces y enchufaron la intro
perteneciente a la banda sonora
de “La naranja mecánica”,
entre los gritos de “¡Hijos
de puta!”. A todo esto
sale Astbury y dice (en inglés):
“¿Estáis
todos ya dentro?”. ¿Flema
británica o caradura?.
En fin, si al menos hubiera
habido un telonero potente algo
habríamos ganado pero
no, domingo por la noche, sin
grupo de apoyo y con una música
de fondo infame muy propia de
los gustos del señorito.
El conato de
protesta se tornó en
saltos y vítores con
los acordes de “Lil devil”,
una de las pocas canciones que
aprendí a tocar (los
riffs que no el sólo)
con la guitarra en mis dos días
de estudio. El sonido era sencillamente
espectacular, de lo mejor que
he podido apreciar nunca en
La Riviera. Quizá la
guitarra rítmica de Mike
Dimkich (alias Mortadelo) estaba
un poco baja pero eso en The
Cult no tiene la menor importancia
porque muchas de sus canciones
sólo poseen una guitarra
en su estructura original. Billy
Duffy apareció con un
peinado tipo “paje”
y una chupa de la que tuvo que
despojarse debido al sofocante
calor. Más listo fue
John Tempesta, el que fuera
batería de Testament,
White Zombie, Exodus o Helmet
entre otros, que salió
sin camiseta dispuesto a darlo
todo, como sucedió a
lo largo de la velada. Por último,
Chris Wyse, además de
cumplir con el bajo, daba un
importante apoyo en los coros.
Quedaba Ian, ¿en qué
forma estaría?. ¿Se
habrá cortado el pelo
después de su reciente
visita con Riders On The Storm?.
Con una barba
bastante poblada, sudadera violeta
con cremallera y pañuelo
(o especie de gorro) en la cabeza.
De esta guisa apareció
Astbury en Madrid algo, en mi
opinión, poco significativo
si su estado de voz era bueno.
Pues, efectivamente, reconozco
que el cantante me sorprendió
ya que estuvo notable en su
ejecución. Es verdad
que utiliza algún que
otro truco o que su tontería
le hace quedarse callado en
el estribillo de “Fire
woman”, pero en líneas
generales esperaba menos de
él y, sin embargo, sirvió
para aumentar la nota de una
actuación de por sí
brillante.
The Cult tienen
tres discos seminales que fueron
los protagonistas del show,
“Love”, “Electric”
y “Sonic temple”,
aunque bajo mi punto de vista,
el reparto del pastel no fue
lógico ni equitativo.
Tras el gran inicio con “Lil
devil” llegó “Sweet
soul sister”, que fuera
tercer single del “Sonic
temple”, con una sala
coreando línea por línea
la canción. “The
witch” (o “la bru(y)a”
según Astbury) es un
corte que apareció en
el recopilatorio “Pure
cult”, que también
fue sencillo, pero que no es
de mis preferidas aunque sobre
las tablas de La Riviera cobró
la dimensión que no acerté
a adivinar antaño en
el Campo del Rayo. No obstante,
la gente sí que parecía
muy enchufada como también
lo estuvo en la estupenda “Electric
ocean” en la que Astbury
se ayudó de su ya habitual
pandereta que terminó
lanzando al público.
El vocalista
se dirigió a la audiencia
y soltó, de vez en cuando,
unos discursos muy raros como
cuando dijo que le parecía
genial que el cuadro del “Guernica”
de Picasso volviera a España
(sí, claro, hace 25 años,
éste leyó flautas
en el periódico pero
no se enteró) o dedicando
“Revolution” al
comandante Che Guevara. En fin,
que las drogas son muy malas
y te dejan estas secuelas aunque
ya estés limpio. Esta
primera presencia del “Love”
fue muy aplaudida y vitoreada.
Lo que sí me sorprendió
es que al anunciar que iban
a hacer algo “old school”
del “Dreamtime”,
los seguidores alucinaran con
“Spiritwalker” cuando,
con todos los respetos, “Dreamtime”
siempre ha sido catalogado de
disco menor aun conteniendo
composiciones tan brillantes
como la mencionada. Uno de los
momentos más impactantes
acaeció cuando sonaron
las notas de “Rain”,
la gente se volvió loca
literalmente y quedó
patente que es de las favoritas
de los fans. Una algo menos
conocida, y también de
las que fueron nuevas en el
recopilatorio “Pure cult”,
es “In the clouds”
y personalmente considero que
estuvo aún mejor que
en su versión de estudio.
Magnífica. No se puede
decir lo mismo de la siguiente.
Ya había
leído por ahí
que la ejecución de la
memorable “Edie (ciao
baby)” era en acústico.
Billy e Ian se quedaron solos
y hasta se dieron la mano en
un “interacción”
desconocida hasta la fecha en
el dúo motor de The Cult.
Craso error porque todo el sentimiento
que desprende la canción
quedó bastante coartado
e insípido. No hubiera
importado que la parte orquestado
hubiera sido sampleada pero
la melodía de la guitarra
eléctrica, el cambio
cuando entran los instrumentos,
etc., es fundamental para un
corte que recuerdo poseía
un excelente videoclip (o al
menos así me lo parecía)
con la imagen cenital de la
orquesta en una confluencia
de calles en Nueva York o Ian
rompiendo el taco contra la
mesa de billar. Con el resto
de músicos ya en escena,
y siguiendo con “Sonic
temple”, atacaron “Fire
woman” y la sala se venía
abajo a pesar de que, reitero,
Astbury directamente pasó
de cantar el estribillo. Incomprensiblemente,
fue la última presencia
en el repertorio del mencionado
disco echando a faltar, al menos,
“Sun king”, todo
un clásico, cuando no
“New York city”,
“Soul asylum” o
“Automatic blues”.
Como a lo largo
de la noche, el quinteto siempre
guardaba una bala en la recámara
porque todos volvimos a saltar
al son de “Peace dog”
desgañitándonos
en el final del tema. Llevábamos
ya once canciones e incomprensiblemente
no había caído
ninguna del “Beyond good
and evil”. Digo incomprensiblemente
porque este álbum, aun
a riesgo de que me tachen de
loco, me parece increíble,
casi a la altura de “Electric”
y “Sonic Temple”,
y por encima del resto. Pues
bien, las contundentes guitarras
presagiaron “Rise”,
de mis temas favoritos de la
historia de The Cult. Cierto
es que no fue de las más
aplaudidas pero sí que
había un número
de personas, más o menos
amplio, que disfrutó
a tope con esta composición.
De nuevo, desgraciadamente nada
más se supo de “Beyond
good and evil”. Entiendo
que, por ejemplo, Dokken, no
toquen nada de sus discos posteriores
a “Dysfunctional”
porque no están a la
altura, aun habiendo canciones
decentes, pero si “Beyond
good and evil” no fue
un éxito fue debido a
tres factores: En 2001 los gustos
habían cambiado y contra
eso no se puede luchar, Atlantic
hizo bien poco por promocionar
el disco y el dúo Astbury-Duffy
parecían más concentrados
en dirimir sus cuitas que en
mostrar al mundo unos temas
sobresalientes.
Sea como fuere,
estábamos llegando al
final donde “Electric”
volvió a erigirse en
protagonista con la coreada
“Wild flower” y
“Love removal machine”
y su cañero final que
provocó el desmadre colectivo
entre un público que
ya había olvidado la
espera y el cabreo inicial.
Eso sí, a nadie le debía
haber pasado inadvertido que
llevaban 72 minutos tocando,
cosa que me parece muy pobre
aunque, desgraciadamente, es
lo que venimos sufriendo en
buena parte de las giras que
pasan por España. Para
los bises, Billy sacó
su guitarra blanca parecida
a la Brian Setzer de Stray Cats
con lo quedaba claro para cualquier
seguidor de The Cult que llegaban
temas del “Love”,
en concreto “The Phoenix”,
para mi gusto una de las dos
flojas del disco, que pasó
sin pena ni gloria, y, por supuesto,
uno de sus grandes hits, “She
sells sanctuary”, en la
que Ian se dedicó a saltar
sin acordarse demasiado de que
él es el cantante.
Tras una hora
y veintidós minutos desaparecieron
dejando una impresión
un tanto equívoca de
lo acontecido. Musicalmente
The Cult cumplieron con creces,
en especial un inspiradísimo
Duffy, pero la espera y la duración
quedarán en el debe del
grupo máxime cuando nos
privaron de tres o cuatro cortes
insustituibles como “Sun
king”, “Wild hearted
son” o “Automatic
blues”. Todavía
pueden darnos una alegría
y redimir esos pecados veniales
con otra aparición por
estas tierras.
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